De repente un golpe vino del baño, y los gritos de Andreas llenos de pavor les hizo dar un salto a todos. Corrieron hasta la puerta intentando abrirla, pero nada se podía hacer.
—¡Bill trata de abrirla! —suplicó Tom intentando empujar la puerta en vano junto con sus amigos. Mientras el rubio golpeaba desde el otro lado con desesperación, sin dejar de dar alaridos de espanto. Un olor a descompuesto empezó a salir por debajo de la puerta del baño. Una voz gutural repetía “por favor, por favor, por favor”.
—Lo intentaré —respondió Bill —apártense. —extendió su mano hacia la puerta y se concentró. El mago visualizó la energía del Cosmos pasando a través de sus chakras, para expulsarla luego por la palma de su mano y proyectarla sobre la puerta. Una sensación de frío le recorrió el cuerpo, y abrió sus ojos al percibir el peligro.
De pronto, la puerta se abrió de golpe, lanzando al rubio hacia la ducha, y arrojando el cuerpo de Bill hacia la ventana que se estrelló con violencia en el ventanal, cayendo inerte sobre el piso. Un hilillo de sangre corrió por su frente. Tom se abalanzó desesperado hasta su amado.
—¡Bill despierta! —sollozó sosteniendo su cabeza en sus piernas. —¡Bill, amor!
CAPÍTULO 18
Uno de los vidrios de la ventana se había quebrado, cayendo cientos de diminutos trozos de él encima del cuerpo del mago.
—¡Bill! ¡No me asustes!
—Nene, tengo la cabeza dura, pero no tanto —respondió en un susurro el pelinegro. Tom sonrió aliviado.
—¡Te heriste! —y buscó en el cuero cabelludo de Bill la herida sangrante —es una herida pequeña. —fue por uno de los vidrios rotos.
Gustav y Georg atendían a su amigo que yacía aún en el piso de la ducha. El golpe en la espalda era lo que más le causaba dolor. Habían cortado el agua, cuya cascada les había alcanzado a mojar sus ropas.
—¿Te sientes bien Andy? —el de gafas le tomó de un brazo —intenta ponerte de pie. ¿Estás mareado?
—No, sólo ayúdame a salir de aquí —decía mientras intentaba agarrar la toalla para cubrir su desnudez.
Ambos jóvenes se sentaron en la cama, algo adoloridos. Tom limpiaba de la frente de Bill los restos de sangre con una toalla humedecida. En ese momento aparecieron tres policías junto a Markus.
—¡¿Qué sucedió?!
—Apareció esa cosa en el baño mientras me duchaba. No se si estaba ahí antes y no la vi.
—¿Alguien revisó el baño antes de entrar?
—No señor Frank. No nos imaginamos que podría haber alguien escondido ahí —respondió Tom.
—¿Y dónde está ahora? —preguntó el policía mientras revisaba los restos nauseabundos en el cuarto de baño —¿escapó por la ventana?
—¡Sólo se esfumó! ¡Puff! —el rubio hizo un ademán gracioso con las manos —Se desvaneció cuando se abrió la puerta de golpe. —el policía observó al joven con cara de lástima.
—Creo que necesitan descansar.
—¡¿Nos está llamando locos?! —gritó el de trenzas, exasperado con la actitud del policía.
—¡No, no! Lo extraño es que los restos encontrados son del mismo tipo, al parecer, que los de la escena del crimen —refutó el otro policía —llamaré a los peritos para que tomen muestras. —antes de accionar su radio miró a los jóvenes —es mejor que usen otro baño para ducharse. ¿Alguien necesita atención médica?
Los jóvenes negaron con la cabeza y luego suspiraron resignados. Markus, visiblemente preocupado, los observó.
—Chicos, definitivamente con ustedes aquí, esto ha sido cualquier cosa menos rutinario. Si no hubiese ocurrido un homicidio hasta podría decir que ha sido emocionante —los jóvenes lo miraron extrañados , sin entender la rara actitud del administrador. Markus salió de la habitación dejándolos a perplejos.
—Usemos la habitación que yo ocupé el otro día —dijo el rubio sobándose un brazo adolorido.
—Cualquier lugar, menos la habitación rosa, por favor.
—¡Ay Gustav! No te va pasar nada que no te haya sucedido ya. Aparezca la ricitos de oro o no —comentó el castaño sonriendo, mientras el de gafas se sonrojaba.
Tom sonrió moviendo la cabeza —¡Vamos chicos! —pero el pelinegro tenía otras preocupaciones y su semblante pensativo hizo que el de trenzas se quedará más atrás, esperándolo.
—Bill, ¿te sientes bien?
—Sí amor, es otra cosa lo que me molesta, no el golpe.
—Dime, ¿puedes decirme, verdad?
El mago asintió —“esa cosa” como le llaman ustedes es una especie de emm… , cómo explicarlo, es una especie de zombie.
—¡Zombie!
—¡Shhh! –Bill manoteaba en el aire, intentando hacer callar a Tom desesperadamente —¡Calla! Es un zombie pero no como muestran en las películas, es más bien una especie de fantasma, pero que está siendo usado por alguien que está tan vivo como tú, como si fuera un esclavo.
—¿Es eso posible?
—Tom, yo no te mentiría.
—Lo sé, lo sé. Es que es tan difícil de creer que alguien tuviera ese poder.
—Eso es magia, pero usada para el mal.
—¿Quién querría matar al policía entonces?
—Tal vez no era el policía la víctima deseada. Tal vez eras tú…
—¡¿Yo?! ¡Bill no me digas eso! —y le golpeaba el pecho suavemente —porque capaz que me mates tú del susto.
—Lo siento —abrazó al de trenzas —mira, debo enviarlo al lugar de dónde vino. Y debemos descubrir quién es capaz de hacer algo así… Tom, necesito mi espada.
—¿A quién vas a matar? —lo miró preocupado el de trenzas, y Bill rió —¡No le veo la gracia!
—La espada no es para matar Tom, es para usarla con las energías y contra entes del bajo astral.
—Okay, no intentes explicarme ahora. ¿Dónde tienes tu espada?, ¿en la cabaña? —Bill asintió —¿nos escapamos entonces?
—Vamos.
Salieron en silencio intentado pasar desapercibidos. Tom que ya se había aprendido el truco de la ventana del baño, guió a Bill por ahí, y salieron sin ser vistos. Bill dio un silbido y un alegre caballo apareció galopando suavemente desde el sector de la laguna. Se subieron a él, y sigilosos se escondieron entre la espesura de los árboles. El caballo conocía el camino a la perfección, y Bill relajadamente le conducía por el bosque. Tom disfrutaba de aquello, desde la primera vez que el mago le invitó a irse con él sobre la montura. Sintiéndose feliz se apegaba a su cuerpo, abrazándole por la cintura.
Llegaron a la cabaña. Al frente de ella, la figura impasible y orgullosa de Dark delante de la puerta de entrada, indicaba que alguien por ahí estaba molesto.
—Creo que dejas demasiado abandonada tu cabaña.
—Tiene la protección necesaria Michel.
—Sí, lo sé, pero creo que últimamente pasas demasiado tiempo pendiente de tu princesita —Bill se bajó del caballo y caminó con paso firme hacia Dark. Al mago de barba le temblaron los párpados, sabía que se había sobrepasado con sus palabras. El pelinegro se puso frente a él y con mirada directa y categórica, le aclaró.
—Ten cuidado con lo que dices. Tengo paciencia, pero ésta tiene un límite —lo apartó con el brazo con cierta brusquedad, e ingresó a su cabaña. Dark se quedó masticando con rabia, palabras que no llegó a decir.
Tom, en cambio, se sintió ofendido, tratado una vez más como si fuera una damisela que necesitaba ser defendida por su príncipe azul. Así que disfrazando su coraje con una calma aparente, se bajó del caballo, caminó los pasos que lo separaban de Dark, y cuando estuvo frente a él descargó su puño con furia sobre el mentón, provocando su caída —¡yo no tengo paciencia! —masculló, y entró a la cabaña seguido por la sorprendida mirada de Bill, quien no dijo nada. Se tomó un vaso de agua para calmarse, mientras Dark se ponía de pie, y luego con el orgullo herido se marchó.
—Lo siento —dijo Tom arrepentido.
—Te comprendo. Dark nunca ha sido bueno guardando los límites.
—Lo llamaste de otra manera.
—Michel es su nombre. Pero deja de pensar en él. Ven conmigo —el mago agarró la mano de Tom y lo jaló fuera de la cabaña. Cerraron la puerta, y lo llevó sin soltarlo a través de los árboles.
Llegaron hasta el lugar que el de trenzas había visto a Bill con Marie. Cruzaron el riachuelo y se internaron en el bosque que se hacía más espeso y oscuro. Bill empezó a quitarse la ropa, y Tom no podía creer lo que veía.
—Tom, hacia la derecha hay una pequeña fuente. Vamos allá. Es tan relajante y hermoso —el de trenzas no podía responder ensimismado en la desnudez del pelinegro —¡Vamos Tom! Quítate la ropa —y comenzó a desvestirlo. Recién en ese momento el de trenzas reaccionó y ayudó en la tarea.
Una vez desnudos Bill pareció calmar su frenesí. Recorrió con las yemas de sus dedos el cuerpo de su amado, dibujando sus músculos, llenado sus manos de la piel de Tom. El de trenzas sintió que le subía la temperatura, muriéndose por comerse los labios carnosos del mago.
—Eres tan hermoso Tom —y lo besó por fin.
Sus cuerpos reaccionaron al cálido beso. Y sin sentir pudor, observaron sus erecciones palpitantes.
—Ahora, encuéntrame jajaja —dijo Bill con una burbujeante risa. Y corrió por entre los árboles.
—¿Bill? ¡Espérame! —miró por entre los árboles, y no vio nada.
—Por aquí Tom jijiji —la risita de Bill rebotaba en los árboles. Tom siguió la voz.
—¡Bill! ¿Dónde estás?
—Jijiji —y siguió por donde escuchó su risa —¡Por tu derecha Tom!.
—¡Scheisse Bill! ¿Por qué juegas conmigo?
—¡Sigue! ¡Si es que quieres tu premio! —dijo la voz del mago desde algún lugar —¡No te pierdas! ¡Ven acá!.
—¡Esto es ridículo Bill! Te comportas como un niño pequeño.
—¡Ven Tom! Te puedo asegurar que de pequeño no tengo nada jijiji —Tom rió ante la respuesta, y la voz del pelinegro se escuchaba cada vez más cerca mezclada con el murmullo del agua. La profundidad del bosque daba una penumbra verdosa, y Tom se sentía a gusto ahí —¡Ven por acá! ¡Ven con papi y te daré tu regalo!
Tom se rió otra vez ante las ocurrencias de Bill —¡Ya voy!
Esquivando unas ramas por fin vio el agua, y luego a Bill. Su piel blanca contrastaba con el verde intenso de la hierba bajo su cuerpo. El pelinegro yacía ahí, tentador y tan sensual. El de trenzas suspiró al verlo así. El sexo del mago despierto y extendido, Bill lo tomó con sus dedos, ostentándolo —¿Quieres? —Tom tragó saliva y tembló de ansias.
El de trenzas se aproximó, y se puso de pie con las piernas abiertas sobre él. Luego bajó hasta apoyar sus rodillas en el esponjoso suelo, y Bill se levantó hasta quedar sentado —deja prepararte, hoy no trajimos mantequilla —y se rieron. El pelinegro embadurnó sus dedos con saliva, y buscó entre las nalgas hasta abrir la entrada estrecha de Tom. Jugueteó por unos minutos allí, mientras el de trenzas gemía gustoso, buscando desesperado la boca del mago. Su miembro tieso rozaba el vientre de Bill, dándole placer y permitiendo dilatarse con cierta facilidad. El pelinegro sacó los dedos, y tomando las caderas de Tom, le indicó que las bajara. Tomó su pene, y puso la punta en la entrada. El de trenzas suspiró al sentir el roce en su esfínter. Cerró sus ojos y echó la cabeza hacia atrás. Cuando el miembro de Bill terminó de entrar, Tom soltó un gemido. Abrió sus ojos y miró a su amado. No había otro tiempo o lugar donde quisiera estar, no otro que no fuera tener enfrente de sus ojos la mirada intensa y marrón de su Bill, sintiendo dentro de sus entrañas la hombría de su amado. Eso era amor. No había duda.
Quedándose quietos los dos, se miraron sin hablar, sin emitir sonido alguno. Sólo dejando que sus respiraciones agitadas hablaran por ellos. Tom arqueó sus labios levemente en una suave sonrisa. Bill recorrió con su boca los labios de Tom, sin llegar a besarle. El viento tenue entre los árboles sonaba cantarín, y el agua murmuraba sonidos incomprensibles. Todo era perfecto. Tom no necesitaba nada más en este mundo. Y sin dejar de mirar el hermoso rostro de su mago movió suavemente sus caderas. Un gemido suave y trémulo salió de la boca de Bill. Sus ojos se entrecerraron y sus pupilas se dilataron más aún. El de trenzas se sentía dichoso de ver el placer que le causaba a su pelinegro.
—Tom… Tom… —y el de trenzas no dejó de moverse, suavemente, provocando el roce de su miembro con el vientre de Bill, haciendo que el pene del mago rozara a su vez su punto de máximo placer en su interior.
No dejaba de mirar los gestos que hacía su amado, entregado a las sensaciones placenteras, mientras él mismo sentía el éxtasis del orgasmo contenido, aguardando en la cumbre del gozo.
Lo demoraba a propósito. Aún no quería acabar. No quería dejar de ver a su amor disfrutando del momento, al mismo tiempo que él sentía la dicha de estar así, gimiendo sobre el regazo de Bill, poseído absolutamente por él, y no arrepintiéndose de nada.
La suave brisa refrescaba las sudorosas frentes, dando alivio al calor intenso que les embargaba. Pero no era mucho, porque el calor estaba en el alma, en sus corazones. Se sentían jubilosos y plenos.
El ritmo intenso de sus cuerpos se armonizaba . Eran el uno para el otro. Iguales y tan diferentes. Complementados, necesitados uno del otro.
—Oh Bill… Bill —susurraba el de trenzas casi sin aire.
El temblor del final se cernía sobre ellos. Hasta que el orgasmo explotó en sus cuerpos y en sus almas. Dejando el trazo de una leve melancolía que ocasionaba el abandonar el paraíso, en el que habían estado. Volvieron lentamente a gobernar sus sentidos y estar conscientes de su yo.
Mojados de sudor y llenos de un agradable cansancio, se separaron lentamente. Con el cuerpo temblando todavía, Tom se recostó a un lado del pelinegro.
—Te amo Bill —los ojos marrones del mago se humedecieron y le sonrió.
—Yo te amo, y no sé cómo decirlo sin que las palabras suenen tan breves y cotidianas. Mi amor por ti no cabe en ellas porque te amo más de lo que puedo decir.
Tomó su mano y lo invitó a seguirlo. Se metieron en la fuente hasta que el agua les cubrió la cintura.
—Este es mi regalo para ti —dijo el moreno y cerró sus ojos. Tom lo miró sin comprender. De pronto, de entre los árboles y del agua comenzaron a salir esferas luminosas de distinto tamaño que parecían danzar en el aire. Bill abrió los ojos y sonrió al ver la asombrada mirada en los ojos de Tom. Las contemplaba jubiloso con una sonrisa de felicidad en sus labios. El de trenzas se volvió a su amado.
—Bill esto es… Es tan maravilloso —la luz de las esferas se reflejaba en el agua y en los ojos almendrados de Tom. Se le llenaron de lágrimas mientras veía las luces danzar a su alrededor. La presencia de tan espléndida vista parecía irreal. En medio de ella estaba su amado, tan bello y sereno que con ojos sonrientes no lo dejaba de mirar. El de trenzas se preguntó el motivo de por qué era merecedor de vivir un amor así. ¿Por qué merecía ser amado por alguien como Bill? Era, sin duda, el ser más afortunado sobre la faz de la Tierra por eso. Hacía una semana, no sabía lo que era ser feliz. Ahora sí. Las lágrimas rodaron lentas por sus mejillas, y Bill, con manos húmedas, se las acarició.
—No llores mi amor.
—No quiero que esto termine.
—No lo hará.
—Quiero vivir contigo toda mi vida, todas mis vidas. —Tom acercó sus labios temblorosos, y besó a Bill con ardor. Se separó con desgano, no quería dejar de besarlo, mientras sentía las manos heladas de su pelinegro que rozaban su cabeza y sus mejillas, él le mantenía sujeto por el mentón con suavidad.
—Nunca nos separaremos Tom —el de trenzas acercó sus labios una vez más. Un beso húmedo y tibio era todo lo que podía darle a cambio.
—Tu amor es más de lo que podría desear, de lo que podría soñar, Tom. No te menosprecies —Tom sonrió arrepentido de su pensamiento. Bill levantó las manos y dibujó algo en el aire. Las esferas comenzaron a apagarse —debemos irnos amor —el de trenzas asintió.
Salieron del agua, buscaron sus ropas que dejaron abandonadas en el bosque, y volvieron a la cabaña. Cansados pero felices.
En la mansión, las cosas no iban bien. La melancolía y la ansiedad de sus ocupantes se colaba por las paredes, dándole un peso adicional al ambiente.
Gustav y Georg se habían organizado para preparar unas deliciosas pastas con salsa y ensaladas con lo que había en la alacena. El rubio permanecía sentado en un rincón de la cocina con la mirada perdida. Los pasos de alguien llamaron su atención, y sus caras mostraron su sorpresa cuando vieron aparecer a la Dama del Lago. Sonriente miró al rubio —¡Hola! —dijo alegre, pero su expresión cambió apenas vio el semblante sombrío —¿Qué pasó? — dijo y apenas entró, un escalofrío la hizo estremecerse —¿Estuvo ese monstruo aquí verdad?
—Sí —respondieron los jóvenes a coro —¿Cómo lo supiste? —preguntó el rubio a la chica con los ojos llenos de ilusión.
—Se siente Andy, en el aire. Yo no puedo hacerlo desaparecer nene —dijo haciendo un mohín. —pero primero debemos averiguar qué quiere…
—¿Y cómo se puede hacer desaparecer esa cosa?
—Un mago puede. Yo no. Puedo… Más bien no debo.
—¿Por qué no debes?
—Es largo de explicar guapo.
—Entonces, Bill puede —dijo entusiasmado el castaño.
—Pero hace un rato esa cosa lo lanzó lejos.
—Gustav, esa cosa se desvaneció con “eso” que hizo Bill con las manos, lo que sea que haya hecho.
—A ver castañito, explícate que me estoy mareando con tanto trabalengua —pidió la chica.
—Andreas se quedó atrapado en el baño.
—Yo me quedé con ese monstruo ahí, encerrado snif.
Georg asintió y siguió hablando —Andy gritaba y Tom le pidió a Bill que abriera la puerta, nosotros no podíamos. Bill estiró la mano derecha y la puerta se abrió, pero la energía o algo parecido los lanzó a los dos lejos.
—¿Él usó una espada?
—¿Espada? —preguntaron al unísono, y luego negaron con la cabeza.
—Es la única herramienta que puede detener una de esas cosas. De verdad, si lo hizo a mano desnuda, se arriesgó.
—Con razón fue lanzado lejos —murmuró pensativo el de gafas.
—Pues por mí no hay problema. No sé si los demás se opondrán. La policía, Markus Frank…
—Entiendo ¿Y dónde está el mago ahora?
—Pensamos que anda con Tom. —le respondió el rubio.
—Seguramente lo fueron a pasar rico —anunció el castaño, y Gustav le dio un codazo suave.
De pronto los cascos de un caballo les advirtieron que los mencionados estaban llegando.
—Hablando del rey de Roma —señaló el rubio.
Luego de unos momentos, apareció Tom y detrás de él el pelinegro con una espada en su mano. Bill se quedó mirando a la mujer con tanto detenimiento que empezó a inquietar a Tom.
—Chicos ¿dónde andaban? Markus y Anton preguntaron por ustedes, y los hemos encubierto con evasivas.
—Gracias Gustav, gracias amigos. —dijo el de trenzas.
—De acuerdo mago. Sé que te molesta mi presencia en esta casa, pero sólo vine por Andreas, te lo puedo asegurar —todos los jóvenes se tensaron al oír las palabras de la chica. Todos menos Bill que la seguía mirando con cierta dureza.
—Quiero que te quede claro lo siguiente. No aceptaré que te acerques a Tom, bajo ninguna excusa, ni a sus pertenencias. Te estaré vigilando. No lo olvides bruja.
—¡Un momento Bill! No le hables así a la señorita. Ten más respeto.
—¡Tranquilo guapo! —le replicó Alexa —Bill está en su derecho. Él está protegiendo lo que le corresponde y… Y tiene razón, yo soy una bruja —acercó sus labios a los del rubio —pero una buena para ti —y lo besó brevemente. Bill rodó los ojos y movió la cabeza.
—¿Esa es la espada verdad? —le preguntó el castaño
Bill asintió —es lo que necesito para enviar ese ente a donde pertenece —hizo una pausa y se quedó mirando al rubio —pero necesitamos saber qué desea, y quién lo envió, y como al parecer tú le caes muy bien, serías nuestra carnada Andreas.
—¿Otra vez? ¡Pero, pero…! —la mirada de espanto de Andreas se paseaba por los rostros de sus amigos esperando que se unieran a sus protestas, pero todos lo observaban aguardando su respuesta —¡Pero ya ven lo que me pasó la otra vez cuand…! —y se detuvo de golpe, recordando que la autora de aquel episodio sexoso estaba a su lado, y se sintió incómodo, pero no por sus palabras, su incomodidad se debía a que de sólo recordar la escena en el bosque con la bruja sobre su regazo, su pene empezó a ponerse duro. Se puso rojo cual tomate y se odió por eso.
—Pues sería la ocasión perfecta para terminar lo que empezamos aquella vez, ¿no te parece? —le dijo Alexa con voz sensual, y Andreas le pidió a la tierra que se abriera y se lo tragara entero, con erección y todo, pero no sucedió. Así que tragó saliva e intentó responder algo coherente, aparentando normalidad, sabiendo que su miembro duro estaba cubierto por la orilla del mantel de la mesa. Sin embargo, sus amigos lo conocían bastante bien para saber exactamente lo que le estaba pasando, y trataban de disimular sus risas.
—Está bien, sólo les pido que no me dejen solo.
—No te preocupes. Al parecer prefiere la noche, así que quedan varias horas para prepararse. La idea es que usemos a alguien como médium, y la razón de por qué te busca es que debes tener ese don aunque no sepas reconocerlo. Puede que me equivoque.
—¡¿Un médium yo?! Bill estás loco.
—No. Yo sólo estoy loco por Tom, en todos los demás aspectos de mi vida soy muy cuerdo —Bill rió y el de trenzas sonrió ruborizado, bajando la mirada —Andreas, los fantasmas y espectros suelen aparecerse ante aquellos que tienen la facilidad para comunicarse con ellos.
—Mm… Bueno, puede ser, eso explicaría que me busque todas las veces. —suspiró —Pero lo planeamos bien, ¿verdad? No dejemos nada al azar.
—Sí, luego del almuerzo. Así podremos pensar mejor. ¿De acuerdo? —dijo el mago, esperando la aprobación de todos. Los demás asintieron conformes —okay, así será.
El almuerzo transcurrió tranquilo, pero debido al ir y venir de los policías, nunca pudieron relajarse del todo, pues les recordaba a cada instante que un hombre que compartió con ellos estaba muerto.
Aprovecharon las horas siguientes para compartir impresiones, ya que Anton y Markus continuaban con su recorrido diario por la propiedad después de almorzar. Algunos de los jóvenes se reunieron en el patio de servicio para fumar. Tom, Bill, Gustav y Georg. Comentaban distintas ideas y teorías de lo que se le aparecía a Andreas, y de por qué él lo veía y nadie más había tenido la oportunidad.
—Creo que lo mejor es que actuemos como si nada. Con normalidad. Estoy seguro que esa cosa se le va a aparecer a Andy otra vez.
—Tienes razón Tom. Como si no supiéramos nada. Luego a la primera señal de alarma apoyamos a Andreas. Intentamos resolver el enigma y lo expulso con la espada. Sólo me queda una duda.
—¿Cuál? —preguntaron los jóvenes.
—¿Podrá Andreas hacerle las preguntas sin sufrir un colapso? Ustedes lo conocen mejor.
Se quedaron pensando, temiendo que el rubio saliera huyendo como las otras veces.
—No sé si podrá mantener la sangre fría. ¡Oh Dios! Esto es complicado —se lamentó el de trenzas.
—Bueno, lo que nos queda es que como su cabecita anda medio revolucionada con la tal Alexa, pues esperemos que se ponga más valiente jajaja—rió el castaño.
—O más bien que se ponga más caliente y ni se entere de que se le aparece la cosa esa, y el ente se devuelva a buscar a alguien más jajajaja —se rió también el de gafas, pero esta vez los demás no se rieron con él. —¿Qué pasa? —preguntó al ver las caras y el silencio en el que estaban.
—Que acabas de decir algo que olvidamos. —dijo serio el mago.
Gustav dejó de sonreír —¿Qué cosa?
—Que suponemos que busca a Andreas para comunicarse, pero no sabemos si lo busca para matarlo, o bien , es el medio que intenta usar para matar a alguien más.
—¡Auch! No lo había pensado —Gustav aspiró por última vez su cigarrillo, y luego lo lanzó al suelo y lo pisó —¿Y dónde está Andreas ahora?
—¿Estará ocupado?
—No lo demos por sentado Tom —dijo el mago —vamos a buscarlo.
—Yo digo que mejor que no. No es bueno interrumpir a las parejas. Eso bien lo sabemos tú y yo Bill.
—Nosotros también —agregó el castaño —pero en todo caso, si le hubiera pasado algo ya habríamos escuchado sus gritos.
—Yo no me fío. Vamos a buscarle —y todos siguieron al mago. —No lo llamen, sólo busquemos.
Comenzaron por la zona de servicio, abriendo todas las puertas visibles, obviando aquellas camufladas tras los paneles de madera.
Bill hizo señas al de gafas y al castaño de que él y Tom irían arriba a buscarlos. Gustav y Georg siguieron por el pasillo. Pensaron abandonar la búsqueda por ahí, pero luego de unos instantes re aparecieron Bill y Tom, y continuaron sin hablar hasta llegar a la puerta que daba al baño que unas horas antes habían ocupado Georg y el de trenzas. Intentaron no emitir sonidos, pero otros provenientes del baño los alertaron una vez más en el mismo día.
—¡¿Qué es ese ruido?!
—Shhhh Georg —le hizo callar el de gafas.
—¿Qué es ese ruido? —repitió otra vez en un susurro. Los cuatro chicos se quedaron en silencio esperando saber qué pasaba ahí.
Unos gemidos entrecortados se hicieron evidentes.
—Es Andreas —dijo preocupado el castaño. E hizo ademán de abrir la puerta, pero Gustav una vez más lo contuvo… A tiempo.
—¡Ah! Alexa…sigue… —y se oyeron los gemidos de la chica.
—¡Aaahhh! —exclamó el castaño —este se está dando el festín y nosotros preocupados por él —y todos rieron algo incómodos. Se dieron media vuelta para regresar a la cocina.
—¡Yo dije que no había que molestar a las parejas! Pero mi curioso bebé no pudo evitar seguir con la búsqueda —Tom le dio un leve empujón a Bill que se rió con ganas.
—Es que yo pensé que podía estar sufriendo, que podía ser atacado.
—¡Sí! Por eso se quejaba tanto, Bill.
Dejaron de desesperarse por Andreas durante un buen rato. A lo lejos se escuchó el motor del jeep de Anton. Y esperaron a los hombres sirviéndose un café.
—Mamá llamó hace unas horas, estaba algo preocupada porque no sabía nada de mí —musitó, pensativo el castaño.
—Yo le envié un par de mensajes a la mía, y me respondió tranquila —añadió el de trenzas.
—Sí, yo hice lo mismo —el de gafas miró al mago que bebía su café sin levantar su mirada —¿Y tus padres Bill?
—Están muertos — se hizo el silencio. Todos tragaron saliva.
—Lo-lo siento —respondió avergonzado el de gafas.
—No te preocupes, yo era muy pequeño. Sus rostros están algo borrosos en mi memoria. Es extraño, pero recuerdo más nítidamente la vida de Bill Kaulitz que mi propia niñez. —nadie fue capaz de decir nada más.
El denso silencio se vio interrumpido de golpe por los pasos presurosos de dos hombres, que con respiración entrecortada se asomaron a la puerta, pálidos.
—¡Chicos! —habló Markus —necesitamos a la policía… Debemos llamar al teniente.
—¿Qué pasó ahora?
—Algo extraño… Extraño —la cara blanca y desencajada de Anton, no eran suficiente distracción para ignorar su aterrorizada mirada —En la revisión diaria no habíamos notado nada —el hombre se sentó mientras Markus llamaba una vez más al teniente por teléfono —juro que hoy en la mañana estaba todo en orden.
—¡¿Dónde?! ¡¿Qué paso?! —Tom estaba preso de la ansiedad.
—¡Al final todos moriremos de un infarto, ya lo veo venir!
—Georg, Tom, cállense —fue la lacónica orden de Bill.
En la puerta que daba al pasillo aparecieron Andreas y Alexa recién duchados —¿por qué gritan tanto? —preguntó el rubio.
Gustav ignoró a Andreas y preguntó por su parte —Señor Berg, por favor, podría explicarnos con calma para que podamos entender.
Alguien le había dado un vaso de agua a Berg, éste bebió un poco y continuó —Hoy en la mañana revisamos todo, que estuviera en orden, que nada faltara. Después de almuerzo decidimos volver a las caballerizas porque debíamos arreglar una puerta descentrada. Todo era normal. Hasta unos momentos atrás que escuchamos un ruido muy fuerte que provino del mausoleo. Decidimos ir a ver. Y extrañamente estaba cerrado. Entramos y parecía que no había nada distinto a lo de siempre, hasta que llegamos a la zona de las tumbas —un escalofríos recorrió a todo el grupo —No sabemos que pasó pero las urnas de los gemelos Kaulitz estaban abiertas. Las lápidas yacían en el suelo, como si las hubieran colocado con cuidado y en el piso había una especie de puerta que estaba abierta, yo no sabía que existía…
—¿Los cuerpos de los Kaulitz estaban ahí?
—Sí Bill. Alguien quiso profanar sus tumbas. Lo lograron en cierto modo. Lo que sea o quien sea que hizo eso, se fue por ese pasadizo, dejando detrás de él esa cosa nauseabunda por el piso.
—Debemos ir.
—Bill, ya está oscureciendo. Esperemos a la policía.
—Debemos encontrar a ese ente antes de que se esconda otra vez.
—Lo más extraño es que esas lápidas pesan mucho ¡Es mármol! ¿quién tiene la fuerza para quitarlas así como así? Bill esperemos.
De pronto Markus llegó con cara de espanto.
—¿Alguien se había dado cuenta que ya no hay policías en la casa?
—¡¿Qué?! —exclamaron todos.
—Revisé arriba, no hay nadie. Ni cintas, de estas amarillas, ¡nada! ¡Como si nunca hubieran estado!
—¿Ha llamado al teniente Wendt?
—¿Revisó si andan afuera?
—¡Hace un rato había algunos arriba!
—¿Qué será lo que ha pasado?
—¡Quizás hubo una emergencia!
Todos hablaban al mismo tiempo, intentando hacerse oír por sobre el otro.
—¡Silencio! —gritó Markus —por favor, silencio, para entendernos. Ya revisé, y mientras lo hacía intenté llamar al teléfono que nos dejó el teniente Wendt y la compañía de teléfonos me dice que ese número no existe. No entiendo nada —terminó en un susurro.
En ese mismo instante un estruendoso portazo se escuchó hacia el sector del estudio y el salón. Un grito ronco y gutural rompió el aire. El aire se llenó de un desagradable olor a descompuesto.
La voz ronca dejó escapar una risa horrorosa y lúgubre —¡Aandreaas!
—¿Alguien se había dado cuenta que ya no hay policías en la casa?
—¡¿Qué?! —exclamaron todos.
—Revisé arriba, no hay nadie. Ni cintas, de estas amarillas, ¡nada! ¡Como si nunca hubieran estado!
—¿Ha llamado al teniente Wendt?
—¿Revisó si andan afuera?
—¡Hace un rato había algunos arriba!
—¿Qué será lo que ha pasado?
—¡Quizás hubo una emergencia!
Todos hablaban al mismo tiempo, intentando hacerse oír por sobre el otro.
—¡Silencio! —gritó Markus —por favor, silencio, para entendernos. Ya revisé, y mientras lo hacía intenté llamar al teléfono que nos dejó el teniente Wendt y la compañía de teléfonos me dice que ese número no existe. No entiendo nada —terminó en un susurro.
En ese mismo instante un estruendoso portazo se escuchó hacia el sector del estudio y el salón. Un grito ronco y gutural rompió el aire. El aire se llenó de un desagradable olor a descompuesto.
La voz ronca dejó escapar una risa horrorosa y lúgubre —¡Aandreaas!
CAPÍTULO 19
Todos se quedaron congelados.
Se escuchaban unos pies que se arrastraban, mientras una risa tenebrosa iba acompañada de un gemido de ayuda.
—Por favor, por favor, por favor. Perdóname… Mea máxima culpa. ¡Uaah jajajajaja! ¡Ayúdame!¡Andreaaaaaaaaaas!
—¡No, no, no! —gritaba el rubio al borde del colapso —¡Me va a matar!¡Me va a matar!
—¡Andreas! ¡Cálmate! —Bill lo sujetó por los hombros —calma, yo estaré contigo, también los demás. —el rubio sollozaba, mientras Alexa sujetaba su mano.
—Vamos guapo —le dijo con voz dulce —yo también estoy contigo —ella sacó su daga ceremonial —con ésta lo mantendré alejado de ti.
El ente se acercaba lentamente sin dejar de reír y lanzar gritos. De vez en cuando llamaba a Andreas, en otras sólo pedía ayuda. El olor nauseabundo comenzó a invadir la cocina.
Se escuchó que cambió de dirección.
—Viene por el comedor —dijo un pálido Anton. Respiraba con rapidez, casi hiperventilando.
—Okay, estamos solos en esto. Bill dependemos de ti.
—Somos suficientes, señor Markus. —el mago miró al rubio —Andreas, quiero que te pongas en la puerta batiente que da hacia el comedor…
—No, no, no –sollozaba Andreas.
—Debes preguntarle… —los ojos de espanto del rubio mostraba su nula capacidad para pensar con coherencia —Andreas, mírame —le sacudió levemente su cara —Mírame —la mirada perdida del rubio se enfocó en los ojos marrón de Bill —Debes preguntarle qué desea —el rubio comenzó a llorar otra vez, mientras negaba con su cabeza —debes hacerlo o sino, no podrás liberarte de él.
De un golpe la puerta batiente que daba al comedor se abrió y permaneció fija en su lugar como si una mano invisible la sujetara.
Las piernas le temblaban, como le sucedía a varios en la habitación.
—Cúbranse, aléjense de la puerta –ordenó Bill —sólo Andreas, Alexa y yo, estaremos cerca de la puerta — y Bill tomó su espada. Miró a los asustados ojitos de su amado Tom, y le sonrió a la distancia para reconfortarlo —te amo —murmuró, y el de trenzas sonrió levemente.
De pronto, la figura oscura y húmeda se asomó por el umbral. Los dientes oscuros y puntiagudos que asomaban de una boca deforme y más oscura aún, le daban un aspecto monstruoso, un hilillo de una saliva verde oscura corría desde el pliegue de lo que aparentaba ser un labio. Los ojos rojos, de pupilas luminosas se enfocaron en el rostro blanco de Andreas, y se rió, y al hacerlo su lengua morada y en punta se alargó como la de un lagarto. Un ruido profundo llenaba el aire, haciendo estremecer los estómagos de todos, era un rugido que salía desde la garganta del ente. Alargó la mano hasta Andreas, y éste con espanto pudo ver las uñas que asemejaban garras, que nacían de dedos huesudos que estilaban agua espesa y podrida.
—Pregúntale Andreas. Pregúntale qué desea. —el rubio miró sin comprender al mago —Vamos. Haz la pregunta.
Andreas miró aterrorizado al ente. Estaba consciente que los separaban dos escasos metros —¿Qué-q-qué deseas?
La voz gutural y desagradable del ente salió de su asquerosa boca —Desea, desea… No todo es desear ¡Aaahh jajajaja!
—¿Por-por qué me persigues?
—Porque te puedo alcanzar ¡Aahhh jajaja!
—Andreas pregunta qué es lo que pretende y quién lo envía.
—¿Quién te envía?
—Un hombre oscuro de vientre grande, de hígado enfermo, de alma podrida.
Todos se estremecieron, y el castaño miró a Gustav y le dijo entre dientes —Wendt.
—¿Para qué?, ¿qué debes hacer?
—Debo quitar la vida ¡Y no quieroooooooo! ¡Aaaaaaaaaahhhhh! —el grito era un lamento como de alma perdida en el infierno —Mírameeeee —dijo el ser en un susurro escalofriante.
Andreas cerró sus ojos y cuando los abrió, estaba en medio de los jardines de la mansión. Vio a un hombre a caballo, y supo que de alguna forma, incomprensible para él, ese hombre era el mismo ente. Vio a un joven muy parecido a Georg que estaba frente a él. Estaban discutiendo.
—¡¿Cómo has podido siquiera acercarte a mi hija?! —y le pegó en la cara con la fusta.
—¡Nos amamos! ¡Yo la amo! —otro golpe con la fusta cayó sobre su cabeza y oreja, un hilo de sangre comenzó a correr por su mejilla.
—¡Maldito! ¡No tienes derecho! ¡Sabandijas como tú sólo merecen la muerte! —sacó un arma de su cinturón y le disparó a quemarropa, dos veces. El joven cayó moribundo al suelo.
De la mansión una chica rubia con bucles salió gritando. Corría alzando las manos al cielo. De la misma forma que dos años antes su primo corrió al encuentro de su amado gemelo muerto. El mismo espanto, el mismo sufrimiento.
—¡Nooooooo! ¡No, no, no! —se arrojó junto al cuerpo inerte —¡Mi padre es un asesino! ¡Asesino! —le gritó llorando.
Andreas miraba la escena como si fuera una película, pero sabía bien que no lo era. Demasiado real y dolorosa, sintiendo el olor de la sangre, sintiendo el olor a muerte. El hombre miraba desde su caballo, estático, blanco, muriendo por dentro también. Aún tenía el arma en su mano, que colgaba floja a un costado. La servidumbre se había acercado de a poco, pero sin atreverse a intervenir, se quedaron a cierta distancia, contemplando el desgarrador llanto de la joven.
Marianne volvió su rostro mojado por las lágrimas hacia su padre, sus manos y su vestido estaban llenos de la sangre de su amado, llenos de su muerte, de la vida que se le había escapado.
Sin que nadie lo previese ella se levantó. Andreas la miró como si se moviera en cámara lenta, cómo su cabello dorado se agitaba al viento al pararse, se acercó a su padre y sin que éste alcanzara a comprender lo que su hija hacía, la chica le quitó el arma, lo puso apuntando a su pecho ya cubierto de sangre y sin llorar dijo —Adiós padre —y se disparó. Su cuerpo cayó pesado sobre el de su amor ya muerto.
—¡Noooo! —gritó el padre, que se bajó del caballo, y la abrazó en un inútil intento por revivirla, creyendo en vano que si la apegaba a su corazón, los latidos de éste la volverían a la vida.
Andreas cerró sus ojos, llorando también, esperando no ver. Al abrirlos tuvo nuevamente ante sus ojos la imagen horrible del ente, y sintió lástima por él.
—Fue un accidente, tú no quisiste eso, no lo deseaste —y lloró —debes perdonarte.
—Tú debes perdonarme —y volvió a extender su mano hacia el rubio. Este cerró sus ojos una vez más.
Cuando los abrió era de noche, el hombre ahora lloraba con una botella en su mano. Andreas vio en las sombras a un joven rubio que intentaba consolarlo. Ambos hombres estaban junto a la laguna.
—Padre por favor. Ven conmigo a la casa. No es bueno que estés aquí.
—¡No, no! ¡Ella está allá muerta por mi culpa!
—No es tu culpa, padre —sollozaba el chico —por favor vuelve conmigo.
—¡No! No merezco estar cerca de ella otra vez ¿Tú me perdonas?
—Padre, yo no tengo nada por qué culparte. Espérame iré por ayuda. No te muevas de aquí. Yo ya vengo.
El joven corrió de regreso a la mansión. Mientras el hombre bebía de su botella sin dejar de llorar. Se volvió para mirar al joven que se alejaba.
—Perdóname hijo. Perdóname Andreas. —luego se escuchó un ruido viniendo desde el centro de la laguna. —¡Marianne! ¡Hija! —Andreas miró en esa dirección pero no se veía nada, sin embargo el hombre extendía su mano hacia allá —¡Hija has vuelto! —se lanzó a la laguna, y en el momento que sintió el agua fría tocarle la piel, el hombre aspiró con dificultad y un quejido ronco salió de su boca, mientras se llevó una mano al pecho, abrió su boca para decir algo pero la muerte llegó antes de decir nada más. Cayó de bruces al agua, y su cuerpo quedó flotando boca abajo.
Andreas quiso gritar, llamar al joven rubio que ya se había perdido en las sombras y había reaparecido su silueta ante las luces de la mansión. Pero no pudo. Su garganta estaba cerrada, lloró. Demasiada muerte, demasiada soledad. Cerró sus ojos, y escuchó el susurro suave de la Dama del Lago.
—Vamos rubio, vamos guapo… Abre los ojos. —el rubio los abrió y se encontró de frente a ese ser, a quien ya no temía. El ente abrió su boca, diría algo, pero se quedó en silencio, sólo el desagradable resoplido de su respiración se seguía escuchando. Sus ojos se volvieron oscuros, el rojo había desaparecido, y la pupila dejó de brillar.
—No te culpes, eso ya pasó, y todo fue mala suerte.
—Tengo culpa. Los gemelos sufrieron por mi causa. Yo no los maté, pero no los protegí, yo quería esta tierra, pero él tampoco la pudo obtener.
—¿Quién es él?
El ente ignoró la pregunta de Andreas y continuó con su lamento —él quería tener el LIEBE, pero el gemelo lo escondió bien, nadie lo encontró. Ahora él está aquí y me ha convertido en un monstruo, el oscuro… ¡Libérame, libérame! Dile al mago que levante su espada y me saque de esta tortura. Yo no quiero matar, el que murió debía hacerlo. ¡Ayúdame Andreas, hijo!
—¿Quién te obliga a matar? —y el ente aulló, haciendo vibrar las ventanas.
—¡No me dejes en este infiernoooooooo! ¡Dile al mago! ¡Dile que me libere ya! Por favor, por favor, por favor…
El mago miró al rubio asintiendo —es mejor que todo termine, Andreas dile que avance hasta el centro de la cocina. Aparten la mesa por favor —les dijo a los otros que obedecieron de inmediato.
—Acércate —le dijo Andreas al ente, y sorprendiendo a todos, le tendió la mano. Lo llevó al centro de la cocina, pero sin llegar a tocarse en realidad. Los ojos del ente lucían mansos mirando al rubio, su aspecto terrorífico había ido desapareciendo lentamente. Sus ojos buscaron por la habitación y encontró los ojos de Gustav, intentó sonreír pero en vez de sonrisa, sólo fue capaz de formar una horrible mueca.
—Apártate Andy, hazlo lentamente. —el rubio cumplió la orden y retrocediendo, sin dejar de mirar al ser, se alejó.
El mago se paró frente al ente y dijo con voz fuerte.
—¡Ateh, Malkut, Ve geburah, Ve gedulah! —mientras hacía un símbolo en el aire. Luego se puso hacia el Este, apuntando su espada hacia ese punto —En el nombre sagrado del Yo Soy, sello este círculo —y caminó en el sentido de las manecillas del reloj, hasta volver al punto del Este, levantó su espada y gritó —¡Frente a mí Gabriel, detrás de mí Rafael, a mi derecha Miguel, a mi izquierda Uriel! ¡Frente a mí llamea la protección! En el nombre de la Fuerza Creadora del Universo y de los cuatro Arcángeles, pido la fuerza y el coraje para volver el alma de este hombre, hijo de esta Tierra, para que regrese al lugar infinito de paz y amor donde pertenece. Así sea —se volvió hacia el ser y dibujo con su espada, un símbolo que no pudo ser definido por los demás, y luego la bajó como si cortará el aire, una, dos, tres veces.
A la tercera vez, el ser comenzó a desaparecer lentamente, y su aspecto sombrío se hizo luminoso, y antes de apagarse absolutamente susurró —Recuerda mi nombre Andreas —y se fue.
De pronto el aire era más liviano y suave, dando un aspecto más luminoso al ambiente. Andreas no dejaba de llorar. El mago retrocedió deshaciendo el círculo con su espada siguiendo el sentido contrario a las manecillas del reloj —Este círculo ha sido abierto.
Todos respiraron tranquilos, menos el rubio que seguía llorando.
De repente, detrás del mago una sombra oscura se formó. Nadie alcanzó a decir nada cuando de una extremidad que asemejaba una mano se extendió algo brillante, la hoja de una daga. Bill sintiendo la presencia detrás suyo, levantando su espada giró velozmente y la dejó caer en aquel extraño espectro que desapareció al instante.
