Oh dios, Ale no demores tanto en poner el campi, mira que me eh vuelto super mega fan de tu fic, de hecho me he enamorado, tiene de TODO.
Vale chica, solo queda desearte toda la buena vibra del mundo ^_^

Oh dios, Ale no demores tanto en poner el campi, mira que me eh vuelto super mega fan de tu fic, de hecho me he enamorado, tiene de TODO.
Vale chica, solo queda desearte toda la buena vibra del mundo ^_^

Pero entonces ¿podemos esperar el capitulo para esta semana? y te felicito por el capi del reto, digno de ti!!

Ay mis niñas, he sufrido mucho con este capi, ha sido cansador escribirlo, no sólo por mi office de mierda sino también por la trama del mismo. No sé si terminó por gustarme, pero así ha salido. Queda poco muy poco para el final, y entre que deseo terminarlo y no. Extrañaré a los personajes. Por ahora, ya estoy armando un nuevo fic, algo más exótico y sensual, con ciertas dificultades para armar los diálogos, porque irán cosas en otro idioma, del cual domino el saludo, y si y no, y una que otra palabra nada más. Cuándo lo empiezo? Hoy mismo posiblemente. Cuándo lo publico? Cuando esté por terminar el Waiting for you, que será dentro de dos o tres capítulos más.
Bueno acá les dejo el capi, un beso para todas.
---------------------------------------------------------------------------
—King, Laura King —la mujer tenía aspecto bondadoso. Una abuela no muy madura, tendría unos cincuenta años. A pesar de las canas aún se apreciaba su cabello rubio, ondulado sujeto en un moño. Lucía dos zarcillos con piedrecillas del mismo color de sus ojos. Con seguridad debió ser muy bella cuando era joven —pues es extraño que ustedes vinieran preguntando por ella, si algo me dejó claro Antje es que nadie más la conocía. No tenía más familia que yo en el mundo. La pobre tenía una vida tan miserable, sin pasado, tan sola, sin recuerdos, sólo un sueño repetitivo que la atormentaba.
—Señora King nosotros, Tom y yo andamos buscando a nuestra madre, Antje Kaulitz, y una pista nos llevó a otra, y esa nos trajo hasta aquí.
—¡Oh mi Dios! ¿no son ustedes gemelos verdad? —los chicos se quedaron sin habla. Bill sentía que su corazón latía apenas, y las lágrimas empezaban a asomar. No llores, no llores, se dijo. Tom en cambio tenía los ojos húmedos, él ya había comenzado a llorar —¿cómo me dijeron que se llamaban? ¿Tom y qué más?
Bill siempre había apreciado los escasos recuerdos de la madre que lo crió en los primeros años de su vida, los escasos momentos de aquel cariño materno que luego desaparecieron y que sólo Marie pudo suplir de algún modo. Siempre agradeció que a pesar de todo nunca fue abandonado. Ahora, tantos años después, el pelinegro sentía que estaba a punto de tomar el inicio de una madeja enredada y confusa, que una puerta estaba a punto de abrirse, y el miedo a que esta puerta le azotara la cara una vez más tal como le había sucedido en ocasiones anteriores, en que parecía que estaba ad portas de aclarar toda su historia sumida en las brumas del misterio, para luego darse cuenta que no había llegado a ninguna parte, y moría sufriendo, sintiéndose solo... Ahora tal expectación le hacía temblar una vez más, aunque en este presente, tenía a Tom, su razón de vivir. Y ese pensamiento le daba fuerzas para contener el aire, el llanto, y la desesperación por saberlo todo de una sola vez. Ahora no podía ser peor, de ningún modo. Ahora podría afrontar lo que fuera.
—¿Por qué nos pregunta si somos gemelos? —inquirió con ansiedad controlada.
—Les diré, ella siempre soñaba con dos bebés en medio de la nieve, veía como se los quitaban de las manos —la voz de la mujer se volvió aguda y trémula —ella rogaba que no lo hicieran, pero los hombres no la escuchaban —Laura jadeaba intentando contener el llanto, desfigurando su cara por el dolor —miraba hacia la casa y la veía envuelta en llamas, quería salvar a alguien, no sabía a quién, quería ir a la casa, pero no quería perder a los bebés. Luego los hombres la arrojaron hacia la bodega, y le prendieron fuego. Esa pesadilla siempre la persiguió. Nunca supo si era real. Sin embargo, ella sabía que aquellos bebés eran gemelos, por lo menos en su sueño.
Tom se secó las lágrimas y se aclaró la garganta —¿Pero por qué ella no volvió con su familia?, ¿por qué no buscó a los bebés?
—Porque para ella era sólo una pesadilla —la mujer se puso de pie y se acercó a uno de los muebles que estaba junto al sofá —disculpen, ¿desean jugo? —los chicos negaron y Alexa se sintió pasada a llevar una vez más.
Molesta pidió —Señora King, a mí sí me agradaría un vaso de jugo — la chica miró con mala cara a los muchachos.
—Bien, voy por el jugo. Pero antes, quiero que vean una de las fotografías que conservo —La mujer tomó el portarretrato y se lo pasó a Bill. Él nunca había visto a Alexa, la miró percibiendo un aire familiar en sus facciones, luego le pasó el retrato a Tom. Éste lo observó y con lágrimas en los ojos asintió.
—Es ella Bill —fue todo lo que dijo. Luego se quedó en silencio, mientras Bill tomaba la mano de Tom entre la suya y entrecruzaban los dedos.
—Está bien cariño, cálmate —Tom tragó saliva y Bill le secó los ojos con la otra mano. El chico rubio asintió sin dejar de mirar el rostro sonriente de Antje.
—No sé por qué me afecta tanto. Todo esto me afecta tanto, y pensar que hace dos semanas mi vida era tan simple. —la mujer volvió con una bandeja con bizcochos y jugos.
—¿Saben? Como ella no recordaba nada de su vida anterior, cabía la posibilidad de que lo que soñaba fuera verdad, pero luego ella se auto convencía de que posiblemente era el recuerdo de alguna película, o algo así que en su subconsciente ella le daba la forma de pesadilla, además aunque hubiera sospechado que fuera real, la cuestión es que no tenía idea de dónde sucedió todo —la señora King le entregó un vaso con jugo de manzana a Alexa, y le ofreció un biscocho que la chica aceptó gustosa —el asunto es que ella llegó a mi casa pidiendo comida por allá por Marzo de 1990, aún hacía frío, acá la nieve se derrite bien entrada la primavera. Estaba entumida, y me dio tanta pena. Además me recordó a mi hija en cierto modo. Mi hija había fallecido de cáncer hacía un año y yo estaba muy sola. Éramos dos almas solitarias que se necesitaban y que se habían encontrado. La cobijé bajo mi techo, la ayudé y la cuidé como si fuera mi hija, la quise como a una. Hace un año que salió rumbo al trabajo que le habían ofrecido en un restaurante, creo que hacia Schönau...
—¡¿Qué?! —exclamaron los dos chicos.
—Y desde entonces que no sé nada de ella —los ojos azules de la mujer se volvieron cristalinos y gruesas lágrimas cayeron por sus mejillas —¡No puede ser mi vida tan miserable que pierda dos veces a una hija! —el sollozo le cortó el aire y no pudo seguir hablando. Bebió un poco de jugo —lo siento, disculpen. Ya estoy vieja.
—Es comprensible que se ponga así —la tranquilizó el pelinegro —debemos averiguar en Schönau... Ella debe estar allí.
—Algo debe haber ocurrido para que ella no volviera al único hogar que recordaba —señaló el de melena rubia.
—Ahora aclárenme una cosa, —los chicos miraron a Laura con expectación —¿son ustedes gemelos?
—Sí lo somos —comenzó explicando Bill —aunque...
—No fuimos criados por la misma familia —continuó el rubio —fuimos adoptados.
—Sí —asintió el mago —y ahora buscamos a nuestros verdaderos padres...
—La verdad señora King, es que... —Tom miró a Bill dudando por un instante si continuar o no, pero la mirada del pelinegro le dio la seguridad —lo que ella soñaba era la verdad, fue real. Eso sucedió.
—Pero... Entonces... Alguien quería hacerle daño a mi Antje. ¡Era verdad! Yo tuve sospechas... Y no hice nada... —la mujer rompió en llantos una vez —y si le hicieron daño... No la supe proteger.
—¿Por qué tuvo sospechas?
—Un hombre llamaba preguntando por ella, y luego, un día Antje se encontró con un hombre alto, vestido de negro, dijo que su cara le parecía conocida, pero no se pudo acordar en dónde lo conoció. Le dio miedo. Justo ese día iba con dos de mis sobrinos, así que el hombre le dijo que ella sabría de él otra vez, y se fue. Mi pobre Antje quedó angustiada, sin saber qué hacer. En esa época ella trabajaba en el Hotel Gasthof de Lindau junto con mis sobrinos, pero luego le ofrecieron ese puesto en el restaurante, con mejor horario y mejor sueldo. El puesto era para un pequeño resort cerca de acá en Staffelsee, lo extraño era que debía ir a entrevista a algún sector cerca de Schönau. Yo no quería que fuera, nadie la podía acompañar ese día. Ella fue de todos modos, era demasiado tentadora la oferta. Y nunca supe nada más.
—¿Fue a la policía?
—Sí, sí. A dejar una denuncia por posible desgracia. ¡Pero hasta ahora la investigación no arroja resultados! Es tan frustrante.
—Señora King, nosotros encontramos algo. Si me espera un segundo, le explico —Tom se levantó de su asiento y salió. Alexa miró extrañada al chico, pero Bill sabía bien de qué se trataba, por eso se quedó tranquilo. Laura esperó pacientemente, hasta que Tom regresó con la cajita de música —esto es lo que encontré.
Los ojos de Laura se abrieron descomunalmente —¡¿De dónde sacaron eso?!
—Lo encontramos en el hotel, en una de las habitaciones de servicio —Tom se la entregó a la mujer, que rompió en llanto otra vez.
Los jóvenes dejaron que ella se desahogara mientras escuchaba la música suave y melancólica de la cajita.
—¿Por qué estaba todavía ahí después de todo este tiempo?
—No lo sabemos señora King.
—Ustedes son gemelos, separados a los pocos meses, ¿verdad? —los chicos asintieron —entonces... ¿es posible que ustedes sean sus bebés?
—Estamos casi seguros, toda la información lo indica así —respondió Tom.
—¿Es posible que ella esté muerta? —la pregunta heló los cuerpos de todos en la sala.
—No sabemos —dijo Bill en un susurro —no queremos pensar en esa posibilidad, pero... Esa pesadilla suya le recordaba el día que le destruyeron su vida. Su esposo estaba en esa cabaña que se incendiaba, mi padre... Nuestro padre. Nosotros éramos bebés, y nos llevaron a un orfanato, de manera irregular, porque todos supusieron que los gemelos de Antje y Jörg murieron en ese incendio.
—¿Cuál era el verdadero nombre de Antje?
—Antje Kaulitz, descendiente de una familia de terratenientes muy importante del siglo 19.
—¿Pero por que querrían asesinarla, para qué destruir su familia y su vida? —lloraba la mujer.
—Por un gran tesoro que escondía la antigua mansión de la familia, del cual era heredera.
La mujer se frotaba las manos, se las estrujaba con vehemencia, haciendo enrojecer la piel blanca y pecosa —si ustedes van en busca de ella, a mí me gustaría ayudar.
Bill abrió la boca de la sorpresa pero sin poder emitir palabra. Sólo Tom fue capaz de decir lo obvio —¿está segura señora King?
—Llámenme abuela —sonrió tristemente la mujer con ojos llorosos —total, somos como de la familia —lo chicos sonrieron condescendientes —chicos, creo que ha llegado la hora de ponerme manos a la obra, así que seguiré de cerca las investigaciones. ¡Me voy con ustedes! —dijo entusiasmada.
—¡¿Con nosotros?! —exclamaron los gemelos al unísono.
—No pienso, ni quiero seguir esperando. Yo quiero a mi hija aunque sea para sepultarla de forma digna... ¡Esperen! —la mujer salió a toda prisa de la sala ante la mirada atónita de los tres jóvenes. Tom con la boca abierta y aún con los ojos llorosos se echó a reír.
—¡Qué mierda! —se secó los ojos —ya no tenemos de qué preocuparnos, ya no correremos peligros y no importarán las amenazas porque ahora tendremos ¡guardaespaldas! ¡La Super A!
—¿La Super A?
—Obvio Bill. La Super Abuela.
—Ah, Tom cállate —Alexa no hacía más que reír ante la idea, y Bill fruncía el ceño intentando no contagiarse de la risa mientras les hacía callar con un sonoro shhhh.
Alexa sin prestar atención a la amonestación del pelinegro siguió entre carcajadas—¿Se imaginan a la señora King con traje de Ninja ¡iiiiiiiaaaaaaaaa! —la chica hacía el ademán de un golpe de kárate — ¡iiiiiiiaaaaaaaa! Pero con aretes ja-ja-ja.
—¡Ya basta! —en vano Bill estaba tratando de que tomaran el asunto con seriedad, hasta que con tono más sombrío agregó —esto se nos está complicando. Ahora además deberemos cuidar de ella.
—Tienes razón —sentenció Tom y se terminó la risa. Luego de eso se quedaron en silencio, Tom sonreía porque dentro de todo, la situación le parecía hasta anecdótica y graciosa, sin embargo no podía abstraerse de que Bill se veía menos entusiasmado, menos relajado que horas antes. Sabía que le daba vueltas a algún asunto, lo notaba en la forma en que jugaba con sus dedos, pareciendo absorto en ellos, pero aún manteniendo el ceño arrugado, en un gesto que lo hacía ver tan hermoso a los ojos de Tom —¿sucede algo?
—No —Tom levantó una ceja en un gesto que Bill entendió como un no te creo —sí, pero no quiero hablar de eso ahora —y Tom supo que no era que no quisiera, si no más bien que no podía decirlo. Los segundos siguieron en silencio, mientras Alexa mataba el hambre comiendo. De pronto ésta se puso a llorar, y los dos chicos la miraron sin comprender qué le sucedía —¿estás bien? —preguntó preocupado Bill.
—Sí... Sniff —mientras le daba otra mordida a las rosquillas.
—Tus cambios de humor son extraños.
—Sniff... Sí... Sniff... Debe ser hormonaaaaal —y rompió a llorar —lo-lo-lo s-siento sniff —Bill rodó los ojos.
—Es lo que nos faltaba, que anduviera con nosotros La Llorona, ya nos parecemos al Escuadrón Mete la Pata, el Mago, la Princesa, la Super Abuela y La Llorona.