Todos ahogaron un grito.
—¿Qué fue eso? —preguntó Markus aterrorizado.
—El que controlaba al ente…
—Al tío de los Kaulitz, querrás decir —interrumpió Andreas a Bill —¿Cuál era su nombre señor Frank?
—¿Qué? ¿Cómo? —dijo perturbado el administrador —¡Muchacho! Que mi cerebro no es capaz de pensar todavía… Empezaba con… Algo con s… ¿y si esa sombra regresa Bill?
—No lo hará, por lo menos no hoy. Debemos buscar el Liebe.
—¿Pero es que acaso ya no lo encontramos? —preguntó inocentemente el castaño, mientras sus amigos lo miraban con ganas de asesinarlo.
—¡¿Lo encontraron?! —preguntó Anton con los ojos desorbitados.
—¡Ups! —exclamó bajito Georg, agachando la cabeza. Gustav lo abrazó, besándole la mejilla para confortarlo —lo siento —agregó bajito.
—Stein… Creo que sería Steff ¿Steff Kaulitz? —todos miraban extrañados a Markus que hablaba sólo para sí —¡No! Stein… Stein Kaulitz. ¡Ese es el nombre del tío!
—¡Vaya nombre! —exclamó Tom —okay hay algo que debemos hacer.
—¡Ustedes tienen información que Markus y yo desconocemos! —reclamó el historiador —¡Exijo que la enseñen!
Tom respiró hondo para no callarle la boca con el puño —Señor Berg, usted aún no me da confianza y a mis amigos tampoco, sabemos que anoche usted salió a responder algún mensaje que le daban desde el bosque, un hombre y una mujer. Así que no se venga a ser la blanca paloma con nosotros. El señor Frank dijo que ahora estamos solos en esto. Y no sabemos contra quiénes nos enfrentamos realmente. Así que al final estamos en el mismo barco. Creo que a usted sólo lo han utilizado, como a otros —dijo mirando a Alexa —ahora quiero que usted señorita, nos explique por qué asaltó a Andreas cuando fingimos lo de la llave. —el rubio se sorprendió, pero no dijo nada, también quería saber.
—Mi círculo recibió la orden de nuestro Gran Maestre, a quién yo no conozco, las razones no las sabíamos tampoco, no importaba el motivo, por lo menos no algo que a mí debía importarme, sabíamos que era algo que otra persona deseaba, lo que jamás pensamos es que era un asunto de vida o muerte. Ayer supimos que la llave era falsa.
—¿Supieron lo del libro?
—No Tom, nosotras nunca supimos nada de ningún libro. Tampoco tenemos nada que ver con la gente que Anton contactó anoche.
—Eso es cierto —afirmó el historiador —el grupo que debía recuperar la llave con el libro era distinto, es lo que sé y no conozco a ninguno de ellos personalmente, me tenían informado a través del teléfono, o mails, pero nunca se mostraron. La única vez que hablé personalmente con uno de ellos, fue en el bosque, de noche. Se me prohibió encender linterna en ese momento.
—¿Qué te ofrecieron a cambio Anton? Porque intento comprender todo esto, y me siento decepcionado —preguntó Markus, visiblemente molesto.
Anton agachó la cabeza, y habló sin mirar a nadie —Me dijeron que conservaría mi puesto de Curador del Museo, y que mi trabajo ya no correría peligro, que en realidad el nuevo dueño iba a construir aquí un resort de lujo, que no le importaba la historia y las reliquias de este lugar, que destruiría la Mansión, porque era muy costosa su mantención…
—Eso es mentira.
—El problema Tom, —replicó Anton, intentando justificarse —es que nadie sabe quién es el dueño. Se supone que la llave nos llevaría al testamento original que dejó Bill Kaulitz y no la versión falsa que se conoce, y que nadie sabe quién escribió en realidad…
—Nosotros la tenemos —dijo el de trenzas concluyente. Anton abrió los ojos como discos. Markus no podía decir nada, era demasiada información para su mente confusa. —pero en resumen —se volvió hacia Bill —aún no sabemos quién es nuestro enemigo.
—Tom, amor, eso lo sabremos pronto. Te lo puedo asegurar. Mientras tanto debemos decidir si hacemos guardia, y quienes serían las parejas que se irían turnando cada dos horas o una hora y media. Necesitamos dormir, mañana será un día largo.
—Lo sorteamos —dijo Markus, y todos manifestaron estar de acuerdo.
—Yo escribo los nombres en trozos de papel —se ofreció el castaño —y luego vamos sacando los papeles de una bolsa o recipiente para elegir las parejas.
—Sí, buena idea. —dijo Tom —necesitamos papel y hojas para escribir, yo voy a buscar. —y salió de la cocina.
—¡Tom! No debes ir solo —Bill se quedó a medio camino cerca de la puerta —¡voy contigo!
El de trenzas asintió —Vamos al estudio.
La mansión se había sumido en las oscuridad. La noche se había venido sin que nadie se diera cuenta, y las sombras simulaban formas.
—Creo que todavía me parece ver cosas —dijo Tom riéndose de su propio miedo.
—Es normal cariño —y el mago le tomó la mano. Avanzaron por el hall y luego ingresaron al estudio. Encendieron las lámparas.
—Bill, ¿has visto los documentos y la llave? ¿Están a resguardo donde están?
—Sí, están protegidas. No te preocupes —Bill empezó a ver una de las paredes, que tenía empotrada la biblioteca. Cientos de libros se mantenían sólo en esa pared. Tom lo miró extrañado —Estoy revisando. Necesito saber dónde está la puerta de entrada al corredizo secreto. Con todo lo que ocurrió hoy no pudimos venir a revisar… —respondió pensativo.
De pronto, una brisa suave movió las largas y pesadas cortinas de los ventanales, de una manera que era totalmente ilógica dadas las condiciones ambientales. Las ventanas estaban cerradas y Tom había hecho lo propio con la puerta.
—Dime que tú hiciste eso Bill, por favor.
—Lo siento amor, yo no soy.
Tom encontró una hoja con algunos rayones, y buscó un lápiz algo desesperado —me pone nervioso esto.
Bill se acercó a su amado y le acarició el rostro —no sientas miedo, no creo que sea algo negativo. —Tom sonrió feliz de tener la protección del mago, y cuando encontró un lápiz, respiró tranquilo.
—Prefiero que veamos lo del pasadizo secreto con luz de día, Bill —el mago asintió, y salieron de allí. Cuando la puerta se cerró, una figura femenina se materializó. Sonreía.
Llegaron con la hoja y el lápiz a la cocina y Georg se aprestó a hacer la lista con los nombres de todos. Gustav buscó, entre los varios elementos que habían en un cajón, alguna bolsa, y dio con una no muy grande de tela. Doblaron los trozos de papel con los nombres y los doblaron varias veces y los pusieron dentro de la bolsa.
—Okay —dijo Georg —acá vamos —agitó la bolsa y se acercó a Markus —saque un papel —Markus metió su mano en la bolsa y sacó uno. Lo abrió y lo leyó.
—Anton Berg.
—Señor Berg a usted le toca elegir ahora —el historiador sacó un papel.
—Tom Trümper —el castaño se acercó a Tom, y este metió la mano a la bolsa.
—Georg Listing —el castaño se rió y sacó un papel a su vez.
—Yo estaré con Bill Koening —Bill se acercó, sacó un nombre.
—Alexa Haider —se acercó la chica y luego extendió el papel que sacó.
—Gustav Schäfer.
Gustav sacó un papel —Markus Frank —leyó fuerte. Y el administrador hizo lo mismo.
—Andreas Binder
—De acuerdo, ya son casi las 11, preparemos algo rápido de comer y nos vamos a dormir para que los turnos empiecen de las doce más o menos —pidió Markus, y todos estuvieron de acuerdo. —creo que lo mejor es que los turnos sean de una hora y media.
—Sí es lo mejor —agregó Bill —y que ocupemos el sector del ala Kaulitz.
—Sí donde dormimos la primera vez, si es que dormir se llama a lo que vivimos todos esa vez —el rubio se rió, y algunos como Tom y Gustav, se sonrojaron.
Unas hamburguesas, con un buen café salvaron la noche del hambre. Uno de los chicos abrió un envase de fruta en conservas, le agregaron crema de leche, y disfrutaron de un buen postre. Parecían más animados, y se dieron el tiempo de reír de algunos malos chistes. Por un instante se olvidaron de lo vivido durante el día. El mecanismo de evasión de la mente es tan poderoso, y para ese grupo de personas, en cierta forma atrapadas en la mansión, era necesario pensar y vivir una rutina lo más parecida a sus días normales, y así mantener la cordura. Nadie se cuestionó nada. No era hora ya de ese esfuerzo mental y emocional. Sólo esperaban tener una noche relativamente tranquila, como hacía varias que no tenían algunos.
—Georg hablemos.
El castaño miró asombrado al de gafas —bien, habla ¿de qué quieres hablar?
—Acá no —Gustav miró al grupo y señaló —Georg y yo necesitamos hablar algo puntual, y nos gustaría estar un rato a solas en el patio de servicio —al castaño casi se le salieron los ojos cuando Gustav dijo aquello.
—¡Gus! —le reclamó sonrojado —¿por qué no esperas a publicarlo mañana en el periódico?
—Vayan tranquilos —le respondió Markus sonriente.
El castaño siguió al de gafas queriéndose morir de la vergüenza, le costaba ser tan evidente todavía.
El patio estaba oscuro, y Georg chocó contra Gustav quien se había dado vuelta y lo abrazó. El castaño se sorprendió de sentir los fuertes brazos del otro joven —te extrañé —le dijo al oído y el castaño se estremeció —¿Y tú a mí? —Georg no respondió, en cambio, buscó su boca, y metió su lengua suavemente. Gustav le correspondió al instante, gimiendo suavemente. Se separaron lentamente dejándose pequeños besos —Quiero saber algo Georg.
—Dime —el castaño acariciaba el cabello corto de Gustav.
—¿Qué somos?, ¿somos sólo amantes?, o ¿somos amigos con ventaja?, o…
—¡Gustav! Yo te amo, ¿lo olvidaste?
—No, pero no me los has dicho últimamente y yo…
—Yo te amo —y le volvía a besar los labios superficialmente varias veces, besos breves llenos de ternura —Seamos novios.
—¿En serio?, ¿estás seguro?
—Sí, por supuesto que estoy seguro, ¿acaso tú no?
El castaño percibió en las sombras que Gustav sonreía —yo quiero ser tu novio Georg. Si emprendo este proyecto de vida contigo, no es por menos, ambos sabemos a los contratiempos que nos enfrentaremos, por no ser heteros, cuando se suponía que lo éramos… ¡scheisse! Va a ser duro de explicarles a nuestras familias…
—Sí, pero no nos hagamos problemas por algo que aún no sucede. Disfrutemos el hecho de estar juntos.
—Sí —respondió en un susurro el de gafas y se volvieron a besar.
Cuando regresaron a la cocina, los demás ya estaban organizando todo para ir a dormir. Georg le susurró en el oído a Tom —ya somos novios— y el de trenzas sonrió.
Cansados, más bien agotados, no dudaban de que apenas apoyaran la cabeza en la almohada, sus conciencias irían a dar al onírico Reino de Morfeo.
—Repasemos las parejas de los turnos de guardia —dijo Markus —entonces son: Aton Berg y Tom Trümper, de 12 a 1 y media, luego Georg Listing y Bill Koening, de 1 y media hasta las 3; Alexa Haider y Gustav Schäfer, de 3 a 4 y media; y finalmente Andreas Binder y quien les habla, de 4 y media a 6.
—Y esa es una buena hora para levantarnos… —comenzaba a decir Bill.
—¡¿Tan temprano?! —reclamó Georg —Hoy nos despertaron temprano también, y este día ha sido de locos…
—Georg cariño, shhhh —le dijo al oído Gustav, y el castaño hizo un puchero.
—Mañana debemos tomar decisiones —continuó el mago —y eso significa que debemos despertar temprano. La normalidad no existe por ahora, y debemos decidir si vamos a la policía, y qué haremos con la información que tenemos. Y también necesitamos reglas para esta noche.
—¿Reglas? —preguntaron todos.
—Nadie debe salir de las habitaciones, a menos que sea por una emergencia, y para montar guardia obviamente. —explicó el mago —la idea es que la guardia que montemos sólo vigile ese pasillo, allá arriba. Sería demasiado además, pretender seguir al que salga para protegerlo o cuidarse de él.
—Sí —dijeron todos.
Rendidos al exasperante pedido del cuerpo por algo de descanso, subieron al segundo piso, y se fueron instalando en los distintos dormitorios, como lo habían pensado en la mañana. Algunos más que otros rogaban tener un sueño de corrido, sin interrupciones fantasmagóricas, o de ladrones que no respetan las horas de sueño.
Tom se despidió con un beso de su amado pelinegro, y se quedó en el pasillo sentado en uno de los sitiales junto a Berg. No podían fumar, y la idea era conversar bajito para no despertar a nadie, hasta la una y media que sería el primer relevo. Tom se quedó mirando el reloj de madera colgado en la pared, aquel que estaba decorado de sirenas, y quimeras. Marcaba las doce con 15 minutos, y de pronto retrocedió a doce con 14. Tom pestañeó, y se volvió a mirar a Anton.
—Te lo juro chico. Yo no quise hacerte daño, sí tenia mucho miedo de perder este lugar…
Tom dejó de escuchar al hombre y volvió su mirada al reloj… Doce con 13…
—De verdad, Tom, yo creí que los dueños verdaderos, destrozarían este lugar y…
Doce con 12 —Señor Berg, ¿ve usted que el reloj está retrocediendo? —Anton se quedó mirando al joven sin comprender.
—Son las doce con 12 minutos.
—Sí pero antes era las doce con 15 —el historiador frunció el seño, preguntándose si tanta presión de los últimos días no estaría afectando la salud emocional del chico.
Tom se quedó absorto en el reloj, y dejó de escuchar a Anton. De repente el reloj comenzó a girar al revés de manera vertiginosa, y el de trenzas sintió que una especie de remolino gigante lo absorbía. Cerró los ojos para impedir que la sensación de vértigo le hiciera devolver la comida que aun le quedaba en el estómago. Y cuando los abrió Anton ya no estaba. Supo que había vuelto al pasado y buscó a Bill.
Su primer impulso fue ir a su dormitorio. Dios, qué delgado y demacrado estaba. Bill yacía en su cama, y abrió sus ojos un instante y forzó su sonrisa, aparentando sentirse fuerte todavía. A pesar de verse tan enfermo su belleza estaba intacta. Su hermosa nariz destacaba en su perfil, sus labios lucían pálidos, algo resecos. Su mirada breve fue un puñal en el corazón de Tom, sus ojos estaban algo hundidos, y una especie de telilla opaca le quitaba luz a su mirada.
—Tom —dijo en un susurro.
—¡Bill, estás enfermo!
—Estoy muriendo.
—No, no ,no, por favor, te mereces una vida, mereces envejecer…
—No sin Tom. No sin mi amado. Estoy cansado, ha sido un año amargo y triste desde que él se fue.
Tom sostuvo su cabeza en sus piernas mientras le acariciaba su mejilla, y su cabello largo que caía hacia un lado. Las lágrimas del joven de trenzas caían cuales cascadas, sin hacer esfuerzo alguno por detenerlas.
—Cómo es que alguien tan transparente y bueno como tú deba morir. No es justo. Bill. Nuestro amor siempre estará en este mundo, en el tiempo, en el espacio, nunca morirá. Esta misma casa recordará por siempre lo que hemos sido.
—Hemos sido esposos, hemos sido amantes, hemos sido hermanos, amigos, hemos sido todo… Yo me voy feliz porque en la hora de mi muerte he conseguido lo que muy pocos tienen, morir en los brazos de su amor, que regresa de otro tiempo sólo para acompañarme. Una vez que cierre los ojos veré tu rostro una vez más.
—Shhhhhh, no hables, no hables de despedidas aún, habla de aquellas horas felices junto a Tom.
—Sí —dijo el moribundo con la respiración entrecortada, hacía esfuerzos por seguir hablando —de cuando me hacía bromas, o simplemente de cuando me besaba a propósito de nada, mientras yo intentaba concentrarme en redactar documentos… —se silenció por un momento —Nos volveremos a ver, no llores, encarnaré otra vez y te encontraré. Volverás a mí como vuelve cada primavera luego de un oscuro invierno. Ahora me sumerjo en sus sombras, para que mi día vuelva a brillar bajo tus pupilas. Tu estrella me guiará y me dará fuerza para no desfallecer en los largos días sin ti como intenté hacerlo en este horrible año.
—En esa época me encontrarás, yo volveré a este lugar. Y nos amaremos como si el tiempo no existiera, como si los siglos no hubieran cambiado, como hace un año yo te amaba, te amaré en el futuro. Dentro de 150 años mi amor por ti seguirá tan fuerte, como si nada hubiera pasado.
—Bésame —dijo el moreno y Tom inclinó su rostro, y le besó, suavemente, y sus lágrimas mojaron las pálidas mejillas de Bill. —No llores. Este no es un adiós. Es un hasta pronto mi amor. —lentamente cerró sus ojos, como si un pesado sueño le estuviera ganando y dejó de respirar. Tom lo abrazó y lloró sin reprimir su llanto. Qué importaba ya.
—¡Tom!, ¡Mierda Tom! —Anton intentaba reanimar al de trenzas justo en el momento que Bill salía de su dormitorio. El cuerpo de Tom yacía fláccido sobre el suelo. El golpe del cuerpo de Tom en el suelo, y los gritos del historiador despertaron a todos.
Bill tomó entre sus manos el rostro de Tom que a pesar de que aparentaba estar inconsciente, no dejaban de correrle las lágrimas. —Tom, amor. Despierta. Regresa vamos, y chasqueó los dedos, cuatro veces mientras decía —vuelve Tom —el de trenzas comenzó a abrir los ojos. Y apenas lo vio se abrazó a él con fuerza.
—Bill, Bill estás aquí.
—Les juró que no le hice nada, él sólo me dijo que el reloj había comenzado a retroceder, y luego cerró los ojos, yo creí que estaba jugando a algo y… Y…
—Está bien Anton. Tom hizo un viaje a otro espacio-tiempo —le respondió el pelinegro, sin soltarse de Tom.
—Luego se cayó del asiento y ahí me di cuenta que no estaba dormitando o jugando como creí.
—¿Estás bien Tom? —preguntó preocupado Andreas —Tal vez sería bueno que alguien más tomara su lugar para que vaya a dormir.
—¡No! ¡No quiero dormir! ¡No quiero ver morir a Bill otra vez!
—¡Morir! —dijeron a coro.
—Me fui hasta el día en que Bill Kaulitz murió sólo en su habitación —y se cubrió el rostro para llorar una vez más desconsoladamente.
—Shhhhhhhh amor. Mírame. Tom mírame. —Tom se quitó las manos de su cara, y le miró —¿qué ves Tom? Dime lo que ves cuando me miras.
—Veo al mismo Bill.
—Estoy aquí amor, estoy contigo. Eso ya pasó, y todo lo que hacemos ahora es para que no volvamos a sufrir lo mismo. Lo lograremos.
Tom se abrazó a su cuello una vez más —Estabas tan solo amor, tan solo.
—No Tom. Tú estuviste conmigo, y mi último aliento lo di bajo tu rostro. Fue para ti. Ahora estamos aquí juntos como lo prometimos. —Bill miró a sus compañeros y les dijo tranquilo —vuelvan a dormir. Él estará bien. —los demás se volvieron a sus cuartos —Tom ¿puedes seguir con el turno?
—Sí, ve a descansar, aún quedan algunos minutos. —Bill lo besó con ternura y Tom se volvió a sentar, mientras veía el rostro de Bill desaparecer detrás de la puerta dándole la última mirada, antes de cerrarla por completo.
El resto de los turnos se siguieron en completa calma, y les sirvió para afianzar lazos entre aquellos que no se conocían bien.
Al llegar la mañana, descubrieron que después de todo, entre ellos no estaba el enemigo, sólo eran un montón de desconfiados con ideas antagonistas sobre los mismos temas.
Se levantaron a tomar desayuno. Un buen tazón de leche con café y tostadas con mantequilla. Markus debió sacar un pote nuevo de mantequilla de la despensa porque el otro se había extraviado —¿Dónde habrán dejado la mantequilla? —preguntó al aire y Tom y Bill se miraron sonriendo de medio lado. Y Georg de pronto recordó un pote de mantequilla que vio cerca de una zanahoria en la bodega escondida, y miró a Tom quien al ver los ojos de su amigo se sonrojó y se concentró en su tazón, para no ver la cara de burla del castaño.
—Es hora que decidamos ciertas cosas —dijo Markus
—Creo que nosotros debemos decidir ciertas cosas, que tienen que ver con nosotros, con Tom principalmente. Creo que es él quien debe decidir si compartimos o no con las otras tres personas la información que tenemos. —señaló el mago sin dejar de mirar a Tom.
—Lo que tenemos que hacer hoy no podremos hacerlo a sus espaldas, por un tema de seguridad para todos los que estamos aquí —los otros cuatro chicos asintieron de buena gana —diles Bill, diles lo que hemos encontrado.
—De acuerdo. Nosotros tenemos la llave, el libro y el testamento original —soltó de una vez el mago, y los hombres se quedaron mudos. Uno de ellos porque no alcanzaba a dimensionar la envergadura de tales declaraciones, el otro porque no daba crédito a lo que escuchaban sus oídos y la chica entendiendo menos que Markus, se quedó igual de callada.
Anton salió de su sorpresa luego, y fue capaz de hablar —¡Ustedes! Y yo creyendo que alguien más se había llevado la llave. ¡Esperen! ¡Ya saben quién es el heredero! ¿Verdad?
Los cinco jóvenes afirmaron con sus cabezas.
—¿Y podremos saber quién es? —preguntó por fin Markus, ansioso.
—Tom —respondió lacónico el mago.
Un extraño silencio se hizo en la cocina. ¿Desde cuando el sonido se esfumaba y los pensamientos se escuchaban por sobre los latidos del corazón? Porque eso pensaron los dos hombres, consternados, choqueados, cuyas cabezas bullían de sonidos, porque el torrente de pensamientos atropellados parecían una multitud en gritos.
—¡Es una broma!
—No lo es señor Berg, y además debemos resolver otro problema ahora.
—¡Dios! ¡Tienes razón! ¡El mausoleo! —Markus se tomó la cabeza a dos manos y los chicos asintieron—Bill, Tom, ¿nos acompañarían?
—Vamos —dijo el moreno.
—Vayan ustedes y nosotros nos quedamos cuidando la cocina, digo la mansión —sonrió disculpándose el castaño. Los demás sonrieron.
—Claro, claro, vayan no más.
—Acá los esperamos.
—Es que hace algo de frío
Tom se rió —son unos miedosos.
La mañana estaba algo gris, una extraña neblina rodeaba los jardines, cubriendo de bruma el área del panteón. Estaba todo tan silencioso que inquietaba.
—¿Es idea mía o esto está raro? —preguntó preocupado Anton mientras conducía su jeep.
—No es idea suya, yo también percibo algo extraño —reafirmó el pelinegro. Provocando en Tom un escalofríos. Si a Bill le preocupaba, a él seguro le llenaría de horror o sufrimiento. El problema que hubiera acechándolos no era menor.
Llegaron al mausoleo, Markus sacó una inmensa llave y abrió el portal. Encendió las luces y los cuatro hombres bajaron las escaleras.
Las lápidas estaban colocadas en el suelo, tal como había descrito Anton la tarde anterior. Las urnas estaban abiertas, pero los jóvenes se rehusaron a mirar dentro de ellas.
—Buscaban algo desesperadamente —se lamentó Markus —es increíble que casi 150 años después, aún no los dejen en paz.
—Lo que sea que buscaran no lo encontraron. Estoy seguro —agregó Bill serio.
Markus y Anton cerraron las urnas, pero no pusieron las lápidas ya que pesaban mucho. Necesitarían la ayuda de algunos hombres más, y tomaría su tiempo sellar todo.
—Bajemos por esa entrada —Anton señaló la abertura en el piso, de la cual surgía una escalera, cuyos escalones se perdían en las sombras. Markus tomó dos grandes linternas que permanecían en un rincón, las cuales era usadas para emergencias, y bajaron.
Los escalones eran angostos, y costaba poner los pies en ellos. Tom calculó que serían unos 10 escalones, que luego llegaba a un estrecho pasillo, cuyas paredes vetustas mostraban soportes de madera oscura, mezclada con la piedra bruta propia del terreno donde estaban inmersos.
—Esperemos que haya suficiente oxígeno.—Tom odió el comentario de Anton, pues lo puso más nervioso todavía.
Adelante con la primera linterna iba el historiador, seguido de Markus, luego de Tom, y al final iba Bill con la segunda linterna. Caminaron algunos metros hasta encontrarse con una puerta de roble con la silueta de una flor de lis tallada sobre ella. Tenía una manilla de bronce, y al parecer no tenía forma de abrirse, pues tampoco había cerradura.
—¿No les parece extraño que haya una puerta tan fina, tan costosa en este lugar tan escondido? —se preguntó Anton mientras recorría la puerta con su mano libre.
Markus se acercó preocupado y la palpó también —¿Y cómo se supone que vamos a entrar? No hay cerradura, y si la hubiera no tenemos llave alguna. —movió la manilla insistentemente, sin que se produjeran cambios.
—Esperen —dijo Bill. Le pasó la linterna a Tom, y se acercó hacia la puerta, pero en vez de tocarla a ella, se puso a recorrer las paredes con su manos. Las toscas murallas, llenas de piedras, no parecían dar luces de algún mecanismo extraño que pudiera ser presionado para activar el cerrojo de la puerta. Después de insistir el mago se quedó pensando, mientras observaba el piso. Éste era de tierra compacta por tanto tiempo de construcción, pero también era notorio el uso que se le dio. Por allí transitaron muchas veces, muchas personas. —debe haber alguna forma de entrar.
—Bill, ni se te ocurra abrirla usando eso que usas tú… Tal vez sea mejor marcharnos.
—¿De veras quieres eso Tom? —el de trenzas se subió de hombros, y miró a Bill resignado. En realidad estaba algo asustado con lo que pudieran encontrar al otro lado de la puerta —Si lo deseas nos vamos, y esperamos a que lleguen personas con las herramientas adecuadas para abrirla.
Tom lo pensó, si se rendía así de fácil estaría traicionando los sueños de Bill y Tom. —No, no. Debe haber alguna forma de entrar. —de pronto esa sensación molesta de vértigo se sobrevino otra vez, pero contrario a la vez anterior, la imagen de su presente no desapareció. Un torbellino que sacudió sus oídos, le ensordeció. Supo que Markus y Bill estaban hablando de algo, pero no podía escucharlos. Sólo oía un murmullo como de una brisa lejana, que se acercaba de a poco. En la brisa se escuchaba la voz de una mujer. —es Horus Tom, Horus, Horus. —y el torbellino en sus oídos cesó repentinamente.
Y Tom guiado por el impulso repitió fuerte —¡Horus! —y la puerta activó el cerrojo. Nadie vio moverse nada, pero Anton supo que la manilla estaba lista para abrirse. Markus se le adelantó y la giró como lo había hecho antes y la puerta se abrió suavemente.
—¿Cómo supiste Tom? —preguntó extrañado el historiador.
—Una voz de mujer me lo dijo… —Markus y Anton habían entrado ya sin prestarle atención —okay, no importa ahora —Bill se acercó a Tom y lo besó tiernamente. Luego entraron y cuando lo hicieron se quedaron con la misma expresión que tenían los otros dos hombres. Era un salón inmenso. Tenía sitiales forrados con terciopelo rojo, dispuestos a ambos lados del salón, en dos corridas de diez por lado, formando un pasillo central adornado con una alfombra roja, con bordes dorados. Hacia el frente de ellos, había una especie de proscenio donde se ubicaba una mesa larga con cinco sillones muy finos, con respaldo acolchado, con terciopelo rojo igualmente, pero coronados de un adorno algo barroco, tallado en la madera que sobresalía luego del respaldo, destacando la figura de un ojo. —el Ojo de Horus —dijo pensativo Tom. Al centro, a medio camino de la gran mesa, había un pequeño pupitre rojo, rodeado de una especie de cojines. En cada esquina había un candelabro
—Esto es un templo —comentó Bill —miren las paredes —tenía unos frescos magníficos con imágenes de unos hombres que sostenían libros, el resto de las murallas estaban cubiertas con cortinajes de terciopelo dorado, en pequeños nichos que asemejaban arcos.
—¿Por qué el profanador se escondería acá? —preguntó Markus abrumado por tan magnífica decoración.
—No creo que pudiera entrar. Se nota que esto no ha sido tocado por años, quizás siglos, el encierro, y la poca luz han contribuido a que todo se conserve. Esto es extraordinario. ¡Miren! —Anton indicó hacia una de las esquinas. Arriba casi en el techo una rejilla cubría una abertura —tiene sistema de ventilación. Esto es muy interesante.
—Lo más seguro es que el tipo que vino se haya escondido en el pasadizo, confiando en su suerte de que ustedes no entrarían.
—Lo extraño Tom es que había dejado ese rastro nauseabundo en el suelo junto a la escalera que da a este lugar.
—¿Habrá sido el mismo tío de los Kaulitz? —el de trenzas miró a Anton, quién estaba fascinado con los frescos en las paredes.
—No lo creo —contestó Bill —creo que fue alguien más, y de ese otro es que debemos cuidarnos.
—Es hora que nos vayamos, y dejemos este lugar en paz, hasta que lo estudiemos con los equipos correspondientes, si es que el nuevo dueño lo permite —sonrió Markus y el de trenzas hizo lo mismo.
Salieron del corredizo y luego cerraron la compuerta, recién ahí cayeron en la cuenta que siempre estuvo cubierta por un inmenso pedestal que arriba contenía una jardinera con flores que mantenían frescas y bien podadas. —¿Cómo es que nunca lo vimos? —movía la cabeza Anton. Corrieron entre todos el pedestal, y lo dejaron tal cual, debiendo admirarse cómo la pintura de la compuerta imitaba a la perfección las vetas del mármol.
Salieron del mausoleo y se subieron al jeep para regresar a la mansión. Pero en un momento en que el vehículo giraba por la orilla de la laguna, una figura se divisó entre los jardines. Era un hombre alto, vestido de negro. Bill lo vio, y dio un pequeño salto.
—Deténgase Anton, por favor —cuando el jeep se detuvo Bill se bajó —sigan ustedes, debo conversar con él.
Tom y los dos hombres se quedaron perplejos —¿Quién será él?
—Puede ser alguien de su Orden, Tom. —le respondió Anton. A medida que avanzaba el vehículo, el de trenzas se giraba para no perder de vista la imagen de su amado. Tuvo una sensación extraña en su estómago, y vio que Bill no sonreía. Sintió su tensión a pesar de la distancia, y tuvo un extraño presentimiento.
Bajaron del jeep y entraron los hombres a la cocina, dispuestos a relatar todo lo que habían visto. Sabían que los chicos les preguntarían de todo, y así fue.
Tom se quedó afuera. Se quedó observando como los dos hombres a lo lejos, aún conversaban, y sin saber por qué, sintió ganas de llorar. Entró cabizbajo a la cocina, estaban todos tan entusiasmado con el relato de Anton, como buen historiador sabía darle énfasis a los detalles de la decoración del salón-templo. Pero Tom no oía, con el corazón en la mano, latiendo a toda velocidad, esperaba a Bill para preguntarle de qué hablaba con ese hombre, quién era, por qué parecían tan serios los dos, o tal vez estaba imaginado todo y no ocurría nada extraño. Sólo quería que Bill entrara por esa puerta y le dijera que todo estaba bien, que habían sido sólo ideas suyas, que no había problema alguno, que no se preocupara por nada. Luego lo besaría, y él volvería a sentir que su mundo giraba otra vez.
Los segundos se hicieron largos minutos, que a Tom le parecieron horas, hasta que vio la estilizada silueta de su amado asomarse a la puerta, con los ojos brillantes. El de trenzas buscó desesperadamente la mirada amorosa de su amado, pero no la encontró. Bill sólo se sentó a su lado sin mirarlo. Luego de un rato le tomó la mano y Tom sintió que su alma se hacía pequeña ante la horrible certeza de que Bill estaba lejos de él a pesar de tener sujeta su mano, con los dedos entrelazados. Su cuerpo estaba ahí, pero su mente estaba en otro sitio.
—¿Verdad Tom? —una voz que le pareció que venía de una galaxia distante lo sacó de su tormenta dolorosa.
—¿Perdón? No escuché. Disculpe Anton.
— Lo de Horus, que escuchaste la voz de una mujer.
—¡Ah sí, sí! —el nudo en la garganta y el torbellino en su mente, le impedía mantener una conversación. Bill estaba cabizbajo, y aún no le había mirado.
—Debemos ver lo que nos falta por descubrir en la biblioteca.
—Tienes razón Andreas. Debemos hacerlo hoy. Ya no hay más plazo —respondió con voz ronca el mago.
—Sí, pero es mejor que comamos algo antes. Anton y yo prepararemos el almuerzo, que debe ser algo un poco más sustancioso que el desayuno. —Markus se puso de pie —¡Manos a la obra! Ustedes pueden ordenar las habitaciones allá arriba.
—De acuerdo —dijo el castaño, y todos se levantaron de sus asientos —¿Están bien ustedes dos?
—Sí, no te preocupes Georg—respondió el de trenzas, sabiendo que no era verdad. Vio que sus amigos partían por el pasillo, lo mismo que Anton y Markus que iban a la despensa. Se puso de frente a Bill y usando toda la fortaleza de que poseía, lo encaró —Ahora tú me vas a explicar a mí qué mierdas te pasa.
—Vamos afuera. —Bill comenzó a caminar en dirección al patio de servicio, pero no se detuvo ahí, cruzó el portal y siguió más allá hasta internarse entre los jardines que daban hacia la laguna. Tom no entendía que aquello que tuviera que decirle necesitara ser conversado a tantos metros de la mansión. Bill se detuvo y se dio vuelta. Con los ojos apagados, sin brillo, lo miró —Me voy.
—¿Volverás más tarde? —Bill acarició el rostro preocupado de su hermoso amor. Hizo una pausa.
—No.
—¿No? —los ojos de Tom brillaron de angustia. Seguro estaba entendiendo mal — ¿Cómo que no?
—Me voy a Australia. —Tom se quedó mirando los ojos de Bill, esperando que un gesto le indicara que aquello no era verdad. No podía ser verdad.
—Es una broma. ¡Bill, tiene que ser una broma! ¡¿Australia?! —el pelinegro negó con su cabeza, su mirada triste y dolida buscaba la comprensión en los otros ojos marrones que habían comenzado a llorar —O sea, ¿te vas así de fácil? Me prometiste… Me prometiste —el sollozo rebelde brotaba de la garganta de Tom en contra de su voluntad. Su voz apenas era audible, y su susurro logró cruzar el espacio para que un ingrato lo oyera —me dijiste que estarías conmigo, que nunca me dejarías.
—Volveré.
—Mentira, mentira. —repitió bajito —¿Sabías que Gustav y Georg son novios? —y entre las lágrimas logró sonreír —Tú me has dicho que me amas…
—Yo te amo.
—Me has dicho que me amas, y no somos nada —las lágrimas de Bill no lograban darle el consuelo, nada podía cuando su corazón estaba hecho pedazos —¿Qué somos?, ¿qué fuimos? Y luego de tantas promesas te vas. ¿Por qué esperaste hasta hoy para decírmelo?
—Hoy lo supe, te lo juro.
—¡No jures! Tus juramentos son en vano —Tom mantenía sus brazos rodeando su torso, como si quisiera sostener su corazón dentro de su pecho —¿De qué me ha servido amarte como lo he hecho? Si de igual forma me dejas.
—Es sólo que debo resolver algo allá. Por favor créeme —Bill alargó su mano para acariciar una vez más el rostro húmedo de su amado, pero Tom retrocedió un paso. El pelinegro dejó su manos suspendida en el aire, sintiendo sólo la brisa entre sus dedos, el resto era sólo vacío —Volveré pronto… No sé cómo voy a hacer para vivir sin ti… En el tiempo que…
—¡Cuándo!
—¿Cómo?
—¿Cuándo vuelves? —Bill movió su cabeza, y bajó la mirada.
—No sé.
—¿No sabes? —se giró y agitó los brazos, desesperado —¡No sabes! ¡¿Sabes por lo menos por qué te debes ir?! —Bill negó con su cabeza.
—No me lo dijeron. Allá lo sabré.
—¡Podrías haberte negado! —Bill negó una vez más, y el de trenzas se quedó helado —Eso… —y Tom bajó su voz a un murmullo —Eso quiere decir que aquello es más importante que tu amor por mí.
—No, Tom. Sabes que no es así.
—Vete… Vete. —Tom se dio media vuelta otra vez, y se alejó rumbo a la laguna. Bill quería detenerlo, pero sabía que sería inútil. De todos modos, él se iría. No tenía nada más que decir.
Bill se devolvió a la mansión, iba en busca de su espada. Se iba dejando su corazón. En su pecho estaba el espacio vacío que dejaba la distancia que lo separaba cada vez más de Tom.
bueno solo he leidon hasta el capitulo diez pero fueron losw 10 capitulos mas imcreibles que he leido
la historia es hermosa todo encaja a la perfeccion me encantaste eres divina con lo que escribes... me encanton lo los
G´s esa parte me mato de la risa ..... en verdad es hermoso yyyy hoy que tengo tiempo libre en la terde prometo leer lo demas yy te dejo mi comentari sister !!!!!!!
—¿Cuándo vuelves? —Bill movió su cabeza, y bajó la mirada.
—No sé.
—¿No sabes? —se giró y agitó los brazos, desesperado —¡No sabes! ¡¿Sabes por lo menos por qué te debes ir?! —Bill negó con su cabeza.
—No me lo dijeron. Allá lo sabré.
—¡Podrías haberte negado! —Bill negó una vez más, y el de trenzas se quedó helado —Eso… —y Tom bajó su voz a un murmullo —Eso quiere decir que aquello es más importante que tu amor por mí.
—No, Tom. Sabes que no es así.
—Vete… Vete. —Tom se dio media vuelta otra vez, y se alejó rumbo a la laguna. Bill quería detenerlo, pero sabía que sería inútil. De todos modos, él se iría. No tenía nada más que decir.
Bill se devolvió a la mansión, iba en busca de su espada. Se iba dejando su corazón. En su pecho estaba el espacio vacío que dejaba la distancia que lo separaba cada vez más de Tom.
CAPÍTULO 20
Seguramente había en algún lugar del Universo, Alguien con un humor muy negro, que disfrutaba ver a Tom convertido en un alma en pena, en una marioneta movida por ese Alguien, que se reía a su costa. La soledad era una espina clavada en el corazón del Tom-marioneta, que suplicante rogaba por ser liberado de tal tormento, pero Aquel que movía los hilos no le daría tal alivio, porque el espectáculo no había concluido. Desde que Bill se marchó de la mansión, hacía unas pocas horas, su día se había oscurecido, aunque la noche aún no llegara para el resto de la gente, para Tom ya estaba ahí, como una sombra suspendida sobre su cabeza por donde fuera.
Cuando había entrado a la cocina, vio a Georg sosteniendo en su pecho firmemente apretado los documentos, el libro y la llave. Se los extendió.
—Esto te dejó Bill… ¿Qué pasó? —Tom sintió que sus ojos ardían, y su vista se nubló, hizo un gesto desesperado con la mano al mismo tiempo que negaba con la cabeza. Su labio tembló y un sollozo se escapó a su pesar. Sostuvo las cosas que su amigo le pasaba, y luego las dejó en la mesa y se sentó a llorar echado sobre ella. Georg se acercó mientras Gustav se quedaba estático sin atreverse a hacer nada. —Dime, ¿qué pasó?
Tom intentó contener el llanto para poder hablar, y dificultosamente pudo entre los sollozos —Me-me dijo que… Se va a Australia. Que debía hacerlo.
—Debe ser por la Orden.
—¡¿Esa Orden es más importante que yo?!
—Tom, él no puede negarse al mandato de uno de sus superiores.
—Hoy lo vi conversando con alguien. Tal vez era uno de esos jefes que tiene.
—Tal vez el Gran Maestre o algo por el estilo. —el de trenzas se quedó pensando, se limpió con las palmas de sus manos las lágrimas de las mejillas y se secó los ojos.
—Georg escondan esto por favor, donde sólo ustedes lo sepan, yo debo averiguar algo. ¿Cuántas horas han pasado desde que se fue Bill?
El castaño miró a su novio intentando recordar —tal vez unas cinco horas. Tom no has comido nada.
—Luego, primero debo hacer algo importante. —se levantó de su asiento y se fue, dejando a sus amigos con cara de pregunta.
Recorrió en la bicicleta algo maltrecha pero aún útil para tales fines, el camino que ya se conocía bien. No necesitaba mirar los árboles con detención para no sentirse perdido, la huella en el camino ahora le parecía tan clara. No faltaba mucho para que oscureciera, pero Tom no veía la diferencia entre estar con sol o a oscuras. Bill no estaba, y eso era suficiente para no ver la claridad. Las primeras luciérnagas comenzaban su danza enamorada alrededor de los abetos, y Tom sintió nostalgia de aquellas luces más grandes que su pelinegro le había obsequiado. Se detuvo un instante mirando el hermoso paisaje del atardecer, contemplaba las pequeñas lucecitas, mientras escuchaba el cantar de los grillos buscando amor. Una brisa tenue se dejó sentir en la copa de los árboles, y en el aire un leve murmullo se escuchó —¡Tooommmm! —el de trenzas contuvo la respiración —¡¿Bill?! —gritó al viento pero no hubo respuesta —¿Por qué me haces esto?¿por qué te fuiste? —lloriqueó. Retomó el pedaleo para llegar a su destino.
La noche implacable se cernía sobre el bosque ya sombrío. Los búhos habían despertado de su largo sueño diurno, y su cantar calmo acompañaba a Tom en su trayecto.
Por fin divisó la pequeña cabaña. Estaba a oscuras. Eso llenó de desilusión a Tom, quien esperaba que Bill aún estuviese ahí. Preferiría mil veces saber que Bill estaba ahí aunque no quisiera verle, a saber con certeza que ya se había marchado, sin tener ni siquiera el consuelo de su mirada, o de contemplar su hermoso perfil aunque fuera de lejos.
Dejó la bicicleta apoyada en la pared. Se acercó a la puerta y accionó el pomo. Para su sorpresa la puerta se abrió. Encendió un par de luces. Estaba casi todo igual a como dejaron la cabaña el día anterior cuando Bill llevó su espada. —la espada —pensó. Buscó en el baúl y allí estaba. Sobre la cama había una maleta a medio abrir, con un par de camisetas que no fueron terminadas de guardar. Tom se quedó pensativo. Algo no estaba entendiendo, algo no estaba encajando.
—Es peligroso que estés aquí —la mujer de ojos oscuros y penetrantes lo observaban desde la puerta del dormitorio —es mejor que te vayas… —Tom se sorprendió de ver a la mujer que estuvo con Bill esa mañana del extraño ritual —Niño, entiende, debes irte ahora. Yo no puedo protegerte si te llegan a ver.
—¿Marie?
—¡Vete! Ellos pueden venir en cualquier momento. ¡Vamos! —le gritó con urgencia, indicándole la salida, cuando Tom iba pasando junto a ella, le sujetó la mano —debes volver a tu casa y buscar lo que se supone debes encontrar. Debes hacerlo. Hazlo por Bill. Anda, vete ya. —Tom quiso decir algo, pero leyó en los ojos de la mujer algo de miedo y angustia. Sintió que las advertencias eran por su bien. Así que salió rápido, y se subió a la bicicleta —Confirma la hora de salida del vuelo –le dijo por último en un susurro la mujer.
Tom regresó a la mansión, con el presentimiento comiéndole los intestinos. Una angustia quieta y sorda, pesada y lenta se posesionaba de sus huesos, haciéndole temblar —¡Tooommmm! —detuvo violentamente la bicicleta, derrapando un poco. Sin respirar, y tragando en seco, afinó su oído esperando escuchar —¡Tooommmm! —ahí estaba otra vez y supo que no lo había imaginado. —Se supone que estás lejos, ¿por qué me llamas? —la brisa movía los árboles de formas extrañas. Era Bill —dime amor, ¿qué pasa?
Llegó a la mansión ya de noche, muerto de cansancio y de hambre. Entró a la cocina blanco como papel, con los ojeras bajo sus ojos. Se sentó, se sentía abatido.
—Usted jovencito va a comer inmediatamente —ordenó Markus mientras le servía un suculento plato de comida —y no quiero escuchar quejas de que es demasiado.
—Esto es muy raro. Tengo un presentimiento extraño.
—¿De veras? Cuéntanos —dijo Markus mientras todo el grupo se acercaba y ponía atención.
—Fui a la cabaña de Bill.
—Lo supusimos. Preferimos pensar eso antes de creer que algo malo te había pasado.
—Lo siento señor Frank, amigos —sonrió tristemente, y los demás le miraron con cordialidad. —Fui a la cabaña, y noté varias cosas raras. Primero, escuché al viento llamarme…
—Era Bill —interrumpió Georg. Tom asintió.
—Tanto de ida como de regreso, su voz en el viento me llamó. Cuando llegué a la cabaña, las cosas estaban casi iguales a como las dejamos ayer. Excepto por una maleta que dejó a medio preparar con ropa. Me quedé perplejo, y justo apareció una de las mujeres importantes de su orden. Me dijo que me viniera, que no podría protegerme, que ellos podrían llegar en cualquier momento. Me dijo que confirmara la hora de salida de los vuelos.
—Esto es extraño de verdad —dijo pensativo Anton.
—Me dijo que buscara lo que debo encontrar, que lo hiciera por Bill… ¿Saben? Tengo un mal presentimiento.
—Espera —dijo Markus quien salió de prisa de la habitación.
—Tom debemos organizarnos para entrar a ese lugar —señaló Andreas.
—¿Me pueden explicar de qué hablan? —todos, excepto Alexa que estaba igual de confundida que Anton, miraron con extrañeza al historiador.
—El plano de la propiedad muestra un lugar secreto, donde se supone que está eso que llaman Amor, Liebe. —Berg miró extrañado al rubio —eso no es posible, nosotros conocemos al dedillo la propiedad, no existe algo como eso.
—¿Lo mismo que con el templo que está debajo del mausoleo, señor Berg? —refutó el de trenzas. Anton se rió nervioso.
—Bueno de ese lugar no teníamos idea… Pero…
—Es probable que el otro lugar que aparece en el plano, efectivamente exista… —dijo categórico el de trenzas, la conversación fue interrumpida por Markus que llegó sonriente con su laptop.
—Okay, veamos en los vuelos que salieron hoy para Australia. Primero debemos saber si hay vuelos directos o si tuvo que hacer escala en Turquía por ejemplo.
—¿Buscamos en todas las líneas aéreas?
—No Tom, enfoquémonos primero exclusivamente en los vuelos a Australia, y luego hacemos las llamadas.
Comenzaron la búsqueda.
—Veamos Air Berlin. Tiene vuelos directos. Hubo uno hoy a las 8 desde Frankfurt. Ahora necesitamos llamar para confirmar si estaba en ese vuelo.
—Yo tengo una amiga, Karen. Ella trabaja en aduana, creo que nos podría dar esa información —Georg miró a Gustav con cara de pocos amigos, sabía bien sobre cuál Karen estaba hablando.
—Gracias Gustav, toma el teléfono —dijo Anton pasándole el suyo.
—La llamo de inmediato — tomó el black berry y marcó a su amiga —¿Karen? ¿Cómo estás?… Sí, tanto tiempo. No querida, verás estoy algo complicado. ¿En serio? Jajaja… Pero qué bueno… ¡No! Quizás más adelante… —Georg se cruzó de brazos delante de Gustav con rostro adusto, no le estaba cayendo en gracia la dichosa conversación —Ejem, mira, quería pedirte un favor, ¿puedes averiguar si Bill Koening tomó algún vuelo hoy? —hizo una pausa —Gracias, eres muy amable —Georg le remedaba sin hacer ruidos, sólo haciendo morisquetas con la boca. —Está buscando la información —el castaño rodó los ojos. Luego de un par de minutos… —¿En serio? —Tom se acercó impaciente —Ya, eres muy amable, ya casi no hay amigas como tú —y Georg le dio una palmada en el hombro —Gracias, adiós. Okay —y cortó la llamada —ningún Bill Koening tomó vuelo a ninguna parte. —Todos se quedaron en silencio.
—Pero, pero —Tom se acercó a Gustav, intentando comprender sus palabras —¿entonces? —se dio vuelta mirando al resto, buscando alguna respuesta o idea —entonces, si Bill no se ha ido, ¿dónde está? —el de trenzas comenzó a caminar por la habitación refregándose las manos —¡¿Dónde está?! —de pronto se paró en seco —no se ha ido, aún está aquí.
—Bueno, tal vez… Tom, está alojando en algún hotel en la ciudad esperando otro vuelo…
—Señor Frank, ¿no se da cuenta? ¡La maleta de Bill estaba sobre la cama a medio llenar! Vi camisetas suyas que no terminó de guardar.
—¿Acaso piensas que él está en problemas? —los hombres estaban mudos esperando la respuesta de Tom a la pregunta de Markus.
La Dama del Lago sospechaba de algo así —No sería de extrañar que la corrupción se filtrara en esa Orden también. —Tom al escucharla se llenó de espanto.
—Debo ir a buscarlo —hizo el intento de salir.
—¡Tom, Tom! —lo sujetó Andreas, mientras el de trenzas forcejeaba.
—¡Déjame ir! —gimoteó.
—Tom, amigo ahora no podrás hacer nada, está oscuro y correrías peligro. Bill te necesita bien, sano y salvo. —el de trenzas miró al castaño que lo sostenía de los hombros, y asintió. Se tranquilizó, pero su voz sonó resuelta
—La mujer me dijo que debía buscar… Y lo que sea que debo encontrar lo haré ahora. Necesito linternas y los planos ¿Georg? —el castaño se dio media vuelta y se perdió en el pasillo. —Necesito de su ayuda, algunos conmigo adentro del pasadizo, y otros afuera vigilando.
—De acuerdo —respondió Markus —Tú elige a los que te acompañen.
—Somos siete, quiero dos voluntarios que me acompañen.
El castaño justo iba entrando con los preciados elementos en sus manos —Yo —dijo resuelto —con Gustav —agregó. El de gafas asintió, y los demás estuvieron de acuerdo.
—Los demás nos quedamos afuera esperando y vigilando. Acá están las linternas, y necesitamos algo con qué defendernos, Anton.
—Maderos, como bats de béisbol. Hay algo como eso en la bodega que está acá al lado, y llevemos herramientas por si acaso debemos romper algo. —el historiador se dirigió hacia allá junto a Andreas.
—Bien, vamos entonces. —ordenó Tom.
El grupo ingresó a la biblioteca. El de trenzas extendió el plano sobre el escritorio. Cuando al fin se ubicaron dentro de la gráfica sobre el amarillento papel, pusieron atención en los detalles que los cientos de líneas mostraban.
—Se supone que esto es la pared contraria a lo ventanales —Tom indicó la pared que el pelinegro estuvo observando la noche anterior —Bill estuvo revisando allí anoche, pero no lo dejé continuar porque sentimos una presencia.
—¡¿Una presencia?! —exclamaron a coro Andreas y Georg.
—Bill dijo que no era algo malo, o eso creo. —el castaño miró nervioso alrededor suyo.
—Pues más vale que así sea, porque si no, de seguro que esta vez me meo de susto.—Georg ya temblaba.
—Busquemos en la tercera repisa contando desde la puerta —dijo Anton.
—¿Pero no se supone que al otro lado de la pared está el comedor?
—Gustav tiene razón Tom —dijo el castaño reafirmando al de gafas.
—Se supone, pero hay escaleras, así que debe ser todo bajo tierra.
Tom sintió un escalofríos recorrer su espina dorsal, sabía que había algo más ahí y no le gustaba. Se quedó quieto por un instante, intentando comprender la razón de aquella molesta sensación. Para los demás esto no pasó desapercibido.
—No, no. No pasa nada —pero Alexa se le quedó mirando a los ojos, y Tom no pudo esquivarla. La Dama del Lago seguramente había sentido lo mismo, el de trenzas lo creyó así, pero nada le dijo. Tom prefirió retomar la búsqueda donde Bill lo había hecho un día antes —Tal vez detrás de los libros podamos ver algo —y comenzó a quitarlos.
—Pero de haber algo, ya lo hubiéramos visto, cualquiera del personal de mantención. Los que realizan los arreglos al sistema eléctrico por ejemplo. Me resulta difícil de creer Tom.
—Lo sé señor Frank, pero debo intentarlo. Lo hago por Bill y por mí. —al quedar la pared desnuda no parecía haber nada fuera de lo cotidiano, eso desanimó a Tom por un instante. De pronto se fijó en una pequeña grieta en la pared que no tendría más de un milímetro de espesor. Parecía una pequeña línea dibujada, fácil de confundir con la beta de la madera. —pásenme una linterna, o que alguien alumbre por mí —Georg se acercó con ella dando más luz a la pared. Al mirarla con atención Tom se dio cuenta que esa pequeña cicatriz en la madera la recorría de arriba abajo. Recordando cómo el pelinegro lo había hecho con otras falsas paredes, empujó con fuerza uno de los lados, sin resultados, entonces lo intentó en el lado izquierdo, y la madera crujió. El de trenzas presionó con más fuerza ayudado por Andreas y Gustav y la pared cedió. —Ahora veamos cómo quitamos los estantes.
—Eso es fácil, es sólo soltar los pernos que están por acá —señalo Markus dirigiéndose hacia la izquierda de Tom a unos dos metros, Anton le pasó un destornillador, y entre los dos comenzaron a desmontar las repisas. Markus le pasó otro destornillador a Gustav —inténtenlo unos dos metros hacia allá —indicó hacia la derecha, y así lo hicieron. No fue difícil para ellos encontrar las uniones y comenzar a desmantelarlas. A los pocos minutos habían sacado todo el estante que en su largo total tendría unos cuatro metros. La apoyaron con cuidado en la pared donde estaba la puerta de entrada al estudio, y de esa forma aprovecharon de bloquear el ingreso a cualquiera que quisiera hacerlo.
—Okay, entremos —dijo Tom dando un suspiro. Estaba asustado aunque hacía esfuerzos por demostrar que no era así.
—Vayan, nosotros estaremos vigilantes por cualquier cosa que pudiera pasar —los tres chicos asintieron e ingresaron.
El pasadizo estaba oscuro. Aunque pusieran sus manos frente a su rostro no podían verlas. Tom encendió las linternas y los demás hicieron lo mismo.
Comenzaron a bajar cuidadosamente las escaleras. A diferencia de las del túnel bajo el mausoleo, éstas estaban bien terminadas. Estaban construidas en piedra pulida. Algo resbalosas. Las paredes parecían estar talladas en la misma roca. Tom calculaba que debían estar unos dos metros bajo tierra y esa idea le hizo estremecerse.
El túnel seguía recto por unos diez metros pero luego doblaba en 90 grados. Caminaron en silencio hasta llegar a ese punto. Tom dirigió el haz de luz hacia el nuevo pasadizo. Aunque no veía con claridad, parecía distinguirse el final del túnel.
—Este es más largo —señaló Tom.
—¿Es una puerta lo que se ve allá al fondo?
—No lo sé Gustav. Es hora de comprobarlo.
Caminaron con cierta celeridad, pero sin descuidar por donde pisaban. Al llegar a la puerta, el de trenzas notó la característica flor de lis tallada de igual forma que en la puerta del otro túnel bajo el panteón.
—¿Y ahora qué?
—Pásame la llave Georg —Tom tomó la llave que el castaño le pasó —ahora sabremos si esta llave que nos ha costado tanto recuperar es para esta puerta o no —metió la llave en el cerrojo, la giró y la puerta cedió lentamente.
—¡Sí era! —exclamó feliz el castaño.
Era un enorme sótano. Había cientos de cosas allí guardadas. Cuadros, muebles, lámparas, baúles, y un sinfín de otros elementos difíciles de distinguir en la oscuridad. Gustav buscó en vano algún interruptor —¿Qué haces? —le dijo su novio.
—Busco luces.
—Nene, en la época aquella aún no existía el uso de la electricidad, era todo experimental. Estas lámparas son de aceite, o algo así. —le rebatió el castaño.
—A mí me preocupa que acá hayan demasiadas cosas como para saber qué es lo que buscamos en realidad —el de trenzas suspiró otra vez —miremos el plano —el papel amarillento mostraba el punto exacto donde estaban. Tom acercó la linterna y observó con detenimiento una pequeña flor de lis dibujada hacia la esquina izquierda del sótano mirando desde la puerta —¿Qué representa esa flor en este lugar?
—Estoy seguro que algo importante —le respondió el castaño, apuntando con su linterna hacia ese sector —vamos allá —se acercaron con cierta dificultad debido a los múltiples elementos puestos en desorden —si se fijan bien, se darán cuenta que todos estos objetos parecen que fueran de mucho valor —comentó Georg al pasar.
Cuando llegaron a esa esquina, vieron dos grandes baúles, uno más pequeño que el otro, de maderas muy gruesas, macizas. Levantaron la tapa del baúl de menor tamaño, que media unos cincuenta centímetros de alto con algo más de un metro de largo. Era un poco angosto. Al abrirlo, se extrañaron de encontrar infinidad de libros y documentos al parecer relacionados con la Orden a la cual pertenecían los Kaulitz. Los miraron con rapidez y superficialidad.
—Tom, esto hay que revisarlo con detenimiento más tarde o mañana.
—Sí, tienes razón —le respondió al de gafas.
Al llegar al fondo, se sintieron algo desilusionados. Tom dejó escapar el aire con fuerza. —si sólo tuviera una idea de lo que buscamos… —hizo una pausa, tomó aliento otra vez, necesitaba darse ánimos —veamos el otro baúl —aquel tendría unos setenta centímetros de alto con dos metros de largo. Eso lo hacía bastante grande, y levantar la tapa ya era un problema, pero a esto había que agregarle un tremendo candado. Tom lo observó y se dio cuenta que la llave le quedaría muy pequeña, además era la que habían usado en la puerta. Gustav acercó la linterna y estudió la ranura por donde debía entrar la llave.
—¿Y si lo intentas con la llave al revés?
—¿Al revés? —Tom estaba confundido.
—Sí, mira la forma. Estoy seguro que coincide el ancho de la ranura con la forma de flor de la llave ¡Inténtalo! —Tom medio incrédulo introdujo la parte ancha de la llave, la que cualquiera consideraría sólo como parte del mango. Sus ojos brillaron felices cuando el candado se abrió apenas la giró.
—¿Viste? Yo tenía razón —se felicitó el de gafas.
—Eres un genio Gustav —y el castaño no pudo más que estar orgulloso por las palabras de elogio de Tom.
El de trenzas retiró con cuidado el candado. Luego entre los tres se dieron a la tarea de levantar la tapa.
—¡Esto pesa! —dijo Georg.
—Sí, ten cuidado de quebrarte una uña ¡Georg, no está tan pesado! —se burló el de gafas. El castaño lo miró con desdén.
—A veces Tú, eres un pesado —refunfuñó Georg. Tom y Gustav se reían por lo bajo.
Cuando el baúl estuvo abierto, encontraron una serie de capas negras y rojas, todas de terciopelo. Georg sacó una y se la puso —Parezco un brujooooooooooo —dijo mientras levantaba las manos como garras. Justo en ese momento algo en el sótano se cayó y rodó por el piso hasta chocar con otra cosa. Gustav alumbró en esa dirección y no había nadie.
—¡Deja de jugar con eso Georg que despiertas a los magos muertos!
—¡¿Qué?! ¡¿Magos muertos?! —exclamó con horror el castaño.
—¡Ustedes dos me están haciendo arrepentirme de haberlos traído!
—Lo siento Tom —hizo un puchero Georg.
—Lo siento —dijo el otro chico también.
Continuaron sacando distintos utensilios, unas dagas como las que usaba Bill y Alexa, unas espadas, copas muy hermosas, bandejas de plata, candelabros. Cuadros de distintas personas, todos ellos hombres. De pronto Georg tomo un cuadro, y con cara de ver un fantasma dijo apenas —Tom, mira esto —el de trenzas se acercó y vio a los gemelos Kaulitz abrazados, sonriendo, vistiendo cada uno una capa negra con forro rojo. Se veían tan felices, por su aspecto Tom calculó que el retrato fue pintado unos meses antes de la muerte de Tom.
—Este cuadro no debería estar escondido, aunque creo que esto fue guardado aquí por el mismo Bill.
—Vamos Tom, sigamos buscando. —le dijo el de gafas dándole una palmada en el hombro.
Al fondo del baúl, habían decenas de túnicas y mientras las sacaban, Tom iba perdiendo la esperanza y la paciencia —¡Esto es inútil! ¡¿Cómo todo esto me va ayudar a saber qué sucede con Bill?!
—¡Tom, Tom! Algo hay aquí —dijo Gustav palpando el fondo del baúl, se alumbraba con su linterna, pero era obvio que necesitaba ayuda. Tom se abalanzó y se puso a alumbrar también.
—¿Qué es?
—Es una manija de hierro, pero la tiro hacia arriba y no se mueve.
—¿Es una puerta? —preguntó Georg alumbrando con su linterna también. Y de pronto algo volvió a caer y rodar hacia la pared cerca de la puerta. Los tres contuvieron la respiración, dirigieron las luces de sus linternas, pero igual que la vez anterior no se veía nada —¿Será que estamos imaginando cosas? —el castaño tenía mucho miedo ya.
—Eso espero —respondió Tom —veamos cómo es esto. —observaron la puerta, que tenía en él un gran pentáculo con una sentencia: “El que cruce esta puerta con un corazón oscuro será maldecido y destruido. Ninguna oscuridad entrará a las sombras que protegen al Amor ”. El de trenzas leyó las palabras, pero no entendió a qué se referían. Empujó el fondo y este se abrió dejando expuesto un pozo más oscuro aún —¿No hay escaleras?
—Sí, mira, como esas de incendio —Gustav hizo correr la escalera y ésta se fue deslizando y desdoblando hasta hacerse una larga —¡Hora de bajar!
—Yo no quiero ser ni el primero ni el último –advirtió el castaño.
—Vamos princesita, vas después de mí —le dijo Tom sintiéndose feliz de no ser él la princesa consentida esta vez.
Bajaron la escalera que se tambaleaba con el peso de los jóvenes, sobre todo cuando bajaba Gustav —¡Deberías bajar de peso Gus! —le gritó Tom.
—Sí, eso voy a hacer. Con tanto polvo que me voy a echar con Georg —cayó pesado al piso —¿Cierto que bajaré de peso mi amor? —el castaño no pudo responder porque una repentina tos le impidió hablar. Tom se rió.
—¡Ustedes son unos payasos! Veamos qué hay acá —la luz de la linterna dejó al descubierto una habitación desnuda con una puerta al fondo que a diferencia de la otra, era muy rústica, hecha de tablas sin pulir. Gustav se acercó y la abrió viendo que al frente de ellos, se divisaba otra puerta más maciza e imponente. Dio el paso para llegar hasta allá y de pronto se perdió de vista. Su grito ensordecedor paralizó por un segundo a los otros dos.
—¡Tom! ¡Georg! —Gustav colgaba apenas de un brazo sujetándose con dificultad —¡Ayúdenme! —chillaba. El de trenzas y el castaño se acercaron. Tom lo agarró de un brazo mientras Georg lo tiraba hacia arriba sujetándolo de la ropa y el cinturón para subirlo. Usaron todas sus fuerzas, y Gustav intentaba impulsarse buscando en vano un apoyo para sus pies. Luego de varios segundos de esfuerzos, lograron subirlo hasta la orilla, cansados como si hubieran corrido el maratón —Casi me muero —dijo el de gafas en un suspiro. Georg lo abrazó y lo besó tiernamente.
—No me vuelvas a asustar así, por favor —le dijo el castaño mientras le acariciaba su cabeza. Tom intentó ver el final de aquel agujero, pero era imposible.
—¿Gustav, tu linterna? —preguntó Tom mientras intentaba ver algo en el fondo.
—Se me cayó a ese foso.
—Pero no se ve ¿Se habrá roto al caer y por eso no la veo?, ¿o es tan profundo que la luz no alcanza a llegar hasta acá? —los otros dos jóvenes aún abrazados no dijeron nada.
Tom se concentró en la puerta y en el foso —se puede saltar, debemos saltar si queremos llegar allá.
—Hazlo tú, yo no voy —dijo tajante el castaño —lo siento Tom, pero esta es tu lucha.
—Gustav ¿tú?
—No Tom, me quedo acá. Ese foso tiene dos metros o más de ancho. Yo que tú no salto tampoco. —Tom se quedó pensando “pero Bill lo haría por mí”.
—Okay, voy a lanzar la linterna primero y luego salto yo —se guardó la llave e uno de sus bolsillos y pasó el plano por debajo del cinturón de su pantalón. Lanzó la linterna y ésta chocó con la puerta sin dañarse. Luego retrocedió un poco para el impulso, contó mentalmente hasta tres, y pensando en su pelinegro saltó.
Los cuatro allá arriba se paseaban sin lograr relajarse. Alexa sin decirle nada a nadie vigilaba las energías que estaban en movimiento, señal de que no estaban solos. Se amonestaba a sí misma por no llevar su espada. La necesitaría, era lo más probable, y sin ella no era mucho lo que podía hacer.
—Esto es peor que estar en una sala de espera —refunfuñó Markus —sólo quiero que los chicos estén bien.
—Por más que pongo oído no logro escuchar nada —dijo Anton mientras se asomaba a la puerta por enésima vez —debe ser muy profundo donde están.
—Ojalá no hayan trampas. —y todos callaron con las palabras del rubio.
—No creo que hayan —replicó después de unos segundos Anton en un esfuerzo por tranquilizarse. —De seguro están entretenidos mirando tanta cosa que debe estar guardada. —el historiador observó el semblante serio de la chica, y no se pudo contener de preguntar —¿Le preocupa algo?
La chica sonrió apenas —no traje mi espada. Debí ir a buscarla.
—¿Eso es importante?
—Espero que no —Anton calló al ver que para Alexa no era un mero detalle, y prefirió no ahondar en el asunto por temor a desatar la histeria colectiva. Supuestamente no habían razones para temer nada, la entrada estaba asegurada, nadie podría ingresar al estudio.
—Pues aprovechemos de leer libros —dijo el rubio intentando distender el ambiente. Se acomodó en uno de los sillones y sacó un libro casi al azar, pretendiendo que la lectura estaba muy emocionante y así aislarse de la preocupación que le apretaba el corazón. Pero la calma no duró mucho. Un leve quejido les hizo ponerse en alerta. —¿Qué fue eso? —preguntó dejando el libro a un lado.
—¡Un gato en el hall! Eso no es posible —rebatió Markus. El gemido volvió a repetirse, seguido por un tenue sollozo.
—Alguien está llorando —Markus se acercó lo más que pudo a la puerta de entrada.
—Señor Frank, venga para acá —le ordenó categórica la Dama del Lago. El hombre obedeció —acérquense —dijo y todos se pusieron a su lado. Ella sacó su daga y comenzó a caminar en círculos alrededor de ellos. Algo murmuraba al caminar… “Caminando hacia el centro de mi ser construyo este círculo…” y sus palabras se perdían al mismo tiempo que el llanto aumentaba de volumen allá afuera. La bruja dio tres veces la vuelta. Luego se puso al centro y sentenció —Como es arriba es abajo, este círculo está sellado. —se volvió hacia los hombres —Debemos permanecer acá adentro, por favor, no importan lo que vean, ni lo que crean ver, no se muevan de donde están. Lo que sea que está allá afuera, la puerta no lo va a detener, pero este círculo sí. Acá estamos a salvo.
—¿Y los otros?
—No sé guapo —Alexa miró los ojitos azules y asustados de Andreas —espero que nada los dañe.
Y las luces se apagaron. Anton aún conservaba una de las linternas y la encendió. De pronto hacía mucho frío, y podían ver sus alientos salir de sus bocas. Los cuatro se sobresaltaron al sentir el llanto dentro del estudio.
—¡¿Quién es?! —gritó desesperado Markus. Una forma oscura se perfiló lentamente bajo el haz de luz de la linterna, difícil de definir y de entender. Se alcanzaba a distinguir una túnica larga oscura, y asomaban bajo la capucha sus cabellos negros y largos hasta la cintura. Era una figura femenina.
—Él está solo. —dijo el espectro.
—¿Solo?, ¿quién? —preguntó Alexa con voz calmada.
—Está sufriendo —de pronto volvió la luz, y ya no había nada.
—¿Qué fue eso?
—Espere —dijo Alexa, porque Anton hizo el intento de moverse —debo deshacer el círculo.
—¿Y si vuelve?
—No, ya se fue —dijo la Dama del Lago, y comenzó a caminar en círculos otra vez, pero en sentido inverso, apuntando su daga hacia fuera. Cuando terminó dijo quedamente —listo, pueden moverse por la habitación.
—¿Alguien tiene alguna hipótesis sobre quién hablaba? —preguntó el rubio.
—¿Será Bill? —respondió Alexa y los tres hombres se silenciaron.
—Es mejor que no le digamos nada a Tom, además ni idea tenemos de quién era esa aparición ¿Era un fantasma?
—Puede ser señor Frank, tenía todas las características. —la chica se sentó junto a Andreas y le acarició la mejilla —¿Estás asustado?
—Un poco. Demasiadas cosas que no podemos controlar ni prever con exactitud —él le tomó la mano y se la besó. Ella sonrió satisfecha.
Tom logró hilvanar tantas ideas mientras volaba hacia el otro lado, por un instante logró ver el rostro de su amado, demacrado y triste. Y antes de sentir angustia por ello, su pies aterrizaron con fuerza cerca de la majestuosa puerta. Sus amigos habían contenido el aire esperando lo que parecía una eternidad hasta que Tom llegó sano y salvo a ese lado. Sus corazones volvieron a palpitar. El diámetro del foso tal vez no era tanto, pero la oscuridad en la que estaban inmersos hacía todo más difícil y estresante.
—Ahora recen para que pueda abrir esta puerta, ¿será que la llave servirá una vez más? —Tom no esperó respuesta, sus amigos aún en shock balbucearon algo pero no les escuchó, sólo se dio media vuelta y miró la puerta con cuidado. Estaba llena de símbolos y letras extrañas, le recordó las letras del nicho donde se guardaba el libro en el mausoleo. —Alfabeto tebano — pensó —¿pero qué dirá? —se dijo en voz baja. La puerta no tenía manija, ni pomo, nada. Sólo dibujos, letras y símbolos. En el centro había un pequeño círculo que parecía tener un borde, lo levantó con cuidado usando una uña y éste cedió quedando unido de una orilla a la puerta, dentro del círculo se veía un pequeño agujero que Tom reconoció como una cerradura. Temblando de emoción introdujo la única llave de que disponía, rezando para que ésta sirviera una vez más. Cuando escuchó el clic, le pareció la música más bella para sus oídos. Empujó la puerta con cierto esfuerzo debido a su espesor y tamaño, y se quedó observando, esperando que no hubiesen más trampas. No sabía qué esperar, sin embargo sintió algo de desilusión al alcanzar a distinguir más baúles. Esto le estaba comenzando a desesperar. —Que alguien me diga lo que debo encontrar —dijo cual plegaria.
Ingresó con cuidado
—Tom observa bien todo, por favor, si algo te pasa estamos algo lejos de ti, no alcanzaremos a llegar —le advirtió preocupado el de gafas.
—¡Shhhh! —fue todo el comentario de Tom mientras les hacía un gesto de silencio. Avanzó lentamente y se alegró de ver que los baúles no tenían candado ni cerrojo alguno —es evidente que no pensaron que alguien llegara hasta aquí… Excepto yo —dijo calladamente. Vio una tabla ornamentada asemejando un cuadro, pero en vez de cuadro había algo escrito. Tom dirigió la luz de su linterna y leyó. Sus ojos se llenaron de lágrimas y un sollozo rompió el silencio del sótano y el túnel.
—¡Tom no nos asustes! ¡¿qué pasa?! —gritó angustiado el castaño.
—E-estoy bien —respondió el de trenzas sin dejar de llorar, aspiró el rancio aire con ganas y se concentró para poder leer.
“Amado Tom,
Cuando leas esto, ya habrán pasado cientos de años de nuestra despedida, sin embargo para ambos será como si fuera ayer que nos dejamos de ver.
Esto es para ti, y para mí. Es el Amor a la tierra donde pertenecemos, es el amor entre nosotros que no sabe ni de tiempo, ni espacio, ni de muerte. Mis huesos viejos descansan en la cripta, mi cuerpo nuevo está cerca de ti. Aunque mi hermoso Tom está en mi presente sepultado y frío, yo sé que en esa época donde Tú estás, mis manos volverán a acariciarte, y mi boca ahora casi marchita, volverá a besarte con pasión. Yo te he amado toda la vida, y mi vida no basta para amarte, por eso he de amarte más allá de mi muerte, hasta encontrarte otra vez, en otra vida, en tu tiempo. Nuestro tiempo.
Todo lo que está aquí te pertenece, nadie podrá quitártelo, por un mandato perpetuo. Y mantendrá nuestras vidas y la tierra de Liz Garten a salvo de depredadores.
Te amo por siempre y para siempre.
Bill Kaulitz
Agosto de 1864”
Tom se enjugó las lágrimas, y descubrió otro testamento que determinaba que todo lo que se hallaba en los baúles era de Tom Trümper, luego venía una lista de 21 páginas con el detalle de lo que allí había, lingotes de oro, diamantes, joyas, piedras preciosas de distinto tipo, perlas blancas y negras, monedas de plata y de oro. Tom sin dar crédito a lo que leía abrió uno de los baúles y casi se fue de espalda al ver que todo estaba allí, contó los baúles, eran siete. —¿Esto era el Liebe? —preguntó. Leyó una vez más las palabras de Bill: Esto es para ti, y para mí. Es el Amor a la tierra donde pertenecemos, es el amor entre nosotros que no sabe ni de tiempo, ni espacio, ni de muerte.
—Sí, lamentablemente la riqueza es lo único que nos asegura el conservar esta mansión como tú lo querías Bill. —pensó.
—¡¿Tom?! ¿Estás bien? —la voz de Gustav lo sacó de su pensamiento.
El de trenzas se asomó a la puerta —Chicos, hay siete baúles con piedras preciosas, oro, plata, diamantes, y Bill Kaulitz las dejó a minombre.
—¡¿Bromeas?!
—No amigos.
—¿Y cómo te ayudará eso con Bill? A menos que esté secuestrado. —Tom se quedó mudo al escuchar las palabras de Georg, y una corriente fría le recorrió el cuerpo haciéndole sufrir.
La oscuridad hacía doler los ojos que se esforzaban por distinguir algo, lo que fuera. El sopor en que lo mantenían no le permitía concentrarse y así decirle a Tom a la distancia que estaba retenido y atado en algún lugar que él mismo no había podido reconocer. Intentó en vano desdoblarse para poder ver el sitio donde estaba. Se sentía muy cansado. Necesitaba con urgencia comida y agua, la sed lo estaba matando, y cuando le daban algo de beber, el agua llevaba esta sustancia medio amarga que le provocaba ese sueño extraño, que sin embargo no le permitía dormir tampoco. Estaba enojado consigo mismo por no prever el peligro. Los golpes recibidos dolían aún con intensidad. Es probable que tuviera una costilla rota. Sus manos estaban atadas arriba de su cabeza, y sus hombros dolían una enormidad, su cabeza estaba cubierta por una especie de bolsa de genero oscuro que apenas dejaba que pasara algo de aire. —Tom —murmuraba, sabiendo en su semi-inconciencia que no le escucharía.
Oyó la voz de un hombre, pero no logró entender sus palabras.
—Pronto nos comunicaremos, mientras tanto debemos mantenerlo así. No dejes que te convenza, un mago sin ataduras en su manos y bien despierto sería peligroso para nuestros planes.
—¿Y él vendrá?
—Ya vino, y dejó las órdenes. A mi no me importa mucho todo esto, sólo quiero mi parte.
—Dile a Wendt que me releven pronto.
—¡Cállate! No debes nombrar a nadie imbécil.
—Lo-lo siento. —se cerró una puerta, y se oyó cómo se alejaban unos pasos.
El mago escuchó la conversación, y por fin comprendía lo que pasaba. Esperaría que el sopor se le pasara, no volvería a pedir agua. Entonces podría pedir ayuda.
Oyó la voz de un hombre, pero no logró entender sus palabras.
—Pronto nos comunicaremos, mientras tanto debemos mantenerlo así. No dejes que te convenza, un mago sin ataduras en su manos y bien despierto sería peligroso para nuestros planes.
—¿Y él vendrá?
—Ya vino, y dejó las órdenes. A mi no me importa mucho todo esto, sólo quiero mi parte.
—Dile a Wendt que me releven pronto.
—¡Cállate! No debes nombrar a nadie imbécil.
—Lo-lo siento. —se cerró una puerta, y se oyó cómo se alejaban unos pasos.
El mago escuchó la conversación, y por fin comprendía lo que pasaba. Esperaría que el sopor se le pasara, no volvería a pedir agua. Entonces podría pedir ayuda.
CAPÍTULO 21
Moría de ganas de saber dónde estaba. Por los sonidos que alcanzaba a captar, suponía que el lugar era una construcción sólida y lejos de los lugares que frecuentaba. De vez en cuando sentía que todo se estremecía, así que calculó que cerca de ahí pasaban vehículos.
Estaba intentando pensar con lucidez, pero ese adormecimiento extraño le impedía mantenerse atento. Finalmente, contrario a sus deseos, el sueño lo venció absolutamente, quedándose profundamente dormido. Bill dejó caer un poco su cuerpo, estirando aun más las dolorosas articulaciones de sus hombros. Los brazos forzados a permanecer en una incómoda y poco natural posición, habían comenzado a adormecerse, señal de que la irrigación sanguínea ya era muy lenta. La piel de sus manos atadas sobre su cabeza comenzaban a perder la tonalidad y sus dedos lentamente se iban poniendo azules.
En la mansión, los tres jóvenes salieron a la luz de la biblioteca. El repentino resplandor les provocó un leve encandilamiento.
Atropelladamente todos hacían preguntas y respondían, hablando todos al mismo tiempo, sin olvidar detalle ni tampoco sobre la extraña aparición. Los chicos habían llevado con ellos los documentos encontrados, el cuadro de los gemelos, y una muestra del tesoro para que el curador los viera. El señor Berg, miraba con ojos alucinados, sin poder asimilar que un tesoro tan enorme hubiese estado literalmente bajo sus pies.
—Así que esto es lo que todos desean. Y por esto estamos aquí casi atrapados en esta mansión —dijo pensativo el curador. Se daba cuenta que su miedo le había hecho tomar decisiones equivocadas —aunque no lo crean, nunca imaginé que esto fuera el motivo de todo. A esa gente no le interesa el pedazo de historia que hay en este lugar, le interesa sólo la riqueza que puedan obtener, sino pudieron de una manera, lo intentarán de otra. Lo que me asusta es que sus métodos son cada vez más violentos.
—Yo tengo una teoría.
—Lo escuchamos señor Frank —Tom se desparramó en uno de los sillones, señal de lo cansado que estaba. Los demás se acomodaron igualmente agotados.
—Primero, los policías nunca fueron policías, todos estamos claros en eso, ¿verdad? —todos asintieron —yo creo que ellos son parte de esa otra organización que se habló al principio.
—Además, creo que lo más seguro es que todo lo que nos dijeron, o estaba tergiversado o era mentira, como el asunto ese de que querían matarme. ¿Y el muerto, el tal oficial Hansen? ¿Murió de verdad?
—Yo lo vi bien muerto, Tom —afirmó el rubio.
—Segundo —continuó Markus —lo más probable es que gente cercana a Bill esté involucrada y tengan que ver con su desaparición. Es decir, tal como lo dijo Alexa, su orden está corrompida. Eso me lleva a otro asunto, que es probable que a través de esa Orden haya llegado a algún escrito o documento que hablase de la teoría de un tesoro escondido en este lugar, y de ahí surgió este extraño plan.
—¿Pero cómo sabían que yo vendría?
—Yo creo Tom, que no lo sabían y llegaste para alterar sus planes.
—Sólo Bill lo sabía —el de trenzas de pronto se volvió melancólico —y es posible que vigilaran a Bill constantemente. Pero vuelvo a lo del oficial Hansen, si realmente murió, fue una de las situaciones que no pudieron prever.
—Yo creo que fue planeado, y para eso necesitaron la ayuda de un brujo poderoso que pudiera manejar a un ente como el que todos vimos para asesinar a ese hombre.
—¿Con qué fin Alexa?, ¿para qué matar a uno de los suyos?
—¿Y qué importa si era uno de los suyos? Ahora es uno menos a quien repartirle la riqueza. Necesitaban un nuevo motivo para meterse todos aquí a buscar… Lo que no pudieron encontrar.
—Porque ahí entra en juego otra vez la única pieza que no previeron, que Tom estuviera aquí y escondiera los documentos y la llave. —el castaño sonrió —incluyendo sus peripecias para subir al balcón.
—Tampoco pudieron controlar a Bill.
—Tom, no te pongas triste ahora. —Markus hizo una pausa y continuó —el tercer punto es que como profanar las tumbas de los Kaulitz, o intentar obtener la llave a través del asalto, no les dio resultado. Entonces la solución es volverse más confrontacionales, y ahora pretenden que Tom caiga en la trampa para obtener lo que desean. Y como el resto del mundo no conoce los documentos que tienes en tu poder Tom, es fácil hacer como si no existieran. Así que lo primero que hará mañana usted jovencito, es presentar todos los documentos en Bienes Nacionales y en el Municipio, además de contratar un buen abogado. Nosotros ahora pondremos los estantes como estaban, y aquí no ha pasado nada. Sólo Bill y nosotros sabemos la existencia de este tesoro. Y de aquí no saldrá ningún comentario.
—Luego podremos traer personal y peritos para acarrear todo lo que está en el sótano —señaló Anton.
—Por ahora tengo sueño, sólo quiero dormir, aunque lo sienta injusto, porque no sé dónde está Bill, o si está bien realmente. —Tom bufó —Pero si no duermo, no podré hacer mucho por él mañana. Quizás, después de todo, él sólo está feliz en algún hotel esperando un vuelo a Australia.
—Tom, yo creo que te equivocas… La aparic… —Tom, alterado, interrumpió a Alexa.
—¡No me importa lo que creas! ¡Tú no tienes nada que decir sobre nada, mucho menos de mí! —el de trenzas se puso frente a la chica que lo miraba sin perturbarse —¡En esto no tienes derecho a opinar!¡Nadie te pidió que vinieras!
—¡Hey Tom! No tienes derecho a tratarla así. Ella a ti no te ha hecho nada.
—Lo siento Andreas, pero esto me supera. Lo siento Alexa —se dio media vuelta, y esperó unos segundos a que Anton y Markus sacaran la repisa que aún estaba apoyada sobre la puerta. Apenas se pudo abrir, salió rumbo al segundo piso.
Se tendió en la cama, arrojando todos los documentos sobre el piso. Sollozó suavemente, sintiéndose sólo y estúpido. No era posible que se hubiera enamorado, sólo debió haber sido lo particular de la situación. Tal vez cuando regrese a su cómoda realidad en Frankfurt, se de cuenta que todo fue un espejismo y que lo que creyó sentir por Bill, no era más que una excitación pasajera provocada por la adrenalina, gatillada por las circunstancias extrañas y estresantes. Total, Bill se había ido, y por lo visto no fue difícil abandonarlo. —Maldito Bill —pensó.
Se quedó dormido, sin siquiera quitarse la ropa. El cansancio pudo más.
El resto del grupo se fue repartiendo por las habitaciones. Todos estaban estresados. Ya llevaban casi una semana de peripecias, y sus cuerpos simplemente estaban agotados, casi tanto como sus mentes. Habían dejado la biblioteca lo más parecida a cómo debía estar normalmente. Y decidieron repartirse las tareas que llevarían a cabo al día siguiente.
Por fortuna para todos, la noche estuvo tranquila. Y mientras el planeta giraba hasta dejar un cielo color plateado hacia el Este, señal obvia de que el amanecer se acercaba.
Tom abrió los ojos y se dio cuenta que ya no estaba en la mansión. El lugar era oscuro y húmedo. Se preguntó si había llegado a otro sótano de la mansión, pues al parecer también había descubierto que era sonámbulo además de gay. Se rió de sus tontos pensamientos, y caminó por el sombrío y lúgubre pasillo. Las murallas eran de concreto y por una de ellas se escurría un poco de agua, producto seguramente de alguna filtración. Cada ciertos metros había un foco empotrado en la pared, en el límite con el cielo de concreto liso y plomizo tal como las paredes.
A lo lejos se escuchó un carillón con un melodioso ding-dong-ding-dong-dong-dong, seguramente de la torre de alguna iglesia, o del Ayuntamiento. Se escuchaban los vehículos sobre su cabeza ¿Sería posible?
Caminó lentamente, aunque en su pecho latía un “date prisa”. Hasta distinguir en la semi penumbra una puerta metálica. No estaba cerrada completamente, alargó su mano, y sintió que por más que estiraba su brazo nunca alcanzaba la manija, y se angustió. Se concentró, hizo el esfuerzo, y sus dedos temblaron al contacto con el frío del metal. La abrió.
Adentro estaba todo en penumbras. El cuartucho no tenía ventanas y la poca luz que había era de una lamparilla que permanecía en un rincón, arriba en la pared se alcanzaba a ver un ducto de ventilación, y había una mesita, sobre la cual sólo se encontraba una botella a medio llenar con un líquido marrón claro. Un hombre permanecía sentado sobre una butaca con respaldo, durmiendo, con la cabeza colgando, con la boca abierta, mientras un hilillo de saliva escurría de su labio hasta su mentón. Roncaba con suavidad.
Tom dejó de prestarle atención al hombre, y se concentró en el entorno. A su derecha, a unos tres metros, había un colchón viejo, y sobre él un bulto oscuro. El de trenzas intentó ver de qué se trataba pero no alcanzaba a distinguir. Se acercó, con el corazón a mil, con su respiración entrecortada. Todo le dolía, su cuerpo, su mente, su alma, su corazón. Y sólo era capaz de pensar en una sola cosa —Bill —dijo apenas, con el cuerpo temblándole. Él estaba en posición fetal, encogido, en un rictus tenebroso. Su cuerpo delgado convertido en un ovillo inmóvil, como muerto.
Se acercó rápido, sigiloso, angustiado, lleno de temor. Vio con horror que sus manos estaban atadas, las cuerdas que las sujetaban parecían no estar tan apretadas pero en sus muñecas habían marcas de que en algún momento, esas cuerdas estuvieron enterradas en su piel. Las marcas rojizas y moradas eran señal del trauma, y viendo la posición incómoda y forzada de sus manos tras la espalda supuso el sufrimiento de su amado en todas esas horas. Ese pensamiento provocó un dolor punzante en su estómago —Bill —dijo nuevamente. El de la capucha subió su rostro cubierto, y con dificultad en su hablar, con la respiración rasposa respondió en un susurro.
—Tom, sácame de aquí, por favor —sollozó, y Tom lloró de igual forma al verle tan pequeño, tan expuesto y débil —Tom, por favor.
—¡Quién habla! —gritó el guardia. Y Tom se despertó. Estaba sudado, llorando. Debía hacer algo ya, debía hacerlo.
Recién amanecía pero eso no le iba a impedir una vez más buscar a Bill de algún modo. Lo primero era ir a su cabaña, y buscar pistas, intentar encontrar a alguien, a Dark, de quien nada sabía en los últimos dos días, o a Marie, esa mujer extraña que lo encontró en la casa de Bill. Pensaba en cómo llegar rápido hasta allá, no era corto el trecho, y no había mucho tiempo.
Apenas se vistió salió al patio de servicio, y encontró allí la bicicleta que tanto le había servido en ocasiones anteriores. La tomó, pero al instante notó algo extraño. Tenía una rueda desinflada, Tom la revisó, y descubrió la tremenda rajadura que tenía. Eso no era producto de un accidente, eso era intencionado —Aún intentan hacerme caer de mi montura. 150 años después, las cosas no han cambiado mucho —pensó. Puso sus manos en las caderas y resopló —scheisse —dijo bajito —piensa Tom, piensa. Y se quedó quieto, concentrado, buscando las alternativas. ¿A pie? Imposible, tendría que invertir mucho tiempo. Y de pronto recordó —el caballo de Bill —sabía que su pelinegro lo llamaba con un silbido característico, y de seguro andaba por ahí. Recordó no haberlo visto en la cabaña, y seguramente el animal ha de haber creído que su amo estaba en la mansión —nada se pierde con intentar —salió hacia los jardines y silbó tratando de imitar a su amado. Esperó y no sucedió nada. Una vez más y esperó… Nada. Un tercer silbido… Y escuchó el galopar del caballo. Tom se sintió feliz, por lo menos avanzaba en algo en su búsqueda, lo primero había sido resuelto, ahora faltaba el resto.
Sumido en sus pensamientos ni se enteró de cómo llegó a destino. Bajó de su montura, y se acercó a la puerta que esta vez estaba cerrada. Una corazonada le hizo retroceder e internarse en el bosque en una dirección conocida. A su mente vinieron los recuerdos de Bill en el agua, desnudo, después de hacerle el amor, las esferas luminosas flotando a su alrededor, y los ojos de su amado, su hermoso rostro… Todo ese paisaje de tantos verdes estaban impregnados de su imagen, de su esencia. Sintió el dolor y la tristeza subir a su garganta. Había sido tan estúpido, como siempre al momento de despedirse, sólo se le había ocurrido culpar a su amado, acusarlo de algo que al final no era culpa de ninguno de los dos, olvidaba que Bill era tan víctima como él de la crueldad y ambición de algunos. Sólo estaba dolido porque se quedaba solo, carente de la fuerza de su mago. Él ahora debía ser fuerte, él debía salvarlo, y demostrar que su amor era más constante que el odio y la maldad que les rodeaba. Su amor por Bill era imperecedero.
Llegó al claro, luego de cruzar el riachuelo, y vio a la mujer, con sus cabellos largos, sentada mientras recogía del suelo restos de velas. Ella no levantó su cara, no hizo ningún gesto, y siguió metiendo en una bolsa de tela las cosas que recogía.
—Deberías estar buscando a Bill —dijo escueta.
—Eso hago. —Tom se paró en frente de ella. Marie levantó su mirada y lentamente se puso de pie.