—¡Bill, no seas insensible!
—¡Por eso no me gustan las mujeres! —Tom lo miró con severidad —lo siento.
—¡Si yo sé que tú me odias Bill! ¡Buaaaaaa!
—¿Y qué más te da?
—No sniff no-no sé. Son las hormonas sniff. —Tom se acercó a ella y le acariciaba el cabello.
—Bill no te odia, sólo se comporta como un viejo cascarrabias —se dio vuelta hacia Bill, y el pelinegro le sacó la lengua. Idiota, dijo Tom en un susurro, gesticulando de manera exagerada.
Nuevamente el silencio se hizo escuchar y oían a lo lejos en algún sector de la casa a Laura conversando con alguien, mientras caminaba frenéticamente de un lado a otro. Luego ya no habló más y sus pasos comenzaron a acercarse junto al sonido inconfundible de un par de ruedas que eran arrastradas por el piso.
Por el umbral apareció la mujer con un bolso de mano y una valija pequeña —lo que necesite lo compraré. Ya hice la llamada avisando a mis sobrinos que me voy de viaje, pero no dije para qué —dio un fuerte suspiro, mientras los chicos permanecían estáticos con las bocas abiertas. Miró a Alexa extrañada —¿estás bien querida?
—Sí —moqueó la chica, mientras tenía atravesada en la boca otra rosquilla.
—¡Ah! No me digas ¿las hormonas? —la muchacha asintió —sí, cosas de mujeres, pasará. Ok, ¿nos vamos? —los chicos pestañearon repetidas veces hasta que pudieron reaccionar.
—Pero ahora sólo volveremos a la mansión, ya no tenemos más pistas... Por ahora —dijo Tom apesadumbrado.
—¡¿Cómo que no?! Yo tengo la dirección donde supuestamente fue la entrevista, ¡así que vamos!
—¿Puede decirnos cuál es? —preguntó ansioso Bill.
—No.
—¡¿NO?! —exclamaron los chicos.
—No —repitió lacónica la señora King, mientras caminaba hacia la salida.
Tom arriscó la nariz —¿por qué no?
—¡Por qué no, abuela! Y la boca le queda donde mismo jovencito ¡Desde ahora me respetará, y me llamará abuela cuando se dirija a mí! —Tom miró a Bill y rodó los ojos. Alexa era la que más disfrutaba de la escena y hacía grandes esfuerzos para no reírse de los muchachos —cuando lleguemos a Schönau les diré la dirección — salieron hacia la calle luminosa por el sol del mediodía, dispuestos a montarse una vez más en los vehículos.
El aullido de un lobo los alertó, y se dieron cuenta que era el rington del teléfono de Alexa —Andreas, amor —esta vez fue el pelinegro quien rodó los ojos —Sí, es que Bill y Tom me tienen secuestrada —lloriqueaba la muchacha —no me dejaron irme sola... Sniff... No confían en mí... Sí... Estoy muerta de hambre, no he comido nada...sniff... Sí.
Bill giró hacia la chica realmente indignado—¡¿Secuestrada?! ¿Alexa, estás loca? ¡No confiamos en ti, eso es todo!
Alexa se despidió de Andreas —¡Tom yo me voy contigo. No quiero estar cerca del animal de tu hermano-novio! —le hizo un pequeño desprecio a Bill y se metió al Cadillac con su cabello castaño y sedoso al viento.
—Yo la... —dijo Bill apretando los dientes y los puños —de todas formas no puedo llevar a nadie.
—Listo, casa cerrada —dijo Laura.
—¿Por qué no puedes llevar a nadie?
—Porque voy a regresar a Lindau, Tom.
—¡Por qué! —Bill se conmovió al ver la carita llena de desilusión de su amado.
—Señora King, suba al Cadillac de Tom, él la llevará —esperó que la mujer se alejara de ellos para poder explicar lo que sucedía —amor, ¿no te parece extraño que Alexa haya estado secuestrada en esa especie de cueva en el cementerio?, ¿que se apareciera Antje en ese lugar y que allí hubiese estado también Storm?
—Volverás a ese lugar —dijo bajito Tom con el corazón apretado —irás solo y yo no podré acompañarte —el miedo le subía hasta la garganta y los ojos se le aguaron por la impotencia de no poder hacer nada para evitar su partida —no quiero que te vayas —rogó.
—Mi amor, alguien debe ver que hay allí, pero esta vez iré preparado. No tengas miedo.
—Y tú crees que porque me lo pides yo me quedaré como si nada.
—Te ruego que te vayas a Schönau... Por favor. Tom.
Tom no evitó las lágrimas, no retuvo ninguna en sus ojos y en su garganta —siempre te vas, siempre me dejas —musitó —te vas y las horas que viva yo hasta tu regreso serán sólo agonía —Bill lo abrazó y besó el lóbulo de su oreja —no puede ser que en el mismo día me lleves al Cielo y después me dejes torturándome en el infierno —lloraba el rubio en el hombro de Bill.
Desde el todo-terreno, la señora King observaba la escena con extrañeza y se volvió hacia la chica buscando una explicación —y a esos chicos ¿qué les pasa?
—Cosas de pareja, supongo.
—¡¿Pareja?! —exclamó la mujer abriendo los ojos a su máxima capacidad.
—Volveré a Schönau más pronto de lo que piensas. Ahora te necesitan allá también. No es práctico que nos devolvamos a Lindau los dos. Alguien debe llevar a estas mujeres a donde quieren ir —Tom asintió, y Bill tomando su rostro con ambas manos lo besó con ternura abriendo suavemente los labios del rubio.
—¡Lo está besando!
—Y no ha visto nada aún señora, así que le pido mucha paciencia para que no le dé un infarto antes de tiempo —Laura le dio una mirada de reproche a la chica, pero no dijo nada más... Por ahora.
—Ya estoy impaciente, pasan y pasan las horas, y ni Alexa ni Tom llegan de una vez. ¡Pobre mi niña retenida contra su voluntad! Me muero por llamarla, pero la pondré más nerviosa aún...
—Andreas hablas como si no conocieras a Tom. Además, ¿qué hacía Alexa en Lindau?
—La raptó el mago ese, ese hombre de allá afuera.
—Eso me parece extraño... ¿para qué?, ¿qué consigue con eso? No entiendo —Gustav revolvía la olla donde se cocían las pastas, mientras en otra hervía lentamente la salsa blanca.
—¿Acaso crees que ella está mintiendo?
—No he dicho eso, pero me parece raro.
—Yo sé que eso quisiste decir.
—Tampoco te entiendo a ti —Andreas miró a Gustav con extrañeza —se supone que ya ni conocías a Alexa, y luego sin motivo aparente te regresa todo el amor.
—Oye, lo mío fue sólo pérdida de memoria. Recuerda que estos días también han sido traumáticos para mi. Llevamos en esta casa como dos semanas, y he vivido las experiencias más bizarras que uno se pueda imaginar. Y yo como científico... —Gustav lo miró con manos en caderas —ok, ok, pero eso ya pasó. Ahora recuperé mis recuerdos y necesito recuperar las horas perdidas con ella.
—A mi me vuelve loco ese hombre allá afuera, sólo mira, no se mueve. Luego ya no está, y aparece en otro lado.
—Sólo quiere asustarnos Gus. Si pudiera entrar ya lo habría hecho
—Mira Andy, eres tan confiado. Yo creo algo distinto. Es mi teoría.
—A ver, dila.
—Yo creo que puede entrar, y cuando lo haga lo hará fácilmente.
—Entonces, ¿por qué no entra de una vez?
—Porque está esperando a alguien.
—¿A quién?
—Piensa Andy.
—¿A Bill? —el de gafas negó con la cabeza —¿a Tom?
—Sí, ese es su duelo personal.
—Mierda. Espero que Bill venga con Tom, porque sólo él podrá protegerlo.
En la carretera, nadie podía quejarse de monotonía. El paisaje alpino era una delicia para la vista, y evitaba concentrarse demasiado tiempo en la conversación superflua que tenían las dos mujeres en el asiento trasero. Laura, haciendo caso de la recomendación de Alexa, había preferido ahogar su curiosidad, postergando las preguntas que tenía en la punta de la lengua para una ocasión más adecuada. De todas formas, sus nuevos nietos les eran unos completos desconocidos. Pero así mismo había sido con Antje, y no le costó nada amarla como si fuera su hija. Estos chicos tenían su misma sangre, seguramente se hacían querer fácilmente.
—Señora Luisa, le informo que hemos llegado a las cercanías de Schönau ¿quiere ir a descansar y luego continuar con la búsqueda? O...
—Prefiero ahora mismo, y soy tu abuela.
—Bien, deme la dirección.
—¡A ver! ¡Un momento! ¿no iremos a casa ahora mismo?
—No ¿deseas ir al baño?
—Sí, urgentemente. Tengo hambre. Quiero ver a Andreas. Quiero dormir.
—Oye, el que casi no ha dormido aquí soy yo.
—¡Quién te manda a ser un obseso del sexo!
—¡Que no fue por el sexo, fue por...! —Tom apretó los labios —¡No tengo por qué darte explicaciones a ti!
—Yo quiero ir a casa ¡Te lo exijo!
La señora King observaba la discusión absolutamente perpleja —querida, ¿que te bajó el azúcar?
—No señora Laura. Es sólo fastidio. Porque estos gemelos pervertidos sólo piensan en ellos mismos.
—¡Te bajas ahora ya! —el rubio detuvo el Escalade con cierta brusquedad en la berma. Salió del vehículo, fue hasta la puerta trasera derecha, y la abrió —¿Te quieres ir? ¡Vete!
—¡Aquí!
—Sí, aquí.
—No pienso —dijo la chica cruzándose de brazos.
—Fksnnfjjgvnjfjgjgkflrñlf —Tom retornó a su asiento de chofer, murmurando entre dientes.
—Estás diciendo palabras vulgares.
—Agradece que no te las dije a ti Alexa. —miró a la mujer de ojos azules —Señora...
—Abuela
Tom tomó aire y repitió pausado —Abuela, deme la dirección para ver por dónde debemos ir.
—¿Dónde estamos exactamente?
—En Alpenstrasse, a poco minutos de Schönau.
—Aquí está la dirección, creo que hemos llegado —Tom leyó la hoja de papel arrugado donde se leía Final de Kunterweg. Entrada por Alpenstrasse. Tom observó los letreros, y no se asombró de ver unos metros más allá uno que decía Intersección Grasslergasse y Kunterweg.
—Entonces vamos.
—Yo sólo veo casas y bosques.
—Buen punto Alexa —respondió Tom mientras conducía hacia el lugar señalado —no tiene sentido tener una entrevista para un puesto de trabajo en este lugar.
Después de unos breves instantes llegaron hasta una casa de un piso junto al bosque. Desde allí, el camino se volvía demasiado angosto para seguir con el Cadillac. El rubio se estacionó junto a la casa que a primera vista, parecía abandonada. —quédense aquí, y en caso de peligro, Alexa tú conduces y te vas a casa y llamas para dar aviso.
—No sé conducir, recuerda que yo uso escoba.
—JA-JA ¡Qué gracioso! Alexa no es momento de bromas.
—¡Es verdad, no sé conducir! Pero puedo llamar —Tom resopló. Esa chica era insufrible.
—Cuídate hijo —dijo la anciana.
Tom le sonrió, y se bajó del vehículo. Al llegar a la puerta iba a golpear, por si había alguien, pero se dio cuenta de que estaba abierta. Empujó suavemente y observó el lugar. Parecía sucio. Entró tratando de hacer el menor ruido posible. Hasta le pareció estúpido pretender encontrar una pista sobre su madre en ese lugar, era casi un chiste, pero por ahora era toda la pista que tenía. De pronto escuchó su Cadillac y de cómo éste partía sin él. Se suponía que ella no sabía conducir —¡pequeña tramposa! —exclamó olvidando su silencio anterior.
—¿Tom? —escuchó a sus espaldas. Con el corazón latiendo a mil, se aventuró a ir en busca de aquella voz. De pronto recordó que su celular se había quedado en el todo-terreno.
Bill había llamado repetidamente al celular de Tom. Algo no andaba bien, lo sentía en sus huesos, en sus estómago, en su alma. Si tan sólo supiera dónde estaba exactamente haría la proyección astral y podría verle y hablarle. Conducía a toda prisa, esperando acercarse a Schönau lo más rápido que su Freelander y la ley se lo permitían. Decidió llamar a la mansión, al teléfono de Andreas.
—Hallo. Soy Bill.
—Maldito sabandija ¿dónde tienes a Alexa?
—Yo también te extrañé Andreas. Se supone que deberían estar contigo, Tom y ella, hace ya bastante rato.
—¿En serio? Esas no son buenas noticias. ¿Les habrá pasado algo?
—No lo sé, pero tengo un mal presentimiento acerca de esto.
—Y tú, ¿por qué no estabas con ellos?
Bill resopló —debí regresar a Lindau a verificar un asunto, y lo que descubrí no es bueno.
—¿Es algo sobre Tom?
—Sí y no. Andy debo colgar, necesito encontrar a Tom. ¿Has hablado con Alexa en los últimos minutos?
—La he llamado, pero no responde.
—Lo mismo que Tom. ¡Mierda! Qué idiota he sido. Adiós.
****
—¿Qué sucede?
—Que Alexa y Tom están perdidos.
—Demos aviso a la policía —respondió el de gafas —espera, le aviso a Markus. Él tiene el número.
—De acuerdo —respondió Andreas. Una vocecita en su mente le decía que debía estar preparado.
—¡Suelta el volante niña loca! —gritaba Laura mientras le pegaba con el bolso de mano en la cabeza.
—¡Señora, no siga que vamos a chocar!
—¡Devuelve este auto a su dueño! —el vehículo zigzagueaba casi sin control, mientras Laura desde el asiento trasero no dejaba de golpear a la chica.
—¡Necesito ir al baño urgente! —y detuvo el Cadilllac, derrapando un poco al frenar.
—¡¿Y por qué no se lo dijiste a Tom y ya?!
—Porque a ese niño no le importa si me orino en su carro.
—Estoy segura, querida, que él, menos que nadie, desea tus orines sobre el asiento de su Escalade. ¡Dios, y dejamos a ese niño solo allá! —sólo entonces fueron conscientes del sonido típico del vibrador de un celular. Comenzaron a buscar con la mirada, pero justo en ese instante dejaron de llamar.