—Por lo menos ya has descubierto tu don.
—¿Don? ¿qué don?… —Marie no respondió, y siguió interesada en revisar lo que estaba dentro de la bolsa —oiga, debo encontrar a Bill.
—Entonces estás en el lugar equivocado —Tom bufó.
—¿Podría dejar de jugar a los misterios y decirme algo que me ayude a encontrarlo?
—¿No has tenido sueños, acaso?
—S-sí —Tom frunció el seño, ¿cómo sabía eso ella?
—Ahí está lo que necesitas saber, en tus sueños —la mujer se dio media vuelta y comenzó a marcharse.
—¡Marie, por favor! ¿Por qué no me ayuda?
—Anoche ya lo hice. Te protegí mientras estabas en el sótano…
—¡¿Cómo?!
—Alguien pretendía entrar. Llegar hasta ti, y decidí desdoblarme. Lamento si asusté a tus amigos. Pero debí fingir ser un espectro, un fantasma. Necesitaba llenar el espacio de mi energía sin que él la reconociera. Lo siento.
—¿Él? —la mujer no respondió y comenzaba a caminar, pero se detuvo en cuanto el de trenzas volvió a hablar —Así que como tu energía estaba ahí, el responsable de todas estas maquinaciones siniestras no pudo hacer nada. —Marie asintió —Te lo agradezco, pero ¿no te importa Bill, saber cómo está?
La mujer se acercó furibunda —¡Bill es casi mi hijo! ¡No tienes derecho a juzgarme! Yo he estado con él desde que Gordon lo crió como su sobrino. Su hermana lo había adoptado, pero luego ella murió, y Gordon lo cuidó y lo amó como si fuera su propio hijo, yo también…
—¿Bill es adoptado? —el de trenzas intentaba ordenar sus ideas y se dio cuenta de lo poco que sabían el uno del otro —adoptado —repitió en un susurro.
—Sigue tus instintos Tom. Él es parte de ti, de tus células. Así como tú eres parte de él. Sigue lo que tu intuición te dice. Tienes un don, úsalo. Usa la conexión que tienes con él.
—Quiero que me digas dónde puedo encontrar al hombre con el que habló Bill ayer.
—¡Es el Gran Maestre! ¡No puedes! —dijo mientras se marchaba.
—¡Sí puedo! —Tom comenzó a seguirla.
—¡No puedes ni debes!
—¡Me importa un comino!
—Bueno, como quieras, pero aquí no está. Busca a Bill. —la mujer avanzó hacia los árboles, perdiéndose entre ellos.
Tom regresó lo más rápido que pudo a la mansión. Aún era temprano y por eso mismo le sorprendió encontrarlos a todos ya levantados, desayunado y organizándose. Se arrellanó en una de las sillas, algo abatido y confundido.
—Okay ¿dónde debo ir? —a pesar de su actitud poco alegre, estaba determinado, y miró a Markus resuelto.
—Vamos a ir Anton , tú y yo a realizar las gestiones correspondientes. Ya contacté al abogado. Tú decides si lo aceptas —el de trenzas afirmó con su cabeza —y bueno, el departamento jurídico del Municipio también tiene ingerencia en todo esto. —Tom volvió a asentir mientras bebía su café caliente. Todo eso era necesario, vital, pero para el de trenzas todo perdía importancia y urgencia ante un solo pensamiento.
—¿Dónde estará Bill? Hoy lo vi en un sueño atado, atormentado. Vi que en su cabeza tenía una especie de cambucha o bolsa de tela, sus muñecas tenían marcas, heridas. Sentí que estaba en un subterráneo oscuro…
—¿Subterráneo? ¿sabes de dónde?.
—No señor Berg, no tengo idea, incluso pensé que podría ser aquí en la mansión, pero me pareció escuchar ruido de vehículos pasando por encima o cerca de lo que se supone era el techo.
—¿Será de la ciudad? Podríamos averiguar —respondió entusiasmado el castaño.
—¡Uff! Difícil. Debido a las guerras mundiales, lo normal es que casi todas las edificaciones y casas tengan sótanos. Podría ser cualquiera. Podría estar en otra ciudad o en Bad Reichenhall, ni siquiera acá en Bavaria. —Anton guardó silencio unos instantes —debes recordar los detalles, sonidos, aromas, no sé. Tu sueño es la única pista que tenemos.
—Tal vez deberíamos empezar en Schönau am Königsee.
—Pues para allá vamos primero, Tom. Luego es posible que tengamos que ir a la capital del estado de Bavaria, Bad Reichenhall.
Todos se quedaron callados, Tom bebió su café, pero éste raspaba su garganta, apretada de tanta tensión. Todo su cuerpo estaba tenso. La desesperación era tan grande que ni llorar podía.
Minutos más tarde iba conduciendo su Escalade rumbo a la pequeña ciudad junto al lago, a Schönau am Königsee. La ciudad, que para muchos no le alcanza para esa categoría, no tiene más de cinco mil habitantes, y en cierta forma todos se conocen. Eso era un punto a favor a la hora de averiguar algo, pero también significaba que por lo mismo, los secuestradores no se arriesgarían en un pueblo de esas dimensiones.
—¿Bad Reichenhall es más grande? —preguntó sin descuidar la carretera por donde conducía.
—Sí, bastante más ¿Cuántos habitantes tendrá Anton?
—Creo que no superan los veinte mil, pero por estos lados es considerada una gran ciudad.
—Comparada con las aldeas que la circundan, pues sí que es grande —ironizó el de trenzas. Su intuición le decía que no era ese el camino que lo llevaría a Bill.
Llegaron al municipio, y en recepción les recibieron, guiándolos desde allí hasta la oficina del Jefe del Departamento Jurídico.
Los dos hombres se presentaron y entregaron la documentación. Tom saludó al hombre detrás del escritorio con poco entusiasmo. Era rubio y colorado, parecía un hombre amable. Mientras Markus y Anton hacían el largo relato de cómo se habían descubierto uno a uno los documentos, Tom divagaba pensando en su sueño. Recorría mentalmente cada uno de los pasos dados por él en el oscuro subterráneo.
El abogado, les explicó que desde ahora deberían esperar con paciencia todos los trámites legales que vendrían, hasta poder inscribir la propiedad al nombre que correspondía. Que el avalúo, que abogados, que escrituras frente a un Juez que garantizara la validez de los traspasos, etc, etc. Tom escuchaba la mitad, su mente estaba lejos.
—Y bueno, ahora debemos ver los hombres que irán a sacar del sótano todas las pertenencias del señor Trümper —le sonrió el señor Schmidt al de trenzas, pero Tom sólo correspondió con una tímida sonrisa —¿Sería problema que se hiciera mañana?
—No, es perfecto así. Nos da tiempo para coordinarnos, y debemos resolver algo antes.
—Muy bien, Markus. Estaremos en contacto entonces. Yo comienzo inmediatamente a realizar las gestiones necesarias.
—Bien, hasta luego. —lo hombres se despidieron, y luego de un par de minutos salieron a las tranquilas calles de la pequeña ciudad. En ese momento el carillón de una pequeña torre marcaba las 10 de la mañana, pero su melodía no era como la que escuchó en su sueño.
—¿Existe otro carillón acá?
—No, Tom. ¿Por qué preguntas? —interrogó a su vez Anton.
—Porque en mi sueño escuché uno.
—¿Podría ser en Bad Reichenhall? —dudó el historiador.
En la mansión, los que se quedaron intentaban resolver sus propios conflictos y esclarecer sus dudas.
Alexa y Andreas caminaban por los alrededores de los jardines.
—Quiero que seas franca conmigo. Tú me gustas y mucho —la chica algo nerviosa, ponía un mechón de su cabello tras de su oreja, mientras hacía esfuerzos por escuchar sin mostrar ansiedad —y no quiero entusiasmarme contigo si luego tú… —Andreas no terminó la frase, se acobardó.
—Yo estoy aquí contigo porque quiero estarlo y contra la opinión de algunos de mis amigos. No me importa ¿sabes? —ella jugaba con la punta de su pie, haciendo dibujos en la arenisca, había cruzado las manos por detrás, apoyadas en sus glúteos —a mi me importas tú ¿Tú crees en el amor a primera vista? —Andreas levantó ligeramente sus hombros. No estaba seguro. Tenía las manos en los bolsillos de sus vaqueros, y cargaba su cuerpo en la pierna derecha mientras mantenía levantada la punta del otro pié con el talón en el suelo. Se balanceaba suavemente, intentando relajarse. La chica siguió algo confundida —yo sí creo… Yo me enamoré de ti en cuanto te vi, tan hermoso, con tus cabellos plateados, yo- yo siempre imaginé a alguien así… ¿estás enamorado de mí? —preguntó por fin de sopetón.
El rubio se paralizó por un instante, y respondió con semblante serio —No Alexa —y se quedaron en silencio. La Dama del Lago, sin cambiar de postura, bajó su cabeza totalmente sonrojada, sintiéndose estúpida. El rubio se dio cuenta que había lastimado a la chica —No me malentiendas, me gustas mucho, pero no más que eso… Lo- lo siento.
—No te preocupes, no tienes que sentirte culpable de algo que es involuntario. ¿Volvemos donde los chicos?
—Alexa… Yo…
—¡Vamos! —y la chica comenzó a caminar sin esperarlo. Andreas se quedó estático sin comprender del todo su reacción, pero luego corrió un poco para alcanzarla. Ella no volvió a hablar, él mencionó algo sobre los jardines, pero ella no escuchó, sólo se repetía mentalmente —estúpida, estúpida, estúpida.
Gustav y Georg permanecían abrazados sobre su cama. Gustav acariciaba los cabellos del castaño, mientras éste permanecía apoyado sobre el pecho de su novio. El castaño se sentía perdido a veces con la ambivalente atención que recibía de parte de Gustav, durante todas las horas que habían transcurrido desde que se habían decidido a formalizar su relación. En su mente imaginó que fuera distinto, pero las circunstancias eran extrañas, no las normales que se podrían esperar.
—Lamento no ser más demostrativo Georg.
—Yo no te culpo, estamos en un lugar extraño, con situaciones extrañas. Y yo soy un inseguro. Porque no es posible que nos hagamos novios y al día siguiente ya no quieras nada de mí, ¿verdad?
Gustav sonrió, tomó el mentón de su castaño, acercó su cara y lo besó suavemente —me conoces bien. Tengo un genio de los mil demonios, pero nunca mentiría sobre mis sentimientos. Yo te amo. Y este amor no nació en esta semana como si fuera de generación espontánea. Sabes que te amo desde hace mucho, más tiempo del que pudiera comprender.
De repente escucharon los pasos presurosos de Andreas por el pasillo. Tocó un par de veces. Georg caminaba cansinamente hacia la puerta.
—¿Qué pasa? —Andreas miró hacia atrás comprobando que nadie más estuviera en el pasillo.
—Creo que la cagué.
—¡¿Cómo?!
—Eso, que mi bocota estúpida habló de más o de menos, depende del punto de vista. —el castaño había regresado con cierta prisa al acogedor abrazo del de gafas. —y lo arruiné
—¿Puedes hablar más claramente por favor? —interrogó el de gafas.
Andreas se sentó en la cama de frente a sus amigos, fleccionando una pierna, y dejando caer la otra por el costado de la cama —Alexa me dijo que estaba enamorada de mí, que fue amor a primera vista. Y me preguntó si estaba enamorado de ella.
—¿Y? —el castaño hizo un gesto con la mano incentivando a su amigo a que siguiera con su relato.
—Yo le dije la verdad —Andreas jugaba con sus manos, nerviosamente, cruzando sus dedos —le dije que no.
—¿Y qué respondió? —el rubio miró al castaño subiéndose de hombros.
—Ella bajó su cabeza, yo creo que se sintió mal. Se sonrojó. Se veía tan dulce. Y me sentí tan imbécil, le pedí disculpas, le aseguré que ella me gusta mucho, pero…
—Vamos afróntalo —le invitó Georg.
—Pero creo que ella esperaba más.
—¿Y dónde está ella ahora? —quiso saber el de gafas.
—En el baño.
—Andreas, si tú has dicho la verdad, has sido sincero ¿de qué tienes miedo?
—De que ella no lo entienda, y crea que me aproveché de las circunstancias ¡y juro que no fue así! Y además —el rubio se cruzó de brazos —no sé en realidad lo que siento por ella, yo digo que me gusta mucho, pero en realidad no sé…
—¡Uff! Puede que te hayas apresurado al decirle las cosas así —el castaño se levantó deshaciendo el agradable contacto con su amado. Tomó a Andreas de los hombros y lo instó —anda a aclarar las cosas con ella. —Andreas sonrió y se paró. Caminó hacia la puerta, dudando un poco, luego ya decidido, salió de la habitación.
—Es lo que pasa cuando uno no sabe reconocer al amor.
—¡Ah Georg! Eres un romántico empedernido. —el castaño volvió a su posición original sobre el pecho de Gustav.
—No, sólo soy intuitivo.
—Intuitivo mis calcetines.
Andreas cruzó el pasillo hacia la habitación que ocupó con la chica. Al entrar descubrió el lugar vacío, golpeó la puerta del baño —¡Alexa! —nadie respondió, y se dio cuenta que la puerta no estaba totalmente cerrada. La empujó. No había nadie. Bajó rápidamente a la cocina, tampoco estaba allí, miró en el patio de servicio, luego los jardines. Buscó hasta en la biblioteca, luego se fue al área de servicio, al baño que estaba en el fondo. No estaba. Alexa se había ido.
Sintiéndose extrañamente derrotado y dolido, regresó a la habitación de sus amigos: quería desahogarse, la Dama del Lago se había ido, necesitaba contarle a alguien lo idiota que había sido, lo idiota que se sentía. Cuando llegó hasta ahí, no se molestó en llamar, y al abrir la puerta, vio a Georg sin ropa de la cintura para arriba, montado sobre Gustav, mientras éste, sentado, sosteniendo el cuerpo del castaño, le acariciaba su espalda y besaba su cuello. El rubio se paralizó en el umbral, y totalmente cortado sólo atinó a decir —luego hablamos.
—Pero no es esa la posición en la cual lo dejó el jefe. Se supone que debería estar con las manos arriba de su cabeza.
—Sus manos estaban algo moradas, y ya tenía heridas en las muñecas. ¡Hey se supone que estamos aquí para cuidarlo, no para maltratarlo!
—Tenerlo aquí contra su voluntad, atado, con esa cambucha sobre su cara , sin alimentación, ni agua, ni paseos al baño ya es suficiente maltrato. Así que tu discurso de lo humanitario que pretendes ser, queda en nada, cero. Llevémoslo al baño, supongo que podrá beber algo de agua. No quiero que se muera. ¿Sabes quién es?
—No, ni siquiera le he visto la cara. —El hombre corpulento se acercó a Bill, seguido por otro más delgado pero alto. Lo tomaron entre los dos. El mago trastabillaba totalmente desorientado. Sus ojos escondidos tras la tela se habían acostumbrado a la oscuridad y ya era capaz de distinguir por entre el tejido de la tela algunos contornos, que aunque amorfos, le daban algo de sentido a su entorno.
—¿Qué día es hoy? —preguntó entre jadeos.
—Viernes, 14 de Agosto del 2009. Y que eso sea todo lo que preguntes. —respondió el hombre corpulento.
Abrieron la puerta y caminaron hasta el fondo del pasillo, donde se encontraba un pequeño baño sin ventanas.
—¿Y cómo lo hacemos ahora? —preguntó el más delgado.
—¿Hacer de qué?
—¡Está atado, y necesita orinar! ¿Tú le vas a sostener la cosita mientras?
—¡Scheisse! No podemos desatarlo.
—No podemos desatarlo —lo remedó el delgado. —eso es obvio —observó a Bill que estaba medio apoyado en la pared, aún atontado con la sedación. Pensó en una solución, pero no se atrevía a comunicársela en voz alta a su compañero, porque el prisionero iba a escucharla. Entonces con señas, empezó a indicarle al corpulento que le soltaran las manos al pelinegro, pero sin sacarle la capucha, y luego le ataban las manos por delante para que pudiera orinar. El delgado mostraba la cambucha y le hacía señas de “no” con la mano, y luego él mostraba sus manos cruzadas por la espalda, y cambiaba sus manos cruzadas por delante haciendo la mímica de estar sujetándose el pene para orinar. La cara del corpulento era todo un poema, se sentía como en ese juego de “adivina la película”. Cada vez fruncía más el seño, y abría más su boca, mientras miraba a su compañero hacer esos gestos raros con su entrepiernas.
—¡¿Quéee?! —preguntó desconcertado el corpulento.
—¿Qué de qué? —respondió el otro, y en ese momento el cuerpo de Bill comenzó a resbalar por la pared hacia la izquierda, siendo alcanzado justo a tiempo por el delgado que lo agarró de su suéter —fíjate —puso a Bill lo más erguido posible y después le volvió a explicar con gestos.
Y esta vez la explicación fue acompañado por un sonoro —¡Ahhhhh! —del corpulento, dando a entender que por fin había comprendido. Entonces procedieron a desatarlo, para posteriormente cruzar sus manos por delante volviéndolas a atar. —Saquemos la cambucha para que vea, no sea que nos orine encima —el delgado obedeció y le soltó la cambucha y la melena oscura del pelinegro cayó libre por sus hombros. Aunque el rostro del pelinegro lucía demacrado con los labios resecos, aún así seguía siendo hermoso. —¿Por qué esta niña bonita vino a caer en esta situación?
—No sé, no tiene armas, es delgado, en fuerza física le gano incluso yo. No entiendo tantas precauciones. Si de acá es bastante difícil escapar. La puerta sólo es posible abrirla con la contraseña. Yo, a éste, no lo veo nada peligroso —dijo el delgado. Bill estaba apenas equilibrándose parado frente al sanitario y el pelinegro con su miembro al aire no era capaz de concentrarse en orinar —¡Hey, mea pronto! No tengo todo el día. —después de unos segundos el hombre pudo escuchar cómo caía la orina.
Al terminar Bill murmuró arrastrando las sílabas —Tengoooo seeed.
—Acércate al grifo y bebe. —Bill lentamente obedeció, bebió un buen rato y luego se secó con el dorso de la mano los restos de agua. El corpulento le puso la capucha una vez más. —Regresemos, ya fue suficiente.
Luego de un par de horas habían llegado a Bad Reichenhall. La pequeña capital a los pies de los Alpes, se veía luminosa y colorida a pesar de que unas amenazantes nubes colgaban del cielo y yacían sobre las cimas de las montañas. El entorno era hermoso, pero esto no le quitaba a Tom la asfixiante sensación de estar atrapado.
Se estacionaron cerca de un pintoresco parque, con una hermosa fuente al centro. Kurpark era un centro social, lugar donde los habitantes y visitantes de la ciudad suelen pasear, luego de recorrer los diferentes spas, la especialidad turística de la ciudad.
Markus encendió un cigarro, y ofreció otros a sus acompañantes. Aspiró un poco de humo dejando que sus pulmones se llenaran de él. Estaba algo perdido. En cierta forma se sentía responsable por lo sucedido, por el sufrimiento de los muchachos, por no prever el peligro que los acechaba. Y ahora estaban en la pequeña capital bávara y no tenía ni las más mínima idea de lo que debían hacer. ¿Acudir a la policía? Podría ser, pero ¿era de confiar? Y si confiaban en ella ¿qué dirían?, ¿que gracias al sueño del novio del desaparecido, sospechaban que éste estaba secuestrado en esa ciudad? Lo más seguro, es que les obligarían volver a Schönau am Königsee, y acudir a la policía de esa jurisdicción que era la que correspondía al lugar del supuesto rapto. Entonces, si no acudían a la policía ¿qué quedaba por hacer? No mucho, sólo arreglárselas por sí mismos.
—Quiero oír el carillón —dijo el de trenzas, interrumpiendo el pensamiento de los hombres.
—Okay, caminemos por la calle que está al sur del parque, hacia la derecha. El antiguo Ayuntamiento tiene un carillón —los tres hombres caminaron en la dirección que Markus señaló. Lo hicieron en silencio, dando bocanadas de humo de vez en cuando.
—Me parece que también existe uno en uno de los Antiguos Museos de la sal. —agregó Anton.
—¿Sal?
—Sí, Tom. Acá habían minas de sal. —y detuvieron su marcha, menos Tom que siguió caminando, y se dio la vuelta para mirar extrañado la repentina reacción de los hombres.
—¿Qué pasa?
—¡Las minas de sal! —exclamó Markus —¿por qué no lo pensamos antes?
—¡Ah! Somos unos imbéciles, Markus.
—¿Pero acaso no queda cerca de Salzburgo?—replicó el de trenzas.
—No, hay acá una antigua refinería de sal, que ahora es un hermoso museo. ¡Vamos! Si nos apuramos, alcanzamos a llegar antes de que cierren.
Los tres hombres se devolvieron al vehículo corriendo. Tom lanzó lejos su cigarrillo, y alcanzó la puerta del piloto. Mientras conducía, Anton y Markus lo guiaron hasta llegar a una especie de palacete construido en ladrillo rojo y piedra de tono gris claro. Tenía una entrada perfecta de gravilla gris también, y cuadrados de césped de un verde intenso. Por detrás, más allá del techo y la torreta, se distinguían las copas de los árboles aún verdes, negándose a darle credibilidad al otoño que permanecía al acecho. Algún edificio antiguo se dejaba ver por detrás de los árboles, desde ese sobrio y bello antejardín.
Al estacionar su todo terreno en una de las calles adyacentes, habían permitido que su llegada pasara desapercibida. Se acercaron y vieron que estaba cerrado por reparaciones.
—¡Qué coincidente el hecho de que este museo también esté en reparaciones en plena temporada alta! Yo nunca entendí el deseo del señor alcalde por hacer mantención en la mansión en la temporada de mayor afluencia de visitantes…
—Creo que estamos paranoicos Markus. Desconfiamos de todo.
Tom ignorando la conversación, los instó a actuar —Bien, qué hacemos ahora suponiendo que Bill esté aquí… —justo en ese instante el reloj marcó las 11 de la mañana, y luego de las campanadas, el carillón comenzó con su característico ding-dong-ding-dong-dong-dong —¡Es ese! —exclamó eufórico el de trenzas.
—¡Shhh! No armes escándalo, no queremos que nos vean. Aún podemos confundirnos con las pocas personas que hay —le hizo callar Anton. Efectivamente, algunos turistas, imposibilitados de ingresar al museo, se conformaban con sacar fotografías del frontis del palacete, y de sus jardines. —es hora de sacar el actor que llevamos dentro —el historiador señaló una camioneta estacionada a unos metros de ahí. Un hombre había sacado unas herramientas y unos trajes de seguridad quedaron a la vista. El hombre confiado, no había cerrado totalmente la puerta. Markus, medio agachado, se deslizó suavemente primero aparentando estar sacando fotografías, luego sin más disimulo se acercó al vehículo y sacó tres trajes de seguridad de un amarillo intenso.
—¿Nos pondremos eso? —se escandalizó Tom —te digo Anton que ese color no combina con el tono de mi piel. —el historiador rodó los ojos, mientras Tom reía resignado.
Markus llegó y pasó de largo —vamos a tu auto, debemos cambiarnos.
En el subterráneo, Bill había fingido a la perfección su estado de somnolencia, y luego al haber bebido suficiente agua, se sentía más animado. Nada más esperaba quedarse solo, mientras se hacía el dormido. Escuchaba cada palabra de los hombres intentando retener información importante. Su mayor temor era no saber si, aprovechando que él no estaba para proteger a Tom, le habían hecho algo a su amado. La rabia consigo mismo no se calmaba con nada —¡¿Cómo pude ser tan estúpido?! ¡Tan idiota! —pensaba.
Los hombres ajenos a esto relajadamente conversaban.
—Este enredo de túneles me vuelve loco ¿sabes? ¿No pudieron elegir un lugar más complicado para alguien como yo que tiene problemas de orientación? Si me pides que vaya hacia donde sale el sol, lo más probable es que termine en Escocia.
El corpulento se reía y movía la cabeza —Eres un fenómeno. Recuerda, debes salir por el túnel éste, ¿te ubicas?
—Sólo tengo problemas de orientación, no soy un retrasado —respondió algo cabreado el delgaducho.
—Entonces sigues más allá de la puerta del baño, llegas hasta el fondo y luego doblas a la derecha y apareces en un túnel breve que desemboca en uno más largo, luego dobla hacia la izquierda —mientras el fornido explicaba el trayecto, el delgado repetía en voz baja y dibujaba en el aire las diferentes direcciones que le indicaba el otro —Y verás dos túneles, pero sólo uno te sirve para salir ¿te has fijado en uno que es cortito y que dobla hacia una escalera?
—Sí, sí —dijo entusiasmado el delgado.
—Okay, bueno, por ese no. —el flaco rodó los ojos y se cruzó de brazos algo molesto.
—Entonces debo ir por el largo.
—Y luego llegarás a una nueva división, ahora sí que debes subir por la escalera larga, que te llevará a la puerta que tiene el cierre electrónico, la abres y llegas al salón de las ruedas gigantes.
—Sí, ahora recuerdo bien.
—Okay, me debo ir, llegará gente a reemplazarte dentro de dos horas.
El corpulento salió, y se escucharon alejarse sus pasos por el pasillo.
—Ha llegado mi hora del sueño —dijo bajito el guardia, acomodándose en su silla.
Bill esperó impaciente. Se escuchó a cierta distancia el cantarín sonido del carillón. Por las campanadas supuso que eran las 11, posiblemente de la mañana. Esperó unos momentos, y cuando la respiración del hombre se volvió más pausada con pequeños ronquidos, Bill se levantó y usando ambas manos atadas se quitó la capucha. Luego soltando lentamente el nudo con los dientes, terminó por liberar sus adoloridas manos. La adrenalina hizo que sus músculos se tensaran y su cuerpo ya estuvo dispuesto a la lucha.
Intentando recordar cada instrucción que el otro hombre le había dado a su vigilante, siguió a través de los túneles. Sus pies descalzos, se adherían al frío piso. Todavía se sentía mareado, y las paredes a veces hacían un extraño movimiento ondulante.
Ante sus ojos apareció la escalera larga, y supo que la puerta que lo conduciría a la libertad estaba cerca. Su respiración agitada no le permitía escuchar. Por un momento le pareció sentir ruidos que venían desde los túneles inferiores, tragó saliva. Incluso su corazón pareció detenerse a la expectativa de oír algún ruido sospechoso. Pero no se oyó nada.
Subió casi corriendo hasta llegar a un túnel más corto. Al fondo de éste, una puerta negra de hierro o plomo se interponía entre él y el siguiente salón. La puerta se veía maciza, pesada. —Inténtalo Bill —se dijo, mientras cerraba sus ojos y contenía en la palma de su mano toda la energía que pudo reunir. Se concentró en el tablero con números junto a la puerta negra, debía encontrar la clave. Extendió la palma de su mano sobre el tablero, esperando ansioso que cada dígito fuera conectándose al visor hasta completar una cifra determinada. Cada uno iba apareciendo hasta formarse una de seis dígitos, justo en ese momento un sordo clic sonó en la puerta. Bill asió la manija, la bajó y abrió lentamente, pero justo cuando iba a abrir totalmente unos pasos que venían del otro lado lo alertaron.
Algo asustado buscó la manera de ocultarse. No había nada, sólo otro túnel que estaba perpendicular al que se encontraba. Apuró sus pasos y se escondió casi en la orilla. Esta vez tendría que luchar. Era la única posibilidad. La sorpresa era su punto a favor. Unos pasos descendieron lentamente los dos peldaños que bajaban de la puerta. Bill sentía que su corazón latía como un loco. Una sensación de vértigo sacudió su estómago, pero al mismo tiempo era una extraña sensación de comodidad. Dejó de pensar en eso un instante, por ahora sólo debía concentrarse en dar un certero golpe en el rostro a su nuevo captor, el reemplazante del que dormía allá abajo.
Los pasos se acercaban sigilosamente. Lo más seguro es que al notar la compuerta abierta, el captor supiera que era obvio que algo no andaba en orden.
BUM, BUM ,BUM, BUM, latía su corazón. Ese que se acercaba, se estaba arrimando peligrosamente hacia su lado, y en cuanto sintió su presencia física, supo con certeza que la única solución era dar él mismo el primer golpe. Levantó su brazo, y con el codo le propinó un certero golpe en la frente. El individuo cayó estrepitosamente al suelo, y él se abalanzó sobre el de traje amarillo que permanecía inmóvil en el suelo. Pero sus ojos casi se salieron de sus órbitas apenas reconoció las facciones.
—¡Tom! —exclamó casi desfalleciente.
De pie en la escalera los otros dos hombres miraban atónitos y sólo pudieron gritar al unísono —¡Bill!
por favor, observen este link. Les mostrará el lugar del escondite, el lugar donde Bill está secuestrado, hagan clic en el recuadro para ver la galería de imagenes
Algo asustado buscó la manera de ocultarse. No había nada, sólo otro túnel que estaba perpendicular al que se encontraba. Apuró sus pasos y se escondió casi en la orilla. Esta vez tendría que luchar. Era la única posibilidad. La sorpresa era su punto a favor. Unos pasos descendieron lentamente los dos peldaños que bajaban de la puerta. Bill sentía que su corazón latía como un loco. Una sensación de vértigo sacudió su estómago, pero al mismo tiempo era una extraña sensación de comodidad. Dejó de pensar en eso un instante, por ahora sólo debía concentrarse en dar un certero golpe en el rostro a su nuevo captor, el reemplazante del que dormía allá abajo.
Los pasos se acercaban sigilosamente. Lo más seguro es que al notar la compuerta abierta, el captor supiera que era obvio que algo no andaba en orden.
BUM, BUM ,BUM, BUM, latía su corazón. Ese que se acercaba, se estaba arrimando peligrosamente hacia su lado, y en cuanto sintió su presencia física, supo con certeza que la única solución era dar él mismo el primer golpe. Levantó su brazo, y con el codo le propinó un certero golpe en la frente. El individuo cayó estrepitosamente al suelo, y él se abalanzó sobre el de traje amarillo que permanecía inmóvil en el suelo. Pero sus ojos casi se salieron de sus órbitas apenas reconoció las facciones.
—¡Tom! —exclamó casi desfalleciente.
De pie en la escalera los otros dos hombres miraban atónitos y sólo pudieron gritar al unísono —¡Bill!
CAPÍTULO 22
El día estaba radiante, el lugar no podía ser más perfecto. La playa se extendía infinita y dorada. El mar parecía tan calmo, tan azul, con miles de destellos debido al impacto de millones de rayos de sol sobre el agua, rebotando luego y llegando de golpe a los ojos de Tom, que los entrecerraba para no encandilarse. Cerró sus ojos por un instante para concentrarse en la placentera sensación que le dejaba la suave brisa marina, y el sentir la calidez del sol sobre su rostro. Luego esa calidez fue opacada por la tibia sensación de una mano envolviendo la suya. Sonrió con los ojos cerrados, abrió levemente sus labios y en un susurro dijo —Bill, bésame —sintió el aliento de su amado cerca de su boca. Los labios del pelinegro, suaves y tibios, eran la misma expresión del paraíso. Sin timidez, penetró suavemente con su lengua la boca que tanto anhelaba. El beso ardoroso se hizo intenso, pero no por eso menos dulce, menos romántico. Disfrutó del íntimo contacto sin abrir los ojos, sólo quería escuchar el mar, sentir la brisa, el calor del sol, el olor de la piel de Bill y sus besos.
—Estoy muerto… —dijo la voz de Anton —este chico es delgado, pero no es peso pluma.
—Creo que quedamos con calambres en los brazos y me duele la zona lumbar —Tom pudo reconocer la voz de Markus. No era posible que también ellos estuvieran en la playa.
—Cómo odio mis sueños a veces —pensó el de trenzas —Era tan perfecto, es tan perfecto —siguió pensando, mientras los labios de Bill dejaban pequeños besos húmedos en su boca. No quería abrir sus ojos, se sentía tan bien al lado de su amado Bill, y si los abría su presencia se esfumaría, y volvería a la cruel realidad de no saber dónde se encontraba su pelinegro. Jamás había tenido un sueño tan largo antes. En su sueño había hablado con Marie, luego había ido junto a Markus y a Anton a las dos ciudades ansiando escuchar el carillón, la única pista para encontrar a Bill. Demasiado extenso, demasiado detalles… De verdad un sueño extraño. Pero era mejor pensarlo como eso y no como la triste realidad que había experimentado.
No, no quería esa realidad, prefería este sueño donde los besos de Bill no cesaban.
—¡Vamos Bill! Deja de besar a Tom y preocúpate de que ese chico vuelva en sí —era la voz de Markus otra vez. ¿Quién debía volver en sí? Sinceramente Tom no estaba entendiendo nada y sólo quería disfrutar de Bill. Sentía su cuerpo pegado al suyo, y quería más. Atrapó la boca de su amado y asió con fuerzas sus caderas, apegándolo más todavía a su cuerpo.
—Yo creo que ya volvió en sí —replicó Anton con picardía y riéndose —Ya es hora de irnos, de todas maneras Tom necesita ver un médico. Ese golpe, que le diste Bill en su cabeza, no estuvo nada suave. Y ahora pretendes librarte de tus culpas con besos, y tú también necesitas ver médico, deja de besarlo ya y bebe el chocolate caliente —Anton rió una vez más y Tom comenzó a unir las ideas. Golpe, golpe, culpa, beso, beso, Bill. De pronto la brisa del mar cesó y vino a su memoria el frío de una sala amplia de triple altura con una especie de aros gigantes y oscuros, que no le permitían entender de qué manera se relacionaban esas estructuras con la refinación de la sal. Luego un pasillo frío, una puerta oscura entreabierta. Sus pies bajando la breve escalera para luego avanzar apegado a la derecha del pasillo, después de eso, negro, negro… Su frente dolía, su cabeza dolía, y a pesar de estar ahora consciente de sus malestares, los besos de Bill no cesaban, ¡entonces los besos eran reales!. Abrió sus ojos sorprendido y sólo pudo ver los hermosos párpados de su amado, sus cejas perfectas, su cabello oscuro cayendo sobre su frente. Separó su boca provocando un pequeño y sonoro chasquido.
—¡Bill! —Bill vio a sus ojos, sonriendo apenas. Se veía demacrado, y aunque sus ojos estaban enmarcados con sendas ojeras, su mirada estaba llena de amor. Sentía el amoroso tacto de los dedos de Bill sobre su frente, sobre sus párpados —Bill, no hay nada que te quite la belleza —Tom lo abrazó, hundiendo su rostro en el cuello de su amado, llenándose de su aroma. Volviendo a sentirse pleno, y feliz —No sé vivir sin ti. Ya no. No vuelvas a dejarme solo.
Bill, que no había hablado en absoluto, dejando sus pocas energías para darle amor a Tom, abrió sus labios en una esplendorosa sonrisa —No iba a dejarte, no te he dejado. Tampoco puedo vivir sin ti. Yo vivo por ti. —ambos jóvenes iban en el asiento trasero del Cadillac. Bill casi sobre Tom.
—¡Ejem! —carraspeó Anton —recuerden que acá vamos menores de edad. No den esos espectáculos chicos. ¿No pueden esperar hasta llegar a Liz Garten?
—Primero vamos al médico —cortó Markus.
—Okay —respondió sin ánimo el mago, sintiendo el cansancio luego del esfuerzo que hizo por escapar. El costado izquierdo de su pecho dolía, lo más probable es que tuviera alguna costilla rota. Tom acarició su cabello, besando su frente, y por primera vez él hizo descansar la cabeza de Bill sobre su pecho. Y se quedaron dormidos.
Markus había decidido llevarlos a un médico que era su amigo, y alguien en quien podían confiar. El camino de regreso a Schönau am Königsee, fue tranquilo, sintiendo la calma que daba el haber encontrado a Bill, y además con toda la tramitación de la propiedad andando. El día había sido perfecto hasta ese momento.
Anton había llamado a la mansión, dándoles tranquilidad a los jóvenes, aunque Andreas no sonó particularmente feliz.
El vaso de chocolate caliente colocado en la bandeja comenzaba a enfriarse, mientras los dos jóvenes se sumían en un apacible sueño. Sólo se sentían en calma y completos cuando estaban juntos.
Al llegar al hermoso pueblo junto al lago, Bill tuvo que ser ayudado para bajarse del vehículo. La radiografía mostraba una costilla rota.
—Pero más me preocupa su deshidratación, señor Koening. Así que guardará reposo por un momento y le pondremos suero para que se recupere. —dijo el médico.
Mientras Bill recibía el vital líquido por sus venas, el médico le hacía pequeñas pruebas a Tom para comprobar su equilibrio y motricidad.
—Sólo tiene una pequeña conmoción. ¿Siente nauseas? —el de trenzas negó con la cabeza —entonces llegará a casa y se va a acostar, si siente deseos de vomitar me llama inmediatamente, porque eso sería síntoma de un trauma más complicado —Tom asintió.—el señor Koening deberá llevar un vendaje alrededor de las costillas, eso también le ayudará a respirar, además deberá asistir a fisioterapia, para recuperar la movilidad del brazo y el hombro izquierdo, además de que eso evitará que sufra de neumonía —le extendió una receta con lo medicamentos para la inflamación y el dolor —y luego de que terminemos con lo del suero, pondremos el vendaje y de paso aprende a hacerlo usted mismo ¿Quién desea aprender para que le ayude al señor Koening?
—Yo —respondió seguro el de trenzas.
—¿Es su hermano?
—¿Hermano? Mi nombre es Tom Trümper.
—¡Oh sí! Lo siento. Me confundí por el parecido que tienen ambos. —Tom alzó una ceja, y miró a Bill sonriendo burlesco, pero Bill bajó la mirada y cerró los ojos.
—¿Estás bien Bill? —el pelinegro abrió sus ojos y le sonrió a Tom esta vez.
—Sí cariño. Estoy bien.
Luego de un par de horas, ya estaban listos para volver a “casa”.
Durante el regreso, Bill permaneció entre la vigilia y la somnolencia, así que apenas llegaron a la mansión fue llevado hasta la habitación que Tom ocupara la noche anterior. El de trenzas lo ayudo haciendo que Bill cargara su peso sobre el hombro de Tom, pasando su brazo menos adolorido por detrás del cuello del de trenzas.
Una vez en la cama, el pelinegro se sumió en un profundo sueño. Tom se recostó a su lado y cerró sus ojos, esperando que su dolor de cabeza pasara pronto.
Mientras tanto, Andreas se había rendido, y ya no buscaba a Alexa por los alrededores. Se conveció que ella se había marchado y recién entonces descubría que no sabía nada de ella, nada de dónde vivía, de los lugares que frecuentaba, ningún teléfono al cual llamar. No tenía nada. Sólo la débil esperanza de que regresaría.
—¿Cuándo dejaré de ser un boca floja, y un inoportuno y desubicado egoísta?
—Andreas, esos son tus talentos naturales. Nadie lo hace mejor que tú —rió Georg.
—Gracias amigo por tu consuelo.
—Más bien deberías aprovechar esta instancia para entender tus sentimientos en vez de culparte.
—¿Entender qué?
—¿Te asusta la idea de que esa chica no vuelva?
—Andreas dejó su mirada detenida en el suelo, y luego de unos segundos, respondió con un gesto sombrío —Sí, tengo miedo de que no regrese.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué?, ¿qué pregunta es esa?
—Una que deberías hacerte —Andreas iba a responder molesto, pero luego su expresión pasó del enojo a la melancolía.
—Porque la extraño, porque me parece la mujer más peculiar y fascinante que haya conocido —guardó silencio un instante, sin embargo Georg supo que no había terminado —extraño el olor de su cabello, su suave piel, sus ojos de gata que cuando me miran me hipnotizan… ¡Hey! —se interrumpió —¡se supone que la conozco de hace … Nada! ¡no puede provocar estas emociones en mí!… No es justo.
—Obviamente ya pudo, ya lo sientes. Ahora dale un nombre a esas emociones.
—Me niego, porque además si pretendes decirme que estoy medio enamorado ¿de qué me sirve si ella no vuelve?
El castaño se subió de hombros —porque el amor no existe para servirle a alguien, y tampoco depende de si la persona amada está cerca o lejos. El amor sólo llega y ya está. No hay nada más que hacer.
—¡Georg! —llamó desde el patio el de gafas.
—¡Voy!
—Oye ¿cómo que amor? Yo no estoy enamorado, ni siquiera un poco —pero el castaño ya había salido de la cocina —yo no estoy enamorado —repitió el rubio en un susurro.
La tarde ya avanzaba. Tom bajó a la cocina y regresaba a la habitación con una bandeja con sendos platos con ensaladas, arroz, hamburguesas vegetarianas, dos vasos con jugo de naranja, y dos porciones de ensalada de fruta como postre. Puso la bandeja sobre la mesa que estaba junto a la ventana. Se sentó en la cama, cerca de la cabecera, y contempló el rostro sereno de su amado aún dormido.
Recorrió con la yema de sus dedos las cejas y las sienes del pelinegro. Éste suspiró para luego volver a la respiración pausada, señal de que estaba lejos de despertar por sí mismo.
—Amor despierta —dijo el de trenzas, acercando sus labios a los del bello durmiente, depositando besos suaves… Nada. Bill seguía absolutamente dormido —no me queda más remedio que sacrificarme —acto seguido volvió a besarlo, pero esta vez abrió su boca, y metió su lengua, provocando la reacción instintiva de Bill, que en medio de su sueño intentó separarse, pero cuando su mente recordó de quién eran los labios que lo besaban, salió de las profundidades de su adormecimiento para corresponder gustoso, y su lengua entró con facilidad a la de Tom. Con un brazo rodeó el cuello del de trenzas, y puso su mano en la nuca para que el beso fuese más penetrante. Luego de unos instantes, se separaron —Bill, debes comer —ayudó al pelinegro sentarse, y luego depositó la bandeja en sus piernas. —¿Te sientes mejor?
El pelinegro asintió —¿y tú? Lo siento. No fue mi intención lastimarte.
—Ya lo sé, tonto. Seguro pensaste que yo era uno de tus secuestradores.
—No me refiero sólo al golpe.
—Oh —Tom acomodó sus piernas algo nervioso.
—Siempre olvido ser más explícito contigo. Debí decirte todo de una forma diferente. Debí decirte que yo me sentía igual de frustrado. Que la sola idea de irme lejos y dejarte me estaba matando, pero no lo hice. Siempre te hago sufrir de una manera u otra.
—Y yo debería confiar más en ti. Si lo ves bajo cierta perspectiva, mi falta es más grave que la tuya.
—Tom —el pelinegro dejó el tenedor a un costado de la bandeja. Hizo un ligero movimiento buscando acomodarse, y un gesto de dolor se dibujó en su cara, luego con su brazo derecho que estaba menos adolorido, comenzó a jugar con el tenedor, demostrando cierto nerviosismo. Tom lo miraba impaciente, hasta había dejado de masticar, medio paralizado —nunca me has dicho qué piensas so… — dejó de hablar dibujando en su mirada algo que Tom pensó por un momento que era miedo.
—Dime, ¿pasa algo? —Bill negó y bajó su mirada.
—No es nada importante.
Tom se quedó meditando el asunto, intentando saber qué era aquello que perturbaba a su amado.
—Sólo tenía una duda, pero no es importante —sonrió Bill melancólicamente. Tom sintió deseos de llorar, de pronto el miedo flotaba en el aire y él se lo había tragado todo. Pero simuló no entender nada.
—Toma tus medicinas, ya es hora.
—Me harán dormir, los analgésicos dan sueño.
—Tu cuerpo necesita dormir para recuperarse. Descansa, llevo la bandeja a la cocina y ya vengo.
Cuando Tom salió de la habitación, una lágrima rodó por la mejilla de Bill. Y otra salía del corazón de Tom.
Con rostro alegre Markus recibió al de trenzas en la cocina.
—Mi amigo del Departamento Jurídico me llamó hace unos instantes. Ya está listo el personal que vendrá a ver el tesoro encontrado en el sótano, y todo lo que necesitan para sacarlos de allí… Emm también está listo el asunto de las bóvedas donde se guardará todo.
—Qué bien, un problema menos. Ahora falta que Bill se recupere, el lunes irá a fisioterapia…
—No, no. Eso también está resuelto. Mañana viene un kinesiólogo, y le harán la evaluación aquí. Primero deben ver si está en condiciones de comenzar, no sacan nada con hacerlo sufrir.
—¿Usted confía en la persona que vendrá? No olvide que mañana estaremos algo expuestos.
—Para serte sincero, no confío en nadie. Pero es mejor así, a salir de aquí y exponer a Bill más todavía —Markus negó con la cabeza —es innecesario por ahora…
En el umbral de la puerta apareció la familiar figura de Marie. Su larga melena caía en cascada que caía por sus hombros y pecho. Su semblante era serio. Tom adivinó a qué venía.
—Veo que le interesa saber de su estado.
—Sabes bien que sí —respondió la mujer.
—Markus, ella es de fiar, o eso creo. Viene a ver a Bill —el hombre asintió.
—No la pierdas de vista.
—No lo haré.
Markus miró a los ojos de Marie en una clara señal de advertencia. La mujer le respondió la mirada de manera serena, queriendo convencerlo de que con ella no era la guerra.
Al llegar Marie a la habitación, se le iluminó su rostro al verle. Se acercó sin mediar palabra y con suavidad abrazó al pelinegro —hijo, estuve tan angustiada. —Bill respondió emocionado al abrazo de la mujer que más se había asemejado a una madre.
—Tom, estoy bien. Déjame a solas con ella, por favor —Tom asintió, sintiéndose extrañamente desplazado. Salió de la habitación con un presentimiento. Aunque siendo sincero consigo mismo, era algo que venía percibiendo hacía ya varias horas, no era nuevo, ni había surgido al ver allí a Marie. Era algo más que un simple suceso, o seguidilla de sucesos lo que lo mantenía intranquilo. Era algo más profundo e inquietante, algo que palpitaba en su vientre, como una garra que apretaba sus entrañas. Ahora esperaba dormir en una horas y obtener pistas a través de sus sueños. Mientras tanto, preferiría tener el poder del oído biónico para poder escuchar la conversación que ellos dos tenían al otro lado de la puerta.
Algo parecido a la rabia comenzaba a carcomerle los sentidos. Hacía nada, sólo unos minutos que Bill le había dicho que debería confiar más en él, y ahí estaba siendo apartado, negándole un espacio dentro de una intimidad a la cual no tenía derecho, como si fuera un simple invitado a una fiesta, no un invitado vip precisamente, siendo obligado a permanecer en los salones calurosos, poco ventilados y abarrotados de gente rara, mientras su amado permanecía siendo atendido en salones de lujo, con camarero privado e invitados igualmente privilegiados. No pudo evitar sentirse utilizado, como si él fuera bueno sólo para cuando su amado necesitaba de breves servicios de compañía. Movió su cabeza intentando apartar los horrorosos pensamientos, obligándose a creer que estaba siendo monstruosamente injusto con Bill. Y sin embargo, se seguía sintiendo como si fuera uno de los NO privilegiados —otra vez estoy desconfiando de él —se reprochó el de trenzas.
En la escalera Tom se encontró con el semblante preocupado de Andreas.
—Parece que tampoco andamos muy alegres —dijo sardónico el rubio.
—Por lo menos yo encontré a quien estaba buscando.
—No seas pesado Tomi. Yo estoy preocupado. Ya han pasado muchas horas sin saber de Alexa.
—Vamos a fumarnos un cigarro —el rubio se devolvió sobre sus pasos, feliz de poder compartir con su amigo. Cruzaron por la cocina buscando cerrillos para encender los cigarros, encontrando a los ahora novios, abrazados, semi sentados en la mesa —vamos afuera a fumar y chismear un poco, lo necesitamos —y siguieron a Tom y a Andreas. Por fin los cuatro juntos, sin que hubiese alguien más.
Intentaron durante algunos minutos volver a sus triviales conversaciones, tan frecuentes en ellos antes de llegar a Liz Garten, pero sin poder evitarlo, al cabo de tentativas infructuosas volvieron a aquellos pensamientos que los mantenían intranquilos.
—Esta noche se cumple una semana de que llegamos a esta casa. Una semana de que conozco a Bill.
—Y presiento que no habrá celebración ¿o no? —Tom miró a Georg con resignación.
—¿Celebración? Así como está Bill, me conformaré con un buenas noches —el rostro serio de Andreas preocupaba al de trenzas —Dinos Andreas, reconoce lo que te pasa.
—Bah, como si eso fuera a cambiar las cosas. Ya se me va a pasar —se subió de hombros, haciendo un gesto de desdén —total hay mujeres de sobra en el mundo, no me voy a morir por una. —sus amigos ríen levemente —y yo no desentono para nada, ninguno está de ánimo para fiestas.
—¿No sienten como si hubiesen pasado más tiempo que una semana? Yo he sentido que cada día dura una semana.
—Sí Gustav. Es más, siento que hemos envejecido.
—Tú estarás más viejo Georg, de hecho lo eres. Ya tienes 22 años. Nosotros aún somos unos bebés —le replicó el de gafas haciendo pucheros.
En ese momento vieron salir a la mujer de la mansión. Se detuvo un segundo y miró fijamente a Tom. Los cuatro jóvenes tragaron saliva, una extraña sensación invadió el cuerpo de Tom. Seguía sintiendo que algo no estaba bien.
Georg fue la voz del grupo —Ella me da escalofríos. Como si ocultara algo.
—Lo mismo siento —dijo pensativo el de trenzas —y si oculta algo, no es nada bueno. No he podido deshacerme de una corazonada. Sólo espero que sean mis neuras, nada más. —observaron como la mujer se marchaba, se subía a su caballo, para luego perderse en el bosque. —Iré a ver a Bill.
Los metros que separaban a ambos jóvenes, pesaban en el corazón y el cuerpo de Tom. Cada paso era un suplicio, y lo que más perturbaba al de trenzas, era que no sabía comprender a qué se debía aquello, no tenía mayores teorías. Sin embargo, no podía negar que esa garra que apretaba sus entrañas seguía allí haciéndole sufrir. Pero no le diría nada a su pelinegro. Esta vez disimularía, porque por primera vez Tom sentía que Bill le ocultaba algo más que simples técnicas de la Magia Ceremonial o cuestiones de su Orden. Esto era más inquietante, y más trascendental.
Cuando llegó a la habitación, abrió la puerta dibujando su mejor sonrisa. Bill abrió sus ojos y le sonrió de igual forma. Definitivamente algo no andaba bien. Se recostó a su lado, permitiendo que su pelinegro regresara al mundo de los sueños, mientras él le miraba dormir, tratando de leer su mente, queriendo adivinar eso que mantenía a Bill lejos de él más allá de sus dolencias físicas.
Esa noche, durante la cena Tom volvió a hablar sobre sus preocupaciones.
—Hijo, Bill fue torturado. No esperes que esté normal. No le pidas tanto. Sigue siendo sólo un chico. —Tom asintió a las tranquilizadoras palabras de Anton. Tenía razón. Y decidió no torturarse a su vez con ideas que no tenían asidero. Su pelinegro estaba enfermo por culpa de unos insanos mentales, y cualquiera estaría peor que él.
Luego de cenar, cada uno fue hasta su habitación. Durante la tarde habían trasladado una cama pequeña a la de Tom para que éste durmiera sin tener que molestar el descanso que Bill necesitaba para evitar los dolores propios de su fractura. El mago dormía plácidamente en la cama amplia y cómoda. Tom dormiría en la más angosta. Y vigilaría el sueño de su amado. Se sentía feliz de hacerlo.
—Bill, amor. Buenas noches —dijo besando suavemente sus labios. Bill no se movió, su respiración era serena y sus párpados permanecieron cerrados.
Tom se acostó en su cama, sin poder evitar volver a sus cavilaciones que le estaban torturando. Deseó dormir con todas sus fuerzas y olvidar, pues su cabeza dolía tratando de adivinar lo que podría estar sucediendo. Cerró sus ojos y se dejó llevar al mundo onírico.
De pronto escuchó las voces, una de ellas era una voz ronca, la otra más clara, que le recordó a la del vigilante del sueño anterior. Era extraña esta sensación de estar inmerso en un sueño, sabiendo que lo era. El lugar ya no estaba tan oscuro y pudo distinguir la tenue luz que se filtraba por la puerta entreabierta. Reconocía el túnel que ya había visto, era el lugar del secuestro. Sabía que era algo que había sucedido durante la captura de Bill, también supo que si estaba ahí, era trascendental, así que puso atención a todos los detalles. Miró hacia adentro, se veía la espalda de un hombre alto, pero nada más. Acercó su oído.
—Como sea, este chico estúpido se atreve a creer que nos vencerá. Es mucho dinero para darnos por vencido. —dijo la voz ronca.
—Jefe, ¿pedirán rescate mañana?
—No, ese no es el plan, y no es algo que te incumba a ti. ¿Cierto Bill? ¿Ahora cómo lo harás para dejar a tu lindo noviecito sin romperle el corazón? ¿Cómo lo harás para seguirle negando la verdad, maldito pervertido? Porque si no se lo dices tú, se lo diré yo, y de la peor manera. Deja solo a Tom Trümper, aléjate de su lado, ya no lo puedes defender. Le romperás el corazón, pero por lo menos no sabrá la verdad, que es peor.
Se despertó.
El corazón desbocado casi se le salió del pecho, se sentó en la cama intentando calmarse. El día ya despuntaba y este sueño le confirmaba sus peores sospechas. Más tarde intentaría disimular, pero por ahora dejaba que las lágrimas cayeran libres por su cara. ¿Bill iba a dejarlo? ¿cómo era posible que aquella verdad pudiera ser más dolorosa que vivir lejos de Bill? Ahora entendía la distante melancolía de su amado. Seguramente llevaba horas luchando con sus pensamientos, tal y como él mismo lo había hecho y seguiría haciéndolo durante el día.
Esta vez Tom no salió en busca de nadie, porque nadie más le daría respuestas, sabía perfectamente que Bill terminaría confesando aquello que le mortificaba tanto. Sólo era cosa de esperar y no morir en el intento.
Se levantó más temprano que los demás y salió a fumar a los jardines. Estaba consciente que en los últimos días se había vuelto en un hábito frecuente, más de lo que era antes de llegar a la mansión. Fumar le quitaba por unos instantes la ansiedad. Luego de unos minutos Anton salió a hacerle compañía.
—¿Estás nervioso?
—Sí, y el cigarro me calma sólo un poco. Hoy será un día de locos.
—Igual que ayer.
—Igual que antes de ayer —rieron.
—Ya parecen siglos.
—Cierto. Es hora del desayuno.
Tom subió minutos más tarde con otra bandeja, con una par de tazas con leche caliente y tostadas. Al abrir la puerta se sorprendió de ver a Bill ya despierto, mirando hacia la ventana.
—Esto es incómodo ¿sabes? —dijo a modo de saludo.
—¿Cómo estás amor?
—Mejor, más descansado. Sólo duele la costilla rota —y el corazón, pensó.
—¿Compartimos el desayuno?
—De acuerdo. —pero luego cesaron las palabras y un doloroso silencio se apoderó de la habitación. Tom trataba de aclarar su mente para decir algo coherente y que alejara el mutismo que embargaba a Bill. Sin embargo, no encontraba nada neutral para amenizar el desayuno.
—¿Me vas a decir qué te pasa?
—¿A mí?
—No Bill, le hablo a la almohada.
—No me pasa nada, sólo estoy adolorido.
—Es más que eso y lo sabes.
—¡No es nada!
—Ayer…
—¡No es nada!
—¡Ayer me dijiste que debías ser más explícito conmigo! Y ahora estás actuando todo lo contrario, y yo… Y yo estoy angustiado…
—Tom siempre te quejas de todo.
—¡¿Yo me quejo?!
—Con esa actitud tuya no lograrás nada —el de trenzas se quedó paralizado por las palabras de Bill, de cómo éste se alteraba por nada, de cómo le esquivaba la mirada. Así no era Bill.
—Bill mírame —dijo, aparentando estar más tranquilo —dime que no tienes nada que decirme.
—Estoy cansado, eso es todo.
—Bien ¿no vas a desayunar más? —Bill negó con su cabeza. El de trenzas tomó la bandeja conteniendo las lágrimas. Salió de la habitación sintiéndose derrotado. Cuando llegó a la cocina lanzó la bandeja sobre la mesa. Y luego se sentó a llorar.
Georg llegó a su lado, se sentó y pasó un brazo por su espalda.
—Si no quieres contarme nada, no lo hagas, pero yo estoy aquí para lo que necesites —los demás comenzaron a llegar y angustiados por el llanto de Tom se reunieron en torno a la mesa.
Tom alzó su rostro y se secó las lágrimas, intentando reprimir los sollozos —anoche —dijo entre hipos —más bien, esta mañana tuve un sueño —alguien le pasó un pañuelo y se limpió los ojos y la nariz —soñé que estaba otra vez en el lugar donde tuvieron secuestrado a Bill. La puerta estaba entreabierta, nada más un poco, pude mirar hacia adentro, había un hombre alto, vi su espalda… —se volvió a limpiar la naríz —pero escuché dos voces, y le decían a Bill que si no me dejaba, yo me enteraría de una terrible verdad, que me haría sufrir más que su abandono. Que nunca fue intención de esos hombres pedir rescate. Ellos buscaban otra cosa.
—¿Qué pretendían? —preguntó Markus.
—No lo sé… No sé. Hoy en el desayuno intenté presionar a Bill, para que me dijera algo, está tan silencioso. Tan distante. Se enojó, no quiere decirme nada y yo… Y yo… —Tom se puso a llorar otra vez —yo tengo este presentimiento. Él me va a dejar, por protegerme, en vez de confiar en mí. Se rendirá, eso siento, y si lo hace me dejará vacío. Yo pensé que sus promesas valían más que la vida misma, y no es así. Y aquí estoy ahora, convertido en un marica llorón… Y absolutamente enamorado.
—Tom, pequeño, eres tan joven —le consoló Markus —ahora te parece el mundo entero tu amor por Bill, pero podrás salir adelante, le olvidarás. Todos tenemos un amor juvenil que dejamos atrás, aunque en aquellos días creemos que nos moriríamos de amor.
—¡Vaya consuelo! —refutó el rubio.
—El tiempo lo cura todo. —sentenció Anton —ahora lo importante es lo que pretenden esos hombres, y poder saber quiénes son, quién los dirige. Anda Tom, lávate la carita, y que Bill no te vea así.
El de trenzas asintió, se dirigió al baño de servicio, y se puso compresas heladas para bajar la hinchazón de los ojos. Anton tenía razón, no pensaba mostrarle a Bill lo débil que se sentía. Unos golpes en la puerta le alertaron.
—¡Tom! Llegaron los tipos de la municipalidad, vienen a ver el sótano. Debemos estar todos.
—Okay, ya voy.
Todos estaban en la biblioteca, todos excepto Bill, que estaba aún en su dormitorio. Decidieron que Anton, Markus y Tom bajarían junto con los peritos a revisar todo el contenido de los sótanos, para luego subirlo hasta la biblioteca. Varios camiones blindados esperaban afuera. Sería un largo día de trabajo.
Las horas pasaban rápidamente, luego del incidente del desayuno, Tom no regresó a la habitación con Bill, y la excusa de estar pendiente de sus millonarias pertenencias, le venía como anillo al dedo. Bill se resintió con esta soledad con la cual fue castigado, pero su condición física no le permitía mayores desplazamientos, sino sólo las dolorosas travesías al baño. Respirar era doloroso, recostarse era doloroso, levantarse lo era también, y pensar en Tom aumentaba su sufrimiento. Decidió levantarse, qué más daba, estar en cama era peor.
Bajó lentamente y llegó al hall, donde vio el continuo ir y venir de los hombres cargando cosas, subiéndolos a los camiones con custodia municipal. Vio a Tom salir con cosas, entrar luego con las manos vacías y volver a salir momentos después con otra caja. No lo miró ni una sola vez. Uno de los hombres se dirigió a él con cierta confianza, cotejaban una lista o algo por el estilo. Bill se dirigió hacia ellos, pero Tom seguía concentrado revisando la lista con el hombre. Lo estaba ignorando, sus ojos marrones estaban esquivos y Bill supo que se lo merecía. Para suerte suya, el hombre se dirigió hacia los camiones, y Tom hizo amago de ir hacia la biblioteca.
—¡Hey! —lo detuvo con su voz anhelante el pelinegro —estás muy ocupado por lo que veo.
—Y tú te has levantado, olvidando el reposo que debes guardar —Bill sonrió lastimeramente, sintiéndose como un imbécil, después de haberse comportado con Tom como lo hizo —Vuelve a la cama. —el de trenzas regresó a la biblioteca con el corazón en la mano, pero no se iba a doblegar. Que si Bill pensaba dejarlo, lo hiciera ya, si es que tenía los huevos para hacerlo. El pelinegro se quedó con la sonrisa congelada, convirtiéndose en una mueca. Tragó saliva, había comenzado su calvario. Regresó con su orgullo herido a la habitación.
Tom mientras cotejaba aún que todo fuera en orden, y que nada se quedara en el camino.
—Señor Trümper —Tom totalmente concentrado no escuchó que le llamaban —señor Trümper —dijo nuevamente la voz mientras una mano le tocaba el hombro. Entonces el de trenzas se giró para ver a aquel que le hablaba. Era un joven alto, tanto como él, de unos 20 años o más, pero no mucho más, de unos grandes ojos verdes enmarcados por espesas pestañas, lucía una piel bronceada, seguramente fruto de sus recientes vacaciones, con un cabello levemente ondulado, corto, castaño con mechones que caían hacia la frente, su nariz bien perfilada y algo respingona coronaban unos labios carnosos, su rostro tenía un mentón firme, muy masculino. Era apuesto. No, era hermoso. —mi nombre es Steffan Wassenne, el kinesiólogo que viene a ver a… —miró una agenda —a Bill Koening.
—Lo que me faltaba.
—¿Perdón?
—Em no, está en su habitación, creo. Lo llevo hasta allá —un kinesiólogo apuesto, era lo que le faltaba para hacer de su día más desagradable. Pensar que Bill estaría con ese bombón días tras día no le hacía feliz.
Cuando llegaron al dormitorio, Bill estaba recostado sobre su cama, leyendo algo. —Bill, él es kinesiólogo, Steffan…
—Steffan Wassenne —terminó el joven, con una amplia sonrisa. Bill le correspondió —lo vengo a evaluar para saber si podemos empezar con el tratamiento de luces por lo menos.
—Claro —respondió animoso el mago. —Tom estaré bien, puedes retirarte. Tú estás muy ocupado hoy, no necesitas perder el tiempo conmigo —dijo con una sonrisa falsa. Tom sintió que sus entrañas hervían. Eran celos, sí, celos. Esta historia iba de mal en peor.
Steffan, le miró con una sonrisa, y Tom lo odió.
Una vez abajo, Tom gastó varios minutos paseándose como león enjaulado. Necesitaba una excusa para subir, quería ver. Si esto hubiese sucedido unos tres días atrás, pues él estaría junto a Bill, vigilando cada movimiento.
—¿Sucede algo? —preguntó Andreas, quien venía con Georg.
—Pues que llegó el kinesiólogo, y Bill no quiere que lo acompañe.
—Pues es mejor así, tú tienes que estar aquí para supervisar que todo vaya en orden.
—Sí pero, pero… —y el de trenzas volvió con su paseíto, mirando insistentemente hacia la escalera.
—¿Qué Tom? Me pones nervioso —reclamó el castaño.
Tom se detuvo y suspiró —es que es muy guapo el tipo ese, parece modelo —y sus amigos rompieron a carcajadas —no le veo la gracia.
—Estás celoso —reía Georg.
—Sí, a ver si te ríes igual cuando Gustav lo conozca —y a Georg se le congeló la sonrisa. —necesito una excusa para volver allá.
—Tom, necesitamos el testamento —le interrumpió Markus. El de trenzas sonrió, acababa de surgir la excusa perfecta.
—Lo tengo allá arriba, en el dormitorio, ya vengo. —y subió como un rayo.
Al llegar frente a la puerta golpeó, pero sin esperar respuesta abrió. Al parecer la revisión ya había concluido, Bill iba camino del baño —el lunes traeré la maquinaria e instrumental para hacerle todo el tratamiento acá mismo —le señaló el joven —según sé por el Señor Frank, usted pagará el tratamiento completo.
—Sí, eso está claro.
—¿Usted es familiar del señor Koening? —le preguntó el chico, mientras anotaba algo en una libreta.
—No, soy su novio, o eso creo.
—Ah, de acuerdo, lo siento, es que Bill no me dijo que usted fuera el novio —sonrió Steffan. Tom tomó un bolso café.
—Permiso, necesito llevar esto. —dijo Tom, reprimiendo su instinto asesino.
—Sí por supuesto, yo ya voy bajando también.
Tom salió de la habitación, y Bill hacía lo mismo del baño.
—Ya quedó todo arreglado con tu novio, Bill. No me contaste que tenías uno.
—No lo creí importante.
—Sí claro, es algo personal. Nos vemos el lunes. Cuídate. Y realiza los ejercicios que te enseñé, pero no más que eso. —de pronto Tom volvía a entrar a la habitación, alcanzando a escuchar las últimas indicaciones.
—¿Eso quiere decir que nada de sexo? —preguntó Tom, muy relajado. Mientras Bill abría su boca por la sorpresa, ruborizándose por primera vez frente a Tom —¿o acaso una que otra mamada es inofensiva?
—¡Tom! —exclamó el pelinegro, esperando que la tierra se lo tragara.
El joven castaño balbuceó cortado absolutamente —ahm, em. —luego se rió nervioso para finalmente decir —sólo que su tórax permanezca lo más quieto posible… Em.. Eso.
—Okay —remató el de trenzas, recogió algo más de la mesita de noche y salió sin mirar a ninguno de los jóvenes.
Una vez en el hall, Tom no dejaba de mirar la escalera, esperando que el niño bonito bajara. Se concentró luego en los datos que el curador del Ayuntamiento anotaba en su cuadernillo. Quitó su vista de las notas que el hombre registraba porque sintió en la nuca esa sensación típica de cuando se es observado. Buscó con la mirada la fuente de esa sensación, y descubrió los ojos felinos que le miraban.
—Señor Trümper, el vendaje de Bill quedó listo.
—Gracias señor Wassenne, pero agradecería mucho más si se demorase otro poquito en hablar y llamara a mi novio, señor Koening. —Tom estaba tan ofuscado que no reparó en la presencia del pelinegro.
—En realidad, yo nunca le he pedido a Tom que sea mi novio oficialmente —Tom sintió que el mundo se congelaba a su alrededor y sólo la mirada de lástima que se dibujó en los ojos gatunos del kinesiólogo que eran los únicos que parecían tener vida en ese momento —a mi no me molesta que me trates de Bill, a secas, Steffan —el joven de ojos verdes sonrió satisfecho, y luego hizo un leve ademán de despedida, y se marchó.
Tom , mientras, no podía salir de su estupor. Bill dejó una mirada al de trenzas que éste interpretó como de desdén, se dio media vuelta y desapareció por la puerta que daba a la zona de servicio. Tom lo siguió.
En la cocina alcanzó al mago —¿me puedes decir qué te ocurre? Creo que merezco una explicación. —el de trenzas sentía el miedo corroerle el alma, su corazón agónico quería huir de su cuerpo. Presentía el peligro.
—Sí, la mereces —la mano de Bill jugaba a dibujar extrañas figuras sobre la superficie de la mesa —creo que es mejor que dejemos nuestra relación hasta aquí —imperceptiblemente sus dedos temblaron, aunque sus ojos permanecieron impávidos, fríos, distantes. Su voz sonaba ausente. Tom sintió que sus entrañas eran esparcidas por el suelo, un escalofrío subió por sus piernas hasta alojarse en su pecho, congelando sus palpitaciones. De pronto, todo estaba en silencio. El mundo se había detenido, el tiempo ya no existía.
El de trenzas abrió y cerró sus labios repetidas veces, intentando decir algo, pero su cuerdas vocales se habían paralizado junto con el resto de su ser. Sólo su mente pudo gritar, dejando que el silencio ganara —no hables Bill —pero su propia boca era la que seguía muda. Y a pesar de su intento, el mago seguía ajeno a la silente súplica de su amado, y continuó.
—Es mejor que sigamos siendo amigos, y no quiero que insistas en saber las razones, sólo te diré que ha sido una semana maravillosa dentro de todas las vicisitudes vividas, pero… no se volverá a repetir.
—No sigas Bill —susurró Tom en un hilo de voz. Bill sumergido en su propio calvario, no escuchó.
—Tampoco habrá una segunda oportunidad, lo que vivimos quedará en el recuerdo si te place, pero sólo será eso… Además tus escenas de celos ya me estaban cansando. Me estaba sintiendo ahogado con tu actitud —Bill miraba a un punto indeterminado, y Tom dejaba que sus lágrimas cayeran por sus mejillas. Extrañamente, no sollozaba, y cuando habló, su voz sonó serena.
—Yo sé que lo que me dices no es verdad, yo sé que has sido obligado por algún motivo poderoso a dejarme. Esta mañana me besabas… Me besaste —dijo en un susurro.
—Tom ¿de dónde has sacado la idea de que me han obligado a terminar esta relación que teníamos? Y los besos, bueno, me gustan tus besos, no puedo negarlo.
—Yo sé que te obligaron, lo soñé, ¡yo lo vi en mi sueño! Tú me amas…
—Tomi, Tomi. No todo lo que sueñas es real. Eso no sucedió, no fui obligado a nada. Tú mismo me reprochaste que no éramos novios ¿recuerdas? Nuestra relación ha sido muy informal, por llamarlo de alguna manera. Yo… Estaba confundido, yo no te amo.
—Por favor, amor no me dejes —las palabras querían salir, cruzar el espacio y anidarse en el corazón helado de Bill, pero Tom no dijo nada, los ruegos seguían viviendo sólo en la atribulada mente del de trenzas..
—Y bueno, se acabó, así de simple. —Bill tragó saliva, su garganta estaba seca, sentía temblarle las piernas, quería detenerse, pero ya se había lanzado al vacío, su cuerpo ya iba en caída libre, y sólo esperaba poder estrellarse al final para morir. —De hecho, este momento que estamos viviendo ahora es una exageración, teniendo en cuenta lo breve de nuestra historia, y lo superficial en cuanto a compromisos. Lo siento, si dejé que imaginaras más de lo que era en realidad. Y ahora disculpa, necesito ir a descansar. Yo ocuparé otra habitación. No es conveniente, ni sano para ti que nos quedemos en el mismo dormitorio. Permiso. —dijo Bill, y se devolvió por el pasillo hacia alguna parte de la mansión. El pelinegro no sentía sus propios pasos, no sentía su cuerpo. Era un muerto en vida, era más bien un vivo en medio de la muerte. Por el pasillo, invisible a los ojos de cualquiera, iban quedando las marcas de la sangre que su corazón derramaba, agonizante, pero sin el consuelo de la muerte para alcanzar el alivio. Su cuerpo se movía por inercia.
Tom se quedó convertido en una estatua. Era tal su dolor que ya no sentía, se había adormecido. De pronto sus lágrimas cesaron, y su sufrimiento se quedó aprisionado en su cuerpo, sin escapatoria, inmovilizando sus emociones, y dejando en su pecho un gran vacío, en vez del corazón que el pelinegro se había llevado, enredado entre sus dedos temblorosos. Contrario a lo que cualquiera pudiera sospechar, Tom regresó a su faena de vigilar que todo fuera en orden en el almacenamiento en los camiones blindados. Partiría luego con Markus y Anton, junto a la carga preciosa, para ver cómo eran depositado en unas bóvedas ya reservadas. Una parte de él que aún palpitaba, era lo que lo hacía moverse y aparentar que estaba vivo.
Al momento de salir de la mansión, el mago lo vio marcharse, sintiendo el desgarro doloroso de la mutilación que le significaba apartar de esa manera a su amado Tom. Se había auto-mutilado, y ahora era la mitad del Bill que todos conocían. Lloró por fin, muriendo sin morir, hundiéndose poco a poco en un infierno personal, al cual debía condenarse por decisión propia.
El resto del día siguió envuelto en una rara melancolía. Andreas vagaba por los alrededores esperando que de entre los árboles surgiera la seductora fisonomía de la Dama del Lago. Tom, después de regresar de la pequeña ciudad, subía y bajaba las escaleras guardando documentos, cotejando otros, aparentando tranquilidad, mientras la tormenta en su corazón destruía todo a su paso, dejando sólo ruinas. Bill se había enclaustrado en su nueva habitación, aunque durante algunos momentos en la cena se había atrevido a bajar y compartir con los demás, fingiendo una normalidad que nadie sentía. Para todos, el día se había transformado en un suceso extraño, coronándolo una noche húmeda. La tenue lluvia no sorprendió a nadie, parecía hasta obvio. Los ánimos se habían contagiado de esa nostalgia por algo querido, sin llegar a definirse qué era aquello. Sólo los sufrientes tenían claro cuál era la causa. Tom ignoraba a Bill, como si allí no estuviera, Bill lo miraba a veces, intentando no hacerlo, reprochándose cada vez que lo hacía, odiándose porque su sangre hervía al sentir el aroma de Tom, al escuchar su voz, al verle caminar, al contemplar su hermoso perfil, lo amaba. Por un momento, por un segundo, quiso retractarse y decirle que había mentido, que se moría de sólo pensar en que no lo besaría otra vez, pero de la misma manera que Tom guardó sus ruegos para sí, Bill ocultó su agonía. Mientras, igual que hacía una semana, el viento había comenzado a golpear las ventanas y a rugir por entre las copas de los árboles. El sector techado del patio de servicio permitió a los fumadores guarecerse mientras desahogaban la adicción con un cigarrillo. La noche había llegado, pero no la Dama del Lago, ni el arrepentimiento de Bill. Y aunque el mago estaba allí, para Tom no lo estaba. Todos los demás ya se habían dado cuenta del drástico cambio de los noviecitos, sin embargo ninguno sospechaba que fuera algo más que una simple pelea que luego pasaría con una cuota de pasión. Andreas estaba alerta a cualquier ruido que escuchaba, pero siempre era el viento y las hojas de los árboles, nunca era ella con su perfecta belleza. Demasiada soledad flotaba en el aire lluvioso, los únicos que parecían ignorarlo eran Gustav y Georg, que en medio de la supuestamente amena conversación, ellos eran el oasis de romance y dulzura, acariciándose y besándose sin cesar.
—Ese amor de ustedes es un insulto para algunos de nosotros —reprendió el rubio —deberían tener consideración —Bill bajó la mirada ante las palabras de Andreas. Tom hizo como si no hubiese escuchado nada. Hacía ya varias horas que el de trenzas no dejaba que sus pupilas se clavaran en la estilizada figura de su amado, a diferencia de Bill, que no podía frenar sus ojos de irse hacia su amado. Pero Tom no se daba por aludido. Sería una larga noche.
Una vez en su cuarto, Tom pudo al fin llorar. La lluvia golpeaba incesante los cristales, y no podía evitar comparar esa noche con aquella, cuando conoció a Bill. Secretamente esperaba sentir abrirse su puerta y ver los ojos brillantes de Bill desdibujarse en las sombras. Imaginaba que le diría que lo amaba, que sólo se había comportado como un idiota, y luego le haría el amor, hasta hastiarse . Dos cuartos más allá, el pelinegro buscaba alguna solución a sus problemas, que se resumían a sólo una palabra… Tom.
Pero las soluciones no llegaron.
Tom esperaba soñar y poder entender a Bill… No soñó.
La noche transcurrió extraña entre el viento y la lluvia. Y por primera vez, al de trenzas le pareció una ironía, ahora que Bill le había despreciado.
Con la lluvia y el viento Bill llegó a su vida, con la lluvia y el viento, una semana más tarde se alejaba.
Como si fuera una burla, el sol despuntaba en todo su esplendor tras las montañas alpinas. Tom se asomó al balcón. Miles de gotitas de lluvia se mostraban orgullosas entre el césped, las hojas y el follaje de las plantas y los árboles. Parecían danzar al compás de la suave brisa. El olor a tierra húmeda flotaba en el aire. Cualquiera diría “tras la tormenta llega la calma”, pero a Tom le parecía un insulto, porque a pesar de que todo brillaba y resplandecía a su alrededor, nunca un paisaje le pareció más sombrío. Tom estaba triste hasta la médula de los huesos. Una tristeza que traspasaba los límites de su humanidad tangible y visible. Ésta llegaba hasta los límites del Universo, creando constelaciones oscuras que se cernían sobre el planeta para hacer de su día algo más opresivo aún.
En la aplastante quietud, un elemento produjo el quiebre en el entorno. Algo que no debería aparecer allí. Sacó a Tom de su retrospección, y lo obligó a ponerse alerta.
Un mercedes negro.
Apareció de repente por el camino entre los abetos.. Tom sorprendido, se preguntó sobre la real seguridad que prestaba el imponente portón electrónico.
Expectante, Tom esperó a que se detuviera. Y lo hizo justo debajo de su balcón. Era tan temprano, todos dormían, supuestamente, y llegaba alguien, un desconocido, a una propiedad que aparentemente no ingresaba cualquiera. Demasiado extraño como para no alarmarse.
La puerta trasera del vehículo se abrió. Bajó un hombre vestido con un abrigo negro, llevaba puestos guantes en el mismo tono, y gafas para el sol.
—Señor Trümper, debemos hablar de negocios. Le invito a hacerme compañía.
Tom reconoció esa voz, y eso era motivo suficiente para aceptar su invitación. La voz ronca de su último sueño era la de ese hombre que lo miraba desde abajo. Entonces no dudó.
—De acuerdo. Espere un segundo que me visto más apropiadamente y salgo.
Llevar trenzas tan apegadas a su cuero cabelludo era una ventaja a la hora de arreglarse, pues no necesitaba hacerles nada a la hora de levantarse. Una barba incipiente le hacía una leve sombra en el rostro, pero ahora no tenía tiempo para aquello. Vistió sus ropas acostumbradas, sus pantalones anchos con camisetas holgadas. La pinta de un rapero que él no era, pero así le gustaba, así se vestía. Puso un pañuelo blanco sobre su cabeza y bajó.
La puerta abierta del mercedes le invitaba a subir.
—¿Cómo entró a la mansión?, ¿cómo pudo abrir el portón?
—¡Vaya! Estás tomando muy en serio tu rol de nuevo propietario. Todo un prodigio a tus 22 años.
—Veinte —le replicó el chico. El hombre hizo un gesto de desdén quitándole importancia al dato. —usted me dijo que quería hablar de negocios —agregó el de trenzas.
—Pero no aquí —dándole una orden con la mano a su chofer de avanzar. Recorrieron el camino por los abetos hacia la salida. Cuando al cabo de unos minutos, llegaron al portón, con estupor Tom observó cómo el hombre extendía su mano, y el mecanismo del engañosamente seguro portón se activó, abriéndolo sin problemas.
—¡Eres un mago! —exclamó atónito el de trenzas. Lo observó cuidadosamente, mientras el hombre sonreía satisfecho —tú estuviste hablando con Bill, el día que desapareció. ¡Tú eres el Gran Maestre!
—¡Buen observador!
Y luego con el semblante más duro, Tom agregó señalándolo —¡y tú eras el que estaba con Bill en el lugar de su cautiverio! —el hombre frunció el seño, y su boca se abrió por la sorpresa —y le dijiste algo sobre un secreto que yo no debo saber.
—¿Bill te lo dijo?
—No. Lo soñé —el hombre observó detenidamente al joven.
—¿Siempre tienes ese tipo de sueños
—Desde que llegué aquí, lo hago casi todas las noches. Y no son sueños, son visiones.
—No debería sorprenderme.
—¿Por qué secuestraste a Bill?, ¿por qué lo has hecho sufrir? —el hombre no respondió —¿Qué clase persona eres tú?
—Dije que habláramos de negocios. Y eso es lo que haremos. —el hombre giró levemente su cuerpo hacia Tom. Quería mirarlo de frente —¿tienes idea de cuántos millones de Euros vale el tesoro que encontraste en el sótano de la mansión? —Tom negó con su cabeza —los suficientes como para que tú y tus descendientes, por tres generaciones, vivan sin trabajar un solo día, durante toda su vida.
—¡Así que todo se resume a dinero! ¡Qué poco vales tú! —el hombre seguía impávido —¿Cómo sabes algo que el curador de Bienes Nacionales aún no sabe? Demorará varios días en tener los resultados del valor monetario actual del tesoro.
—Lo sé… Lo sabemos por otros documentos guardados por dos asistentes de los Kaulitz.
—Los enemigos en las sombras ¿Por qué no eres honesto por una vez y me dices aquello que Bill no quiere confesar?
—Aunque me consideres un hombre torcido, ruin y corrupto, soy ante todo un hombre de negocios. Y cumpliré con mi parte del trato. El cumplió con la suya, y el mundo está en orden y en paz.
—¡Qué cómoda y mezquina es tu posición! Y a mí que me parta un rayo. ¡Hagamos leña del estúpido Tom Trümper!
—Te puedo asegurar que es lo mejor que te podría pasar. No abras la caja de pandora. Si lo haces, después aunque llores y clames para que alguien la cierre, nadie podrá ayudarte —el hombre acercó su rostro al de Tom —quédate así, en la ignorancia. Por lo menos, no te matará. Te pido la fortuna, me la cedes con todos los documentos en regla, y te juro que no volverás a saber de mí.
—De Bill tampoco. Y me quedaré sin nada, y no estoy hablando del tesoro, sin el cual he podido vivir, sin problemas, por veinte años, y podré hacerlo por otros veinte más. No me hace falta. Si lo quiero conservar es porque Bill y Tom Kaulitz dieron su vida por Liz Garten. Por lo que representaba para ellos.
El hombre movió su cabeza —eres un sentimental.
—No es tu problema… Mi respuesta es no. Puedes asesinarme ahora mismo si quieres. Ya no me importa, pero no cederé.
—Se suponía que estar sin Bill te haría más débil y susceptible.
—Y esa inteligente conclusión ¿de quién es? —el hombre hizo una mueca de molestia —si Bill lo pensó, es porque en realidad no me conoce nada, y eso me entristece más todavía. Sin embargo, aunque Bill Koening no me ame como yo creí que lo hacía, sí sé con absoluta seguridad que Bill Kaulitz me amó más que a su vida, y eso es suficiente para cumplir con mi promesa.
—Niño tonto. Deja de engañarte con tus ideas locas. Han sido sólo estúpidos cuentos que Bill te contó para seducirte.
—Bill Koening no me ha dicho nada al respecto. Lo que sé, es por mis propios medios. —el vehículo se detuvo —por lo visto no me vas a asesinar. Seguramente no te conviene. Y tomaré ventaja de ello.
—¿Acaso crees que ensuciaría mi auto con tu sangre? No soy estúpido —y el hombre le guiñó el ojo, sonriendo con sorna. Tom sintió miedo, pero disimuló.
Bajó del vehículo. Lo vio marcharse por la autopista. Tom se quedó en la berma, en un lugar que no conocía. Era hora de hacer uso de su pulgar. Alguien se apiadaría y lo llevaría de vuelta a “su hogar”.
Luego de unos eternos quince minutos, un pequeño auto deportivo japonés se detenía para llevarlo, corrió los metros que lo separaban del vehículo, se acercó a la ventanilla y unos ojos verdes, gatunos, risueños le miraron desde adentro.
—¡Señor Trümper! ¡¿qué hace aquí, en medio de la carretera, tan temprano?! —el kinesiólogo no podía dejar de sonreír medio sarcástico.
—¡Estoy cagado! —se lamentó Tom para sus adentros.
—¿Acaso crees que ensuciaría mi auto con tu sangre? No soy estúpido —y el hombre le guiñó el ojo, sonriendo con sorna. Tom sintió miedo, pero disimuló.
Bajó del vehículo. Lo vio marcharse por la autopista. Tom se quedó en la berma, en un lugar que no conocía. Era hora de hacer uso de su pulgar. Alguien se apiadaría y lo llevaría de vuelta a “su hogar”.
Luego de unos eternos quince minutos, un pequeño auto deportivo japonés se detenía para llevarlo, corrió los metros que lo separaban del vehículo, se acercó a la ventanilla y unos ojos verdes, gatunos, risueños le miraron desde adentro.
—¡Señor Trümper! ¡¿qué hace aquí, en medio de la carretera, tan temprano?! —el kinesiólogo no podía dejar de sonreír medio sarcástico.
—¡Estoy cagado! —se lamentó Tom para sus adentros.
CAPÍTULO 23
¿Sería que había pisado caca de perro? Dicen que eso trae mala suerte, pero otros han dicho que por el contrario, da mucha suerte. Si daba buena suerte, entonces era imposible, porque en el amor su suerte era menos cero. ¿Sería que fue meado por un gato?, eso también caía en la categoría de fatalidades y de que la persona meada sufriera calamidad tras calamidad, tal cual le ocurría a él. Seguramente fue lo último, aunque no había visto gato alguno rondando por ninguna parte, nada más, aparte de los ojos gatunos del kinesiólogo, que mientras conducía no dejaban de mirarle, ni cesaba de hablarle, como si de un paseo se tratase. Por otro lado, Tom no recordaba haber pisado pupu de perro en la última semana, su calzado se lo habría comunicado con el agradable aroma que hubiese despedido. Como fuera, por la razón que fuera, ahí estaba, en el asiento del copiloto, escuchando, pero no oyendo nada. Lo único que sentía era rabia, de sólo recordar a Bill dejándolo en ridículo ante Steff, de cómo el chico lindo sonreía burlón ante la terrible declaración del pelinegro. Recordaba los minutos que el kinesiólogo estuvo a solas con su amado, mientras él era enviado al exilio en el hall, fuera de la habitación que ocupaban ambos hasta ese momento. Desde que esos hermosos ojos verdes habían aparecido todo había andado peor que nunca. Su lindo amor le había dicho que todo terminaba, que nada había sido real. Y ahora sólo era capaz de sentir celos, sí, muchos celos. Rabia, rabia, rabia, maldito niño lindo —pensaba al mirar al castañito de ojos verdes.
De pronto, se abalanzó sobre él, sus manos se cerraron sobre el cuello de Steffan, enterrando sus dedos y uñas en la piel y músculos, mientras sus ojos verdes y hermosos se desorbitaban por el esfuerzo inútil de obtener aire, Tom seguía estrangulándole. Toda la rabia contenida hacia alguien que resultaba el indicado para desquitarse, el vehículo comenzó a zigzaguear, y sin remedio alguno, se precipitaba a toda velocidad hacia un muro de contención… —muere, muere, maldito —pensaba, mientras le arrancaba la vida y la suya seguramente estaba a punto de acabar en aquel muro.
—¿No lo cree así señor Trümper? —Tom pestañeó varias veces seguidas, miró hacia el frente y ahí estaba la autopista, por un momento no entendió nada, luego con cierto pesar, se dio cuenta que todo había sido fruto de su imaginación, Steffan seguía conduciendo sin problemas, aunque sus deseos de apretarle el cuello siguieran intactos.
—Ajam —dijo a modo de respuesta, porque no tenía ni la más mínima idea de lo que ese joven estaba hablando.
Luego de eso, el castañito sólo callaba para tomar aire y seguir hablando. Tom sólo pensaba que seguramente estaba pagando algunos pecados, porque de otro modo no entendía tanto castigo.
—¿Seguro que no desea que lo vaya a dejar adentro? En vehículo no parece mucho, pero a pie es otra cosa.
—No Steffan, estaré bien, me hará mejor aún caminar. Déjame aquí. Gracias por traerme.
—De acuerdo —dijo el joven algo desilusionado. Tom se plantó frente al portón y llamó por el citófono Un sorprendido Markus le abrió el portón desde la mansión. Una vez abierto, pasó hacia la propiedad, caminando cansinamente. Luego de unos pasos, recordó que no había escuchado el motor del vehículo alejarse. Se giró levemente, y se sorprendió de ver el deportivo todavía estacionado donde mismo, de ver la figura de Steffan pendiente de él. Tom frunció el seño, y sin poder evitarlo le hizo un suave gesto de despedida. Y sólo ahí el joven se marchó. —qué raro —se dijo.
En la mansión, todos estaban en la cocina desayunando. Sintió la mirada ansiosa de Bill, pero pasó de sus ojos. Aunque se le fuera la vida en ello, no le iba a mirar. Ya era suficiente humillación tenerle cerca como si nada. Pero no pudo quedarse al margen del interrogatorio de sus amigos.
—¿De dónde vienes?
—No sabría decirlo, Georg.
—¿Cómo que no? No te hagas el interesante.
Tom sonrió por fin —yo soy interesante sin tener que esforzarme.
—¡Ya dinos! —exigió el rubio.
—Más tarde, ahora tengo hambre.
—Por la pantalla del monitor, pude ver el vehículo deportivo que te trajo, ¿de quién era? —se unió al interrogatorio Markus.
El de trenzas suspiró con una tenue sonrisa —nadie importante —dijo, y no mentía, según su punto de vista.
Bill, escuchaba cada palabra, y en silencio se desesperaba por saber, hubiera querido colmarlo de preguntas, pero debía asumir su papel de indiferente y distante ex amante. Pero la verdad era que en su pecho, una daga se había clavado desde que al levantarse se había dado cuenta que Tom no estaba en la mansión. Un miedo visceral de no verlo nunca más se había alojado en sus entrañas, el momentáneo alivio de verlo allí otra vez, no evitaba que ahora el ácido ardiente de los celos le carcomiera la poca paciencia que le quedaba. ¿Quién le trajo?, ¿y por qué no decía nada? Seguramente Tom no quería que lo escuchara, y recordar que fue él quién lo apartó, no ayudaba a sentirse mejor. Sintió su garganta escocer, igual que sus ojos. Era el llanto que exigía ser liberado. Más ahora que se daba cuenta que ni siquiera podría conformarse con su amistad. Había sido un tonto al pensar que Tom, luego del horrendo desprecio, podría comportarse con él como si ser amigos resultara de lo más natural. La verdad era que ninguno de los dos sabrían ser amigos. En resumen, Bill se debía conformar con verlo y escuchar su voz, nada más. ¿Pero por cuánto tiempo?, ¿cuántas horas o días quedaban para que Tom se alejara de todo aquello y ya no pudiera verlo nunca más?. Aprovechando la coyuntura de que no estaba en buenas condiciones físicas, se disculpó y se retiró a su habitación. En realidad, Bill ya no aguantaba las ganas de llorar. Una vez allá, y después de llorar un rato, se dio cuenta que lo único que quería era estar cerca de su amado, tanto como le fuera posible.