Alexa miró el entorno y se dio cuenta que las casas allí distaban unas de otras, y había mucho matorral. —Espere, voy a orinar —y se bajó del vehículo llevando su pequeño bolso deportivo y se perdió detrás de los matorrales. En eso volvió a sonar el vibrador. Laura como desesperada aguzó el oído hasta que pudo identificar el lugar preciso, debajo del asiento del chofer. Cuando por fin lo levantó, la pantalla indicaba 11 llamadas perdidas. Justo en ese momento volvieron a llamar.
—Hallo.
—¿Quién es?
—Soy Laura.
—Yo Bill, ¿dónde está Tom?
—Ay mi niño, Tom se quedó en una casa abandonada al final de Kunterweg. Y esta niña que se volvió loca, tomó el auto de Tom conmigo a bordo y salió.
—¿Y dónde está ella ahora?
—Orinando detrás de unos matorrales.
—¡¿Orinando?!
—Eso era lo que quería, orinar, por eso mismo se robó prácticamente el Cadillac de Tom y lo dejamos solo en un lugar que no me gustó para nada.
—Señora Laura.
—Abuela.
Bill bufó —abuela, recuerda por dónde llegó, cuál era la calle principal por donde entraron a Kunterweg.
—Sí, por Alpenstrasse.
—Ok, estoy por allá en 40 minutos. Convenza a esa loca que regresen pronto donde Tom.
—De acuerdo, adiós.
Tom se había regresado hacia el interior de la casa. Por las ventanas cerradas y sucias se colaba la luz de la tarde, provocando una mixtura de sombras y luces entre muebles viejos y polvorientos —¿Hay alguien aquí? —preguntó el rubio, esperando luego quieto y en silencio por alguna respuesta que finalmente no llegó. Recorrió una a una las habitaciones, con algo de miedo, en alerta, vigilando los rincones, detrás de las puertas, abrió un par de closets que contenían revistas viejas, prendas de vestir llenas de pelusas y telarañas. Llegó hasta la última habitación, y no había nadie. Decidió retornar hacia el exterior y esperar ahí que el Cadillac regresara o bien que se acabara el mundo, lo que ocurriera primero. La verdad es que Tom ya estaba cansado, habían sido casi dos semanas intensas llenas de tantas situaciones extrañas, bellas, románticas, apasionadas, terroríficas. Se preguntó si había alguna emoción que no hubiera experimentado en esos días, pensó un instante en ello y concluyó, ninguna.
En su retirada hacia fuera, Tom no percibió el piso que crujía de manera particular bajo sus pies en el corredor que llevaba hacia los dormitorios.
Cuando apareció en la puerta escuchó el rugir del motor de su Escalade, y respiró más tranquilo.
Por la carretera Bill conducía de prisa, no podía hacer más. Su celular le indicó la llamada entrante —¿Diga?
—Bill estoy bien.
—Espérame allí, voy para allá. ¿Tom?
—¿Sí?
—Vigila a Alexa.
—Lo haré.
Cuando llegó a Alpenstrasse, disminuyó la velocidad para no pasar de largo y perderse. Luego de unos minutos vio aquel letrero señalando que allí estaba Kunterweg. Cuando llegó, Tom estaba fumando apoyado en el Cadillac con las piernas cruzadas. Las dos mujeres conversaban sentadas en el vehículo con la puerta abierta.
Bill se detuvo junto a Tom, bajó del Freelander con una expresión indescifrable. Se acercó al chico rubio y lo besó efusivamente cortándole el aliento.
—Buenas tardes —dijo el rubio sorprendido —¿no se saluda primero?
—Prefiero el beso y decir “te amo” a mi persona especial —se separó lentamente de Tom y se paró frente a Alexa con las manos a los lados y las piernas abiertas —ahora me vas a explicar Alexa. Basta de falsedades, de omisiones, de mentiras —la voz segura y categórica del mago alertó a todos.
—¡Sobre qué!
—Bill ¿qué pasa?
—Dime Alexa, dinos. Todo.
—Pero es que no entiendo ¿es por tomar el Cadillac sin permiso?, ¿por hablar con Andreas?
—No. Es por las verdaderas razones que te llevaron a Lindau. Cuéntanos. Yo ya lo sé, pero quiero darte la última oportunidad para ser honesta con nosotros.
A la chica le había empezado a temblar el labio inferior y el mentón. Los ojos se le aguaron. Intentó balbucear algo, pero al parecer no tenía idea por dónde comenzar —lo-lo si-siento —sollozó levemente —yo nunca quise hacerles daño. Se los juro.
—Bill, por favor ¿puedes explicarme lo que pasa?
—Pues al parecer todos tenemos un secreto bien guardado. No sólo tú y yo cariño.
—Soy hija de Storm. Eso es lo que pasa. No me obligó a... Se suponía que debía desviarte de tu camino Tom. Se suponía que Bill cedería al chantaje de negociar mi liberación en el cementerio y que debía evitar que consiguieran información sobre Antje. Storm supuso muchas cosas, pero yo no soy lo que él ha querido que sea.
La chica lloraba ahora sin control, se sorbió los mocos —él nunca ha sido un padre para mí, como a todo el mundo, me ha utilizado cuando lo ha necesitado. Y me ha obligado fingir que no lo conozco. Lo de mi abuela es cierto. Ella le teme, y lo odia, por culpa suya mi madre enfermó, enloqueció y terminó suicidándose cuando yo era aún muy pequeña. Lo de hoy fue sólo un circo, es verdad que necesitaba orinar —rió ruborizándose un poco —pero es que no quiero que llegues a Liz Garten Tom. Él te está esperando. Y ahora mismo me debe odiar porque no hemos llegado. Los espera en forma física. Realmente está allá. Yo sólo he intentado provocar retrasos.
—¿De que le sirve al Gran Maestre que no encontremos a nuestra madre?
—En eso no necesita motivos Bill. Sólo lo guía su maldad. Él me dijo que Antje está muerta, que él la mató con sus propias manos. Por eso se asustó tanto verla en la cueva ayer.
Los muchachos no esperaban escuchar tal noticia. Laura con el rostro desencajado la tomó por los hombros y la sacudió un par de veces —¿por qué no nos dijiste antes? Hemos tenido la ilusión de encontrarla, pudiste evitar que tuviéramos esperanzas inútiles de verla viva ¡niña tonta! Ahora nos destrozas el corazón sólo porque te conviene —Laura comenzó a sollozar. Y ni Bill ni Tom pudieron darle consuelo, porque para ellos la noticia también era un balde de agua fría.
—Bill ¿Cómo lo supiste? —Bill había suavizado su semblante, ya no sentía rabia, si no que mucha lástima por la chica, y tristeza por ellos dos. Giró su rostro para ver a Tom. Dio un largo suspiro.
—Al llegar allá me fui directamente a la cueva. Usé linternas y busqué pistas, al parecer Storm no pensaba que regresaríamos allí.
—No, mi padre creyó que a esta hora estarías muerto.
La brisa era la única fuente de sonido más cercana, a los lejos se escuchaban algunos vehículos pasar por las calles principales. Tom sentía el corazón latirle en los oídos —¿qué? —musitó, totalmente incrédulo.
—Yo tenía la esperanza de que no sucedería. Le pedí a los Dioses que ocurriera algo y evitara tu muerte. Mi padre está loco. Creo que ya no es capaz de ver la inconsistencia de sus decisiones, la inoperable planificación de sus estrategias para lograr sus fines. Lo único que desea es causarles temor, miedo, rechazo antes de acabarlos. Pero ustedes se les escapan de las manos. Te admira Tom. Storm te admira.
—¿Me disculpas si no me siento halagado?
—Tú has sido el único que le ha enfrentado sin miedo.
—Pues en eso él se equivoca. ¿Qué encontraste Bill?
—Una fotografía —Bill metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón y sacó una fotografía pequeña de una bebé en los brazos del Gran Maestre, mucho más joven de como luce ahora. En el anverso de la imagen se leía: “Para mi hija Alexa”.
—Supuestamente él me amaba en aquella época, yo nunca lo he creído. Desde el principio me consideró una esclava para lograr lo que fuera que ha anhelado toda su vida. —la chica se pasa la mano con torpeza por la cara intentando limpiarse el rostro de lágrimas —yo dejé allí esa fotografía. Lo hice a propósito. Quería que alguien lo supiera. Quería que alguien se diera cuenta lo que ha sido toda mi vida. Pensé que verías la fotografía ayer, cuando estábamos ahí. Quería que lo encararas, a él y a mí. Quería que recordara que soy su hija, y no un simple elemento más para lograr sus fines. No espero que me entiendas. No quiero eso. Sólo les pido que no me condenen. He sido tan víctima de él como lo han sido ustedes.
—Deja de llorar. Ya no vale la pena. Ahora nos vamos, nos espera un día largo.
Tom a veces se sorprendía de la frialdad con que tomaba ciertas situaciones que a él lo desarmaban, y se daba cuenta que la vida de su hermoso Bill había sido mucho más dura que la suya. Esta vida lo había curtido, la anterior también. El pelinegro ya iba caminado hacia su Freelander —¡Bill! —el mago se dio vuelta y el rubio lo abrazó con ternura —estamos juntos en esto. Aún nos tenemos, aunque nos falte todo lo demás, nos tenemos. Te amo —Bill lo miró con ojos brillantes y acarició suavemente los párpados de su amado.
—Yo también —dijo el chico y subió al vehículo. El rubio hizo lo mismo y partieron hacia Liz Garten.
La tarde poco a poco iba madurando en sus colores. El hambre los consumía, y ni siquiera tenían la seguridad de que lograrían comer algo. No sabían si el Gran Maestre estaría allí listo y dispuesto a la lucha. Las mentes cansadas de los chicos ya no estaban para más elucubraciones. Parecían resignados a enfrentar a ese hombre, aunque no entendieran las verdaderas razones para su obsesión con todo lo que ligaba a la Mansión.
Cuando se estacionaron cerca de la entrada de servicio, los cinco hombres que estaban dentro salieron corriendo a recibirlos. Entre abrazos, sonrisas y saludos ingresaron luego de las respectivas presentaciones de la nueva integrante del grupo, Laura King.
Todos con ansiedad requirieron del sin fin de detalles de lo acontecido tanto en la mansión como en Lindau. Mientras cenaban las teorías, preguntas y respuestas se sucedían con rapidez y algo atropelladas. Luego de varios minutos se dieron cuenta que no tenían una estrategia para afrontar lo que viniera, porque no sabían lo que aquel hombre tramaba.
—Yo creo Alexa que tú debes saber lo que va a hacer ahora. —interrogó Markus Frank.
—La verdad es que nunca Storm me ha dicho nada de lo que espera, sólo me dice lo que debe hacer, y su última instrucción fue que debía apurar el regreso de los chicos. Todo el camino me debatí entre lo que él me pedía y lo que yo sabía que debía hacer. Por eso mis cambios de humor —la chica agachó la cabeza avergonzada.
Andreas la besó en la frente para tranquilizarla —ya está bien cariño, no te culpes más.
—Es obvio —agregó Anton —que desea lo que hace el disco ese ¿cuánta información le has dado al respecto Alexa?
—¡NADA! Lo juro, lo juro. Él no sabe que yo sé. Recuerden que él no puede traspasar energéticamente la barrera de seguridad puesto por los gemelos Kaulitz en el subterráneo. Su energía no puede ir más allá. Aunque de manera física si pueda. Lo que sabe, es producto de suposiciones y de relacionar información.
—Sí, eso me tranquiliza. —concluyó Tom —esta noche es posible que no durmamos.
—¿Todos estos días han sido así tan extraños?
—Sí abuela —el pelinegro le sonrió con cansancio —por eso es que ya estamos agotados.
—Pobres mis niños ¿Aún buscaremos a Antje?
—Claro que sí, tal como tú dijiste, aunque sea para darle una sepultura digna —Tom le respondió con amargura.
—Lo siento de verdad chicos —dijo Anton y todos asintieron en silencio.
Luego vino el ritual de fumar en el patio de servicio, reunión en la que incluso Laura participó. Intentaron distenderse un poco hablando de sus vidas anteriores, de las peripecias universitarias, anécdotas varias. Y luego llegó el mutismo. Una patrulla de la policía se mantenía un poco más allá de los jardines, pero ellos sabían que llegado el momento estarían solos, enfrentados a un hombre poderoso cuyas armas sólo conocían Bill y Alexa, todos estaban conscientes de ello, y pensaban en silencio sobre lo que podría suceder. Laura mientras tanto intentaba acostumbrarse a ver a hombres tomados de la mano como en el caso de Georg y Gustav o abrazados como Bill y Tom. Se preguntaba si Anton y Markus también serían...
Súbitamente un estruendo seguido por un golpe, sacó a todo el mundo de sus pensamientos.
—¿De dónde vino eso?
—De la biblioteca.
—Vamos a ver.
—¡Sí, vamos todos!
—¡Ese hombre nos va a hacer mierda!
—¡Ay, cállate Georg!
—¡Deben tener cuidado! —se atropellaban todos para hablar.
—¿Y nosotras qué hacemos? —terminó por preguntar Laura, y ya todos habían partido corriendo, dejándola sola.
Ella que no conocía la mansión se dejó guiar por el ruido y las voces. Llegó hasta el hall, y con cautela avanzó por el reluciente piso —¡qué elegancia! —pensó. Luego se asomó por la puerta donde todos se agolpaban en frenéticas discusiones. Al parecer el ruido provino de la muralla que había sido abierta, lucía un inmenso forado, que luego Laura reparó en que era una puerta.
—¿Y tú pensabas que toda esta parafernalia me podría detener? Sólo me basta un deseo para abrirme paso.
—¿Qué pretendes conseguir Storm? —le preguntó Bill.
—Cuando llegue a mi destino te diré.
—No te lo permitiremos.
—¿Quién me lo impedirá? ¿Tú, Tom? ¿o la vieja que está allá al fondo? Consiguieron refuerzos por lo que veo —Laura abrió los ojos totalmente ofendida, pero no dijo nada. —lo bueno es que mi público ha aumentado, y podrán ver el final de este show, que consiste nada más y nada menos que en el final de la dinastía Kaulitz —acto seguido el hombre bajo por las escaleras.
—¡Enciende las luces Anton! —ordenó el señor Frank —y todos corrieron escaleras abajo.
—Yo me quedo aquí ¿eh? —dijo Laura pero nadie le respondió. Miró hacia el sector de la chimenea y un cuadro atrajo su atención, cuando lo observó mas de cerca y leyó Tom 1863, la mandíbula se le cayó, manteniendo la boca abierta por mucho rato.
Storm parecía volar, había llegado hasta aquel pasillo sin ninguna dificultad. Había tomado uno de los carritos aún dispuestos y partió a toda prisa. Los demás se instalaron en los otros carros con cierta dificultad y partieron tras él. Storm cada ciertos metros miraba hacia atrás esperando perderlos, pero los otros dos carros lo seguían a corta distancia. Cuando el final del pasillo se acercaba, Storm alargó una de sus manos y el inmenso cerrojo de la puerta de hierro cedió abriéndola. El mago mayor bajó corriendo, intentando cerrar la puerta detrás de él, pero Bill se lo impidió ejerciendo la misma energía de manera inversa.
Todos le siguieron. La noche ya había caído sobre el jardín, y Storm que no lo conocía un par de veces trastabilló y en una ocasión calló al suelo. Con rapidez se levantó y siguió corriendo, algo desorientado, pero finalmente dio con lo que andaba buscando. Los demás le alcanzaron y vieron a Storm junto al disco, dándole la espalda y enfrentando al grupo.
Alterado, emocionado, el Gran Maestre intentaba regularizar su respiración. Los del grupo se quedaron a cierta distancia por precaución —Creo que es inútil Storm. Nada conseguirá en este lugar —le dijo Tom. El hombre negó con su cabeza, riendo.
—Te equivocas, aquí estamos en el último acto de mi espectáculo, cuyos mártires serán sacrificados porque esta obra siempre fue una tragedia, aquí no hay finales felices. Nunca fue una historia feliz. —el mago se reía, mientras todos le miraban en silencio, expectantes —mi abuelo se volvió loco por culpa de este secreto. Desapareció de su tiempo y apareció en éste, luego partió otra vez para nunca regresar, mi abuela siempre contaba del viaje en el tiempo, siempre fue motivo de burla, pero yo le creía. Logré averiguar que mi abuelo surgió de una Antigua Mansión en Baviera. Con los años conocí a Thomas Kaulitz, nos hicimos muy amigos, entonces supe de Liz Garten, y de las muchas coincidencias entre su descripción de este lugar y la que mi abuelo había dicho. Un hombre refinado, elegante, y arrogante, se casó y tuvo un hijo, Jörg. Vuestro padre. No me convenía tanta descendencia, hice todo lo posible por matarlo. Pero —chasqueó la lengua —Thomas, mi amigo me descubrió y no estuvo de acuerdo, no lo culpo, era de esperarse que no quisiera que asesinara a su hijo, pero no le bastó estar en contra. Al que consideré mi amigo por tantos años, me iba a traicionar delatándome ante la ley, así que tuvo un desafortunado accidente en las montañas —puso cara de fingido pesar —así es la vida. Pero Jörg, otro maldito engendro se casó con su prima, y nacieron estos lindos gemelitos. Mi peor error fue no matarlos cuando debí, ese día en la nieve, en el lago, ¡dejarlos allí por unas horas hubieran bastado para que el congelamiento los terminara cual plaga! Pero no, cedí ante el consejo estúpido de Wendt, que bastaba con separarlos, que nunca más se verían, que nunca se encontrarían, luego cumplido el plazo yo tomaría este lugar como mío. Pero los errores pueden enmendarse ¿cierto? Sobre todo cuando existe una especie de máquina del tiempo. ¿Entonces qué haré? Regresaré a ese día de febrero junto al lago Bodensee, y terminaré la tarea tal y como la tenía planeada y no dejaré que Wendt me convenza de lo contrario. Entonces ustedes desaparecerán, y yo podré hacer todo de nuevo como debió ser hecho.
—¡Storm, estás loco! —le gritó Tom.
—Y tú estás muerto —rió el hombre —no hay nada que me lo impida, no pueden tocarme ahora, he puesto una barrera alrededor del disco, sólo les queda contemplar mi obra magistral.
—No sabes usar eso —replicó Bill.
—Ya sé que es tan sencillo como subirme al disco y partir, seguramente fijo en mi mente la fecha y llegaré.
—No es tan sencillo. Debes hacerlo vibrar antes.
—¡No trates de engañarme Bill!
—¡Sí, tiene razón. Padre, por favor, no hagas eso!.
—¡Y tú rata inmunda, traidora, yo no soy tu padre! Al fin he logrado mi meta, y me llevo en el recuerdo la mirada de su derrota, eso es lo que más he deseado a lo largo de los años. Mi abuelo merecía tener esto, yo también.
—¡NO! —fue el grito de todos cuando Storm se subió al disco, sonriendo. Pero luego su cuerpo envuelto en aquella luz azulina comenzó a temblar, mientras el disco retumbaba en un vibrato profundo, un alarido horrible salió de la boca de Storm, cuyos ojos abiertos parecían querer salirse de sus cuencas, rayos atravesaban su cuerpo, mientras un ligero humo negro parecía desprenderse de sus ropas, las carnes de su cara comenzaron a soltarse lentamente, mientras el cuerpo saltaba sobre el disco como si fuera un muñeco de trapo. El cabello canoso se volvía oscuro mientras se calcinaba, el hombre se estaba quemando vivo, pero de una manera extraña, sin llamas, sin fuego aparente. Los ojos de los espectadores estaban abiertos llenos de horror, una escena como sacada de una película de terror —¡saquémoslo de ahí! —dijo alguien.
—No podemos —dijo Bill. No podían. Storm había dispuesto de manera efectiva su propia ejecución. Las manos del hombre ya eran muñones, y su cuerpo permanecía de manera horizontal sobre el disco dando tumbos, emitiendo alaridos —¿por qué no pierde la conciencia de una vez? —se lamentó el pelinegro.
Justo en ese instante se escuchó un quejumbroso —ayúdenme —para luego no emitir ningún sonido más. Para horror de todos, el disco no cesó hasta que no quedó nada de aquel hombre consumido por aquella energía hasta hacerlo desaparecer.
Cuando todo hubo terminado, sólo se escuchaba el sollozo de Alexa. Nadie se movió ni dijo nada por varios minutos, en shock, consternados por la horrible muerte que tuvieron que presenciar. Los rostros pálidos temblaban. Los cuerpos temblaban. Hasta ahora creían que lo habían visto todo, que nada más los podría estremecer o sorprender, pero se habían equivocado. Igualmente callados regresaron al túnel. Tom de vez en cuando miraba hacia atrás pensando que aquello fue un mal sueño, y que Storm aparecería riéndose de ellos. Se estremeció al darse cuenta que no sabía cuál de las dos alternativas era peor, si la horrible muerte de Storm, o su imaginada reaparición.
Sin decir palabra regresaron por los largos túneles.
Cuando aparecieron en la biblioteca. Laura tenía una expresión extraña. Había transcurrido más de una hora, tiempo que ella dedicó en ver la mansión. Los cuadros, los testimonios de la muerte de los gemelos, de hacía más de un siglo, y ya no podía mirar de la misma forma aquel par de chicos. Ellos eran demasiado diferentes a todo lo que había conocido. Pero para su sorpresa, no era motivo de rechazo. Su corazón estaba lleno de ternura y compasión por aquellas dos almas que necesitaron de otra vida más para poder ser felices. Se preguntó si ella no estaría también viviendo su otra oportunidad. Y se alegró al pensar que en algún momento en el tiempo sus hijas retornarían a la vida, y tal vez ella la compartiría, serían felices juntas otra vez.
No quiso preguntar lo que había sucedido, las caras del grupo hablaban por sí solas. Parecían asustados, extrañamente silenciosos, y el hombre no había regresado. Lo que fuera que había sucedido implicó que uno no volviera. Se alegró por otro lado que no hubiera sido esa la suerte de ninguno de sus nuevos amigos. Aunque moría de curiosidad por saber los detalles, esperaría otro momento. El llanto interminable de Alexa le exigía prudencia. Preguntó por cortesía si tenían hambre y todos negaron en silencio. El chico castaño salió corriendo a algún lado con la mano en la boca, en un claro gesto de que tenía ganas de vomitar. Lo siguió el de gafas, con semblante preocupado.
—Es mejor que intentemos descansar. Le asignaremos una habitación señora King —dijo el administrador —mañana resolveremos qué hacer. Hoy no estamos para decidir nada más.
Todos asintieron. Como almas en pena cada uno se dirigió al segundo piso, y Laura siguió a Markus, para saber dónde dormiría.
Momentos después en la alcoba de Bill y Tom, continuaba el mismo silencio. Bill acababa de salir de la ducha y Tom alistaba todo para ducharse él a su vez. Antes de entrar al baño miró con ojos tristes a su amado y dijo bajito —lamento que no pudiéramos saber dónde ese hombre dejó a Antje —luego sin esperar comentario entró a la ducha.
Cuando salió del baño, Bill ya se había metido a la cama, parecía absorto en sus pensamientos. Tom vestido sólo con unos boxers, se acostó junto a él. El pelinegro lo abrazó y besó su labios suavemente —no sé si pueda dormir, aunque esté tan cansado.
—Pues hagamos el intento —acotó Bill apagando la lámpara.
Tom no supo como es que se hallaba una vez más frente a la casa abandonada de Kunterweg. Estaba todo oscuro, era mitad de la noche, todos dormían, pero él estaba ahí frente a la puerta entreabierta. Era consciente de que se trataba de uno de sus sueños. Se preguntaba por qué estaba allí, sin duda cuando había escuchado la voz de una mujer que lo llamaba, que juró era la de Antje, no había sido fruto de su imaginación —seguramente pasé por alto algo importante —se dijo y entró. Encendió la única luz que funcionaba, la del pasillo e hizo el mismo recorrido que había hecho en la tarde, repitiendo cada paso, cada acción, miró los closets otra vez, y luego de buscar en cada rincón no logró ver aquello por lo cual estaba allí de manera onírica. Intentó pensar, usando toda la claridad mental que le permitía su estado, y avanzó lentamente por el pasillo. De pronto notó el leve desnivel en el piso. Miró hacia abajo y pudo ver la alfombra roñosa y sucia bajo sus pies. Repitió el movimiento dándose cuenta que el piso emitía un suave crujido. Levantó la alfombra y vio una compuerta en el suelo. Jaló con dificultad hacia atrás y observó hacia adentro. Todo estaba tan oscuro. Debo recordar traerme una linterna en el próximo sueño, pensó. Tanteando con los pies y sujetándose firmemente con las manos al piso, comenzó a bajar, rogando para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Tampoco sería malo inventarme alguno que otro super poder, como visión nocturna, reflexionaba mientras avanzaba con lentitud.
Caminó en línea recta, o por lo menos eso creía. Dejó que sus oídos captaran algún sonido y para su espanto percibió una respiración leve. Él mismo contuvo su respiración, pensando que tal vez era una confusión suya. Pero no. Allí estaba el suave aliento de alguien más, el típico rítmico vaivén de alguien sumido en el sueño. Sin otro sentido para guiarse que su oído, se dirigió hacia aquella leve fuente de sonido. Caminó lento dando pasos moderados, evitando tropezar o caer. Hasta que escuchó un pequeño sonido que produjo el roce de telas y el quejido inequívoco de una voz femenina muy cerca de sus pies. Se agachó lentamente y alargó la mano hasta tocar un brazo envuelto en alguna tela delgada, demasiado delgada para pasar allí la noche. Lentamente subió su mano hasta tocar el hombro helado de la mujer que allí estaba. Palpó su rostro y pasó su mano muy despacio por su mentón. De pronto la respiración pausada de la mujer terminó, y dejó escapar una exclamación ahogada. Tom asustado retiró su mano. Esa persona al parecer se irguió, y en medio del silencio, el muchacho escuchó —¿Tom?
El rubio se despertó con la respiración entrecortada. Junto a él Bill dormía plácidamente, ignorante del nuevo conocimiento que sacudía la psiquis de su novio.

Buenisimo, me encantó
me gustó mucho,
Y no te preocupes por la demora, yo siempre espero pasiente
No quiero que llegue el final pues te repito: amo la fic es una de mis favoritas
voy a extrañarla ♥
realmente ame el capitulo, como todos
beso
Ale, no me cuelgues porfavor!!, pensé que te había comentado aqui el mismo dia q en el blog, pero oh ! error, me confundí
Merecida se tiene la muerte ese storm, aunque fue macabra y horrible, bien eso q le paso. aunque me dejo con la duda si su abuelo fue el q ocasiono la muerte de el Tom de antes y el envenenamiento de Bill.
Alexa hija de storm!! eso no me lo esperaba, y sobre Alexa lo de el cambio de humor, el llanto y las hormonas no será q está embarazada? si es así la q le va a dar a Andy.
Yo creo q la mujer q esta en el sotano? de esa casa es la mamá de los gemelos, tiene q ser, pues los datos dan a apuntar q es asi.Mención a parte "la abuela" que monada de señora exigiendo q le llámasen asi y lo de la "liga de la justicia" jaja fue alucinante.!!
Mencionas q ya va a terminar, yo no quiero me encanta esta historia y cuando llegue a su fin te aseguro q la extrañaré horrores, pero el consuelo q me queda es q dices q ya estas con otra historia de un corte mas sensual, ay Ale, si esta historia q no es así nos haz regalado de los mejores lemons q he leído, ya me imagino como sera
Por cierto espero q para los últimos capis de Waiting... nos regales un lemon inolvidable, sigo insistiendo q la mantequilla esta olvidada y yo quiero que el "Bill astral" también forme parte en ello y se olvide de cierta verdura q ahora q estoy enferma debo de consumir!!
mil besos Ale y a esperar el siguiente capitulo!!
Oh Ale
es sierto, este fic esta hecho con mucho amor
y demaciada dedicacion ^^
Simplemente lo amo <3!
Por cierto espero q para los últimos capis de Waiting... nos regales un lemon inolvidable, sigo insistiendo q la mantequilla esta olvidada y yo quiero que el "Bill astral" también forme parte en ello y se olvide de cierta verdura q ahora q estoy enferma debo de consumir!!
Mis sisters, estamos llegando al final casi casi, de este fic que en Agosto cumple un año.
Es posible que queden dos capitulos o uno + epílogo. Gracias por sus cometarios y por leer un fic que a veces las dejaba de cabeza intentando comprender todas sus aristas.