Salió de su habitación, y por impulso, sus ojos observaron la puerta de la recámara de Tom. Estaba entreabierta. Se acercó sigiloso, nervioso y temeroso de ser descubierto. No se veía a nadie en los alrededores de la cama, y el sonido típico de la ducha, le explicó el por qué Tom no estaba visible. Guiado por el deseo incontenible de ver a su amor, Bill entró, y sin dudarlo, se acercó a la puerta del baño, también entreabierta. El vapor del agua caliente, nublaba algo la visión , pero no lo suficiente como para poder evitarle contemplar el hermoso cuerpo desnudo a través de las puertas semi transparentes de la ducha. Tan cerca y tan lejos. Parecían siglos de la última vez que hicieron el amor. Qué doloroso era pensar que en ningún instante estuvo consciente de que aquella vez fue la última. Si hubiera sabido, ¿habría actuado distinto?, ¿qué habría hecho? No sabía. Ingenuamente pensó que la verdad nunca lo alcanzaría, y que podría amar a Tom, a salvo del chantaje del mundo, a salvo del dolor gracias a su identidad y origen escondidos. Pero sólo había sido un juego de niños creer que aquello fuera posible.
Ahora era un alma en pena, un lobo hambriento mirando su presa, pero sin poder tocarla, y su cuerpo hervía en fiebre de sólo ver la piel y el contorno de la figura varonil y hermosa de su Tomi. Su sexo tembló de deseo, y la sangre lujuriosa llenaba los cuerpos cavernosos de su pene que se iba poniendo más erecto cada vez, de sólo recordar lo maravilloso que se sentía al tacto la piel de su amor, de la calidez de sus entrañas, de cómo en medios de los estertores del clímax, sus paredes se estrechaban haciéndole delirar de placer, de su boca húmeda y tibia que dejaba surcos de saliva por su piel, de su pene grande y duro entrando en su cuerpo y llevándole al éxtasis —Tomi —dijo trémulo, al borde del desvanecimiento. Era peor que el infierno estar así, era peor que morir. — Tomi — dijo de nuevo en un lastimero susurro, dejando una vez más que las lágrimas bajaran de sus ojos. Derrotado salió de habitación de Tom, y volvió a entrar a la suya. No tenía ganas de nada, ni de respirar. Aseguró su puerta. No quería ver a nadie más. Si no podía ver a Tom, si no podía estar con él, no quería nada más.
Tom, luego de la ducha, se tendió en la cama sólo con unos boxers puestos. Estaba cansado. Se sentía aturdido. Aún no podía asimilar todo lo que aquel hombre le había dicho. De algo estaba seguro, y era de que no entregaría Liz Garten, de que amaba a Bill, de que en el fondo de su ser algo le decía que aquella extraña ruptura había sido un horrible sacrificio de su pelinegro, ¿equivocado? Tal vez. Si algo podría reprocharle luego, era de que su mago no había confiado en su amor, lo mismo que le había reprochado a Tom un par de veces. Lo haría sufrir. Claro que lo haría. Así aprendería a confiar más en él. Pero no descansaría hasta saber exactamente lo que sucedía, aquello que ese hombre estaba usando como arma para separarlos, porque juntos eran invencibles. Ni la muerte pudo derrotarlos. Una vez que lo supiese todo, ese hombre se quedaría sin recursos para atormentarlos nunca más. Con las decisiones ya tomadas en su corazón, se quedó dormido.
De repente Tom se vio detrás de una columna, era bueno soñar otra vez. Estaba oportunamente escondido, no conocía el lugar, pero era bastante parecido al templo bajo el mausoleo, sólo que algo más moderno. Alcanzó a distinguir al hombre alto, al Gran Maestre, frente a él estaba Dark con semblante serio.
—Ese mocoso se niega a entregarme Liz Garten. Debí decirle que se llevara el tesoro, no lo necesito. Yo quiero esa mansión y lo que ella esconde. Tal vez habría cedido si le hubiera pedido sólo la mansión, pero habría sospechado, prefiero que crea que sólo me interesa el dinero, la riqueza.
—¿Y qué piensa hacer?
—Bueno, tu ex noviecito se ha apartado del mocoso, así que es todo tuyo otra vez.
Dark hizo una mueca de desagrado —oiga, usted es una persona muy ima…
—Por ahora, me interesa bajar hasta el sótano, pero hay demasiada gente allí. Necesito la ayuda de alguien…
—Gran Maestre, si no lo conociera, si no fuera usted mi tío, creería que está loco. Aunque no me importe para nada todo este asunto que tanto le obsesiona. A mí lo único que me importa es que Bill no salga lastimado. Hoy al llegar de Berlín, pasé a su cabaña y no estaba allá, obviamente está en la mansión. No intente acercarse a la mansión o habrá guerra.
—Necesito bajar al sótano —repitió el Gran Maestre, absorto, sin escuchar nada de lo que Dark había dicho. —el último recurso que me queda es decirle a ese niño la verdad.
Tom se despertó asombrado —¿qué queda en el sótano? No puede ser que aún no hayamos encontrado lo que verdaderamente Bill Kaulitz llamaba LIEBE —pensó.
Se vistió, y salió apresuradamente de la habitación. Por la escalera iba Bill, bajando con cierto cuidado de no lastimarse más su costilla, y Tom lo pasó como si no hubiera nadie. De todos modos le urgía algo más. Llegó a la cocina, acelerado, ansioso.
—Necesito un voluntario para que me acompañe al sótano.
—Yo no —dijo el castaño mientras pelaba unas verduras para el almuerzo —lo siento amigo, pero ya he pasado bastante susto. ¿Y por qué quieres bajar ahora?
—No lo sé aún, pero tiene que ver con un sueño.
—Yo puedo acompañarte si lo deseas.
—Gracias señor Frank —en ese instante llegó Bill a la cocina. Tom sintió su presencia cerca de su cuerpo. ¿Cuánto le extrañaba? Hubiera renunciado a su orgullo, y no le habría importado la humillación con tal de besarlo otra vez, pero no. Se había prometido hacer las cosas de manera distinta, además la ansiedad de saber lo que realmente ocultaba esa mansión, le ayudaba a concentrarse y a no sucumbir a su deseo. El pelinegro casi alarga sus brazos para abrazarle y decirle cuánto le extrañaba, pero la vida no era tan fácil.
—Pues, veamos. Las linternas están aquí —dijo Markus, señalando un pequeño cajón debajo de la mesa —Gustav y Anton podrían aguardar en la biblioteca.
A Tom se le encogió el corazón al ver los ojitos llenos de preguntas de su hermoso pelinegro, seguramente no entendía nada y si a eso se le agregaba la sistemática indiferencia de Tom, que le mantenía ajeno a todo, cuando en realidad, ansiaba estar al mando otra vez, pues el resultado era un joven mago al borde de un ataque de nervios. Pero más aún le hacía sufrir el hecho de que no podía apoyar y proteger a Tom.
—Sí claro —respondió el de gafas.
Andreas había estado concentrado en desgranar algunas arvejas, y no intentó excusarse por su falta de interés en ayudar en esta misión—yo iré a dar una vuelta por los jardines. Me llaman si es que me necesitan. —acto seguido dejó la cocina y salió.
Tom llegó a la biblioteca junto a los otros. Markus le pasó una linterna al de trenzas y se internaron en la escalera que bajaba al túnel.
—Este será un buen paseo para las visitas, pondremos aquí algunos objetos para la exposición, y si agregamos el templo que está bajo el mausoleo pues este lugar tendrá cientos o miles de visitas más.
—Señor Frank, en verdad no creo que sea eso lo que quisiera Bill Kaulitz, yo deseo que este siga siendo un hogar y no sólo un museo, y sobre lo del templo, creo que lo mejor será hacer una entrada independiente a ese lugar sin tener que molestar a los difuntos que descansan en el mausoleo.
—De acuerdo, eso hay que conversarlo y planificarlo muy bien. Pero tú tienes la última palabra, tú eres el dueño ahora.
—Por ahora, estoy igual que la primera vez que bajé a este lugar.
—¿Cómo?
—Perdido, sin saber qué debo buscar exactamente.
—Tómalo con calma, y sólo observemos —estaban en el primer sótano, ese donde encontraron los primeros baúles. Las paredes estaban desnudas. Markus encendió las luces alimentadas por un generador. No había nada fuera de lugar, palparon las paredes, buscando algún mecanismo secreto, pero no encontraron nada.
La puerta en el piso les invitaba a explorar el resto de los túneles. Bajaron no sin cierta dificultad.
—Vaya, que fue difícil subir los baúles y la carga preciosa que contenían —comentó el administrador. Llegaron al siguiente túnel, pero esta vez había una especie de puente sobre el foso, así que lo cruzaron sin mayores problemas. En breves segundos alcanzaron el último sótano. El que ahora estuviera iluminado, permitía que la perspectiva de la habitación luciera más grande de lo que le pareció a Tom la primera vez. Pero al final era lo mismo que el sótano de más arriba, paredes desnudas, nada que ver, nada que encontrar. Los dos hombres en silencio miraban cada rincón, pero no había nada que les llamara la atención. Sin embargo, cuando Tom iba arendirse y dar por finalizada la inspección, algo llamó su atención. Era una pequeña esferita brillante en una de las esquinas que daba a la pared del fondo, al acercarse comprobó que no era una de las joyas o piedras preciosas que se había caído. Sino que era un pequeño botón metálico. Estaba lo suficientemente apegado a la pared como para no toparlo antes y no ser visto, a menos que el sótano estuviera desnudo, como ahora. Con su pie presionó el botón, conteniendo el aire. Markus que se había quedado mirando el accionar del joven, se quedó quieto, expectante.
Con un fuerte ruido la muralla completa comenzó a subir, hasta esconderse totalmente en el cielo del sótano. Tom creía que su corazón saldría a galope tendido. Miró a Markus lleno de emoción. El administrador estaba con la boca abierta, incapaz de articular palabra —Santo Dios, esta mansión no deja de sorprenderme —dijo luego casi sin aire. Frente a ellos, se extendía otro túnel, pero tan ancho como el sótano mismo. Las paredes eran de concreto, y lucía tan antiguo como el resto del subterráneo.
—No entiendo, señor Frank, la obsesión de los antiguos por los túneles.
—Apropiados para las épocas de guerras.
—Si decidimos cruzar, podría ser que la pared bajara nuevamente, y nos quedásemos atrapados, y nadie nunca sabría qué fue de nosotros.
—Una idea bien poco atractiva.
Tom se asomó con precaución, y pudo ver que del otro lado en la pared había un botón similar al que había accionado. —Hay cómo salir luego, mire allí.
—Okay, entonces, atrevámonos.
La oscuridad del túnel no parecía tan amenazante bajo las linternas de los hombres, más las luces del sótano cuyos haces llegaban varios metros más adentro. Daban suficiente claridad como para no sentirse amenazados por el poco amigable entorno.
Como casi todos los túneles que habían visto, éste también doblaba en un punto a varios metros desde su entrada. Pero al doblar, el siguiente túnel estaba en la más profunda oscuridad. Las linternas eran sólo capaces de alumbrar unos pocos metros, más allá existía la negrura más abismante. En silencio, recorrieron cada metro, un poco por seguridad, un poco por miedo. Sin entender del todo, algo confundidos. Los metro pasaban, los minutos pasaban y nada sucedía, sólo murallas, murallas, concreto y más concreto, oscuridad sobre oscuridad.
—Señor Frank, creo que me estoy empezando a desesperar, cada vez me falta más el aire.
—A ver Tom, tranquilízate. Respira, cuenta hasta cuatro y sueltas el aire lentamente —Tom obedeció —otra vez… Otra vez —hasta que Tom normalizó su respiración —no aceleres tu respiración, y haz que el aire llene tus pulmones. Ya sé que esto es estar al límite. Tampoco sé qué nos espera, pero debemos tener calma.
Tom asintió —sigamos, ya estoy mejor ¿cuánto llevamos caminando?
—Como media hora, y aún no se ve el final del túnel.
—¿No será que estamos muertos y cuando lleguemos al final del túnel sea el Paraíso Celestial?
En la cocina, Bill se había quedado sentado, jugando con unas migas de pan. El castaño, curioso como era él se venía haciendo miles de preguntas que sin resultados positivos le había hecho a su novio con gafas. Ahora era su oportunidad.
—Soy amigo de Tom, y por eso mismo tú me vas a responder algunas preguntas —dijo sin preámbulos. Bill sintiéndose sorprendido, bajó su cabeza, dejando de manifiesto que no estaba bien.
Suspiró, y resignado, dio su consentimiento —okay, dispara.
—Lo obvio, ¿qué pasó entre tú y Tom? Él no nos ha dicho nada, pero ni falta le hace, anda con una cara de funeral, que sólo se la gana la tuya.
Sonrió ante las palabras del castaño —terminamos. No, más bien, yo terminé con él.
—¿Por qué?
—No lo entenderías.
—Pruébame, no soy tan tonto como parezco.
—Georg, no es eso. No lo tomes a mal. Digamos que alejarme de él es lo mejor que podría pasarle a Tom.
—¿Y quién decidió eso?, ¿tú o él? —Bill se mordió los labios, estaba entre la espada y la pared.
—Yo —dijo en un hilo de voz casi inaudible.
—Disculpa, parece que no oí bien. ¿Dijiste yo? —Bill carraspeó y asintió levemente, sin mirar al castaño. —¿Desde cuándo tú tomas decisiones por él? Sobre todo teniendo en cuenta que estamos hablando de sentimientos, y no de cuántas cucharadas de azúcar le pone al café.
—Te dije que no entenderías.
—Pues no, debo confesar que me dejas perplejo. A menos que —hizo una pausa, Bill lo miró de reojo sintiéndose expuesto —a menos que tú sepas algo que haría sufrir a Tom, más de lo que la ruptura de ustedes dos lo haría. ¿Es eso? —Bill asintió otra vez —¿a qué le temes más?, ¿al sufrimiento de Tom, o a su rechazo luego de saber lo que tú ocultas?
Dos quietas lágrimas rodaron por las mejillas del pelinegro, que lentas se unían a otras que les seguían. —ambas —dijo con la voz temblorosa —pero preferí decirle que no lo amo.
—¡Pero tú lo amas! Mira nada más cómo estás. ¿Qué puede ser peor que sufrir por amor? Eso que sabes y que te empeñas en ocultar no puede ser peor que eso.
—La verdad, es que nunca fui franco y honesto con Tom. Pensé que no habría peligro de que lo supiera nunca, creí que podría burlar el destino.
—Pero por lo visto no puede ser algo tan malo, porque tu has estado con él sabiéndolo, lo que sea de qué estemos hablando.
—Yo lo he sabido desde siempre, lo he asumido a lo largo de mis casi veinte años. Pero él no. Y no quiero poner su mundo de cabeza, no quiero que se sienta un enfermo, una especie de leproso. No quiero. Fue hermoso mientras duró. Y he pensado que será mejor que apenas recupere mi movilidad, me marche para siempre. Será más fácil si no lo veo más.
—¿No será muy egoísta de tu parte todo esto? Creo que lo que fuere que escondes, debes decírselo. Él se lo merece. Piénsalo, él te ama. —Bill volvió a asentir, pero lo hizo sólo para tranquilizar a Georg.
En el túnel, los minutos ya habían transcurrido presurosos. Casi una hora de caminata en medio de la oscuridad, estaba a punto de enloquecerlos. Cuando creían que aquello los sepultaría, en las sombras y sin oxígeno. El túnel acabó en una escalinata ancha.
—Veamos a qué lugar conduce esto —dijo Markus, casi sin aliento
—Ojalá que a un lugar donde haya aire fresco. —subieron los escalones, hasta llegar a un descanso que daba a una inmensa puerta de hierro. Ésta tenía un sistema de cierre como el que usan las compuertas de los submarinos y los barcos. Tom se acercó y ayudado por Markus comenzaron a girar la rueda hasta que el seguro cedió y gatillaron el cerrojo y la compuerta se abrió.
La luz cegadora hizo que instintivamente taparan sus ojos con los brazos y las manos. Al mismo tiempo que sus pulmones se llenaban de aire fresco, siendo lo más placentero que había sentido en su vida… Después del sexo. De a poco descubrieron sus ojos, y ante ellos apareció la imagen más bizarra y hermosa que nadie podría imaginar.
Un jardín, un hermoso jardín ¿Liz Garten? Los hermosos y altos árboles, añosos, majestuosos, la cantidad infinita de flores, en un jardín que no era extremadamente grande, tal vez del tamaño de un parque promedio. El sol del mediodía, alumbraba en todo su esplendor. Detrás de los árboles se apreciaban las escarpadas montañas, verdaderas murallas de rocas lisas y filudas, que mantenían a salvo de curiosos al pequeño paraíso.
—¿Estaremos muertos? Capaz que ésta sea la causa de la luz al final del túnel de la que todos hablan.
—Tom, cállate. —Markus fue el primero en salir. Bajaron por las escalinatas esculpidas en la misma roca. Al caminar unos pasos, giraron para ver desde cierta distancia la entrada o salida del túnel, que estaba incrustada en la roca de la montaña, sobre ella más roca hasta el cielo. Esa paredes debían tener unos 500 metros o más. Difícil calcular, como fuera, se sentían pequeños.
—Por la altura de las paredes, al parecer el sol alumbra este paisaje sólo al mediodía, la mayor parte del tiempo debe ser más bien sombrío —analizó el administrador, la cantidad de enredaderas y helechos que habían, demostraban que un microclima húmedo y de poca luz era el que predominaba en el jardín.
Al caminar algunos metros descubrieron bancas y asientos en hierro, ya muy envejecido, habían varios asientos que habían sucumbido al oxido o estaban a punto de hacerlo.
Pero más allá había algo que Tom no supo calificar ni clasificar, era una especie de disco, hecho en un metal extraño que se asemejaba al aluminio, pero sin mucho brillo, colocado horizontalmente, como una especie de mesa redonda, como un gran lente, que se parecía mucho a los utilizados por los centros astronómicos. Estaba sujeto por cuatro patas enterradas en el suelo, y estaba a un metro del suelo. Tendría un diámetro de cuatro metros más o menos. Pequeño no era.
Tom acercó lentamente su mano y rozó su superficie plateada, y en ese instante un zumbido penetrante envolvió el aire, con un sonido muy parecido al que producen los cuencos tibetanos.
—¡Markus venga! —el hombre corrió hasta donde estaba Tom tras los árboles, extrañado del sonido que escuchó —¡¿Qué es esto?!
El de gafas asomó su rostro desencajado por la puerta que daba al pasillo.
—Hace una hora que bajaron, y no sabemos nada de ellos. Entramos hasta el primer sótano, los hemos llamado, hemos gritado sus nombres, pero nada.
—¿Qué les habrá pasado? —dijo alarmado el castaño.
—No sé, pero Anton y yo queremos ir más allá hasta el siguiente sótano.
—¿Y si se cayeron al foso? —tembló Georg.
—Llama a Andreas, debe andar cerca de la mansión. —dijo Bill, el de gafas asintió y salió a los jardines vociferando el nombre del rubio. Georg y Bill partieron hacia la biblioteca.
Anton tenía en sus manos un par de linternas y otra puesta a modo de cintillo sobre su frente, parecida a las que usan los mineros. Detrás de Bill y de Georg aparecieron Gustav y Andreas.
—Okay, estamos todos. Gustav y yo vamos a bajar. Gustav se conoce bien todo el camino, y necesito que ustedes permanezcan aquí por si necesitamos apoyo.
—Yo quiero ir con ustedes —dijo el pelinegro suplicante.
—Estás loco Bill, aún estás recuperándote, no fue poco lo que te pasó a ti. Es mejor que ustedes se queden —replicó Anton y todos asintieron resignados, y los dos hombres bajaron.
Se quedaron en silencio, a ellos les restaba esperar. No se atrevían a decir nada, no tenían ganas de nada. Bill sentado, cruzado de manos, fingiendo tranquilidad, pensando en dónde estaría Tom. Sintiéndose inútil, y lejos, tan lejos de él.
Diez minutos.
Quince minutos.
Treinta minutos.
Cuarenta y cinco minutos.
La espera era agobiante, y Bill no se cansaba de mirar su reloj que parecía burlarse de él. Las conversaciones entre el rubio y el castaño giraban en torno a lo mismo, y en los cientos de conjeturas que la imaginación les permitía.
—Yo lo veo por el lado positivo —señaló el castaño —si hubieran muerto o estuvieran malheridos, ya lo sabríamos hace un buen rato. Para mí que algo los tiene muy entretenidos allá abajo y muero por saber qué es.
—Tienes razón —afirmó el pelinegro.
—Yo siempre tengo razón, incluyendo lo que conversamos en la cocina —Bill guardó silencio, no tenía argumento contra eso. Un leve roce en la madera de la puerta de entrada los distrajo, y los tres jóvenes miraron alertados hacia allá.
Lentamente la figura curvilínea de Alexa asomó en el umbral, su cabello caía frondoso por sus hombros. Su rostro lucía libre de maquillaje, y eso la hacía lucir más joven que en ocasiones anteriores. Vestía unos vaqueros ajustados, botas y una chaqueta vaquera con aplicaciones de cuero. Sonrió levemente y saludó en general —hola —los tres que la miraban respondieron, sin reaccionar más que eso. Entonces Georg tomó por los hombros a Andreas, y lo empujó, obligándole a pararse. El rubio, tímido, y sintiéndose estúpido, se levantó, y caminó hacia la puerta, mientras ella salía, regresando al hall.
—¡Que tenga que ser celestina de todo el mundo! —se lamentó el castaño —¿que acaso nadie valora el amor? Es tan difícil encontrarlo, el amor nunca está a la vuelta de la esquina. Yo a ti no te dejaré en paz hasta que aclares todo con mi amigo y una vez…
—Esa no es la mejor solución —interrumpió el mago.
—Y una vez que él escuche todo, y tenga toda la información, dejarás que él decida si quiere o no seguir contigo —Bill bufó.
—Eres muy terco ¿sabías?
—Si no lo fuera jamás habría conquistado a Gustav, aunque recibí harta ayuda de una fantasmita, que me pregunto qué se habrá hecho.
—Ya consiguió lo que quería, ya se fue. —Georg suspiró, mientras el pelinegro jugaba con uno de los anillos de su dedo anular.
En el hall, la muchacha se apoyaba en la baranda de la escalera, mientras Andreas permanecía sentado en el segundo escalón cerca de ella.
—Así que aproveché de hacer varias cosas que tenía pendiente. Mi tía se estaba preguntando por mí, y yo había estado alejada por mil y un motivos diferentes. Simples excusas según ella —hizo una pausa y continuó algo nerviosa —¿y cómo has estado? —Andreas se puso de pie y la miró. Los ojos verdes de la chica se veían incluso más bellos sin maquillaje. Ella bajó la mirada con un leve sonrojo en sus mejillas.
—No muy bien… Te fuiste, y no me diste tiempo para remediar la estupidez que dije.
Ella frunció el ceño y lo miró extrañada —¿estupidez?
—De verdad siento por ti mucho más de lo que manifesté y de lo que sé decir, nunca lo había experimentado, y este sentimiento me sorprendió como si fuera una emboscada, y me paralicé. Te dije que me gustabas, y no es eso exactamente. Lo sé más ahora que cuando te lo dije, porque desde que te fuiste no he dejado de extrañarte, me he recorrido ese jardín miles de veces esperando verte aparecer. Con espanto me di cuenta que no sé mucho de ti, porque he bebido de tu belleza, creyendo que siempre estarías cerca, como si el tiempo y la distancia fuera cosa de otra gente, y que si te ibas, mi mundo seguiría igual. Pero no fue así —delicadamente tomó su mejilla y la besó con ansiedad —estoy enamorado de ti. No te vayas. Quédate conmigo.
Ella sonrió feliz, con los ojos cristalizados. Se sujetó de su cuello y lo besó con pasión.
De la biblioteca las voces de los hombres llamaron su atención.
—Cuenten, por favor. ¿qué les pasó? —preguntó al borde de un ataque el castaño.
—Creo que por fin encontramos lo que los Kaulitz llamaban el LIEBE —respondió el de trenzas. A su lado estaba Bill, que lo miraba expectante, aliviado. Estaba feliz de ver a Tom sano y salvo.
—¿Pero es que acaso no era el tremendo tesoro que hallaste allá abajo?
—No Georg —respondió Markus —es algo mejor.
—Encontramos un jardín secreto, a una hora de distancia caminado, fuimos por un túnel que estaba pasado el muro del último sótano. Creímos que moriríamos en ese túnel.
—Pero lo más espectacular —continuó Markus —es lo que había en el jardín, una especie de disco o platillo, que al tocarlo sonaba.
—Te hacía vibrar las entrañas, era asombroso. Y cuando el sonido aumentaba, comenzaba a brillar de un color índigo, hermoso. —agregó el de trenzas.
—Entonces Tom quería saber qué ocurriría si con una pequeña piedra provocaba sonidos más agudos al centro del disco…
—Y lancé la piedra… —y los dos hombres se quedaron en silencio abruptamente, todos los de la habitación tenían los ojos casi desorbitados, por la expectación que sus palabras causaban.
—¡¿Qué?! —gritaron todos, al borde del colapso.
—Desapareció, la piedra despareció —señaló escueto el de trenzas.
—De hecho ni siquiera llegó a tocar el disco. Creímos que era producto de nuestra imaginación, así que yo lo intenté de nuevo con una piedra de mayor tamaño, al querer lanzarla al centro, topé por casualidad el disco y volvió a sonar y a ponerse de ese tono azulado. Lancé la piedra, y lo mismo que la anterior desapareció sin llegar a tocar la superficie del disco.
—Entonces decidimos venirnos y contarles.
—Pero yo me conozco el bosque en toda su extensión, y casi todas las montañas ¿cómo es posible que existiera algo así sin que lo viera jamás? —preguntó el pelinegro. Tom lo miró a los ojos, por primera vez en muchas horas.
—No creo que lo vieras. Está escondido en medio de las montañas. De hecho el jardín está rodeado por estas paredes de roca filosa, carente de vegetación que calculamos de unos 500 metros de altura. Sus paredes son totalmente verticales. Ni siquiera sé si del aire pudiera verse, porque la extensión del jardín no es mucha. Tiene el tamaño de un parque de ciudad. Tal vez una cuadra de perímetro, si le añadimos la profundidad, se debe ver como un agujero oscuro, nada más, y la única forma de acceder es por el túnel del sótano.
—Todo es de una construcción colosal. En realidad estoy admirado. Creo que lo que descubrimos es lo más importante para la Humanidad, aún no sabemos en qué consiste ese disco, para qué lo usaron. Pero eso vale toda la fortuna del mundo.
—Ahora entiendo mi sueño, ahora lo entiendo —dijo pensativo el de trenzas —y ahora menos que antes dejaré que alguien más tenga a Liz Garten. Es mía y la defenderé con mi vida.
La cara de sorpresa de Bill al escuchar la sentencia de su amado, no tenía nombre. Se suponía que no resultarían así las cosas, no era así como las tenía planeadas el Gran Maestre, y sonrió feliz. Tuvo el casi incontrolable impulso de abrazarlo y besarlo, pero Tom ya iba saliendo de la biblioteca.
Sabía que iría tras él. Había salido antes de cualquier reacción del pelinegro —ahora, amor mío, soy yo quién asumo el control —pensó Tom mientras caminaba hacia las caballerizas.
Justo antes de entrar, miró de reojo hacia el costado, y tal como lo había previsto, Bill se acercaba…
El de trenzas entró a la bodega, la misma donde en un sueño vio a los dos amantes del pasado, a Marianne y a Georg.
Se sentó sobre una pila de cajas que soportaban su peso bastante bien. Escuchó los pasos lentos y algo vacilantes de Bill, que estaba cada vez más cerca.
El mago, en silencio, miraba con atención cada rincón de los cobertizos, buscando a Tom. Durante un instante dudó en seguir. Se detuvo. Las mariposas inquietas revoloteaban en su estómago, sus manos sudaban y su corazón la tía a mil —Dios, qué difícil es todo esto —se repetía, intentando convencerse de que lo mejor era regresar sobre sus pasos. Sus piernas temblaban. Su alma temblaba. Tenía miedo. Era más fácil decir “no te amo”, que escucharlo de quien se amaba. Y le tenía terror a escuchar de la hermosa boca de su amado aquellas tres palabras que destruirían sus sueños. El miedo visceral que esa idea le causaba hacía aflorar lo peor de él. Era egoísta, lo sabía. Le era más fácil infligir el sufrimiento, que recibirlo del ser amado. No obstante, siguió caminando, arrastrado por ese sentimiento que llevaba grabado en cada célula, y que le ganaba al miedo.
Se quedó de frente a la puerta entreabierta de la bodega. Dudó otra vez. Pero a pesar de eso, alargó su mano y con suavidad empujó la puerta.
Tom lo estaba esperando, eso era evidente, y lo miraba desde su posición, con determinación. El mago, sintiéndose más débil que nunca, no era capaz de sostenerle la mirada. Sentía culpa. Los remordimientos le estaban matando, siempre lo habían acosado, pero ahora con la amenaza de ser descubierto por la persona que más amaba, por la única que daría la vida, se había vuelto en el sabor amargo de cada momento, aunque estuviera dormido, pues su subconsciente lo seguía recordando. Culpa, culpa, de no decir la verdad, por no hacerlo antes, a tiempo, ahora era tan tarde ya… ¿lo era? Culpa de no ser honesto, de sacar ventaja de la situación, por seducirlo, por ser inmoral según algunos, sólo por estar con él, sólo por amarlo como lo hacía desde que tenía uso de razón, desde antes de nacer, desde antes de morir, desde antes de volver a nacer. Ahora prefería morir, o vivir en el infierno como lo estaba haciendo, para no hacerlo sufrir… A él, a Tom , a la luz de sus ojos.
—Dime la verdad —dijo directo el de trenzas.
—Ya la conoces.
—¿A eso has venido?, ¿a reafirmar tus excusas absurdas?
—No son absurdas. Te dije que…
—Sé bien lo que me dijiste, pero también sé que no es la verdad. Ahora dímelo.
—No tengo nada qué decir —la voz de los dos jóvenes era un susurro tenue. Se podría cortar el silencio en trozos, a parte de sus voces, el resto del universo estaba mudo.
—Entonces no sé a qué has venido.
—Yo… —Bill cerró su boca, en un esfuerzo supremo por no gritarlo todo, y ser libre, pero estaba seguro que luego de eso, su hermoso amor le apartaría sin remedio. Por lo menos así, como estaban ahora, podrían salvar algo —seamos amigos —y su voz sonó más a una condena que a una invitación.
—Yo no puedo ser tu amigo Bill. Porque yo estoy enamorado de ti, y eso no va a cambiar.
—Seamos amigos, luego de un tiempo, ese sentimiento se habrá muerto. Yo te puedo ayudar.
—¿Lo crees realmente?, ¿podrías ser mi amigo como si nada hubiera pasado entre nosotros? —Tom se puso de pie —no quiero tu ayuda para olvidarte. No quiero olvidarte.
—Es lo mejor.
—¿Para quién?
—Para ti, para los dos.
—Mi amor por ti sigue aquí —Tom puso la mano en su pecho —y no voy a rendirme. Tú volverás a ser mío. Es tiempo perdido cada segundo que intentas convencerme de lo contrario.
—No volveremos a estar juntos. Yo no… —Bill tragó saliva, y luego tomó una bocanada de aire —yo no te amo Tom.
—Mientes —Tom comenzó a acercarse —porque cuando lo dices tus ojos me evitan. Si nuestra historia naufraga, yo no voy a abandonar este barco. Me hundiré con él. Prefiero eso, a huir de mi propia historia —Bill retrocedió un par de pasos ante la cercanía del de trenzas, hasta chocar con la puerta que se cerró con el impulso. Se sentía vulnerable, y más enamorado que nunca —así que no me pidas que sólo seamos amigos —Tom apegó su cuerpo al del pelinegro, y su aliento acarició los labios de Bill —no podemos ser amigos, porque cada vez que me mires y que me hables, cada vez que sienta tu cuerpo cerca del mío, yo estaré pensando en tus besos, en tu piel suave, en tu sensualidad, en tu sexo ardiente y grueso haciéndome delirar —Bill respiraba agitadamente, lo quería, lo deseaba todo —puedes rechazarme mil veces, y las mil veces te comeré la boca y te haré mío —atrapó sus labios con furia, con frenesí, con la desesperación de quién se aferra a la vida estando al borde del abismo. Y sus besos y sus caricias no quedaron en el vacío, porque Bill lo besaba y lo acariciaba con la misma intensidad y arrebato.
—Tomi, Tomi —murmuraba extasiado. La ropa sobraba. Sobraba todo aquello que pusiera una barrera entre las pieles que ardían. Sin saber cómo, ni qué acto mágico produjo que en un abrir y cerrar de ojos estuvieran desnudos. Y dejaron de besarse, para contemplarse, para deleitar sus ojos con la impresionante visión del otro, con sus cuerpos sudorosos, con sus labios hinchados por los besos violentos, con sus ojos brillosos por la excitación, con sus miembros palpitantes. Restaron los pocos centímetros de distancia dejando que sus sexos duros y anhelantes se rozaran provocando toda una tormenta de energías, que recorrieron sus cuerpos, para escapar por sus gargantas con gemidos quejumbrosos y eróticos. Señal de la delicia que significaba, y del placer que cada uno estaba experimentando.
Bill se dejó hacer, quería disfrutar del tacto de su amado con los ojos cerrados, olvidando por un momento aquello que temía. Ambos estaban de pie, el pelinegro seguía pegado a la puerta. El de trenzas comenzaba a recorrer su cuerpo con su lengua tibia. Tom bajaba y subía por los músculos estilizados de su amado, marcando cada rincón de su piel. Ninguno decía nada, sólo disfrutaban de ese momento suave y cálido.
Tom se detuvo en el entrepiernas de Bill, provocándole temblores en el cuerpo y en la respiración. Suavemente llevó su mano hasta recorrer apenas con las yemas de los dedos la piel caliente del escroto. Con delicadeza según Tom, con cruel lentitud según Bill, el de trenzas movía los testículos con los dedos, acariciando con las palmas de sus manos ambos testículos, subió luego sus juguetones dedos hasta la base del pene, dibujando con ellos el contorno del miembro erecto de Bill. Éste acercó sus labios hasta la boca entreabierta de Tom, bebió de su aliento para después besarlo sin prisa, pero intensamente. Con su lengua acarició los carnosos labios que lo volvían loco, con sus dientes atrapó levemente la piel del labio inferior. Su sabor era un verdadero manjar de los dioses. Tom lo abrazó y lo obligó a avanzar sin soltarse, sin dejar de besarse, hasta unas plataformas con restos de paja. Bill se recostó de espaldas, dejando expuestas sus partes íntimas. Su racimo de pene y testículos tensos y duros por la excitación —métemela Tom. Fóllame con ganas —dijo entre jadeos, con la voz ronca.
—Deja prepararte.
—No, no. Hazlo así.
—No quiero lastimarte.
—Shh hazlo Tom, hazlo ya. —y el de trenzas puso la punta de su miembro, dudando si hacerlo así, en seco. El pelinegro al ver a su amado tan dubitativo, agarró su pene y se lo introdujo, al mismo tiempo que él desplazaba las caderas para empalarse, acercando su pelvis hasta las caderas de Tom, que permanecía de pie mientras el pelinegro mantenía las piernas a cada lado del cuerpo del otro. El miembro del trenzas entró completo, pero luego no se movió.
—¡Vamos Tom! Me vas a volver loco. Muévete… —dijo exasperado.
—Dime que me amas.
—No.
—¿No? —y comenzó a salir del esfínter de Bill.
—¡No, no! No te salgas. No me vayas a dejar así.
—Pero si tú me dejaste primero Bill.
—¡Maldito Tom! No me refería a eso.
—Sé a qué te refieres. Dímelo —y volvió a entrar lentamente, mientras Bill gemía entre el éxtasis y la desesperación —dime que me amas —y con cierta energía lo embistió una vez tocando su centro de placer. El pelinegro gimió con ganas esta vez, al mismo tiempo que se lamía los labios. Pero Tom volvió a interrumpirse, y se quedó allí, inmóvil.
—¡Tom, por favor! Muévete —y Bill movía sus caderas, en un vano intento por darse placer. Tom sujetó sus piernas, llevando los pies de Bill sobre sus hombros, sujetando sus muslos, impidiéndole moverse. El pelinegro sollozó —me vas a matar.
—Dime que me amas —el pelinegro sollozaba con los ojos cerrados, apretando sus labios —¡dilo!
—Te amo Tom, tú lo sabes —y Tom lo embistió, una vez, lento, luego dos veces, aumentando el ritmo, y luego otra y otra y otra. Las lágrimas de Bill se detuvieron, y sus lamentos fueron reemplazados por jadeos y gemidos. El pene de Bill era masajeado, apretujado, estrujado por las manos de Tom. Y los gemidos fueron reemplazados paulatinamente por gritos de placer —así Tom, así ahh qué delicia. —la punta roja e inflamada del sexo de Bill, dejaba caer gotas esporádicas de semen. Cada gota era provocado por la continua estimulación de su próstata. Cada onda de placer era tocar el cielo. Entre gemidos y estocadas llegó un orgasmo, o algo parecido a eso, pero sin eyaculación. No supo entender las reacciones de su cuerpo, una corriente de éxtasis atravesó sus entrañas, pero en vez de acabar luego en espasmos vertiginosos hasta lograr la recompensa de la satisfacción y la calma, nada de eso pasó. La excitación llegó casi a las nubes, colmó todo su cuerpo, hasta la última célula, pero luego en vez de la anhelada relajación, sólo vino más deseo, y más excitación. El placer recorría un sinuoso camino más parecido a una montaña rusa, a veces quedaba suspendido al borde de una caída mortal, luego bajaba rápido, y volvía remontar con violencia. Y el clímax llegaba, arrasaba con su cordura y se iba por un momento, sólo por un instante, la suficiente para tomar conciencia de su cuerpo y del cuerpo de Tom, de sus embestidas, y de su mano apretando su sexo, masturbándole con energía inusitada, de sus gemidos y su respiración desordenada, de su sexo duro y grande penetrándole con fuerza, de su boca entreabierta, su cabeza hacia atrás, sus trenzas negras bajando por su cuello húmedo, sus ojos cerrados. Luego los abría, lo miraba lascivo, le decía algo erótico y morboso, luego sólo seguía gimiendo. Decía su nombre —Bill, Bill, ahh Bill… Te amo, yo te amo —y volvía a los gimoteos, diciendo palabras incomprensibles, a medio pronunciar, a medio terminar, a medio empezar, deliraba, su Tomi deliraba, igual que él. Estaban en el límite, donde la extensión de sus cuerpos se hacía tan grande como el espacio. Él y Tom eran estrellas de un universo que se les hacía estrecho, necesitaban más. Más sexo, más tiempo, más espacio, más paciencia, pero no más amor, porque el universo no podría contenerlo.
Luego del intenso vaivén de sus cuerpos, el orgasmo definitivo llegó quemándoles. Y ellos hervían, muriendo lentamente en ese sublime estremecimiento que dejaba la pasión más primitiva, y al mismo tiempo tan excelsa. Ahora dejaban el espacio sideral para volver al pequeño mundo que cobijaba esa bodega, donde se sentían tan únicos, y tan pequeños.
Tom dejó caer su cuerpo sobre el de Bill, temblando todavía de tanta emoción. El de trenzas depositó besos húmedos en el pecho palpitante del otro.
No existía nada más delicioso que aquella sensación que deja el deseo satisfecho, sentir el amor colmado hasta sus más profundos rincones. La relajación de los músculos, de la respiración y del ritmo cardiaco, los iba sumiendo en un sopor lleno de paz, placentero tanto como el punto más álgido del clímax.
Uno de ellos estaba en un completo estado de felicidad, el otro, despertando de la fantasía, a la dolorosa realidad —¡Qué he hecho! —se lamentó sin decirlo. Apartó su cuerpo presuroso. El de trenzas gimió al perder el contacto de la otra piel húmeda y caliente.
Bill comenzó a vestirse, y Tom sintió un puñal hundirse en sus entrañas.
—¿Qué haces?
—Lo que ves… Me visto.
—¿Estás bien?
—¡No!, ¡no estoy bien! Soy tan estúpido ¿sabes? Y tú eres.. Eres —apretó los labios por la impotencia —¡eres tan terco! No debí ceder, dejarme seducir como si yo fuera una nena enam… ¡aghh! Ahora sólo me queda arrepentirme por imbecil.
—¿Te arrepientes por haber hecho el amor conmigo o sólo por ser un imbecil? —Bill le lanzó su camiseta, con furia contenida. Tom se la lanzó de vuelta, cayendo ésta en la cabeza de Bill. Exasperado se la quitó y se vistió con ella.
—Me arrepiento de todo —dijo bajando su mirada, su voz se hizo grave y su semblante se oscureció —me arrepiento de cada palabra que te dije, por haberte seducido aquella noche de tormenta. Por haber insistido contigo, a pesar de que me rechazaste. Y aunque no podría haber evitado encontrarte, al menos debimos intentar ser algo distinto desde el principio. Pero soy tan necio que dejé que mis decisiones fueran tomadas por mis testículos. Debí saber que esto pasaría.
—No eres Dios para saberlo todo. Por lo demás Bill. Dime. ¿Qué ha pasado? Porque tus palabras me siguen sonando a un acertijo. Dime ¿qué es, o qué fue? Necesito entenderte.
—Es mejor así —y salió.
—¡¿Quién es más terco Bill?!, ¡¿tú o yo?! —se quedó allí maldiciendo. Lo que fuera aquello que Bill no decía, los estaba separando en contra de sus deseos. —¡mierda!
Se vistió a tropezones, dejando palabrotas a cada prenda de ropa que se resistía a ser usada. Salió casi corriendo de los cobertizos. Dispuesto a seguir intentándolo. Ya lo había prometido, no se rendiría.
Pero la vida siempre dispone de algo distinto, y en esta ocasión la escena que lo esperaba allá afuera, estaba más allá de todo pronóstico.
El Mercedes negro estacionado a pocos metros ¿desde cuándo estaba ahí? Junto al vehículo, de pie, el hombre alto vestido de riguroso negro, su chofer, y su guardaespaldas. En frente de ellos, Bill, congelado, cual estatua. Sólo su cabello se movía con la brisa.
Cuando se dio cuenta de que Tom estaba detrás de él, se giró levemente hacia atrás, y el de trenzas pudo ver el terror en los ojos del pelinegro.
El hombre medio sonrió.
—Veo que no se respetó un acuerdo ¡Qué tristeza! —dijo con falso pesar.
—No —susurró el pelinegro —por favor —suplicó mirando esta vez al hombre.
—Tom, espero que hayas meditado lo que conversamos temprano esta mañana.
El de trenzas se encogió de hombros, y se metió las manos a los bolsillos, mientras hacía una mueca de burla —¿la verdad, la verdad? —hizo un chasquido con la boca —¡es que no! —espetó sonriendo. Bill le rogaba en silencio, pero Tom no supo leer su mensaje silencioso. Tampoco alcanzó a distinguir sus ojos llorosos. El de trenzas estaba demasiado concentrado en ganar esa pequeña guerra de egos con el Gran Maestre.
—Es una lástima. Pensé que eras más inteligente.
—De hecho lo soy, y más que tú. —Tom sonriendo, Bill muriendo. Mientras el hombre se preparaba para dejar caer la bomba. Permitió que el joven de trenzas, cuál ícaro, volara más alto para luego dejarlo caer al vacío. —ya sé que no es la fortuna lo que buscas.
El hombre se rió —¿No? Entonces qué, según tú.
—Ptss, para qué voy a dar detalles de lo que ya estás bastante bien enterado. —Tom se acercó queriendo demostrar con eso que no se cohibía ante la presencia del extraño. Pero para su sorpresa el hombre lo ignoró, y puso toda su atención sobre el pelinegro.
—Bill, Bill, Bill, ¡muchacho! Mi pequeño consentido. Habíamos hecho un trato, un compromiso —el joven miró a su Gran Maestre sin amilanarse, pero su mirada no era cordial. No. Era de rabia, de miedo, de decepción. Y a pesar de todas esas emociones, no dijo nada —¡Te comieron la lengua los ratones! —el de trenzas no entendía la pasividad del pelinegro —¿Sabías Tom que Bill desde el principio planeó quedarse con todo? De hecho, siempre venía hasta esta mansión, soñando con el día que le perteneciera a él. Bill siempre ha sabido quién eras tú, y lo que necesitaba hacer para que le cedieras todo —por primera vez, asomó la duda en la mirada de Tom —¡No me digas que te has creído ese cuento de que se enamoró de ti! —el joven de trenzas abrió la boca para responder, pero no supo qué decir. Bill buscó su mirada y negaba con la cabeza —¿Acaso no te dijo que él y Dark son novios desde hace mucho? ¿o pensaste que él era virgen? ¡No me vas a decir que ese detalle se te pasó por alto!
—¡No! —replicó el pelinegro, pero más que una objeción, era un ruego —no, no —repitió en voz baja.
—¡No, qué, Bill! ¿Intentas negar tu romance con Dark? O intentas impedir que diga algo que te mantiene aterrado a que Tom sepa. Ya lo perdiste Bill, Tom ya no te pertenece. Deja en paz al juguetito. Lo que pasa Tom, es que Bill siempre ha sido un acomplejado, por ser un huérfano a quién nadie quería, siempre viviendo entre el hambre y la miseria. Mientras tú lo tenías todo, incluyendo esta magnífica herencia esperándote—señaló a la mansión, lejos a sus espaldas.