__________________________________________________________________
Caminó en línea recta, o por lo menos eso creía. Dejó que sus oídos captaran algún sonido y para su espanto percibió una respiración leve. Él mismo contuvo su respiración, pensando que tal vez era una confusión suya. Pero no. Allí estaba el suave aliento de alguien más, el típico rítmico vaivén de alguien sumido en el sueño. Sin otro sentido para guiarse que su oído, se dirigió hacia aquella leve fuente de sonido. Caminó lento dando pasos moderados, evitando tropezar o caer. Hasta que escuchó un pequeño sonido que produjo el roce de telas y el quejido inequívoco de una voz femenina muy cerca de sus pies. Se agachó lentamente y alargó la mano hasta tocar un brazo envuelto en alguna tela delgada, demasiado delgada para pasar allí la noche. Lentamente subió su mano hasta tocar el hombro helado de la mujer que allí estaba. Palpó su rostro y pasó su mano muy despacio por su mentón. De pronto la respiración pausada de la mujer terminó, y dejó escapar una exclamación ahogada. Tom asustado retiró su mano. Esa persona al parecer se irguió, y en medio del silencio, el muchacho escuchó —¿Tom?
El rubio se despertó con la respiración entrecortada. Junto a él Bill dormía plácidamente, ignorante del nuevo conocimiento que sacudía la psiquis de su novio.
Bill se despertó por el incesante golpetear de la ducha. ¿Tom duchándose?, ¿qué hora era? Con un ojo abierto y el otro cerrado le echó un vistazo al reloj sobre la mesita de noche. Quince minutos pasada las cinco de la mañana. Demasiado temprano. Pensó seguir durmiendo, no había de qué preocuparse. Posiblemente había sentido calor. O quizás saldría a hacer ejercicios. Aunque nunca había visto a Tom en algo así, era de suponer que sí hacía actividad física por su cuerpo bien formado. O mejor aún ese cuerpecito hermoso podría estar junto a él en la cama y aprovechar que ya que estaban despiertos... Para... O tal vez sólo había tenido una pesadilla, por eso se estaba...
—¡Mierda! —dijo Bill, y se levantó rápidamente y con tranco acelerado se adentró en el baño —¿Tom? ¿Tom? ¡TOM!
—¡Qué! —el nombrado asomó la cabeza llena de espuma.
—¿Qué sucede? ¿Por q...?
—Soñé con ella en la casa abandonada. Debo volver. —Bill se sacó los boxers y se metió en la ducha —¡¿Qué haces?!
—¿Acaso crees que te dejaré ir solo? —Tom complacido lo abrazó y lo besó.
—No quería despertarte.
—Lo sé.
Minutos después cuando el reloj marcaba pasada la media hora, el Cadillac se enfilaba por el camino rodeado de coníferas. El trayecto era breve, pero al mismo tiempo se hacía largo debido a la ansiedad que los embargaba. Cuando llegaron a Kunterweg, redujeron al máximo su velocidad, intentando no hacer demasiado ruido.
—Sería bueno que escondieras el Escalade detrás de los árboles —señaló Bill, apuntando hacia el bosque que se extendía por los terrenos adyacentes a la casa. Tom obedeció pensando que era lo conveniente. Tomaron un par de linternas y una vez que comprobaron que el todo terreno no era visible desde la calle, corrieron sigilosos hasta la casa.
Cuando llegaron a la puerta Tom intentó abrirla sin éxito.
—Necesito los servicios de mi cerrajero personal —dijo a Bill quien concentrándose extendió su mano derecha para abrirla. Se introdujeron a la casa, y Tom encendió la única luz que funcionaba, tal como había visto en su sueño.
Se quedaron en silencio esperando algún movimiento —¿No trajiste tus espadas o dagas o cosas así por si acaso?
—Tom, eso es sólo para cuestiones energéticas. No se usan contra los vivos.
—Puff y yo que pensé que venía con guardaespaldas
Bill sonrió de manera burlesca —bueno, entonces pudiste haberle dicho a la abuela que viniera —y antes de que pudiera darse cuenta, Tom ya se abalanzaba por la alfombra para levantarla. —¿Qué haces? —susurró el pelinegro. Pero no fue necesario que el rubio le respondiera al ver en el suelo la compuerta camuflada en el mismo piso. Con dificultad Tom la levantó, mientras el mago le ayudaba dándole impulso hacia atrás.
Conteniendo el aire permanecieron unos segundos allí, mirando el agujero negro que se extendía al borde de sus pies. Tom levantó su mirada para enfocarse en los ojos marrones de Bill. El pelinegro pudo ver el brillo de ilusión y de ansiedad en la mirada caramelo de su amado. Sintió deseos de abrazarlo y confortarlo y decirle que aunque él sentía lo mismo, estaban juntos, y eso le bastaba. No lo abrazó, sólo le sonrió, pero fue suficiente para Tom que comenzó a bajar primero mientras el pelinegro sostenía desde arriba la linterna encendida para alumbrar los escalones.
El rubio se quedó estático junto a la escalera, y Bill bajó equilibrándose y sosteniéndose con una mano. Supo que la ansiedad mantenía congelado a Tom en la misma posición —apaga la linterna —le suplicó en un susurro.
—Tom, está muy oscuro —respondió el mago en un murmullo.
—Si lo deseas, alumbra hacia la escalera, pero no hacia acá. No quiero asustarla —Bill sabiendo que Tom estaba seguro de lo que hacía, no replicó y dirigió la luz hacia la escalera, pero provocando cierta claridad al el resto del cuartucho. Había un marcado olor a humedad que se mezclaba con el de orina, no había muebles, sólo un colchón sobre el piso, y sobre él, un montón de frazadas viejas, amontonadas sobre un bulto, formando una especie de nido. Se escuchaba la respiración tenue de ese alguien. Bill tragó saliva conteniendo las lágrimas. Nadie se merecía estar en ese lugar. Y si era su madre quien estaba allí su corazón se rompería. Nadie merece tanto sufrimiento, menos su madre que nunca le hizo mal a nadie. Quería correr y ver aquel rostro que apenas conocía más que de un par de fotografías, pero sabía que eso le correspondía a Tom. Sin su don jamás hubiesen llegado hasta ese momento.
El rubio, tal cual hizo en su sueño, avanzó lentamente, conteniendo sus ansias de terminar con aquella tortura de una vez. Se puso de rodillas junto a aquel cuerpo, y lentamente alargó su mano hacia los cabellos oscuros y largos que escondían las facciones de aquel rostro. Pudo ver que la persona permanecía en posición fetal hacia la pared, dándole la espalda a Tom. Éste, respirando apenas, mientras su corazón galopaba en su pecho, acarició suavemente su pelo. Ella se quejó, y luego dio un suspiro, para continuar con la respiración pausada. Entonces, por fin el rubio pudo ver el perfil de la mujer, era exactamente igual al de Bill, y sus ojos comenzaron a humedecerse. Un par de lágrimas se le escaparon, y bajaron por sus mejillas. Volvió a extender su mano y acarició, después de toda una vida, aquella piel que le habían negado. La mujer se movió en su lecho, pero Tom no quitó la mano de su mejilla.
De pronto, ella, que apenas se daba cuenta de lo que sucedía, comenzó a despertar. Cuando fue consciente de la sensación de la mano sobre su rostro, abrió sus ojos asustada y se irguió, sentándose de lado, apoyándose en sus huesudas manos. En medio del terror inicial que sintió ante aquella presencia extraña, no supo determinar si esa persona que estaba junto a ella era producto una vez más de sus fantasías. Pero luego ya no sintió miedo. Cuántas horas interminables de largos sueños, de viajar siempre hasta ver aquel rostro que ella imaginaba como el fruto de su vientre. Sangre de su sangre. Todo para ella. Su comienzo y su final. Estaba en aquel extraño recuerdo que se hacía sueño recurrente, las breves conversaciones imaginadas mientras sentía aquel desagradable sopor que le era impuesto. ¿Por qué?, ¿por quién? No sabía. Alguien había decidido de que ella no era digna de vivir como los demás. Y con el tiempo, había perdido el sentido de lo real y lo imaginario. Y ahora frente a esa sombra quieta a su lado, que había acariciado suavemente su mejilla no sabía distinguir si aún dormía, o si era real. En el fondo de su mente estaba la voz y el nombre de aquel muchacho que se había convertido en medio de sus sombríos y apenas cuerdos pensamientos, la única fuente de ilusión y esperanza. Había imaginado que podía hablar con su hijo imaginario. A menudo soñaba con ese rostro que visitaba en sus sueños, desde lejos contempló varias veces otro similar al suyo. Pero eran eso, sólo sueños. Sin embargo, éste era muy distinto. Nunca antes había venido ese ángel a visitarla a su lecho. En medio de la sombras percibió su esencia. Podría reconocerle en la oscuridad más absoluta. Era su ángel, no había dudas. ¿Cómo era posible que pudiera llegar hasta la mugre, el frío y la oscuridad a la que ella estaba condenada? ¿se merecía tal visita?, ¿cómo era que su niño viniese por ella? La que estaba llena de piojos, de orines, de suciedad, de pobreza, de hambre y de frío. Ella recibía, en el mismo lugar donde sus torturadores le negaban la luz del sol, y el brillo de las estrellas, la presencia de aquel ser puro que en sus sueños había visto crecer dentro de su vientre.
Tom ignorante del torrente de pensamientos incoherentes de Antje volvió a acariciarle su rostro. Ella sonrió levemente. Estaba tan cansada. No podría mirarle por mucho tiempo más, ese aturdimiento de sus sentidos no tardaría en llevarla otra vez a la inconsciencia. Pero antes de perder su último segundo de lucidez alcanzó a susurrar —¿Tom? —luego se desplomó otra vez muda y lánguida sobre el nauseabundo colchón.
Tom sollozó impotente, lleno de dolor de verla así, convertida en ese despojo humano, y por primera vez sintió alegría por la horrible muerte de Storm. Se la tenía bien merecida.
—Tom —dijo Bill entre las lágrimas también —debemos sacarla de aquí, y llamar a la policía. Necesitamos una ambulancia. Ella no podría caminar aunque quisiera —Bill se secó con las palmas de sus manos sus mejillas húmedas —dejemos de llorar, que así no la ayudamos —el rubio asintió.
—Bill, tú ayúdame a levantarla, y luego yo la cargo en mi hombro para poder subir con ella.
—De acuerdo —Bill con horror se dio cuenta de que Antje estaba en los huesos. Pesaba muy poco, tenía puesto un camisón raído, manchado —deja subir yo primero y así te la recibo allá arriba.
—Bien —Tom siguió a Bill hasta el pie de la escalera. Esperó a que el pelinegro llegara arriba y luego el subió al primer peldaño. Bill, en cuclillas, estiró los brazos hacia abajo agarrando a la escuálida mujer por la cintura. Lentamente a medida que Tom subía, la fueron alzando, cuidando de no golpear su cabeza con el filo del piso. El día ya había aclarado, y la luz del amanecer se colaba por las ventanas sucias. Parecía inconsistente con aquella tragedia que el planeta siguiera girando, era hasta irónico. Para Bill y Tom el mundo y el tiempo se habían detenido, porque eran conscientes de la tremenda injusticia que se había cometido con sus vidas. Casi veinte años de obligada separación uno del otro. Ya no valía la pena preguntarse cómo hubiera sido. Pero Antje había sufrido más que ninguno de ellos, ¿y qué habían logrado con eso? De todas formas volvían a estar juntos. Y unidos volverían a armarse, a ensamblar y fundir los trozos desperdigados de sus vidas, de tantas experiencias no compartidas, de los recuerdos en común que no existían, de las fotografías que no se tomaron, de todos los cumpleaños que no celebraron como familia, ni las navidades, ni las vacaciones junto al lago. Sería como empezar de cero. Sin olvidar que hubo un hombre que sin duda los amó, que sufrió una horrible muerte entre las llamas, a quien en esta vida ya no conocerían, pero que honrarían con su recuerdo. Storm había intentado en vano borrar su existencia de la mente de aquellos que deberían amarle, ahora Jörg la había recuperado a través de sus dos hijos, quienes no le olvidarían.
Bill y Tom terminaron de depositar el delgado cuerpo de Antje sobre el suelo. Tom se sacó la chaqueta y la abrigó lo más que pudo mientras sostenía su cabeza.
—Necesitamos un teléfono Tom.
—¿Y el tuyo?, ¿el nuevo?
—Yo aún no me acostumbro a esa cosa, y lo olvidé —el rubio buscó en uno de los bolsillos de la chaqueta y sacó su celular —bien.
—El número de la policía está en el directorio —Bill asintió y buscó. De repente el ruido de un motor les llamó la atención, se acercaba hasta detenerse frente a la puerta. Tom miró a Bill con desesperación. Antje no estaba para moverla otra vez. Bill le hizo un gesto de silencio y se acercó a la puerta, apagó la luz, y a cierta distancia de la entrada aguardó, interponiéndose entre ésta y su madre. Los pasos subieron las escalinatas y avanzaron por el porche y con llave abrieron la puerta. Un hombre alto entró sin percatarse de las otras presencias y manteniendo la cabeza gacha aún y a pesar de que el amanecer de a poco iba aclarando el interior de la casa, encendió la única pobre luz. Cuando se giró para avanzar se encontró con la siempre imponente y perturbadora presencia de Bill.
—Hola Steff —Steffan Wassenne abrió sus ojos verdes, movió su boca para decir algo, en cambio, sólo volvió a girar sobre sus talones, abrió la puerta y corrió despavorido. Bill previendo que querría subir a su pequeño deportivo japonés, extendió la mano volviendo el vehículo en algo totalmente hermético. Steffan inútilmente accionó el remoto de las puertas, al darse cuenta de que no podría escapar en él, comenzó a correr hacia el descampado. Bill detrás de él, quien guiado por la rabia y la adrenalina fue más veloz, unos cuantos metros más allá logró derribarlo. Bill forcejeó con él, luego se sentó ahorcajadas sobre su estómago y de un fuerte puñetazo en el mentón el lindo castañito perdió el conocimiento. El pelinegro con la respiración entrecortada logró articular palabra, llamó a la policía, y estos llamaron la ambulancia.
Unos minutos después Steff, el kinesiólogo, permanecía atado de manos, totalmente despierto.
—Steff, más te vale que me digas todo. No me cuesta nada decir que al correr te azotaste la cabeza y ¡ups! Fue un accidente —Bill lo miraba de brazos cruzados. El chico de ojos verdes estaba sentado en el último escalón de la escalera que sube hasta la puerta de entrada, y el pelinegro estaba un peldaño más abajo —habla, no sacas nada con callar.
—Yo salvé a esa mujer, es todo lo que hice. Storm la iba a matar frente a mis ojos, y con mis conocimientos de medicina, pues hice lo mejor que pude.
—No me vendas a mí tu mierda barata de misionero de la caridad.