—¡Maldito! —gritó por fin Bill. El hombre asintió.
—Estoy de acuerdo —ironizó —soy un maldito. ¿Ves Tom? En realidad, no lo niega. No puede hacerlo —Tom que había estado en shock, en silencio, escuchó a su corazón partirse en dos.
—¿Es cierto Bill? —preguntó con cierta esperanza de haber entendido mal —que tú… Que tú… ¿que Dark y tú?
—No, no, no es así. No fue así —sollozaba el pelinegro.
—¡¿No Bill?! Sé honesto por una vez. ¿Por qué no le dices toda la verdad?, ¿por qué no le dices a Tom la razón final por la cual jamás te hubieras quedado a su lado?
—¿Bill? —suplicó Tom. El pelinegro lloraba. Parecía tan pequeño y miserable. Apenas una leve sombra del mago imponente que enamoró al de trenzas.
—Tu hermoso Bill, niño bonito, no es más que un buen actor, ambicioso y sin escrúpulos. Capaz de mentir y faltar a la ley sólo por conseguir lo que desea.. Jamás se interesó por ti realmente. Si hasta ayudó a fingir su secuestro, sólo para evadir cualquier sospecha, para hacerte sufrir un tiempo, y luego atraparte en sus redes sin escapatoria. ¡Y tú juras que tiene una costilla rota!
—¡Pero el médico lo certificó!
—¡Aghh Tom! Qué ingenuo eres. Menos mal que eres tan inteligente. El médico es de la Orden, de nuestra Orden, él hará lo que quiera yo.
—¡Pero el médico es un conocido del señor Frank!
—¡Y dale con que las gallinas mean! No hay muchas opciones de médicos en este pueblucho que llaman ciudad. La verdad es que te has dejado engañar por ésta basura.—indicó despreciativamente a Bill.
—¡Eso no es verdad! —gritó el pelinegro. Tom sollozaba en silencio, había aguantado las lágrimas lo mejor que pudo, pero el desencanto era mayor.
—¡Verdad, verdad… Bill! ¡No me colmes la paciencia! Tú qué sabes sobre la verdad, si tu vida entera ha sido una mentira, ¡maldito engendro! —y Bill se abalanzó sobre el hombre, dándole un certero golpe con su puño en el ojo izquierdo. El hombre trastabilló y se fue de espaldas al suelo. Bill se puso sobre él a horcajadas, para seguir golpeándole con cierta ventaja, pero en ese mismo instante el guardaespaldas le agarró del pelo y lo lanzó con violencia hacia un lado, haciéndolo gritar.
Tom estaba paralizado. Ahora era él quien no podía reaccionar. El hombre se puso de pie con cierta dificultad, sacudió sus ropas, y se recompuso. El hombre no había terminado con la masacre —la razón por la cual él nunca podría estar contigo Tom, es porque ustedes dos son unos engendros del demonio, perpetuando el pecado de los Kaulitz —el gran mago apretó las mandíbulas y se acercó como un verdugo hacia Tom, con el rostro tenso justo antes de asestar el golpe de gracia y definitivo — porque Bill y tú son hermanos. Bill es tu gemelo.
Silencio. Tom escuchaba los latidos de su corazón en sus oídos, un zumbido. Sintió de pronto que estaba en alguna tragicomedia del teatro del absurdo. Seguramente, sus amigos saldrían luego para decirle que todo era una broma. Su cuerpo se negaba a moverse, su mente se negaba a pensar con coherencia. Bill, en cambio, permanecía en el suelo, sentado, sollozando, cubriendo su rostro con las dos manos. Nadie habló y Tom esperó en vano, en los segundos siguientes, a sus amigos riendo y gritando ¡Sorpresa!
Tom permaneció en blanco, por unos instantes, hasta que el peso de la realidad lo obligó a volver en sí y reaccionar.
Se acercó a Bill, se hincó en el suelo, le quitó las manos de su rostro, apartando algunos mechones, y lo besó, un beso corto, intenso, profundo, luego separó su rostro un poco —amor deja que te abrace. Yo no te dejaré ir. —le susurró, y lo abrazó, cobijando entre sus brazos el dolido cuerpo de su amado.
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Bueno chicas, el lemon no tenía mucha dulzura, ni malicia, ni jueguitos, era rabia y desesperación contenida, sé que algunas querrán matarme. Tom no se conformará con medias verdades, o excusas para justificar las acciones de las personas. Mientras Tomi crece, Bill muestra sus debilidades. Y
aquello que descubrieron en el jardín… Ya verán… Ya verán. Y no digo más
Tom estaba paralizado. Ahora era él quien no podía reaccionar. El hombre se puso de pie con cierta dificultad, sacudió sus ropas, y se recompuso. El hombre no había terminado con la masacre —la razón por la cual él nunca podría estar contigo Tom, es porque ustedes dos son unos engendros del demonio, perpetuando el pecado de los Kaulitz —el gran mago apretó las mandíbulas y se acercó como un verdugo hacia Tom, con el rostro tenso justo antes de asestar el golpe de gracia y definitivo — porque Bill y tú son hermanos. Bill es tu gemelo.
Silencio. Tom escuchaba los latidos de su corazón en sus oídos, un zumbido. Sintió de pronto que estaba en alguna tragicomedia del teatro del absurdo. Seguramente, sus amigos saldrían luego para decirle que todo era una broma. Su cuerpo se negaba a moverse, su mente se negaba a pensar con coherencia. Bill, en cambio, permanecía en el suelo, sentado, sollozando, cubriendo su rostro con las dos manos. Nadie habló y Tom esperó en vano, en los segundos siguientes, a sus amigos riendo y gritando ¡Sorpresa!
Tom permaneció en blanco, por unos instantes, hasta que el peso de la realidad lo obligó a volver en sí y reaccionar.
Se acercó a Bill, se hincó en el suelo, le quitó las manos de su rostro, apartando algunos mechones, y lo besó, un beso corto, intenso, profundo, luego separó su rostro un poco —amor deja que te abrace. Yo no te dejaré ir. —le susurró, y lo abrazó, cobijando entre sus brazos el dolido cuerpo de su amado.
CAPÍTULO 24
El hombre no había comprendido en absoluto la actitud de Tom. Se suponía que era vulnerable, que era presa fácil. Pero se había equivocado. También pensó lo mismo de Bill, y creyó que algunos golpes y la privación de comida y agua lo ablandarían, y sería suficiente para obligarlo a darle la información que necesitaba sobre los planos de la mansión y los otros documentos. Y tampoco había servido. Luego había intentado amenazarlo con decirle a Tom que eran hermanos gemelos, y ciertamente eso había asustado a Bill. Fue entonces que el joven mago cedió. Y el Gran Maestre había contado con que Tom, despechado y triste, cedería todo y se iría. Pero una vez más, nada de eso había sucedido. Ahora los había sorprendido teniendo sexo, y la esperanza se le había desvanecido por un instante. Sentía el fracaso de haber usado una de sus últimas cartas y que tampoco surtiera su efecto. Le dijo a Tom medias verdades, mezcladas con mentiras, lo suficientemente hirientes para acabarlo. Y el de trenzas, en vez de huir asqueado y agonizante de dolor, terminó besando y abrazando a su hermano.
—Yo te amo, ¿lo entiendes? —le susurró Tom a su amado.
—Pero te oculté la verdad —dijo Bill con su boca escondida en el hueco del cuello de Tom, con el aliento entrecortado por los sollozos.
Los escuchó hablar, y ahora era su turno para estar paralizado, todo parecía un mal sueño. ¿Qué parte de toda la información, el hombre no había entendido?, ¿qué detalle se le había escapado para terminar así de mal su plan? Toda su vida había esperado tener éxito. Infructuosamente había esperado que los gemelos nunca se encontraran. Lo intentó de todas las formas que sabía, incluso trató de asesinarlos cuando eran bebés, pero sólo murieron sus padres. Más tarde decidió que era más cómodo tener al menos a uno de los gemelos cerca, y persuadió a Ann Koening para que adoptara a uno de los niños. El otro se quedó en el orfanato, esperando por una familia. Separados, ya no sería factible que Liz Garten recibiera a su verdadero dueño, pero… Siempre hay un pero.
El Gran Maestre no había podido dilucidar un pequeño gran detalle ¿cómo era posible que Bill Kaulitz supiera 150 años antes que Tom Trümper existiría?, ¿cómo supo ese engendro del demonio que Tom Trümper era el gemelo separado de Bill, y cómo supo que era más práctico poner todo a nombre de Tom y no de Bill?
El hombre había supuesto que al cortar el linaje con la muerte de los padres de los gemelos, e incluso antes, con la muerte de uno de sus abuelos, que era su amigo, y luego separando todas las historias, como si nunca hubiesen existido, jamás aparecería el heredero frente a sus ojos… Se suponía. Entonces antes de cumplido el plazo legal, él podría reclamar a Liz Garten como su propiedad, pero y aquí está el otro pero, no sabía cómo rescatar los verdaderos documentos para así poder destruirlos, para hacerlos desaparecer, y los planos de cómo hallar el Liebe, además. Aunque por último, hubiera derribado cada muro, cada ladrillo hasta descubrir el maldito secreto por el cual dieron la vida muchos Kaulitz.
Había supuesto que con la ayuda de algunos pocos imbéciles e incautos tontos útiles, podría estar todo resuelto a esta fecha, pero… Otra vez pero, el tiempo estaba a punto de expirar. El plazo dado, que por ley existía, pronto terminaría y todo se quedaría en manos de otro, ya fueran Bienes Nacionales o el mismo Tom.
El destino le abofeteaba la cara como castigo. No obstante, le quedaba una carta sin jugar, una carta llena de posibilidades. Sabía bien que aún faltaba que las pericias científicas autentificaran los documentos encontrados por Tom, y aún tenía tentáculos a ciertos niveles para manejar los hilos a su favor. Arriesgada y desesperada, así sería su última jugada, pero el premio era demasiado exorbitante como para no intentarlo. No quedaba mucho tiempo, pero lo aprovecharía.
Sería tan fácil ahora tomar el arma de su guardaespaldas y jalar el gatillo. La muerte de ese par de engendros malditos sería un alivio para la sociedad. Su historia de amor era una perversión, era ilegal, era inmoral. Y tan sólo por eso, deberían desaparecer de la faz de la Tierra, tal como lo hicieron los otros gemelos en otro tiempo.
Pero, el último “pero” por ahora, aquí estaban los dos abrazados, hablándose tiernamente. ¿No se suponía que Tom debería estar sufriendo? Sí, era lo más lógico desde su punto de vista. Sin embargo lo único concreto era la imagen ante sus ojos, la escena de dos hombres abrazados, y los pasos apresurados de un grupo de personas que venían corriendo desde la mansión.
—Ustedes me van a hacer vomitar —el hombre respiraba descompasadamente, ofuscado, derrotado —¡su romance es ilegal! ¡La ley los perseguirá, y se pudrirán entre juicios y apelaciones, y la cárcel los estará esperando al final del..!
—Legalmente no somos hermanos. —lo interrumpió Tom, conciso. Las figuras de los amigos se acercaban corriendo. Y una vez hubieron llegado, lo primero fue encarar al hombre con su pequeño séquito.
—¿Quién es usted y qué hace aquí?
—¿Cómo ingresó? —las preguntas atropelladas de Markus y Anton respectivamente, no se hicieron esperar.
—Caballeros. Uno a la vez. ¿O será necesario a hacer una declaración pública de todo lo que hago, o más bien realizo una rueda de prensa?
—¡¿Qué gracioso?! Así que además de ser un violador de morada, pretende ser comediante. —ironizó el señor Frank.
Georg, Gustav y Andreas, se habían acercado a los dos jóvenes que permanecían abrazados en el suelo. El administrador y el curador permanecían a unos metros, interponiéndose entre los jóvenes y el invasor.
—El señor Anton sabe bien que no tengo talento para eso. —el historiador se sintió de pronto sucio e indigno ante las evidentes palabras del Gran Maestre, acusando su anterior complicidad.
—Usted lo único que hace bien es engañar y manipular a las personas ¿Qué le prometió a esa banda de idiotas que fingieron ser policías? Seguramente les contó mentiras y promesas que nunca cumplirá, manipulando la verdad, para conseguir sus fines, tal como lo hizo conmigo—le recriminó Anton.
—¿Quiénes son más idiotas? ¿ellos por la actuación de sus vidas, o ustedes por creérselo todo casi hasta el final? —los hombres se quedaron en silencio, pero Markus aburrido de todo, ordenó.
—Salga de aquí ahora. A mí no me intimida por un par de matones que le acompañan —el hombre sonrió y le hizo un pequeño gesto con la cabeza a sus acompañantes. Unos segundos después, el vehículo partía.
Anton se volvió hacia los jóvenes. Tom y Bill seguían sin moverse. —¿Están bien? —fue la escueta pregunta.
Los cinco hombres, más Alexa que se había quedado unos metros más allá, se devolvieron a la mansión. Mientras Tom los miraba marcharse, se separó de Bill y se sentó a su lado con las piernas cruzadas a lo indio.
—Cariño, conversemos —fue su invitación —ya no hay nada que callar. Merezco tu versión de toda la historia. —Bill, quien había recogido sus piernas, y apoyaba su frente sobre las rodillas, levantó lentamente la cabeza. Su rostro estaba húmedo, cada cierto tiempo sorbía su nariz, y las lágrimas aún bajaban lentas por sus mejillas pálidas.
—¿Te parece si primero nos paramos de aquí y nos sentamos en el césped? —preguntó tímido el pelinegro, Tom sonrió y asintió. Se puso de pie y con cuidado ayudó a Bill a hacer lo mismo. Unos pasos hacia la derecha de ellos se extendía unos de los jardines con césped que ya tenía cierto largo a falta de mantención. Una vez allí, ya más cómodos, mientras el sol de media tarde se cernía sobre ellos dando calor, se sintieron dispuestos a hablar por primera vez sin tapujos. Bill quería desahogarse por fin. Sacar ese peso que llevaba en su pecho.
—Déjame decirlo todo por favor. Si al final tienes preguntas, las haces, pero no me interrumpas ¿ok?.
—Bien, lo intentaré.
El pelinegro tomó aire y luego suspiró —Yo fui adoptado y desde pequeño mi madre y luego mi tío me dijeron que tenía un gemelo, y no necesitaban decirlo, siempre lo supe —Tom no dijo nada tal como lo había prometido, pero recordó que siempre pensó que tenía un hermano, siendo hijo único, nunca se los dijo a sus padres, por medio a lastimarlos o que por el contrario, minimizaran sus palabras y le hicieran desistir de tan ridículas ideas. Ahora entendía muchas cosas, hizo esfuerzo por no decir nada y se concentró en las palabras de Bill —y yo lo único que quería era conocer a mi hermano. Al mismo tiempo, tenía estas visiones recurrentes de unos niños y jóvenes de otro tiempo, de los gemelos que se amaban, teniendo que ocultar su amor, en una época llena de prejuicios, casi tanto como ahora. Ellos se amaron de una forma única desde siempre, nunca se vieron como exclusivamente hermanos. Sin poder evitarlo, me identifiqué con Bill, e imaginé que mi propio gemelo era como Tom. Luego al ir creciendo, me di cuenta que aquellas imágenes no eran ajenas a mí. Mi parecido al joven del cuadro era cada vez mayor a medida que iba creciendo, y las imágenes se me hacían tan reales, reviviendo la vida de Bill a través de mi piel. Un día me decidí a averiguar todo lo que podía de ellos, y vine acá como visitante, cubriendo mi rostro con gafas para sol y atando mi cabello en una coleta, todo para que nadie viera el parecido de Bill Kaulitz conmigo. Ya mi tío antes de morir me había dicho que yo era Bill, aquel Bill, y me contaba del cuadro. Le había sacado una foto un día que vino, y me la regaló. Yo la guardaba cual tesoro, aún lo hago junto con la de Tom. Pero yo sentía miedo de acercarme a esta mansión, porque sus paredes están llenas de recuerdos tan nítidos y dolorosos. La muerte de Tom, el año horrible de agonía y sufrimiento mental, emocional y físico de Bill luego del asesinato de su gemelo, su propia muerte forzada y horrible. No necesitaba leer nada para saber los hechos principales de la historia de los gemelos. Yo los vivía cada día de mi existencia, y sólo esperaba encontrarte para calmar esa ansiedad y sensación de vacío que acompañó a Bill Kaulitz y que yo heredé.
Tom escuchaba atentamente, aunque moría por hacerle miles de preguntas, saber que él mismo era posiblemente adoptado le hacía doler el corazón, pero ahora mientras oía la voz de su amado, sabía que no importaba lo que Bill le dijera, él lo seguiría amando. Su amor por Bill no estaba condicionado a nada.
Bill jugaba con una pequeña ramita seca que recogió del pasto, no miraba a Tom, su vista se mantenía perdida en algún horizonte o bien bajaba hasta la rama entre sus dedos.
—Te busqué en el orfanato donde estuvimos, pero no me dijeron nada. Suponía que te llamarían Tom, aún cuando de eso no tenía seguridad. Intenté buscarte de otra forma, le pedí ayuda al Gran Maestre ¿podrás creerme? —Bill rió —soy un imbecil, pero tenía 16 años, ¿y qué puede hacer un chico de dieciséis años sin dinero y sin el apoyo de nadie? Ya mi madre y mi tío habían muerto hacía tanto tiempo para esa época, y sólo Marie me acompañó y me ayudó a alimentarme y vestirme, a estudiar. Así que sólo me quedó confiar en mi destino, aunque no crea en él. Y seguí así, viviendo sólo de la esperanza por casi 4 años más, hasta que tuve un sueño, hace dos meses. Te vi a ti con tus trenzas, bastante distinto en ese aspecto al Tom del cuadro. Vi la noche de la tormenta, vi tu desconcierto al llegar al gran portón de entrada a esta casa. Vi a tus amigos con las mismas caras de asustados, y vi la fecha de cuando sucedería. Sabía que el destino o como quieras llamarle te traería hasta aquí, porque tú perteneces a este lugar. Pero ahí cometí el segundo error, otro más aparte de ese cuando le pedí ayuda al Gran Maestre, decidí esperarte aquí escondido en las sombras, y usar mis habilidades síquicas para hacerte más vulnerable —Bill hizo un silencio y miró a Tom arrugando los ojos por efecto de la luz del sol —y no debí hacer lo que hice, no de esa manera, pero tenía miedo de que no me aceptaras, y yo llevaba tanto tiempo esperándote que no podría estar a tu lado sin besarte, sin tocarte, tal como lo vivía cada día a través de los recuerdos de Bill Kaulitz, hasta el aroma de tu piel lo conocía antes de verte esa noche —Tom intentó decir algo alcanzando a balbucear, pero los dedos de Bill en su boca le hicieron desistir —¡sshhh! Tom, no me arrepiento de nada de lo que ha pasado entre tú y yo, si he querido hacerte creer lo contrario en las últimas horas, ha sido fruto de uno de mis últimos errores. Yo estaba tan feliz, emocionado y aterrado esa noche.
—No parecías aterrado—alcanzó a interrumpir Tom.
—Pero lo estaba cariño, no sabía si todo resultaría como lo esperaba. Había estado añorando sentir tu olor, mirar tus ojos desde siempre, como ya te dije, y no quería arruinarlo. Pero fui sincero contigo esa noche, a mi modo, lo sé. Te dije que eras mi hermano.
—¿Cómo?
—¿Recuerdas lo que te dije?
—Digamos que las sensaciones físicas de esa noche nublan un poco los otros detalles —rió Tom. Bill también rió como respuesta.
—Intenta recordar cariño —y Tom obedeció. —¿recuerdas que me preguntaste “quién eres”? —Tom asintió buscando en su mente aquel preciso instante, y vino todo a su memoria. Había pasado algo más de una semana, pero podría revivirlo perfectamente. Podía verse así mismo pegado a la pared, aterrado, escuchando la tormenta allá afuera, el viento y la lluvia golpeando los ventanales, hasta que Bill se acercó y sintió su calidez, sus labios... Entonces el miedo se había ido.
Esa noche...
—Te he esperado tanto, te extrañé. Dos vidas no alcanzan para amarte como te amo, Tom. Si debo buscarte en la última galaxia lo haré porque no puedo vivir, ni morir sin ti.
—Um…—Tom ya no articulaba palabra, sólo era capaz de percibir el aliento de ese joven, y sentir ese cuerpo junto al suyo, que a través de las ropas delgadas se podía apreciar con todo detalle. «Este de fantasma… nada», pensó. Y con sólo esa idea en su cabeza, dejó de temerle a ese ser pegado a él, porque se sentía tan real, tan de carne y hueso. Y si no era un espectro, ¿qué era? Sus pensamientos fueron interrumpidos por nuevas sensaciones. Sí, la de los labios de Bill rozando con delicadeza la piel del cuello y el mentón hasta llegar a sus labios. Mientras el pelinegro apretaba las formas de Tom con su cuerpo. Para Tom las imágenes terroríficas de hace un momento ya se habían esfumado.
— ¿Quién eres? —Tom ya lo sabía, pero necesitaba creer que esto no era un sueño, ¿o sí lo era? Aún temblaba un poco por el frío, un poco por los nervios y tantas emociones.
—Soy yo, hermanito. Soy Bill, tu amor… ya sabes quién soy.
—¿Recuerdas ahora?
—Sí —respondió Tom en un susurro. Los ojos se le aguaron. Bill se lo había dicho, pero no volvieron a mencionarlo más, Tom por olvidadizo, Bill por temor. Ahora se añadía otro gran descubrimiento y eso lo estaba matando, se asombró al reconocer que le atormentaba más lo de sus padres que saber que Bill era su gemelo. —aunque sufro al pensar que mis padres no son...
—Tom, tus padres son tus padres, los únicos que has conocido y a los que amas.
—Lo sé, lo sé —el de trenzas sonrió amargamente. —es tanta información en mi cabeza, soy adoptado, eres mi gemelo, uff... Y además hicimos mal en no aclarar casi nada de lo que vivimos esa noche.
—Y dejé que los días pasaran. Te lo diría en algún momento. Te recordaría aquel momento, pero las horas pasaban y creí, creí que... Soy un idiota. Y luego se complicó todo, yo no entendía por qué tanta ansiedad de ese hombre por tener los planos de la propiedad. Tom por favor, no le creas nada. Él me secuestró, me golpearon, y me chantajearon. Me atemorizó aún más y actué tal y como él quería. Creyó, y reconozco que yo también lo pensé, que tú te alejarías de aquí sin más, que te rendirías, por una razón u otra. Que tú, al creer que yo te había utilizado, me odiarías y te irías, y si no, él te contaría que somos gemelos, y me odiarías igual. De todos modos, te perdería. Cuando hoy dijiste que no entregarías Liz Garten y que la defenderías con tu vida, me hiciste el hombre más feliz del mundo, porque sabía que por lo menos estarías cerca y podría seguirte viendo. Y que aquello que Bill Kaulitz te había mostrado te había hecho más fuerte.
—Bill Kaulitz me dijo cómo debía amar este lugar, me enseñó cómo debía amarte. Yo te amo, y no hay nada que pueda cambiar eso, incluyendo lo de Dark.
—¿Dark? ¡Tomi! Amor, lo que dijo ese hombre es mentira. Dark siempre me ha querido, y yo siempre te he amado a ti. ¿Resultado? Incompatibilidad de intereses —se rieron — él es sobrino del Gran Maestre.
—Lo sé.
—¿Lo sabes? —Bill lo miró extrañado, y pudo leer sus pensamientos —Ah, ok, uno de tus sueños —Tom asintió —bien, te cuento sobre él. Es hijo de mi madre, no adoptado sino de sangre, fuimos criados juntos, es algo mayor que yo, posesivo y territorial conmigo, siempre me ha sobreprotegido, y siempre tuvo celos de mi hermano gemelo. Esa noche, nuestra primera noche, aquí en la mansión, él vino a interrumpir el mejor sueño de mi vida. No había nada más delicioso que sentir tu aroma mientras dormías, me quedé junto a ti, y me dormí feliz, completo, por primera vez, pero él llegó diciéndome que había quedado el desastre en mi cabaña por culpa de la tormenta. Sé que disfrutó al separarme de ti momentáneamente. Intenté apresurarme, tratando de ordenar y arreglar todo en mi cabaña lo más rápido que pude, pero cuando regresé supe que te habías ido y creí que moriría. El sueño de hace dos meses me dijo sobre nuestro encuentro, pero ahí me di cuenta que no decía si luego seguiríamos juntos y me desesperé. Sabía que ustedes irían hacia el parque, no preguntes cómo, sólo lo supe, y te seguí, mi pobre caballo ha querido entablarme demanda desde entonces por maltrato y explotación —rieron a carcajadas —también me siguió Dark, o Michel, que es su nombre, el resto ya lo sabes.
—¿Dark es hijo de tu madre adoptiva, pero también sobrino del Gran Maestre?
—El esposo de mi madre que murió muy joven era el hermano menor del Gran Maestre.
—Entiendo.
—Tom, eso es todo. No tengo más que contar. Del resto sé tanto como tú, quizás menos de algunas cosas, quizás más en otras.
—Está bien, lo entiendo todo, tranquilo —hizo una pausa recordando todo y sus ojos se abrieron —¡No! ¡no todo está bien!
—¿Qué cosa? —preguntó Bill angustiado por el repentino cambio de humor de Tom.
—¡Ese maldito Steffan Wassenne, el kinesiólogo! —-Bill se rió —¡No lo encuentro la gracia! ¡Tienes la desfachatez de reírte! —Bill calló la boca de Tom con la suya. El beso tibio e intenso relajó al de trenzas.
—¿Acaso crees que podrías tener competencia alguna? No hay en el mundo para mí nada más bello que tus ojos marrones, tu cuerpo perfecto y tu nariz respingona. Tú me quitas el aliento. Estoy loco por ti —Tom sonrió y bajó su mirada. Luego se puso de pie, le tendió la mano a Bill y sin soltarse más, caminaron hacia la mansión.
—Yo dije que ellos tenían cosas que conversar. Se lo dije a Bill, que debía contarle la verdad a Tom.
—¿Qué verdad? —preguntó Gustav, mientras mantenía abrazado al castaño por la cintura y su boca permanecía perdida entre los cadejos del cabello castaño y la piel suave del cuello de Georg .
—¡Qué sé yo! La verdadera razón que llevó a Bill a dejar a Tom, o pelearse feo. No sé. Pero debían arreglar algo. Y por fin siguieron mi consejo —se ufanó el castaño.
—Tú siempre tan buen consejero —el de gafas le daba pequeños besitos en el cuello, detrás de la oreja, luego le mordisqueaba el lóbulo. En la cocina estaban sólo ellos dos.
—Um, Gustav, estoy ansioso.
—Yo también —dijo el de gafas entre jadeos, mientras llevaba una mano al entrepiernas de Georg.
—¡De eso no! ¡Caliente! Eres un caliente. Yo estoy preocupado por mi amigo. Muero de ganas de saber qué pasó, y tú pensando quizás en qué cosas.
—Tú sabes en qué tipo de cosas estoy pensando ahora mismo —y acto seguido pasó la punta de la lengua por la barbilla del castaño.
—¡Gustav, eres incorregible! —le reclamó sin separarse ni un milímetro.
—¡Pues sí! —y el de gafas apartó su rostro —¡soy incorregible! ¿quieres ver cuánto? —y se abrió la cremallera para sacar su pene erecto y enseñárselo a su novio cual estandarte izado al viento. El castaño abrió sus ojos como plato.
—¡Gustav!
—¡Quiero sexo y me importa un pepino el resto del mundo!
—¡Hey Chicos! —se sobresaltaron al escuchar a Markus. Gustav apenas alcanzó a medio ocultar su problemita, rojo de frustración e incomodidad ante la premura. Pero Markus, se hizo el desentendido y continuó —Conseguimos 3 carritos de golf para ir todos los que podamos al jardín.
—¿En serio? Emm ¿Cómo se llaman esos carritos?
—Carritos de golf, Georg —dijo Gustav rodando los ojos.
—¡No idiota! ¡Ya recuerdo! Están los Mini Hummer.
—Sí —le confirmó el señor Frank —de esos, para 4 personas. Hoy instalarán focos alógenos en el túnel, antes de que se acabe el día. Y mañana podremos ir. ¿Qué les parece?
—¡Genial! —respondió Tom quién venía entrando a la cocina seguido de Bill.
—¿Y se reconciliaron? —preguntó sin titubeos el castaño.
—Pues a decir verdad, nos falta la otra parte de la reconciliación, esa la más sabrosa —confesó Tom con la cara llena de risa, pero mirando a Bill que sonrió junto con él.
—Veré qué se puede hacer teniendo una costilla rota.
—Hace un rato no te quejaste, bueno, sí que te quejaste, pero no por eso. —Bill sonrojado volvió a reír —no pareció que te molestara la costilla, o por lo menos ni te acordaste.
—¡Tom basta! —le quiso ordenar Bill, queriendo parecer enojado pero no paraba de reír todo nervioso.
—Tom, legalmente yo aún tomo las decisiones que tienen que ver con la Mansión, por eso me atreví a solicitar los vehículos y la instalación electrógena...
—Sí, señor Frank. Estoy de acuerdo en eso. Yo aún no soy legalmente el dueño, y creo que ha sido una magnífica idea... —Tom se interrumpió al advertir a alguien que se asomaba por el umbral de la puerta, alguien de ojos verdes y cabello castaño que no dejaba de sonreír.
—Lo siento, por llegar así. El señor Berg me abrió el portón.
—¿Usted es el señor...? —preguntó Markus.
—Wassenne, Steffan Wassenne. Soy el kinesiólogo del señor Koening.
—Um sí, de veras —respondió Markus.
—¡Ah bueno! —dijo Bill con cierto entusiasmo —aunque se supone que es mañana nuestra cita, no hoy.
—¡Oh sí! No lo he olvidado, en realidad he pasado para preguntar si el señor Trümper había llegado bien esta mañana, después de que lo traje —Steffan avanzó hacia un desconcertado Tom , mientras Bill miraba perplejo y con el ceño fruncido al kinesiólogo sin entender de qué hablaba —me dejó algo preocupado. Y bueno, me tomé la libertad de escoltarlo hasta la mansión, y evitar que siguiera en la carretera exponiéndose a peligros.
—¿C-cómo?, ¿c-carretera?, ¿esta mañana? —Bill miraba a Tom pidiendo alguna aclaración, pero éste como si tuviera algo que ocultar bajó su rostro sonrojado, sintiéndose pillado —¡Cuéntame Tom, que no entiendo nada! —pero en vez de recibir respuesta, fue ignorado debido al empeño de Steffan de seguir con sus comentarios sobre lo sucedido con Tom, pero hablándole todo el tiempo al de trenzas, sin que éste pudiera explicarle nada a Bill.
—Estaba usted muy pálido esta mañana, y por un momento pensé que se sentía enfermo, ¿se encuentra usted bien? ¿puedo tutearlo?
—¡No! —replicó Bill
—S-sí, sí —respondió todo cortado el de trenzas. Mientras a Bill le crecía cada vez más la irritación. —además a ti ya te tuteaba, Bill.
—Bueno, yo me he atrevido a venir a preguntar así con tanta libertad, sabiendo que ya no ofendo con ello al señor Koening, pues como ustedes ya terminaron su... Bueno, su relación... Este... No creo ser imprudente en mi preocupación por... Ti... Tom.
—¡¿Ah?! —fue todo lo que pudo decir Bill, en el límite de la perplejidad, pasando a la indignación absoluta ¿qué se traía entre manos este doctorcillo de pacotilla? —¡oye tú Steffan!
—No tienes de qué preocuparte Steffan. Todo está bien —Tom reía disfrutando la rabia de Bill, ¡qué bueno era que recibiera de la misma medicina, y ni siquiera lo había planeado!
—¿Sería mucho pedir que mañana fuéramos a tomar un café?
—Pero, pero —Bill ya tenía los ojos casi desorbitados —¡él no puede!
—¿No?, ¿por qué? —fue la pregunta irónica del de trenzas —porque, que yo sepa, no me has preguntado si quiero ser tu novio, ni me has dicho que proyectas tener una relación estable conmigo, o que mañana yo tenga una cita contigo.
—¡¿Qué?! ¡Tom! —exclamó Bill dolido —¡mira, haz lo que quieras! —y se dio media vuelta y salió rápidamente de la cocina rumbo al piso superior.
—Lo siento, al final sí que he sido inoportuno. Perdona Tom.
—No te preocupes, acepto tu invitación para mañana. —esta vez aprovecharía todas las circunstancias que se le presentaran para desenredar la madeja de conspiraciones que los acechaban, aunque significara pasar otro mal rato con Bill.
—Okay, ¿te parece que si vamos luego de la sesión con el señor Koening?
—Perfecto.
—Bien, adiós.
El joven salió de la cocina dejando a todos mudos y a Tom con una sonrisa de satisfacción.
—Esto que has hecho, tiene una razón importante ¿verdad? Porque si no, no me explico que ofendieras así a Bill gratuitamente —preguntó Markus más extrañado que nadie.
—Tiene razón. Existe un motivo para lo que hice, y Bill me ayudó mucho con su enojo tan espontáneo. Y ahora deberé ir a rogarle un poco, es el precio que debo pagar. Acabo de matar dos pájaros de un tiro —y el de trenzas salió de la cocina dejando a los tres hombres con más interrogantes que respuestas.
—Ustedes chicos, ¿saben de lo que habla Tom? —el castaño y Gustav se encogieron de hombros como toda respuesta. Markus movió su cabeza y salió también de allí en silencio.
—Mejor, olvidémoslo, por salud mental —señaló el castaño.
—Mejor, sigamos en lo que estábamos —dijo el de gafas abrazando a Georg.
—Creo que no tengo derecho a provocarte escenitas de celos. Me he comportado como un cretino contigo, te he hecho sufrir, sólo porque me sentí débil y amenazado. Al final, todo se reduce a mi ego.
—Bill, ¿tú confías en mí? —Tom se acercó y se recostó al lado de su pelinegro, tomó su mano y comenzó a besar suavemente sus dedos.
—¿Por qué siento que los papeles se están invirtiendo?
—Responde.
—Sí, confío en ti. Pero ¿qué hacías esta mañana en la carretera como para que Steffan te encontrara?
—Me vino a buscar tu Gran Maestre. Me propuso un acuerdo, un trato que yo rechacé.
—Ahora entiendo qué era lo que ese hombre te preguntaba, que si lo habías pensado y qué sé yo.
—Mira, ahora eso ya no importa —el de trenzas abrazó suavemente a Bill y le besó el cuello, dejando escondido su rostro en la curva del hombro de su amado, respirando del suave aroma del cabello del joven mago. —lo importante es que yo no te reprocho nada. Yo te amo, y este sentimiento seguirá por siempre. Si yo hubiera estado en tu lugar, es posible que hubiera actuado como todo un niñato. Deja de culparte. Yo no te culpo de nada. Yo lo único que deseo es que te recuperes bien, para la maratón de sexo que me debes —ambos se rieron, y luego se besaron con dulzura y sin prisa —ahora bajemos por algo de comer. No debes descuidar tus medicinas y tu alimentación.
—Pero no vayas con él mañana, por favor.
—Lo siento Bill, eso debo hacerlo, confía en mí ¿sí?
—Tú pretendes algo con esto —Bill entrecerró sus ojos, intentando adivinar en la mirada de Tom aquello que el de trenzas planeaba.
—En la guerra y en el amor todo se vale.
—Mentira, porque hay una listita bastante larga señalada en la Declaración de Derechos Humanos y en la Convención de Ginebra de lo que se puede o no hacer en una guerra, y eso vale también para el amor. —Bill se permitió hacer un puchero, estirando su labio inferior.
—Vamos amor, que estos soldados necesitan comer.
Tom lo jaló tirando de su brazo no adolorido, y se dirigieron una vez más a la cocina.
Luego llegaron los técnicos con todo el equipo para ser instalado en los túneles, pero Tom no permitió que bajaran, así que ellos mismos fueron a instalarlo, y dejarlo listo para la mañana siguiente.
Las horas posteriores continuaron entre conversar, comer conversar, fumar, comer otra vez, y seguir conversando los planes de Andreas para comenzar las investigaciones sobre la familia Kaulitz y sobre todo por Stein Kaulitz. De cómo era el jardín, de lo que se trataría el extraño disco, cuál sería su función, todos tenían diferentes conjeturas.
—Hagamos una apuesta —propuso el de gafas.
—Okay —respondieron casi todos.
—Primero yo, apuesto un día en el lago con todo pagado para todos los presentes a que ese disco es una especie de espejo solar, de esos que captan la energía.
—Ay Gustav, ¡qué ridícula tu apuesta!
—¿Cómo que ridícula?
—Porque vas a perder. Piensa un poco, ¿para qué utilizarían la energía solar en esa época? —replicó el castaño, incrédulo de la propuesta de su novio.
—Pues mi teoría es más cuerda que esa de que se trate de un portal en el tiempo, como si estuviéramos en un capítulo de Stargate. Esas cosas no existen, lo del uso de la energía solar sí.
—Pero... —alcanzó a decir Georg y fue interrumpido por Tom.
—Okay, yo apuesto dos días, pagados por ti, para todos, sí resulta ser un portal para viajes en el tiempo, y si no es así, los pago yo.
—Hecho —y se dieron un apretón de manos sellando el acuerdo.
Al final, lentamente llegó la noche, y cada uno se aprestó a dormir —¿dormirás en mi habitación ahora? —preguntó esperanzado Tom.
—Pues si vas a estar pensando en la cita que tienes para mañana, fíjate que me lo voy a pasar con ganas de estrangularte toda la noche, así que tal vez es mejor que duerma en otra habitación.
Tom sintió un puñal en su estómago, ¿sería bruto su amorcito? ¡¿Cómo no se daba cuenta que sólo bastaba que le pidiera ser su novio?! Ya se lo venía insinuando desde antes de la crisis, antes del secuestro. Ese día cuando Bill le comunicó que se iba a Australia, Tom aprovechó de reprocharle que Gustav y Georg ya eran novios, y ellos que se amaban tanto pues nada, ni siquiera tenía claro si eran amigos con derecho a roce, y ahora que eran gemelos, más confuso se volvía todo. ¿Pueden los gemelos ser novios? Tom pensaba que sí. Pero aquí estaba su pelinegro como si mirara llover, no enterándose de nada. El de trenzas había creído hoy que sacándole celos con Steffan, Bill reaccionaría y marcaría territorio proponiéndole formalizar su relación. Pero no. Tom había esperado en vano toda la tarde. Y Bill seguía sin darse por enterado. El de trenzas suspiró dolido y resignado.
—De acuerdo, como tú quieras —y se dio media vuelta para dirigirse a su habitación.
—Tom, ¿qué deseas?
—N-nada, que descanses.
—Tom, ¿tú esperas algo de mí?
—Ve a dormir, necesitas descansar y yo también, ha sido un día largo, intenso, y ya es muy tarde. Buenas noches. —sin esperar respuesta, se metió a su habitación. Una vez dentro, se sentó en su cama, se quitó la bandana y la lanzó lejos. Tenía rabia, y se sentía estúpido. No quería sentirse así. Por lo menos había contenido el llanto, por lo menos esta vez no iba a llorar.
Se dio una ducha, y se metió en su cama. Moría de ganas de estar con él, por un momento se debatió en la idea de que estaba exagerando, de que lo más importante era estar juntos, pero luego debía reconocer que quería algo formal, quería ese momento de que le pidiera ser su novio. Sonaba idiota, considerando que se amaban, que ambos lo sabían con absoluta certeza. ¿Entonces por qué le dolía tanto estar así siendo pareja pero sin un nombre, sin una categoría con la cual señalar a su relación? Tom se había sentido orgulloso de haberse probado a sí mismo y ante los demás que él podía resolver situaciones emergentes, que era lo suficientemente macho para hacer cosas arriesgadas y locas, acciones llenas de testosterona, pero ahora, luego de todo ese esfuerzo, aquí estaba, como toda una damisela ofendida y despechada, porque su pretendiente no le había pedido ser su novio, habiéndole entregado todo ya, incluso aquello.
Le molestaba incluso que Bill no lo siguiera hasta la habitación para rogarlo, para insistir que le dijera lo que estaba pensando. No, Bill simplemente se había metido a su habitación, sin preocuparse de nada.
Apagó la luz y se quedó allí pensando, sin llegar a una solución por ahora, ya que era la otra parte, o sea Bill quien debía reaccionar, no él. Se quedó dormido, hasta que una voz le llamó repetidas veces.
—Tom, Tom, Tom —era la voz de una mujer, el de trenzas creyó que seguramente era Alexa, pero el timbre de voz era distinto —Tom —hizo un ademán de encender la lámpara junto a su cama —no, no enciendas la luz, por favor —la silueta de la mujer se distinguía bastante bien. Ya no había luna completa en el cielo, así que la luz era escasa, pero aún así pudo advertir que tenía el cabello largo, aunque no tanto. Su voz era suave, y al de trenzas le recordaba algo. Esa voz le era familiar, pero de dónde —mi niño querido, tú no me conoces, pero yo sí a ti, te conozco de hace mucho —esa voz era familiar, claro que sí, y Tom intentó con gran esfuerzo recordar.
—¿Quién eres? Conozco tu voz.
—Siempre he estado cerca de ustedes, a su lado, aunque no lo supieran. Incluso aquí mismo, en esta casa. Ese día que buscabas con Bill aquella información en la biblioteca, tú me sentiste, era yo.
—¿Quién eres tú? —Tom se concentró en la voz de la mujer. —¿eres una bruja o de esos magos?
—Algo así. —la mujer rió despacio —Mi niño, escucha, se me acaba el tiempo por ahora, necesito que pongas atención.
—Ya sé, recordé de dónde es que conozco tu voz. Tú me susurraste la clave para abrir la puerta del templo bajo el mausoleo. Me dijiste Horus.
—Sí, yo fui. Pero concéntrate en lo que te digo. Debes tener cuidado. Ese hombre no se ha rendido. Procura agilizar los trámites de la propiedad. Él tiene cómo embaucar gente, a él no le importa asesinar si es necesario.
—¿Cómo te llamas?
—Mi nombre es Antje. No lo olvides, mañana. Y es tiempo de que te mires a ti mismo, pequeño. Ahora duerme.
—Está bien, tendré cuidado, no... no bajaré la... La guardia —y se durmió. Segundos después la puerta se abrió, y por la habitación se deslizó un pelinegro espigado. Sigiloso se deslizó por la cama, hasta meterse entre las sábanas, besó suavemente en los labios a Tom y apoyándose sobre su espalda se quedó dormido también.
La mañana los sorprendió juntos, con las cabezas pegadas, sintiendo el calor de sus cuerpos. Tom no abrió los ojos inmediatamente, lo primero que notó fue una maraña de cabello en su cara que no era el suyo, luego fue conciente de que sus piernas aplastaban las de otra persona. ¿Sería que la chica aquella se metió en su cama y lo violó? Abrió los ojos espantado por aquella idea escabrosa. Pero más grande fue su sorpresa darse cuenta que aquel que le acompañaba, no era otro que Bill, profundamente dormido aún.
Lo observó detenidamente, apartó de su cara los mechones de cabello, y lo contempló, como no lo había hecho nunca en esta vida. Se fijó en la tenue barba rubia incipiente, y recién reparó en el parecido, en la forma de sus labios, su nariz que de frente la tenían idéntica, en los ojos levemente rasgados, en el cabello rubio que podía apenas distinguirse en la raíz, producto del crecimiento del cabello. Ahí fue consciente de que Bill era rubio también, y que se tinturaba el cabello de negro, tal como lo hacía él. Disfrutó de su belleza tranquilamente, si apuros, y analizó sus propios sentimientos.
Se sentía tan cómodo con él a su lado, era tan natural verlo respirar junto a su piel —es mi hermano —se dijo en voz baja, sólo para decretar esa idea que en su mente no terminaba de consolidarse, pero contrario a lo que pensaron otros, incluyendo a Bill, eso no perturbaba su amor, porque lo seguía amando igual, porque sabía que ese amor no tenía una semana de vida, tenía siglos, tal vez más, nació en esta vida con ese amor en su alma, y siempre lo supo, aunque en su mente no entendiera nada. Y también estuvo seguro de que nunca se apartaría de él, de que no podría vivir lejos de su amor ni un solo día.
—Te amo —dijo callado, y lo besó, primero superficialmente, luego penetró la boca de Bill con suavidad, profundizando el beso. El pelinegro reaccionó y se fue despertando de a poco, hasta corresponder a Tom con la misma intensidad. Luego se separaron unos centímetros. Bill sonrió, feliz, satisfecho del hermoso despertar.
—Anoche, no podía dormir. Te extrañaba, me moría de ganas de dormir contigo, pero mi yo celoso y territorial habló por mí, y te dijo esa estupidez, y me tuve que quedar solito. Hasta que me rendí, sabía que no dormiría si no te sentía a mi lado... Así que me vine a hurtadillas, para no despertarte. —Tom se rió, y lo volvió a besar con ternura.
—Eres un tontillo, pero te amo así. —el de trenzas acarició su mentón —vamos a la ducha, y tenemos que afeitarnos. Luego desayunar, y después recorrer ese parque o jardín que se encuentra entre las montañas.
—Parece que antes de que tú llegaras a mi habitación, tuve otra visita.
—¿En serio? ¿qué visita?