—¡Es verdad! Storm, la golpeó en la cabeza y la ató para que el lago se encargara de ella. Él siempre alardeaba de que nunca sintió remordimiento alguno por asesinar a su amigo Thomas Kaulitz. Volvían de una excusión en Los Alpes, y le había cortado los frenos al auto. Su amigo se fue por el precipicio, él venía en otro vehículo. Su amigo le pidió ayuda, se había quedado colgando, apenas sujeto por una piedra. Él sin ninguna pizca de compasión aceleró su propio coche y lo empujó hasta que cayó. Yo sé que es un hombre cruel, y además tiene esos poderes. Yo le tengo terror.
—Cuéntame lo de ella y el lago.
—Pues a escondidas de él, me escabullí en el lago, yo... Yo le había dicho que no quería ver, que yo había hecho un juramento...
—Bla, bla, bla. Steff no te hagas el buen samaritano conmigo y ve a los hechos.
—Esperé a que no me viera y me zambullí, rogando que no se hubiera ahogado. Logré rescatarla, y la escondí aquí. No me atreví a llevarla a ningún hospital, no tengo idea de cómo se llama. No sabía si tenía parientes. Yo sabía que si buscaba ayuda, Storm sabría que estaba viva, y que yo era el responsable de ello. Yo sé que ahora me va a matar. No importa dónde me lleven, dónde me esconda —Steff rompió a llorar como un niño mientras su cuerpo temblaba lleno de pavor.
—¿Cuándo sucedió lo del lago?
—Hace un mes... —el castaño se quedó pensando —sí, como un mes atrás.
—¿Y antes de eso dónde la tuvo Storm?
—En un escondite cerca de aquí, en algún sector de Oberschönau, ahí la tenía muriendo de hambre... —la mano de Bill le azotó la mejilla izquierda. Un hilillo de sangre comenzó a correr de su labio.
—¡Y tu maldito, hijo de perra, mal nacido! ¡¿No pudiste alimentarla mejor, bañarla, tenerla en algún lugar iluminado?! ¡¿Tenías que drogarla?! ¡O me vas a negar que lo hiciste! —el aliento de Bill rozaba el rostro de Steff, ambos rostros separados por pocos centímetros. El castaño sólo podía ver los ojos llenos de furia del mago —¡Ya que no querías darle la libertad que ella se merecía! ¡¿No se te ocurrió tratarla como un ser humano aunque no supieras su nombre?! —Steff con asombro vio los ojos llenos de lágrimas del pelinegro, las sirenas de los vehículos policiales y de la ambulancia se escuchaban cada vez más cerca —Y para que te enteres bien y de una vez, su nombre es Antje Kaulitz y es mi madre.
Steffan se quedó mudo. Cuando la policía empezó a indagar, y revisar el lugar, Tom pudo relajarse. Vio cómo en una camilla su madre era llevada a la ambulancia.
—Bien jóvenes —dijo el policía —necesitaremos sus declaraciones en la estación. Entendemos que deseen ver cómo sigue la señora Kaulitz, pero esperamos que ustedes nos aclaren el cúmulo de interrogantes que surgen de esta nueva arista en el caso que hemos estado investigando. Nos llevaremos al detenido. Esperamos que apenas ustedes se desocupen concurran a dar sus declaraciones, son fundamentales.
—Sí, comisario, allí estaremos durante el día si es posible.
—¡Bill, Tom! Díganles que Storm me matará. Por favor —lloriqueaba el castaño de ojos verdes —¡Bill! —chillaba desde dentro del radiopatrulla —¡Storm me matará!
Tom observó la cara impasible de Bill —¿No le dijiste que Storm había muerto?
El pelinegro sonrió —No, déjalo que sufra, se lo merece.
Los chicos se subieron al todo terreno negro y se dirigieron al hospital de Schönau. El día sería largo.
—¿Qué ha sucedido? —Georg y Gustav miraba a Andreas que con rostro consternado y pálido, sostenía su teléfono móvil. Ambos chicos observaban desde la cama al rubio en la entrada de su habitación.
—Lo que les dije. Bill y Tom encontraron a su mamá... Viva. Estaba escondida en una casa abandonada.
Gustav se rascó la nuca, con el seño fruncido, y los ojos rasgados aún por el sueño interrumpido —¿No se supone que están durmiendo en la habitación de al lado?
—Pues, ni idea. Yo también pensé lo mismo. Pero resulta que están en un hospital ahora con su madre enferma.
—¿A qué hora duerme ese par? —dijo entre molesto y sorprendido el castaño que se volvió a tumbar sobre la cama —¿y la mamá está bien?
Andreas algo pensativo caminó hasta la cama y se sentó a los pies vuelto hacia la ventana —Bueno, Tom me dijo que está desnutrida, deshidratada, que fue sistemáticamente drogada. Tiene yagas en el cuerpo por no moverse tantos meses. Su cuerpo perdió tonicidad muscular lo que la obligará a estar con terapia kinesióloga para recuperarse, poder caminar y...
—¿Qué fuerte lo que nos cuentas Andy? Pobre Tom —interrumpió Gustav consternado.
—No creo que tenga muchas ganas de salir de vacaciones con nosotros otra vez.
—¿Por qué Georg? —el castaño miró extrañado al rubio.
—¿Cómo que por qué, Andy? Mira todo lo que le ha pasado desde que llegamos a este Estado, y lo que menos hemos hecho es nadar en el lago. Vinimos por tres días, y ya llevamos dos semanas.
El rubio suspiró y continuó hablando —la mamá no recuerda nada. Además de todo, va a necesitar tratamiento psiquiátrico.
—¡Pobre mujer! —se lamentó el castaño.
—Bueno, ya se me espantó el sueño, ¿vamos a tomar desayuno? —invitó el de gafas.
—Sí amor, antes de que se nos junte con el almuerzo —el castaño besó suavemente los labios de su novio —vamos. Hoy será un largo día.
—Debo despertar a la abuela —dijo Andreas apurándose por la puerta, y cruzando el pasillo. Golpeó suavemente, pero no hubo respuesta. Cuidándose de hacer demasiado ruido bajó la manija y abrió la puerta lentamente.
La semipenumbra otorgada por los gruesos cortinajes de la ventana, le permitían ver que Laura dormía plácidamente. Lentamente se ubicó junto a la cama.
—Señora Laura, señora Laura —susurró el rubio y esperó un segundo —señora Laura —repitió.
—¿Ah? —algo asustada medio se sentó sin entender lo que ocurría —Buenos días joven.
—Señora Laura, debe levantarse para que tome desayuno. Tom llamó y me dijo que le avisara que encontraron a Antje esta madrugada...
—¡¿Antje, Antje?! ¡Dios mío! —la mujer se bajó de la cama con energía.
—Señora Laura, cálmese, tranquila —la mujer suspiró.
—De acuerdo, ¿qué pasó?
—Ella está en el hospital. Está fuera de peligro —Andreas hablaba con calma y lentamente, suponiendo que con la turbación la mujer retendría la mitad de la información —no está bien del todo, pero dentro de su gravedad está fuera de peligro. Los chicos quieren que vaya y que lleve la cajita musical. Ella necesita elementos que la conecten con la realidad.
—Mi pobre niña —sollozó Laura llevándose una mano a la cara.
—Pero Bill y Tom me pidieron encarecidamente que usted tomara un buen desayuno antes, y después la van a llevar. Seguramente Anton o Markus.
—Bien —dijo por un instante pensativa, pero de pronto recobró toda su energía otra vez y se puso de pie —debo ducharme y llevarle el camisón que le traje y una muda de ropa. Y la cajita... ¿dónde está? Ahhh... Sí, sí, recuerdo donde la puso Tom. —Andreas salió de la habitación para ayudar en la cocina. Alexa sospechando que luego sería todo un caos, se había levantado para preparar el desayuno.
Se sorprendió de ver a Anton ya en pie —¿Usted llevará a la señora King?
—Claro, en algo debemos cooperar todos. No imagino todo lo que deben estar sintiendo los chicos.
Alexa comenzó a llorar y el rubio la abrazó por la espalda —deja de llorar, sé que te sientes culpable, pero tú tampoco elegiste el padre que tuviste. Vamos amor —la hizo voltearse hacia él y la volvió a abrazar mientras ella dejaba rastros húmedos en su hombro.
De un momento a otro la cocina se había llenado de gente, se fueron sentando junto a la mesa, tomando ubicación para desayunar. Gustav miró a los presentes y con melancolía comenzó a hablar —después de todo, voy a extrañar esto. El estar así juntos, el compartir los desayunos, los almuerzos, los misterios. Me parece increíble que debamos partir pasado mañana.
Markus dejó su taza con café sobre la mesa —¿Pasado mañana? Pero si el verano aún no termina.
—La verdad —agregó el castaño —es que debemos ir a ver nuestros horarios en la universidad. Debemos hacer todos los trámites administrativos correspondientes, y los plazos están bien definidos, hoy estamos a viernes 21 de Agosto, ya hemos cumplido quince días acá y el lunes debemos presentarnos en la Facultad a la que asistimos cada uno y...
Alexa dejó de llorar por un instante y con ojos aguados, temblándole el labio, preguntó bajito —¿Todos... Todos irán? —miró a su rubio novio al borde del llanto otra vez quien no le devolvió la mirada.
—Sí Alexa, todos tenemos que irnos. Tom, Georg, Andreas y yo —y la chica rompió en llanto, se paró de la mesa y salió al patio. Andreas se fue tras ella.
—Eso me toma por sorpresa chicos. No nos habían dicho que no tenían todo el verano para estar aquí —dijo Markus —es verdad que mañana llegan los funcionarios y empleados del museo, y obviamente todo volverá a la normalidad, bueno hasta que se termine el proceso de la Posesión Efectiva de la propiedad de su nuevo dueño, ya saben, Tom. Y él debe determinar lo que se hará con la mansión.
—No creo que Tom cambie muchas cosas. No estaba en sus planes heredar tremendo lugar, que además debe costar un dineral mantenerla y costear sus servicios básicos. Más si además se deben realizar estudios arqueológicos, trabajos de restauración, de mantención de su patrimonio... ¡uff! —los que aún permanecían en la cocina guardaron silencio ante las palabras de Georg.
—Me parece fascinante todo lo que escucho, es decir, ¿Tom no sabía que existía esta casa?
—No señora Laura, llegamos aquí por error, durante la tormenta de hace dos semanas. Larga historia —dijo el castaño —extraña y fascinante.
—A ver si más tarde me la cuentan. Ahora no aguanto las ganas de ver a mi niña otra vez —se puso de pie —voy por mis cosas.
—Por supuesto —señaló el historiador —la espero afuera.
Horas más tarde luego del almuerzo, Bill y Tom regresaban en silencio consecuencia de las intensas emociones vividas. Esta vez conducía el pelinegro. Laura se había quedado junto a Antje en el hospital, y ellos volvían a la mansión para relajarse un poco. Cuando se estacionaron Georg estaba afuera y se acercó a Tom para darle un abrazo. Bill se fue hacia otro sector y comenzó a hablar por teléfono. El de coleta rubia lo miró extrañado. Bill había estado dentro de todo bastante silencioso, y sabía que le preocupaba algo más que el estado de salud de su madre.
—Hola Tom —saludó su amigo —¿estás bien? —el chico asintió —¿y tu madre?
—Sí bastante bien a pesar de todo. Tengo la esperanza de que se va a recuperar luego —mientras respondía no dejaba de mirar a Bill quien seguía hablando con mucho mejor ánimo por el celular, su celular. De pronto detuvo su conversación y sonriente se acercó a Tom.
—Cariño, debo ir a mi cabaña ¿estarás bien?
—Sí por su puesto —Bill lo besó rozando sus labios, le sonrió, le devolvió su teléfono y se fue hacia los árboles hasta perderse entre ellos.
—¿Por qué se me hace que esa cara larga no es tanto por lo de tu madre? —el muchacho rubio miró los inquisidores ojos verdes de su amigo. Tom observó la pantalla de su celular.
—Olvidó su teléfono porque no se acostumbra a él, y pues utilizó el mío varias veces para hacer llamadas hoy en la mañana.
—¿Y qué te molesta, que te gastara el dinero de la cuenta o que llame a alguien y no sepas quién es y por qué ha llamado?
—¡Ay Georg! ¿Cómo me va a molestar que ocupe dinero de mi cuenta telefónica? ¡No! Es lo otro, no sé con quién ha hablado, le pregunté un par de veces, y me respondió con evasivas. Me pareció sospechoso.
—Tal vez está preparando una sorpresa.
—¿Como cuál sorpresa crees tú?
—No sé. Tú eres tan desconfiado, apenas tienes oportunidad dudas de sus actos. ¿Y tú le has dicho?
—¿Qué cosa?
—¿La sorpresa que le tienes tú?, ¿qué nos debemos regresar este domingo?
Tom se cubrió la cara con las manos —¡Oh Dios! No. No he tenido oportunidad. Y además lo había olvidado.
—Eso me imaginé.
Ambos jóvenes entraron a la cocina, donde los demás estaban compartiendo un café de sobremesa. Apenas entró Tom, todo el mundo se abalanzó sobre él con preguntas. El muchacho de coleta rubia las respondió todas, resignado al interrogatorio. Sin embargo, distaba mucho de estar tranquilo. Había vuelto a llamar al hospital y su madre estaba bien, descansando, y Laura estaba cómoda allá, no se quería despegar de su lado. No era ese su motivo de intranquilidad, era ese pelinegro que lo andaba trayendo de cabeza desde que lo vio por primera vez.
Después de tomarse el café, anunció que se retiraba. Necesitaba averiguar en qué andaba su amorcito. Algo en su estómago le advertía que allí había gato encerrado. Agarró la vieja bicicleta y las emprendió hacia la cabaña de Bill. Ya era media tarde, y la el ambiente estaba cálido, casi no había brisa, estaba todo muy quieto. No había ni una sola nube en el cielo. Debería sentirse bien, pero no. A medida que se acercaba su estómago se apretaba cada vez más.
Dejó su bicicleta apoyada en un árbol y caminó los metros que le separaban de la puerta de entrada sintiendo las piernas flojas. Tenía rabia consigo mismo porque no lograba calmar su corazón que parecía querer salir por su boca. De pronto, cuando aún le quedaban unos seis metros, la puerta se abrió y salieron dos mujeres. A una la reconoció como Marie, la otra no le era conocida. Era joven, y Tom pensó que no era tan bonita aunque sí muy atractiva. Verla allí no le gustó. Tom sentía celos de todo aquello que rodeaba a Bill y que él no entendía o no conocía. Era un puto egoísta, pero qué le podía hacer. A veces se sentía tan inseguro de los sentimientos de los demás.
Marie le sonrió y la otra chica le observó con curiosidad. Tom se sonrojó y le devolvió la sonrisa como todo saludo. Nadie habló, así que Bill no supo que Tom había llegado hasta que lo vio dentro de la pequeña casa.
Se sorprendió, lo suficiente como para tartamudear al momento del saludo que pareció hasta fuera de lugar —ho-hola.
—Hola —respondió serio el de la coleta rubia.
—¿Qu-qué haces aquí? —que Bill tartamudeara, él, que era siempre tan dueño de sí y de las situaciones, era muy extraño.
—Quiero saber qué sucede.
—Ah, no, nada sucede.
—¿Seguro?
—¡¿Bill?!
—Vaya, eres muy visitado —dijo Tom señalando la voz que le llamaba desde fuera.
—Es Michel —Bill salió rápido. Cuando salió, la voz alterada de Dark no se hizo esperar.
—¡Explícame lo que ha sucedido con mi tío! —el muchacho moreno permaneció junto a su caballo. Sus ojos parecían llamear de rabia.
—Murió, no quiso atender razones. No hizo caso a nuestras advertencias y murió por su imprudencia y ambición. Es todo lo que te puedo decir.
—¡Ustedes le dejaron morir!
—¡¿Me crees capaz de eso Dark?! —Bill se acercó al otro muchacho —Me conoces desde bebé ¿me crees capaz de algo así?, ¿de un crimen tan despreciable como ese? —el otro muchacho negó con la cabeza —dímelo, quiero oírlo.
—No, no te creo capaz de algo así.
Tom dejó de escuchar la charla de los que estaban afuera, y con su mirada recorrió la sala de estar y la cocina de la cabaña. Sonrió al ver la repisa llena de condimentos y otros elementos para la cocina. Abrió la puerta del refrigerador y dijo —mmm mantequilla —con una sonrisa pícara en su boca.
—¿Sabes lo que representa para ti todo esto? —preguntó más calmado Dark.
—Soy muy joven, busquen a otro.
—La decisión ya está tomada.
—Es que eso me obligará a permanecer aquí sin moverme por varios meses y yo quería... —dijo Bill con voz lastimera.
—Querías ir tras tu princesita. Me parece que eso ya no será así. La otra opción es que él se quede... Por ti. —Dark hizo un chasquido con su boca y agregó medio triste, medio irónico —pero algo me late de que no será así —subió a su caballo y antes de partir agregó —debes decírselo —a Bill se le aguaron los ojos y entró a su cabaña con el corazón hecho pedazos.
—¿Tom? —el muchacho de coleta no se veía por ningún lado —¡Toom! —avanzó con reticencia hasta su dormitorio y vio allí a su amado rubio.
Tom se había desnudado y se había soltado el cabello. Permanecía sobre la cama del pelinegro con una sonrisa que hizo desaparecer la tristeza del mago —ven —le dijo haciéndole una seña.
Bill se abalanzó sobre la cama como un poseso —Tom, amor. Eres tan hermoso —hambriento, sediento, como si fuera el último día de su vida, como si le hubieran retenido de hacerlo por mucho tiempo, Bill recorría el cuerpo de Tom con sus manos, multiplicadas por cientos, no parecían sólo dos. Acercó su rostro a la tibia piel del rubio, que se estremecía bajo el tacto desesperado de su pelinegro. Bill lamía, succionaba, mordía, aquel vientre y pectorales firmes. Casi babeando miró el miembro erecto de Tom y le dio un sonoro lametón en el glande y luego bajó con su lengua por toda la extensión, hasta llegar a la base del pene, siguió hasta los testículos, succionándolos con frenesí, provocando en su amado un doloroso placer que lo hizo gemir agudo con cada succión. Bill impaciente se desprendió de su ropa, arrojándola lejos. Su miembro estaba rojo y las venas se le marcaban por la intensa erección. Pero él sólo estaba concentrado en la piel de Tom. Con ansiedad llevó su boca a los muslos, mientras con sus manos amasaba las nalgas del rubio, y se las abría, exponiendo su rosada entrada. Volvía a ese exquisito recorrido de su boca por el interior de los muslos del muchacho, que deseoso de más, abrió las piernas, gimiendo de un modo que a Bill le pareció lo más erótico que había escuchado. El sudor comenzaba a aparecer en la frente del pelinegro, y miró toda aquella intimidad expuesta de Tom, servida a su antojo.
—Hazme lo que quieras Bill... Bill, Bill... Oh Bill… haz lo que desees conmigo.
Bill sonrió, seguro de querer satisfacerlo —tus deseos son órdenes amor—avanzó hasta colocar su rostro a la altura de su amado y lo besó con pasión, bebiendo de su boca, comiéndole los labios. Dejó su boca y subió con pequeños besos hasta sus ojos, Tom cerró sus párpados, y suspiró satisfecho.
—Te amo, Bill —dijo entre los jadeos.
—Yo también —respondió el pelinegro sobre su boca otra vez, y le volvió a besar con intensa ternura. Tom acariciaba su espalda y sus glúteos, y volvía a subir sus manos y depositaba sus dedos entre el cabello de su amante. Mientras su pene palpitaba y rogaba por sentir a través de su piel. Pero Bill se despegó de su cuerpo y de rodillas se puso a sus pies, tomó una de sus piernas y acercó el pie del rubio a su rostro para meter luego uno de sus dedos a la boca, lo succionó con avidez, luego su lengua adornada con aquella plateada bolita, bajó lentamente por la planta del pie, dándole a Tom una agradable sensación de cosquillas y placer, y Bill siguió sin despegar su mirada de los suplicantes ojos de Tom que le pedían en silencio que terminara ya con aquella deliciosa tortura.
El rubio no podía dejar de mirar el falo largo y grueso de Bill, y lleno de deseo se irguió para aprisionarlo entre sus manos. El pelinegro en respuesta soltó un quejido trémulo, sus ojos se entrecerraron, y lleno de un incontrolable apetito se lanzó por la boca de Tom una vez más. El rubio jugó con su lengua dentro de la boca de su amado, pero luego éste le dejó para bajar por su cuello dejando un camino de saliva, y siguió más allá, por la clavícula. Succionó luego los pezones duros de Tom y continuó el recorrido hasta el ombligo. Dibujó con su lengua húmedos círculos a su alrededor. Después avanzó lentamente siguiendo un fino camino de vellitos rubios que terminaban en su pubis. Dejó que el pene duro y caliente de Tom rozara sus mejillas mientras creaba nuevos círculos con su lengua alrededor de la base de su miembro, provocando sus entrecortados gemidos de placer. Bill llevó su lengua más abajo aún, recorriendo los testículos con suavidad, apartó con sus manos los muslos de Tom, abrió sus nalgas, y comenzó a lamer aquella pequeña entrada rosada. El rubio sorprendido gimoteaba —Bill por favor... Oh Bill —entre sus dedos aprisionaba la tela de la ropa de cama —Bill, Bill hum Bill —mientras el pelinegro continuaba con su frenética labor de lamer. En medio de aquel torrente de placer el rubio recordó aquella pasta amarilla que había sacado del refrigerador minutos antes, alargó la mano hasta la mesa de noche, untó sus dedos de mantequilla y sin pedir permiso llevó su mano hasta su propia entrada. Bill sorprendido se sonrió, y mientras veía cómo Tom embadurnaba su esfínter, Bill no dejaba de acariciar las caderas de su amado. El rubio sintió en su rostro los ojos marrones del otro, y percibió su respiración entrecortada. Tom apartó su mano y Bill volvió a dirigir su boca hacia aquel pequeño punto de placer y morbo, y penetró aquella entrada con su lengua mezclando su saliva con la mantequilla que se iba derritiendo, provocando un grito de placer en Tom.
Apartó su boca y llevó, al esfínter que tanto anhelaba sentir, dos dedos con los cuales lo penetró varias veces con energía —hazlo ya Bill, hazlo ya.
—Úntame con mantequilla —dijo Bill y le mostró su grueso miembro. El rubio se untó los dedos con la pasta amarilla, y acarició el pene del pelinegro, causando sus gemidos y berreos. Bill dirigió luego hacia aquel punto apetecido su miembro duro y lentamente introdujo la cabeza del pene, mientras Tom subía las rodillas para facilitar la labor, mientras Bill entraba suavemente y de manera constante. Una vez que estuvo adentro, miró la cara sonrosada de Tom, sus ojos como los de él estaban brillantes, ligeramente rasgados por la excitación, las bocas temblorosas por el deseo, igual que sus cuerpos. Bill le sonrió y movió por fin sus caderas, para profundizar la penetración, comenzando el vaivén de su pelvis, y así siguió por mucho rato, sin dejar aquel ritmo cadencioso —ahh Tom, tan delicioso.
—¿Te gusta? —dijo el rubio, pregunta que por los gemidos de Bill y sus gestos cualquiera pensaría que estaba demás, sin embargo para Tom era necesario saber cuán placentero era aquel momento para su amado.
—Oh Tom ¡cómo no me va a gustar! Oh Tom, eres...sffffffffffff ¡oh! Tan estrecho, tan caliente, tan sexy.
Tom sentía el pene de Bill rozar su próstata, provocándole ese placer tan único, que sólo se disfruta al ser penetrado. Veía el rostro suave y hermoso del pelinegro temblar y gesticular por el placer y la excitación. Tom gemía, gritaba sin ningún pudor, dejando escapar de su boca un montón de sin sentidos, sus manos temblaban intentando hacer caricias, pero el creciente orgasmo le quitaba voluntad y claridad a sus pensamientos y a sus movimientos. Veía a Bill estrellar una y otra vez sus caderas contra su pelvis, sentía los testículos del pelinegro golpear sus glúteos. Hasta ahora Bill había usado sus manos para acariciar su vientre y sus muslos, y luego le indicó que pusiera sus piernas sobre sus hombros, subiendo aún más sus caderas, y cuando Tom lo hubo hecho, el pelinegro rodeó con su mano el pene de Tom y empezó a masturbarlo, haciendo que sus gritos y berreos se incrementaran. Aumentó el ritmo de las embestidas, acompasándolas con el continuo movimiento de su mano sobre el miembro caliente del rubio. Sintió cómo se hinchaba bajo sus dedos, señal de que la explosión del orgasmo llegaría en cualquier momento. Y así fue, en medio de los espasmos, llenos de gritos y jadeos el pene de Tom estalló con su blanquecina esencia sobre la mano de Bill y sobre su propio vientre. Al pelinegro le pareció la imagen más deliciosa que pudiera contemplar, y supo que aquel exquisito manjar de placer estaba por llegar a su cenit, y en medio de palabras incoherentes mezclados con sonoros gemidos se derramó en el interior de su amado. Tom contempló extasiado cada gesto y sonido de Bill. Después se quedaron quietos, en medio de enloquecidas respiraciones, sin la capacidad de decir nada. Los cuerpos sudados, calientes, cansados, sus corazones henchidos y galopantes.
Felices.
Bill se recostó al lado de Tom y lo abrazó, besó su mejilla con ternura —casi me matas amor. Me has dejado seco —el rubio comenzó a reír, y se puso de costado para besar a su amado con comodidad.
—Bueno, le ruego que si hay algún reclamo, diríjase a la oficina correspondiente —ambos rieron.
—¡Loco! ¡eres un loco!
—Pero me amas.
—Te amo, nunca me cansaré de decirlo.
—Estoy tan bien aquí, no quisiera irme nunca.
—No te vayas entonces. Quédate conmigo.
Tom se quedó en silencio, quería decirle a Bill de una vez que había decidido volver a Berlín a estudiar. En unas semanas estaría de nuevo corriendo de un lado a otro por los pasillos de la facultad con su bolso y su laptop al hombro, respondiendo uno que otro saludo, rogando por no llegar tarde a ninguna parte. Pensó decirle que terminados sus estudios regresaría para no irse nunca más, en cambio sólo dijo —¿nos duchamos?
—Sí, ¿qué hora es?
Tom miró su reloj —las cinco y media.
—¡Uff! Estoy justo a tiempo
—¿Tienes que hacer algo?
—Sí, pero no es algo urgente —respondió Bill con un exagerado ademán de no tiene importancia, que a Tom le supo mal. Vio que Bill se metió en la ducha, y se entró después que él.
—Ah y por ese algo que no es urgente hablaste tantas veces hoy por teléfono, tú que no usas esos aparatos.
—Bueno, sí —respondió el pelinegro mientras se jabonaba y luego abría el shampoo. Tom se metió bajo el chorro de agua —estaré ocupado por el resto de la tarde.
—Aunque no es algo urgente.
—Sí ¿por qué? —preguntó Bill con los ojos cerrados mientras la espuma bajaba por su rostro.
—Porque da la casualidad que tienes a tu madre enferma en el hospital y eso sí que es urgente, pero al parecer menos importante para ti, sobre todo extraño para ti que hace unos días me alegabas el que yo no quisiera conocer a mis padres, a mis verdaderos padres y que tú sí y que bla bla bla —Bill dejó de masajearse el cabello, dándose cuenta por fin de que Tom estaba molesto.
—Así que por eso viniste, por tus celos enfermizos.
—¡¿Enfermizos?! ¡Pues has de saber que como tú estarás ocupado realizando eso que no es urgente, yo me dedicaré a estar pendiente de aquello que sí lo es! ¡Así que buena suerte con lo que te espera! —Tom salió enfurecido de la ducha con la intención de vestirse.
—¡Tom! —Bill intentó seguirle —¡Tom! —pero al intentar salir del baño no pudo ver bien debido a la espuma en su cara y chocó con la puerta —¡mierda ¡ ¡Tom! ¡No te enojes! ¡Tom!
—Me vas a gastar el nombre —Bill permanecía de pie junto a la puerta del baño, chorreando agua, con restos de espuma en la cara que le causaba escozor en los ojos —y debo informarte que voy a volver a la universidad a realizar los trámites correspondientes para retomar mis estudios. Chao. Te espero en el hospital para cuando se te ocurra ir. —y se fue.
—¿Tom? ¡Mierda! ¡ mierda mierda mierda! —ingresó a la ducha, medio se quitó la espuma y salió para vestirse —¡Dark! ¡Daaaark! —gritaba, y cuando terminó de vestirse salió corriendo de su cabaña gritando el nombre del otro mago. Montó su caballo y salió a todo galope a perderse entre los árboles sin dejar de gritar aquel nombre.
Tom llegó con la vieja bicicleta a cuestas. Hacía ya una media hora que se le había pinchado una rueda y ya no pudo seguir. Después de la desagradable discusión con Bill, para colmos de sus males se había visto obligado a caminar. Aunque eran casi las siete de la tarde, aún hacia calor, y la caminata más el tener que cargar la bicicleta, sin contar los fluidos que aún tenía en su cuerpo, le hacía sentirse hediondo, sucio y pegajoso. Al entrar al patio de servicio medio saludó a los novios que estaban fumando, el resto estaba en la cocina conversando de algún tema, pero no los fue a saludar. Subió directamente a su habitación para ducharse como se debía. Tenía rabia, celos y de pronto fue consciente otra vez de que él y sus berrinches ponían en peligro su relación. Sin embargo, también a veces sentía que ésta no iba a ninguna parte. Él se había propuesto terminar su universidad porque era una promesa hecha a sí mismo, y respetar sus propias promesas era una prueba de su amor propio. Sabía que había cientos de cosas que aún debía arreglar en su vida, su nueva propiedad, su madre, a la que le debía toda la atención posible. Sería un año difícil, pero estaba dispuesto a hacerlo, por él, pero también por Bill. En los últimos días, en medio de toda la debacle, se había preguntado cómo lo haría para soportar la presión de la universidad extrañando a Bill. Hasta antes de llegar a Baviera su mayor preocupación eran sus padres adoptivos, el resto no gravitaba en los pensamientos de Tom, pero ahora, todo sería distinto. No obstante, su carácter cambiante y explosivo era un punto en contra. ¿Siempre había sido así? Difícil saberlo ya que nunca estuvo enamorado antes, así que nunca conoció los celos, ni esa profunda necesidad del otro. Suspiró, terminó de ducharse, y se preparó para salir del baño con la toalla en sus caderas como era su costumbre. Salió secándose las orejas con una toalla más pequeña.
Pero se detuvo en seco cuando vio a dos hombres en la habitación. Uno era Dark, al otro no lo conocía. Dark era más bajo que Tom, pero el otro hombre de seguro medía más de dos metros, ya que Tom aunque medía casi el metro noventa, parecía bajito a su lado.
—Nos hemos tomado la libertad de escoger algunos accesorios que combinen con la ropa que está sobre la cama —Dark señaló el atuendo que allí estaba que consistía en unos pantalones de jeans negros y un suéter también negro de cuello redondo, junto a unas zapatillas deportivas Nike del mismo tono —ya sabes, buscamos entre tus cosas, pero me acordé que no usas ninguno prácticamente, sólo aquellos que te pones en la cabeza, así que elegí una pañoleta de seda negra que resaltará muy bien tus cabellos rubios.
—¿No me digan que ustedes son del programa Fashion Emergency? —los hombres se rieron ante el comentario de Tom —¿eso lo envía Bill?
—Sí, te pide que por favor te pongas esa ropa.
—Vaya sí que son rápidos para comprar y traer los mandados. Díganle a Bill, que muchas gracias, pero ahora me voy al hospital y necesito algo menos elegante.
—Me temo que no irá al hospital —dijo el gigante.
—Me importa un rábano lo que temas tú, grandulón.
—Tom, por favor facilítanos las cosas, y ponte la ropa, si no tendremos que ponértela a la fuerza.
—¿Eso también se los pidió Bill? —los hombres asintieron —¡qué mierda con él! ¿Qué quiere?
—Que te pongas la ropa. ¿Es eso tan difícil de hacer? —preguntó Dark.
Tom suspiró y luego asintió —de acuerdo, me la pondré ¿Satisfechos?
—Casi.
—¡Casi! —repitió Tom mientras se ponía los boxers —¿y qué significa eso? Espera, espera ¿no me dijo el grandulón hace un momento que yo no iría al hospital?
—¿En serio? ¿Eso dijo? —preguntó Dark arrugando su frente, y se volvió al gigante —Eres un bromista Hámster.
Tom se rió —¡Hámster! Las ironías de la vida —el gigante lo miró con algún disgusto y Tom se puso serio otra vez —¡No! Si yo digo porque te queda muy bien el nombre —el hombre gruñó como toda respuesta.
Tom, después de vestirse, se acercó al espejo y comenzó a atarse la pañoleta al estilo pirata, dejando los cabellos rubios que le cayeran como cascada a cada lado y por la espalda. —bien, ya estoy vestido. Ahora pueden marcharse —pero los dos hombres se quedaron tal cual, impávidos. Tom los miró sorprendidos y luego con suspicacia —¿Y por qué no se van?
—¡Ahora Hámster! —antes de que pudiera reaccionar Tom, el gigante se abalanzó sobre éste y mientras lo sujetaba, Dark le ataba las manos con cierta firmeza, y luego hizo lo mismo con los pies, después el gigante lo alzó cual muñeco, se lo puso al hombro y salió con él colgando
—¡Suelta! ¡Déjame! ¡Mierda maldito bájame! —Tom gritaba a todo lo que daba su pulmón —¡suéltame enano! ¡Andreas, Georg, Gustav! ¡Markus, Anton! ¡Bill! —chillaba, nadie venía a socorrerle. Pero para sorpresa suya cuando salieron por el patio de servicio estaban todos sus amigos fumando —¡Oigan chicos ayúdenme! ¡Me están secuestrando!
—¡Adiós Tom que te vaya bien! —le respondió Andreas, mientras los demás le hacía adiós con la mano.
—¡Malditos traidores! ¡Mal amigos! ¡Con amigos como ustedes quién quiere enemigos! —antes de darse cuenta estaba siendo conducido a un todo terreno que para su sorpresa era el que Bill usó en su ida a Lindau —exijo que me digan para dónde me llevan —pero no le respondieron. El gigante se sentó a su lado en el asiento de atrás y Dark se puso a conducir. Hámster le sonreía de medio lado, Tom casi podía jurar que ese gigante estaba siendo amable con él. —bueno ya no me iré a ninguna parte ¿me puedes desatar?
—No —respondió la voz profunda del gigante. Tom pudo ver que se dirigían hacia el lago, y después subieron en el vehículo por un camino irregular y llenos de baches. Hasta que se detuvieron ya bastantes internados en el bosque de la montaña.
—Esto es un secuestro ¿lo sabían?
—Sí —respondió Dark.
—Podrían ir a la cárcel.
—Podríamos, pero no. No nos vas a denunciar.
—¿Cómo estás tan seguro?
Dark señaló un caballo negro —porque dentro de un momento todo esto se te va a olvidar.
—¡¿Por montar un caballo?!
—¿Quién dijo que lo ibas a montar? —de repente el gigante lo alzó una vez más y se lo echó al hombro, caminó hasta el caballo y acostó a Tom de boca sobre el lomo del animal, con las manos y los pies colgando de cada lado
—¿No encontraste más formas de humillarme?
—Sí, pero mi vida correría peligro si te hacía algo más de lo planeado. Así que con todo esto he sido más que feliz. Adiós Tom.
—¡Espera, espera Dark! ¡¿No vendrás conmigo?!
—No. Hámster es justo lo que necesitas. Yo ya cumplí con mi parte en esta misión. —a medida que avanzaba la imagen de Dark se perdía detrás de los árboles.
—¿Qué me vas a hacer Hámster? ¿Lanzarme por el precipicio? —el gigante tiraba de las riendas del caballo —¿por eso me vistieron de negro? Un momento, Bill pidió que me vistiera así. ¿Bill me quiere muerto? —el gigante parecía no oír —¡responde Hámster! Si Bill me quería matar, le bastaba con follarme una vez más y listo. Me hubiera mandado al patio de los callados ¿sabes cuál es el patio de los callados? —el gigante gruñó —pues es el cementerio, ahí nadie habla, los muertos son muy aburridos, no juegan — el rubio se rió —¿por qué no estoy enojado o triste Hámster? Debería estarlo ¿sabes? Por la forma en que he sido tratado, y porque nadie me defendió, mis malos amigos. Hámster, me duele el estómago así, en esta posición ¿falta mucho para mi hora final? No me importa morir ¿sabes? Es que hoy tuve un orgasmo de esos que uno dice okay con esto ha sido todo... ¿Tienes un cigarro? Me han entrado unas ganas de fumar! Antes de morir a los condenados siempre le conceden algún capricho, ¿me dejarás fumar? Eres muy callado Hámster —el gigante continuaba sin inmutarse —me estoy aburriendo de hablar yo sólo. Te cuento que estoy enamorado como un loco de Bill ¡Bill! Mi hermoso amor. No debí enojarme con él. Yo lo amo, lo amo, lo amo, lo amo. Daría cualquier cosa por ver su linda carita ahora y lo besaría y... Sniff.
De pronto se detuvieron. Habían llegado a la cima de uno de los montes, el sol del atardecer dibujaba las largas sombras de los árboles. El gigante bajó a Tom del caballo y lo desató —¡que estés bien! —dijo y se devolvió con el caballo.
—¡Hey espera! Y yo ¿qué hago? —el grandulón no respondió. Tom se quedó contemplando el sol que dentro de poco comenzaría a descender detrás de las montañas alpinas. Tom se acarició las muñecas, miró su entorno, rodeado de árboles, pero decidió investigar en dirección al sol, a medida que se acercaba al precipicio los árboles estaban más distantes unos de otros, y hacía más fácil caminar. Y comenzó a acercarse hacia la orilla última.

Y cuando apareció por entre los árboles, vio el lago de un azul intenso, allá abajo inmenso e imponente, con una belleza que cortaba el aliento, rodeado de montañas y de altos abetos. Con sorpresa se dio cuenta que había un bien definido camino que serpenteando bajaba por la ladera, dudó en seguirlo, pero al fin se decidió hacerlo y averiguar así el motivo de haber sido abandonado en ese lugar.
Siguió las tres vueltas de caracol que daba el camino, y de improviso cuando terminaba de dar la más pronunciada vio a Bill, vestido con un suéter similar al suyo y pantalones ceñidos. Simplemente bello. Su cabello relucía por el sol, y su rostro aunque parecía sereno, sus ojos acusaban la ansiedad.
—Te ves hermoso Tom.
—Tú también.
—¿Por qué me haces buscarte? No dejo de hacerlo en cada instante, aún cuando a veces te parezca que hago algo distinto. —Tom no podía hablar. Aún no salía de su sorpresa. Estaba en lo que parecía ser una pequeña terraza, y se admiró de ver una mesa elegantemente dispuesta, con otra mesa de servicio al lado, con una fuente, bandejas cubiertas, y champaña en el hielo —a mí siempre me ha encantado esta terraza, es un mirador, uno de mis lugares favoritos, y estaba esperando una ocasión especial para compartirlo contigo.
—Me haces sentir muy estúpido Bill
—Créeme que es lo último que deseo que sientas. Preferiría que me dijeras que te hace feliz —los ojos de Tom se humedecieron. No quería llorar, pero sabía que sería inevitable.
—Estoy feliz, emocionado. Es como una fantasía. Nunca dejas de sorprenderme, tú eres sorprendente, y haces que todo el resto de las personas parezcan chatas, planas, comunes. Y me encanta que seas así, tan especial y tan mío. —Bill sonrió con los ojos húmedos, y tomó de sobre la mesa una cajita forrada en terciopelo negro.
—Es para ti, pero antes de que lo abras quiero decirte algo.
Tom recibió la cajita y la sostuvo en sus manos —de acuerdo, habla.
—Soy el nuevo Gran Maestre de la Orden.
La cara de Tom se iluminó —¡aahh Bill! Qué feliz estoy —y lo abrazó estrechamente, para luego volver a separarse.
—Pero eso implica que no podré acompañarte por un buen tiempo mientras estés estudiando. No podré irme contigo —las lágrimas rodaron por el rostro de Tom.
—Y yo no voy a quedarme, debo terminar mis estudios. Pero yo estaré de acá para allá, ya sabes, por ti, por mamá, por la mansión. Lo siento Bill.
—Lo sé —susurró el pelinegro, mientras de sus ojos rodaban las lágrimas rebeldes. Tom se perdió en el color caramelo de sus ojos tristes. No quería dejarlo —y estaré tan feliz cada vez que vuelvas. Y el resto del tiempo viviré soñando con tu regreso.
—Bill, si hubiera otro modo.
—Lo hay.
—Pero también eso significa renunciar a mis proyectos y mis metas personales, tan válidas como las tuyas.
—Lo sé, lo sé. No puedes reprocharme intentar retenerte por cualquier medio.
—Pero si sólo estaré lejos por un tiempo. Son sólo dos años Bill, aún somos jóvenes, y aún nos falta mucho por madurar como pareja, como individuos. Y siempre mi corazón y mi pensamiento estarán contigo. Además vendré cada vez que pueda escaparme, lo prometo. Bill ¿me crees?
—Yo sé que lo intentarás. Pero no puedo evitar sentir miedo.
—Yo sólo puedo ofrecerte mi promesa.
Un ahogado sollozo se escapó de la garganta del pelinegro. —yo había esperado que esta cena especial, fuera más alegre. Entre todo el barullo de cosas, hoy me dediqué a ultimar lo detalles. Esperaba que fuera perfecto. Pero no contaba con ser elegido Gran Maestre, y eso cambia todo. Yo también lo siento Tom. Yo te amo. Y cuando te vayas, mi corazón se va a romper.
—No llores Bill. Yo volveré. ¿Lo sabes verdad? —el mago asintió y luego se limpió el rostro con un pañuelo. Sonrió con tristeza y apuntó la cajita.
—Ábrela.
Tom sacó la tapa con suavidad. Dentro de la caja y rodeada en terciopelo reposaba una cadena de plata con una flor de lis, y debajo de la cadena una tarjeta igualmente negra con letras doradas que a la luz del sol poniente se leía ¿Te quieres casar conmigo? Tom no pudo evitar que el sollozo saliera de su garganta, mientras sentía su corazón desangrarse entre el dolor y la dicha.
Oh por Dios,mis pequeños se van a casar!!!!
Que linda proposicion oww creo que esta por demas decir
que se me salieron algunas lagrimas al leer este capitulo
una: porque ya se va a acabar este maravillosisimo fic
dos: por el nombre del grandulón "Hámster" que gracioso xD
y Tres: por la manera en que estan tomando la "despedida" [si asi se le puede llamar]
Se alejaran por un tiempo,
Oh Billo tiene miedo de que tal vez Tom en ausencia de Bill encuentre a alguien "mejor"
Billo despierta!!! Para Tom no existe nadie mas que TÚ
PERFECTO
ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh
yo no quiero que termine... no quiero, no quiero! amo leerlo! dios! no quiero que termine D:
Debes conectarte para enviar un mensaje.