—Una mujer —y Tom alzó las cejas repetidas veces, sonriendo con picardía.
—Una mujer —respondió el pelinegro, siguiéndole el juego —¿y qué te hizo?
—De todo, por eso dormí tan bien —Tom se rió, y Bill permaneció serio. Estaban en el último sótano listos para subirse a lo carritos. En el primer carro irían Tom y Bill, en los asientos delanteros, atrás Georg y Gustav. En el otro, en los asientos de adelante, irían Anton y Markus, y detrás de ellos Andreas y Alexa.
Los carros partieron, y Tom retomó la conversación, ya que Bill no hizo más preguntas, al parecer no le había resultado gracioso el comentario del de trenzas —de verdad Bill, recibí la visita de una mujer, no vi sus facciones, no dejó que encendiera las luces. Su voz era suave, y eso me permitió calmarme, pero su voz me era familiar, ¿sabes?
—¿Te recordaba la voz de alguien?
—Sí, al principio no sabía de dónde o cuándo, pero luego de un momento me acordé. Era la voz femenina que me susurró la palabra para abrir el templo bajo el mausoleo.
—¡Wow!
—Y además me dijo que ella estuvo en la biblioteca cuando el otro día entramos allí para buscar la información, y estuvimos inspeccionando las repisas y las murallas para encontrar la puerta secreta, ¿recuerdas?
—Pues claro, te dije que lo que había allí no era nada negativo.
—Exacto, se llama Antje, y dijo que siempre ha estado cerca de nosotros.
—No se me ocurre quién pueda ser Antje.
—Le pregunté si era bruja o mago, y me dijo: algo así.
—¡Vaya! Eso reduce mucho más las posibilidades. ¿Y sólo eso te dijo?
—No, me vino a hacer una advertencia. Que el Gran Maestre no se ha rendido, y que intentará apoderarse de la propiedad, me parece aprovechándose de los vacíos legales, y así obtener Liz Garten.
—Bueno, eso era de esperarse.
—Ella insistió en que hoy debía resolver algunas cuestiones legales para evitar problemas, así que hoy luego de este viaje al misterio, deberé volver al mundo real, a agilizar las gestiones, o ver manera de proteger la mansión hasta que haga uso de mi Posesión Efectiva.
—Yo creo que no habrá problemas por ese lado. Con todos los documentos que te avalan, él no tiene mucho qué alegar. Yo más le temo al hombre violento que vive en él. —Tom miró a Bill, pensando en la forma que ese hombre había procedido con el joven mago. Sintió un escalofrío, pero no dijo nada.
Luego de unos minutos, el túnel llegó a su fin a los pies de las escaleras. Todos se bajaron de los carros y se acercaron a la gran puerta.
—Es increíble lo que nos demoramos a pie, casi morimos de desesperación. Pero en carros ni se notó el camino —señaló Markus.
—Sí, es cierto. Creo que hemos sido demasiado benevolentes con todos estos. —agregó Tom, mientras giraba la rueda de la compuerta para abrirla después —Markus y yo debimos venir en carro, y todos los demás a pie trotando detrás de nosotros, así como una especie de bautismo.
—Ja-ja-ja —Georg remedó una risa burlesca —¡qué ingenioso estás Tom!
—Hubiera sido un lindo espectáculo verlos a todos con la lengua afuera —rió el de trenzas justo cuando abría la puerta.
Ante los ojos de las ocho personas se desplegó una imagen bizarra. Era un jardín, un parque. Pero lo extraño es que debieron llegar desde el interior, desde las profundidades de la mansión, para aparecer en este lugar que sus mentes se esforzaban por situar espacialmente, de manera inútil.
Sin aliento, sin palabras, se quedaron todos. Aunque Markus y Tom ya lo habían visto, no dejaba de sorprenderlos.
—Intento inútilmente situar este parque en algunas de las montañas que conozco, y no logro acertar con nada —dijo un asombrado pelinegro.
—Pero se nota que este jardín no ha tenido mantención en muchísimos años. Miren la vegetación ya crece salvaje. Si hasta me parece que de repente va a aparecer un Tyrannosaurus Rex.
—¡Ay Gustav! Ya me vas a empezar a asustar —el de gafas se rió, mientras el castaño medio encogido miraba para todos lados.
—Es hermoso, y el marco de las paredes de las montañas escarpadas, verticales y desnudas, acentúan el aire de misterio. Y fíjense, se hace eco —dijo el rubio —el canto de los pájaros se multiplica porque estamos en una especie de agujero gigante, en una especie de foso.
—¿Vamos a recorrerlo? —preguntó Alexa.
—Pues claro —respondió Markus Frank —hay cosas que debemos investigar. Nos vamos a separar, ¿de acuerdo? —todos asintieron —bien, somos cuatro parejas, entonces, nos repartiremos un sector del jardín cada pareja. ¿Quién al Norte?
—Nosotros —levantó la mano Andreas.
—Nosotros al Sur —dijo Gustav.
—Bien, entonces, Bill y yo al Oeste.
—Okay, Anton y yo al Este. —terminó de decir Markus.
—¿Punto de encuentro y hora? —preguntó Alexa.
—Acá mismo, en una hora. ¿Les parece?
—Sí —respondieron todos.
—Prohibido inspeccionar el disco hasta que estemos todos juntos otra vez, podría ser peligroso —advirtió Tom.
Y cada pareja partió en la dirección que se les había asignado. Tom y Bill caminaron por entre el tupido follaje hacia el Oeste. Era aún muy temprano, y debido a las altas paredes que rodeaban al jardín, los rayos del sol matutino sólo alumbraba hacia los picos altos de las paredes del Oeste.
—Esto pareciera ser el fondo de un volcán extinto.
—Ah Bill, acá no hay volcanes.
—O bien hubo aquí un glaciar que desapareció hace siglos. Pero esas paredes no están así producto de la intervención humana. Yo creo que esto estaba así y la familia Kaulitz aprovechó las circunstancias, el lugar, la ubicación. Eran bastante excéntricos.
—Bill, ¿quiénes son nuestros padres?
—No lo sé, intenté averiguarlo hace unos años, pero no hay información. O por lo menos no quisieron dármela a mí. Sólo me dijeron que habían muerto.
—O sea, no nos abandonaron.
—¡No! ¿Cómo podría alguien hacer eso con dos bebés tan hermosos como nosotros?
—Pero mis padres nunca me dijeron nada.
—¿Cómo se llaman?
— Geert y Simone.
—¿Son buenos padres?
—Supongo que sí, aunque mi madre es sobre protectora. Y yo creo que siempre me notó algo raro, porque cuando le contaba de mis sueños, ella los ridiculizaba, o bien decía que eran tonterías, y con los años dejé de darles importancia. Yo creo que soñé contigo un sin fin de veces, pero borré tu rostro de mi mente, hasta que volvió a estar frente a mis ojos cuando vi el cuadro hace más de una semana. Y mi corazón se llenó de emociones. Lamento no recordar los sueños, pero sé que ahí están.
Bill tomó la mano de su amado, y caminaron así. A cierta distancia se escuchaba la caída de agua.
—¿Te das cuenta que el agua es nuestra constante? —comentó el mago sonriendo. Tom se rió, y se acercaron rápido hasta el origen del sonido.
Era una fuente, y en la roca había una cueva de la cual surgía una cascada de colores brillantes, verdes, azules. Era hermoso.
—Ven —dijo Bill, comenzando a desnudarse.
—¿Estás loco? Estás convaleciente, no estás bien —dijo alarmado Tom, y más al ver las inmensas contusiones moradas en su torso, tanto en el pecho como en la espalda.
—Ven, el agua helada me hará bien.
—Yo no estoy tan seguro de eso, Bill.
—Bueno, no lo sé. Pero si entras conmigo al agua, me podrás ayudar a entrar en calor.
—Oye, con esa agua tan helada, la tripita que tienes colgando entre las piernas se te va a encoger a su mínima expresión, y así no habrá nada que la reanime.
—Vamos, no seas cobarde, ¡sígueme! —y Bill nadó hasta la cueva para acercarse a la cascada.
—Maldita sea —masculló el de trenzas, mientras se desvestía. Tom alcanzó a observar que Bill se subió a un pequeño muro de piedra junto a la cascada, lo suficientemente ancho para que cupiera su cuerpo sin problemas.
Tom llegó a su lado, sintiendo que sus músculos se adormecían con el frío.
—Bill, ¿acaso no te duelen las costillas y el hombro por todo el esfuerzo que estás haciendo?
—Pues no sé, con el frío no siento mucho —Tom terminó de subir y se puso sobre Bill —nene, caliéntame, como lo hiciste ayer. —el pelinegro alzó su cabeza para atrapar los labios temblorosos de su amado. Y el beso se intensificó.
La sangre comenzaba a correr tibia por los cuerpos, por los músculos, llenando de a poco sus penes, volviéndolos a la vida. Las respiraciones se volvían cada vez más agitadas, las manos ansiosas recorrían sus pieles. Tom intentando al máximo no lastimar y aplastar el delicado cuerpo de su amor, sosteniendo su torso a cierta distancia, apoyándose en un brazo.
—Es mejor así —dijo el de trenzas y se puso al revés dejando sus partes íntimas sobre la cara de Bill, mientras él con su boca comenzaba a succionar el pene aún medio fláccido del pelinegro. El mago hizo lo mismo. —Bill, dilátame —dijo Tom con voz ronca. Y el pelinegro obedeció gustoso, abriendo lentamente esa entrada. Hacer eso, le excitó inmediatamente, haciendo que su pene se erectara. Con una mano dilataba el esfínter de Tom, con la otra le masturbaba. Para Bill no había nada más delicioso que tener así a su amado, tan expuesto y deseable. Las ansias de poseerlo le hacían temblar, de sólo recordar cómo se sentía la tibieza y suavidad de las entrañas de Tom, rodeando su miembro, del placer que le provocaba el roce constante de piel con piel, de cómo Tom apretaba sus entrañas en voluntarios e involuntarios espasmos debido a la proximidad del orgasmo, haciéndole ver las estrellas. Ya no aguantaba más. Tom percibiendo lo mismo, se sacó el pene de Bill de la boca y se volvió a dar vueltas.
—¿De verdad estás listo?
—Más vale que sí, porque ni tú ni yo aguantaremos muchos más —dijo Tom, con respiración alterada.
Tom se sentó sobre los muslos de Bill, luego avanzó las caderas hacia delante, corrió un poco sus piernas, Bill sujetó la base de su pene, y el de trenzas, dejó caer su entrada sobre la punta, empalándose luego, suspirando. Bill, al sentir la presión envolvente en su miembro arqueó su espalda de gusto, cerrando sus ojos por un instante, mientras un gemido involuntario salía de su boca. Tom comenzó a moverse, no esperó un segundo, acercó sus labios a la boca del pelinegro, dejando gemidos y jadeos dentro de ella, besando con ansias, apretando los labios, mordiendo, moviendo frenéticamente su lengua, dejando rastros de salivas en los labios y el mentón de Bill. El pelinegro le sujetaba de las caderas, dejando que Tom se moviera libremente a su ritmo, concentrado en las múltiples sensaciones que sentía su cuerpo, por su boca, por sus manos, por su sexo. Embebido de Tom, así quería estar. Ya no le era posible imaginar la vida de otra manera.
El de trenzas dejó de besarlo y se sentó más erecto, sin dejar de moverse, cabalgando sobre las caderas de Bill, sintiendo que el pene de su amado rozaba su próstata con el movimiento. Los testículos de Tom se veían turgentes y duros como su falo. Tal visión enloquecía a Bill, y agarró el miembro de su amante con sus manos para darle más placer, provocándole calor, del frío ya no se acordaba, sólo era consciente del magnífico placer que sentía tener dentro suyo a Bill. El eco dentro de la cueva, multiplicaba los gemidos y los jadeos, repitiéndose en el aire cientos de veces las palabras entrecortadas de amor y deseo.
Tom quería a Bill dentro suyo, Bill quería empaparse de Tom miles de veces. ¿Era amor o hambre primitivo? Era ambos, admitió Bill en sus locos pensamientos, los únicos que lograba pensar en medio del éxtasis. Menos podría ahora coordinar otros pensamientos al ver que Tom bajaba y subía sobre su pene, aumentando el roce, provocando el choque con su punto de placer, con toda la intensidad que sus movimientos se lo permitían, lo que era humanamente posible, más que eso ya no se podía. Casi se salía Tom de la punta del pene y se dejaba caer otra vez con fuerza, mientras de su garganta salían los gemidos, replicándose en la garganta de Bill, y estos a su vez repitiéndose, al chocar las ondas sonoras en las paredes de la cueva, apenas apagados por la fuerza del agua, un concierto de sonidos, de la fuerza de la naturaleza, hombre y elementos, unidos en un canto al movimiento y a la vida misma.
La expresión del amor desatado, más allá de las barreras de los prejuicios y de la muerte, donde el deseo encuentra su cauce en un justo equilibrio con el amor más puro e imperecedero. Eso eran ellos, hombre con hombre, hermano con hermano, una aberración para muchos, pero en medio del secreto de los muros y el agua, ellos eran libres, amándose sin tapujos, sin miedo al olvido, sabiendo que se pertenecían, sabiendo que así será por siempre. Que una vida no les basta para amarse, y si nacieran de nuevo, volverían a este punto, donde se encuentran ahora, uno encima del otro, moviéndose, penetrando y siendo penetrado, gozando del placer propio y el del otro. No bastándole las limitaciones de su cuerpo para darse amor, queriendo hacerse aire y universo para demostrarse lo mucho que se aman. Observando desde afuera y desde adentro el balanceo de placer que se daban entre ellos. Observando desde lejos sus cuerpos sudorosos, sus expresiones de deseo, escuchando sus gemidos, y luego navegar cual torrente sanguíneo por sus venas y escuchar el bombeo de sus corazones, latiendo sólo para poder amarse un instante más.
—Tom te amo —eran la limitadas palabras que Bill podía pronunciar, pero que no bastaban para dar cabida a todo lo que sentía. Ninguna expresión era lo suficientemente acertada para expresar lo que sentía por él, lo que estaba viviendo por él.
—Yo también te amo —respondió Tom , igual de limitado por un lenguaje inventado por lo hombres, y por eso mismo demasiado restringido para poder decir lo que quería, porque no existía en las palabras. Se conformaban con eso, sin embargo, porque en sus pechos, el fuego del sentimiento era visible para el otro.
Y sin poder contener más sus cuerpos, el orgasmo iba a llegar, en medio del frenesí de la danza de Tom, en medio del desesperado vaivén de Bill. Sus penes se hincharon hasta su máxima capacidad, anticipando la explosión del orgasmo, que los haría tocar el cielo. Y cuando éste llegó, los llevó a un punto donde el sufrimiento, el gozo, el placer, el amor y el dolor eran una sola cosa. Navegando en esa emoción física y espiritual imposible de definir en una sola palabra.
Aletargados, dejaron sus cuerpos descansar, intentando volver a este plano existencial, dejando atrás el universo paralelo que los cobijó durante el placer. Se quedaron allí disfrutando del momento, escuchando el agua caer.
—¡Bill! ¡Tom!
—¡Mierda! Nos llaman —dijo Bill medio asustado, medio avergonzado. Tom se rió y dando una bocanada de aire por el cambio de temperatura, se hundió en el agua, para nadar luego hacia la orilla. El pelinegro lo siguió. Se vistieron apresurados, todavía húmedos, y con los corazones a mil. Los volvían a llamar.
—¡Ya vamos! —respondió Tom. Luego de vestidos, partieron presurosos. —¿Cuánto rato ha pasado?
—Me parece que más de la hora.
—No estuvimos tanto rato allá, ¿o sí?
—No, pero si le sumas la caminata, el preámbulo y luego el descanso pues, sí, se van sumando los minutos.
—¡Scheisse!
Llegaron al punto de reunión, con lo cabello mojados, y las ropas algo húmedas.
—¿Qué les pasó? —preguntó un preocupado Anton.
—Pues —y Tom se decía, “piensa, piensa” —es que Bill se cayó al agua. Sí, eso fue. —Bill lo miró con cara de asombro.
—¡¿Qué?! Ah sí, me caí —confirmó Bill, dándole una mirada de reproche a su amorcito.
—¿Estás bien?
—Sí, sí —respondió cortado Bill, sintiéndose imbecil.
—Okay, ¿novedades en sus recorridos? ¿Andreas?
—Nada, aparte de mucha vegetación y asientos en mal estado. Esto, bien cuidado, debe ser hermoso de verdad.
—Markus y yo tampoco encontramos nada espectacular, lo mismo que ustedes.
—Nosotros sí encontramos algo hacia el sur—dijo el de gafas.
—Sí, encontramos una cabaña, que se ve bastante bien. No pudimos entrar, pero por las ventanas se alcanzaban a ver los muebles, los objetos de decoración, pero nada más aparte de eso —terminó de decir el castaño.
—¡Uff! Eso es mucho —dijo Markus —habrá que averiguar quiénes lo usaban y para qué. Y por lo visto Bill y Tom encontraron agua —todos rieron.
—Sí con cascada, y una cueva, muy bonita, una fuente escondida hacia la pared Oeste.
—Bien, tocará verla, qué más hay en esa cueva, con todo lo que hemos visto nunca se sabe. Y bueno, pues entonces vamos al disco, así podremos averiguar un poco más de eso, ¿no?
—Caerse al agua, ptss —dijo el castaño al pasar junto a Bill y Tom —así se le llama ahora.
Los enamorados se miraron con complicidad —no se me ocurrió nada más, perdona —se disculpó Tom. Y el pelinegro le hizo un gesto de que ya no tenía importancia.
Al llegar al disco, Bill quedó con la boca abierta —esto es magnífico.
—¿Les parece si hacemos una prueba con algún objeto? —preguntó Markus.
—Sí —respondió entusiasmado el joven mago, y los demás estuvieron de acuerdo.
Markus tomó una piedra y la arrojó sobre el disco, ésta al caer lo hizo sonar tanto, que empezó a vibrar, la luz azulina llenó los alrededores, y la piedra comenzó a dar tumbos dentro del disco.
—¡¿Por qué no desapareció la piedra?! —preguntó Tom a gritos para hacerse escuchar.
—No sé, tal vez debíamos hacer algo antes. —respondió Markus, mientras la piedra daba tumbos, provocando destellos lilas y algo parecido a los relámpagos.
—¡Hay que quitar esa piedra! —exclamó Tom. Acto seguido, y sin prevenir a nadie, se subió al disco. En el mismo instante que lo hizo su imagen se desvaneció.
—¡TOM! —gritó Bill casi fuera de sí —Bill hizo ademán de seguirlo, pero Georg y Markus lo sujetaron —¡Déjenme! —y un viento arremolinado comenzó sobre las cabezas de los tres hombres, que bajó luego hasta la superficie, obligando al castaño y al administrador soltar a Bill. Y ese fue el momento que aprovechó el joven mago para subirse al disco, y desvanecerse tal como le había ocurrido a Tom.
Cuando Tom abrió los ojos luego del destello, ya no vio a ninguno de sus amigos, ni a Bill.
—¡Bill! ¡Georg! ¡Andreas! —nadie respondió. Bajó del disco y se dio cuenta que estaba atardeciendo, que a diferencia de hacía un instante, el jardín tenía un aspecto muy cuidado. Se quedó allí expectante, sin saber qué hacer.
Medio minuto, eso sería el tiempo transcurrido y no más cuando el disco vibró, y en medio de una brillante luz azul se materializó Bill.
—¡Bill! —gritó eufórico. El de melena negra bajó y abrazó a su amado.
—Creí que te había perdido —se soltaron suavemente mientras —¿dónde estamos?
—Yo creo que la pregunta no es dónde, sino cuándo —unas risas a lo lejos les llamó la atención —vamos a ver quiénes son. Mira Bill, está atardeciendo, y el jardín está bien cuidado, no estamos en la misma época —avanzaron con cierto silencio por entre los árboles y los helechos —muero por saber quiénes son.
—Shhh, nos pueden oír. —a medida que se acercaban se escuchaban cada vez más fuertes aquellas voces, hasta que una de las risas los hizo paralizarse. Se quedaron allí expectantes, esperando escuchar más, y entonces volvieron a oírlo. Era la voz y la risa de Tom. El de trenzas sintió débiles las piernas —¡Mierda Tom! Son ellos, o sea nosotros. Dios, esto no es bueno.
—¿Por qué?
—Dice la teoría que dos yo, que la misma alma no puede mirarse a los ojos desde distintos cuerpos, si eso ocurre uno de los dos desaparece.
—No me gusta esa teoría, ¿tienes otra versión?
—No, lo siento.—avanzaron otra vez temerosos de esos dos, que ignorantes de lo que ocurría, reían y conversaban animadamente. El mago y el de trenzas se ubicaron a cierta distancia, suficientemente cerca, pero lo bastante lejos como para poder mirar sin ser vistos.
Sentados en el césped, estaban Bill y Tom Kaulitz. El de melena negra se apoyaba en sus manos puestas más atrás de sus caderas. El rubio Tom permanecía sentado a lo indio a su lado, muy pegado a su gemelo, mientras jugaba con un perrito blanco en su regazo.
—¿Tú crees que nos haremos viejitos aquí los dos? —preguntó el rubio de melena larga.
—Eso espero, y cuando ya no tengamos ni dientes ni pelo, vendremos hasta acá para estar solos, lejos de todos, igual que ahora.
—Claro que así de viejitos nos vamos a demorar todo un día en llegar hasta el jardín, y ya será tan tarde que nos deberemos regresar inmediatamente. —Bill se rió con las ocurrencias de Tom.
El mago y el de trenzas rieron también.
—Pero entonces tendremos que salir de amanecida, llegaremos acá al mediodía, y estaremos un rato, almorzamos en la cabaña y nos regresamos.
— ¿Y a qué hora haremos el amor? Si nos vamos a demorar para todo el doble de tiempo, creo que no vamos a alcanzar a regresarnos ese día, porque cuando terminemos de quitarnos la ropa ya será de noche —el mago y el de trenzas se mordían los labios para no soltar la carcajada junto con Bill.
—Eres un loco, ¿sabías? —y lo besó —pero así te amo Tom, como un loco.
—Yo no imagino la vida sin tu amor. Y si por alguna razón debemos separarnos, yo te buscaré Bill, por todo el universo si se puede.
—Nadie nos va a separar. Aquí seguiremos los dos dentro de veinte años, dentro de treinta. Veremos salir nuestras canas, y las primeras arrugas surcar nuestra piel. Te amo, y te seguiré amando entonces igual o más que ahora.
De pronto el perrito se puso en alerta, a gruñir en dirección al arbusto que ocultaba al mago y al de trenzas.
—¿Qué te pasa bebé? —le preguntó el rubio Tom. En ese momento el perrito se soltó y salió corriendo hacia el arbusto. Con fuerza agarró el zapato del mago.
—¡Scheisse! —dijo sin poder soltarse del perro. El de trenzas creyó que el corazón se le saldría por la boca, y con espanto vio que los gemelos se dirigían hacia ellos.
— ¡Lucky! ¡Ven acá!
—Tom, alguien hay allí, tras del arbusto. —dijo Bill a su gemelo.
—Tom, corre, que no te vean, yo me voy por acá —le dijo el mago al de trenzas. Tom Trümper salió corriendo. Bill Kaulitz lo vio y salió tras él.
Bill, el mago, salió corriendo en la dirección contraria, seguido por el perro, y detrás de él, Tom Kaulitz —¡Lucky, obedece! ¡Ven acá! —el mago corrió en dirección a la fuente y la cascada, de manera impulsiva, sin pensar. De pronto se dio cuenta que no tenía salida.
Llegó hasta la orilla y se detuvo, el pequeño perro comenzó a mordisquearle los zapatos. Había sido alcanzado, y derrotado, se dio la vuelta para enfrentar al joven rubio que con desconfianza lo estaba mirando, mientras se acercaba lentamente con una gruesa rama en su mano. Cuando Tom vio su rostro, abrió la boca por la sorpresa, iba a gritar pero no pudo.
—Eres... Eres como... Igual —se acercó al mago, lo observó detenidamente y soltó la rama.
—Hola Tom —dijo el mago con los ojos llenos de lágrimas —te extrañé tanto.
—¿Quién eres? Te pareces tanto a mi Bill... No, eres igual a mi Bill.
—Soy Bill, pero no de ahora.
—¿El portal? ¿llegaste por el portal? —Bill asintió —el portal está malo —el joven rubio extendió su mano y le acarició la mejilla, con el pulgar secó una lágrima que rodaba lenta, dejando un surco húmedo —¿por qué lloras Bill?
—Nunca soñé con verte así tan real, tan de carne y hueso, no en mi existencia, pero tan igual a como te recordaba.
—¿Por qué me recuerdas?
—Siempre te recordé, desde que fui consciente de quién era yo.
—No entiendo nada ¿sabes? —el joven rubio tomó la mano del mago y la llevó a su mejilla —¿eres de otro siglo?
—Sí lo soy.
—¿Eres mi Bill, pero de otro siglo?
—Sí, Tom.
—No entiendo que seas tan igual a Bill, el olor de tu piel, su suavidad, el brillo de tus ojos. Los ojos son las ventanas del alma, y tu alma se ve igual a la de Bill, mi amado gemelo.
—Es porque soy el mismo, pero de otro tiempo.
—¿Y tú tienes tu Tom?
—Sí, lo tengo.
—¿Y lo amas? —las lágrimas volvieron a caer de los ojos de Bill.
—Más que a mi vida.
—¿Y están juntos?
—Sí, no es fácil, pero lo estamos. Y queremos seguir juntos hasta que seamos viejos.
—¿En el futuro? —el mago volvió a asentir. Su cuerpo reaccionaba al tacto suave de la piel de Tom, su mejilla estaba tibia y tersa. Era tan placentero sentirle, tan dulce y suave como lo recordaba —entonces —continuó Tom —si eres del futuro, tú puedes decirme —hizo una pausa, tragó saliva, y con el miedo reflejado en sus ojos le preguntó por fin —En esta vida, ¿Bill y yo envejeceremos juntos?
CAPÍTULO 25
Tom Trümper había corrido hacia el norte del jardín, pero sus pantalones no cooperaron lo suficiente con su huída. Bill Kaulitz, más ágil en su desplazamiento, no tardó en darle alcance, y dando un fuerte impulso a su cuerpo, saltó sobre la espalda del de trenzas haciéndole caer. Tom se giró, y Bill sujetó sus manos a ambos lados de su cabeza, manteniéndolas pegadas al suelo, mientras se sentaba sobre el vientre del contrario. Dejó que su respiración se calmara, lo que no fue difícil, ya que su presa no hacía intentos por escapar. Sólo entonces se fijó en el rostro de Tom, y un nudo en la boca del estómago le aceleró otra vez el ritmo cardiaco, cortándole el aliento una vez más. Era su Tom, pero al mismo tiempo no lo era.
—¿Tom? —dijo Bill Kaulitz con un hilo de voz, pareciendo debilitarse de pronto, pero sin aflojar la presión en las muñecas del de trenzas —¡Tom! —repitió ya con asombro. El de trenzas sonrió a modo de disculpa.
—Sí, yo. El mismo que viste y calza —dijo, intentando ser gracioso.
—¿Cómo?
—Que soy Tom —Bill soltó sus muñecas y con sus delicados dedos recorrió las mejillas de Tom, bajando luego hasta su cuello. Con dos dedos tomó un par de trenzas y las observó. El joven del futuro dejó de respirar un instante, en suspenso, con el pecho lleno emociones.
—Eres igual a mi Tom, pero no eres mi Tom.
—Lo soy, pero… De otra época —dijo el de trenzas, intentando sonar convincente —soy del futuro.
—¡Ja! ¡Y yo soy la Reina de Saba!
—Pues tú eres más linda, digo lindo —la cara de perplejidad de Bill hizo reír a Tom. El joven Kaulitz se levantó, liberándolo por completo.
—¿Te estás burlando? —Tom se puso de pie.
—¡No! No, cómo se te ocurre. Al contrario… —se acercó a Bill para poder mirarlo de cerca. Había extrañado el porte de caballero antiguo de su Bill, y después de ser testigo de su muerte, no había guardado esperanzas de verlo otra vez. El recuerdo de aquel hermoso joven moribundo, agonizante entre sus brazos, demacrado y sufriente, el recuerdo de su temprana muerte, le quitó el deseo de seguir alardeando de su buen humor. En cambio, se le llenaron sus ojos marrones de lágrimas. Seguía pensando que a pesar de que tenía a su Bill junto a él en el futuro, en su tiempo, la vida y la gente había sido cruel con ese ángel que le miraba con ojos desconcertados, porque no le dieron la oportunidad de vivir, de ser feliz. Se veía más joven de lo que recordaba de sus sueños, y como Tom aún estaba vivo, supuso que Bill no tendría más de 18 años. —Bill, estoy tan feliz de verte, me alegra tanto ver que estás bien cari… —se frenó, si lo trataba con mayor familiaridad no lo entendería —Me dijiste que no nos volveríamos a ver, pero…
—¿Te dije yo? ¡¿Cuándo?! Yo no…
—Lo sé, lo sé, eso es algo que sucederá después.
—Espera, espera. Sí que vienes del futuro, ¿verdad? —Tom asintió —¿Y cómo llegaste aquí?
Tom señaló hacia el disco —por el disco.
—El disco está malo, tenemos prohibido acercarnos a él. Mata a gente. —Tom tragó saliva. El joven Bill lo observó de pies a cabeza —tus ropas, son extrañas, y no he visto telas igual, y tu calzado… ¿qué es eso que llevas en la muñeca?
—Un reloj —el de trenzas se lo enseñó.
—Entonces, entonces… Oh Dios —suspiró el pelinegro —entonces el que está hacia el otro lado soy yo mismo ¿cierto? —Tom se paralizó, recordó la advertencia de su mago —¡¿Cierto?!
—S-sí, él es… Eres tú. —Bill se tomó la cabeza con ambas manos.
—Dios, mi Dios. Eso quiere decir, eso significa —y sus ojos se descubrieron ante Tom llorosos, haciendo que el de trenzas se alarmara.
—¿Qué sucede? —preguntó Tom con cierto temor.
—Que reencarnamos, ¡que reencarnamos!
—¿Y eso es malo? Yo encuentro que es bueno porque…
—¡¿Bueno?! No lo es…—dijo llorando ya abiertamente —¿no te das cuenta? Y tú debes saberlo perfectamente. Que si volvimos a nacer es porque algo resultó mal para mi Tom y para mí, ¿verdad? —Tom guardó silencio, sabía la respuesta, la conocía muy bien, sólo bajó sus ojos como toda evidencia —¡¿Verdad?! ¡Dime! Dime —dijo entre sollozos el joven Kaulitz. Y le dio un pequeño manotazo en el pecho, pequeño, pero enérgico —¡DIME! —gritó. Tom balbuceó. No dijo nada, sólo continuó con la vista en el suelo intentando no llorar —entonces… —volvió a decir Bill en un quejumbroso susurro —lo perderé de algún modo.
—No… Bill, estamos juntos. Lo estaremos.
—Pero lo perderé en esta vida… Y sólo la muerte me lo podría arrebatar —dijo entre sollozos —Necesito ir por Tom.
—No, Bill. De seguro está con Bill, con el otro.
—Con mayor razón, no quiero que le diga nada. —el joven Kaulitz comenzó a caminar. Tom se apresuró, y lo alcanzó a sujetar de una mano, haciéndole volverse.
—No puedes. Bill, no te puedes mirar a ti mismo. Yo no entiendo cómo, pero de algún modo puede ser peligroso.
—Si es peligroso, ¿por qué vinieron? —Bill miró a su alrededor, como buscando algo —¿cómo es que el disco funcionó con ustedes?
—Fue un accidente. Me subí al disco, y me transportó hasta aquí. Bill me siguió.
—Eso es imposible, ya te dije que ese disco está malo. No sirve para nada. Nadie sabe por qué o para qué está aquí. Si lo usaste deberías estar muerto.
—Por lo visto, está funcionando, y el hecho de que Bill y yo estemos acá nos demuestra cuál es su fin.
—¿Qué hacemos? Si no puedo verme, y no quiero que él … Yo… Él le diga nada a Tomi —sollozó.
Tom se quedó pensando un instante —ya sé cómo—dijo escueto.
—Tom —dijo suavemente el pelinegro —más importante que eso es que te des cuenta que ni la muerte nos ha logrado separar, mucho menos el odio y el rechazo —el mago acariciaba la mejilla del otro, que con ojos esperanzados aguardaba la respuesta definitiva de Bill, pero no dijo nada más.
—Yo nunca dejaría de amar a Bill, él es mi vida, es mi oxígeno. Si alguien me separa de él, yo no querré vivir sin él ni un sólo instante. ¿Sabías que nos odian? —Bill asintió —nos venimos a esconder aquí cada vez que podemos. Nadie sabe de este lugar, sólo nosotros —los ojos marrones del joven rubio se aguaron sin contener las lágrimas —¿por qué no nos dejan en paz?
—Eso no importa si se tienen ambos —la mano del pelinegro recorría ahora los cabellos rubios de Tom —nunca olvides que Bill te ama.
—¡TOM! —se escuchó la voz de Bill Kaulitz a cierta distancia. Bill, el mago, se sobresaltó.
—Es Bill, no puede verme. Sería desastroso —dijo el pelinegro en un jadeo lleno de tensión.
El llamado del joven Kaulitz hizo salir a Tom de su trance —¡Tom ven!
—¡Estoy, estoy con…!
—¡Lo sé! ¡Deja que se vaya! —el joven Tom miró compungido a Bill Koening. Este asintió y le acarició por última vez la mejilla.
—Así debe ser. Ve con él. —Tom Kaulitz comenzó a caminar hacia la dirección de la voz de su amado, mientras Bill, el del futuro, se daba media vuelta y partía corriendo en dirección al disco.
Cuando llegó allá, su corazón sintió alivio. Ver a su Tom fue como un bálsamo, la sonrisa de su amado, el de trenzas, era el mejor regalo de la vida. Allí estaba, esperándolo para partir. Bill se acercó y lo besó.
—Fue duro. Me dolió el corazón —dijo Tom con ojos llorosos.
—Lo sé amor —respondió el pelinegro, apegando su frente a la de Tom. —No miremos atrás, yo sé que ellos nos están observando desde las sombras.
—Esperemos que esta mierda funcione de vuelta.
—Eso espero —agregó el mago, mientras Tom hacía vibrar el disco frotando una piedra en él. El sonido típico del disco, traspasó los oídos, e hizo estremecer los vientres. La incipiente oscuridad de la noche se tiñó de color índigo —estoy orgulloso de ti —dijo Bill. Subieron al disco y desaparecieron.
Bill y Tom Kaulitz permanecían abrazados a cierta distancia. Tom con su perrito entre sus brazos, escondidos tras unos árboles —vamos a la cabaña Tomi, ya se hace tarde —dijo Bill, mientras un par de lágrimas resbalaban de sus ojos. Tom no las vio. No supo del pesar de Bill esa noche, ni ningún día después de eso. Bill no le dijo nada. Nunca.
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—¿Será que se desintegraron?
—¡Gustav! —el castaño le dio un manotazo a su novio —¡¿Cómo puedes ser tan insensible?!
—Pues hemos de esperar que no —dijo un preocupado Markus.
El rubio, tomado fuertemente de la mano de Alexa, tenía los ojos húmedos, con el llanto retenido a duras penas en la garganta —¡deberíamos hacer algo! —exclamó angustiado.
—¡No! No. Esperemos. —dijo Anton, intentando calmarlos a todos y calmarse él mismo. —ellos aparecerán otra vez.
Todos se quedaron en un silencio expectante, esperando una señal, que el disco volviera a vibrar, que se llenara todo con esa luz azulina, pero los segundos que parecían horas, pesaban en el aire, volviéndolo espeso, desesperante, sombrío a pesar del sol matutino, aquel que ya alumbraba en las paredes Oeste de la montaña.
Markus se paseaba como león enjaulado —¿qué hora es? —preguntó a quien quisiera responder. Andreas miró su reloj y frunció el seño.
—Mi reloj se volvió loco —espantado observaba como las manecillas giraban sin control. Los demás en un acto casi reflejo miraron sus relojes, descubriendo en los suyos el mismo fenómeno.
—Es por el magnetismo que tiene esta cosa —dijo el de gafas —esperemos que no sea radiactivo también.
—¡¿QUÉ?! —chilló el castaño.
—Digo… Puede ser.
—¡Gustav, eres insufrible! —exclamó Georg, apartándose de él.
—No creo que sea radiactivo, en esa época no sabían de esas cosas —intentó tranquilizarlos Anton.
—Pues en esta época tampoco sabemos de discos que desaparecen gente, sin embargo aquí hay uno. —refutó el rubio —así que es posible cualquier cosa. Además, ¿cómo sabe usted de qué época es? Puede ser tecnología extraterrestre. Puede ser que los Kaulitz lo fueran, puede ser que Tom y Bill lo sean, y se regresaron a su planeta…
—¡BASTA! —hizo callar Markus —nos volveremos locos si seguimos pensando en tantas imbecilidades juntas. —hizo una pausa —mejor concentrémonos en lo que tendremos que hacer si no regresan.
Silencio.
Andreas sollozó calladamente.
Nadie más habló por un buen rato. Del tiempo no tenían ni idea. Era como si estuvieran suspendidos fuera del tiempo. ¿Y qué harían si no regresaban? Era la pregunta que todos se hacían. Era demasiado bizarro pensar en algo así. No tenía sentido el mundo si sucedían ese tipo de cosas. Así que lo mejor fue dejar sus mentes en blanco, y no decir nada. Si no lo decían, no se concretaría.
Después de un momento angustiante y largo, imposible definir cuánto. El disco volvió a vibrar. Los corazones de todos se aceleraron a mil revoluciones.
—¿Son ellos? —preguntó esperanzado el rubio. La respuesta pareció confirmarse cuando la luz índigo se hizo visible ante sus ojos.
En un microsegundo las figuras altas y estilizadas de Bill y Tom se materializaron por fin sobre el disco. Sus rostros se crisparon al ver la luz del día, después de haber dejado aquel pasado ya en penumbras por la noche que se acercaba, el cambio de luz afectó sus ojos, cubriéndoselos para mitigar el impacto. Pero luego de eso sus caras sonreían, parecían felices de volver.
Bajaron del disco, y todos corrieron a abrazarlos. Georg rompió a llorar por fin, y Andreas se secó las lágrimas. Todos les hablaban al mismo tiempo. Todos querían saber, y ellos querían contar.
Aunque al principio las preguntas y respuestas eran atropelladas, y tanto Tomo como Bill tenían su propia historia para narrar, lograron al fin, después de un rato, saciar su curiosidad unos, y desahogarse otros.
—Así que lo que deberíamos hacer ahora mismo, antes de irnos es visitar esa cabaña —concluyó Bill.
—¿En serio Bill? —preguntó Markus —¿lo crees importante así?
—Lo creemos —respondió decidido el de trenzas.
—Entonces vamos. Nuestros guías serán Georg y Gustav. —y se dirigieron hacia el Sur.
Era hermoso ver las diferentes tonalidades de verde, varios de los que en ese instante marchaban hacia el Sur en busca de la cabaña, pensaban que habían visto todos los verdes en su vida, pero ahora recién podían asegurar que era así. Se distinguían estatuas de diferentes divinidades, destacándose la de la Diosa Diana, con su arco en la mano y las flechas en su espalda, junto a ella unos perros perdigueros. Una hermosa estatua blanca que contrastaba con el intenso verde, pero lo más llamativo, era que a diferencia de las otras figuras de divinidades repartidas por el parque, la de Diana no había sido invadida por las enredaderas, ni vegetación alguna. El perfecto perfil clásico de la Diosa, a Tom se le hizo similar al de Bill. Reparó entonces en el color ennegrecido que tenía una pequeña plataforma que estaba a los pies de la figura —¿Eso es un altar? —preguntó en voz alta.
—Sí —respondió Bill.
—Ese color negrusco es de las velas que se encendían para honrarla. —agregó Anton. Bill se apartó del grupo y caminó los breves pasos que los separaba de la estatua. Detrás de él fue Alexa. El grupo observó curioso la escena, sin comprender a los dos jóvenes —Ave benedicta et potentis Diana —dijo la chica que se acercó al altar de la Diosa y dejó una pulsera suya a modo de ofrenda. Bill se mantuvo más atrás de ella, y luego como si hubiesen ensayado los desplazamientos, al mismo tiempo se dieron vuelta para retornar al camino y al grupo, mientras Georg le comentaba a su novio —estos son raros —Gustav, casi no gesticuló, pero sus ojos sonrieron.
Luego de un tiempo relativamente breve de caminata, donde el grupo hacía diferentes comentarios de lo que veía. Andreas aprovechaba su conocimiento de geología para analizar el terreno, y los demás con más o menos entusiasmo lo escuchaban, y algunos hasta se atrevían a responderle o contra-preguntarle, provocando las miradas enojadas de los otros que ya estaban hartos del tema, la cabaña se divisaba por fin entre el follaje.
Parecía tan pequeña, escondida entre la espesa vegetación. El sol ya empezaba a alumbrarla. Estaba construida de troncos macizos, tan diferente a las casas tradicionales de Baviera, más bien el estilo se asemejaba a las casas de las praderas americanas. De su techo sobresalía una chimenea. Aparte de eso, no tenía ningún otro elemento decorativo.
—¿Cómo entraremos?, porque vamos a entrar, ¿verdad? —preguntó el castaño, a medida que se acercaban.
—Bueno, la idea es no forzar nada, así que si está cerrado, pues talvez no podamos entrar por ahora —señaló Anton. —la idea es resguardar lo que es patrimonio cultural e histórico.
—Yo puedo abrirla, sin forzarla —dijo Bill categórico.
—¡Es verdad! —exclamó entusiasmado Tom, recordando esa “habilidad” de Bill.
Se acercaron y se asomaron por las ventanas. El suave cortinaje permitía ver a través de ellas, y tal cual lo habían descrito Gustav y Georg, no parecía tener nada espectacular, aparte de su innegable sencillez.
Tom se acercó a la puerta, manipuló la manija, y para sorpresa de todos, la puerta cedió —¡hey! La puerta está abierta. Yo sé que no fuiste tú Bill —dijo el de trenzas.
—No he hecho nada. —confirmó el mago.
—Estaba cerrado hace una hora, lo puedo asegurar —interrumpió sorprendido el castaño que se acercó a la puerta.
—Es verdad, Georg y yo intentamos entrar y no pudimos —Gustav lucía tan perplejo como su novio.
—Será… —dijo Bill pensativo. Dejando su idea en suspenso.
—¿Será qué? —Tom comenzó a ponerse ansioso. Miró al mago esperando respuesta.
—Que ellos… Luego de vernos, decidieron dejar la cabaña abierta. Sabían que vendríamos, y tal vez necesitamos ver lo que hay dentro.
—Puede ser —dijo más tranquilo el de trenzas.
—¡Esperen! —Anton se acercó más a la puerta —esperen. Ese no es un detalle menor, no soy físico, pero por mi profesión leo mucho, y recordé algo que leí por ahí, creo que fue el año pasado. ¡Dios! Uno nunca piensa que tales cosas tengan más tarde alguna relevancia en tu vida, ahora me arrepiento de no haber leído más sobre el tema, claro uno piensa al principio ¡Pamplinas! Esto es sólo otra idea loca de un loco y…
—¡Por favor Anton! Resuma —reclamó Markus Frank.
—Sí, sí. Lo siento. Es que la puerta abierta significa algo más, entonces —el historiador empujó la puerta, y se volvió con el rostro pálido. Sus ojos parecían asustados.
Markus abrió la boca, y tragó sonoramente aire —no me diga, por favor que no sea lo que estoy pensando.
—¡Les ruego que dejen los acertijos! O si no aquí mismo me dará un derrame cerebral —exclamó exasperado el rubio.
—Lo siento, lo que quiero decir es que si los gemelos hicieron cambios luego de la visita de Bill y Tom, significa que hemos afectado el continuo del tiempo. —dijo por fin Anton.
—Entonces es posible que el mundo allá afuera también haya cambiado. —dijo el castaño al borde de las lágrimas.
—Pero si así fuera, nosotros presentaríamos cambios, no sé… Tal vez en la ropa, en nuestros aspectos físicos, tal vez alguno de nosotros no estaríamos aquí ahora —alegó el mago.
—Pero es que si ocurrieron cambios no lo sabríamos, ya que la otra realidad no existiría. Si hubo alguien más aquí en el grupo y ya no está, pues según esta nueva realidad, nunca vino, entonces no la recordaremos…
El grupo se quedó mudo.
Se miraron entre ellos, observando sus ropas, mirándose a los ojos, preguntándose en silencio si los otros los recordaban así como se veían en este momento, o sí habían cambiado sin enterarse siquiera.
—Nos vamos a volver locos —sollozó Alexa —pero si mi realidad ya no fuera la de antes, entonces ni siquiera extrañaría a nadie. ¿Verdad? —Anton le confirmó sin hablar. —entonces hay que decir adiós a aquellas personas que amamos alguna vez y que ya no recordaremos jamás.
—¡Esperen un momento! —llamó la atención el de trenzas —yo muchas veces en mis sueños viajé al pasado, y con la información que le di a Bill pues hice cambiar el futuro varias veces.
—Sí, Tom. Pero esos cambios ya estaban de algún modo. Sin embargo, ahora el cambio ocurrió durante este momento, durante nuestro presente. —aclaró Markus.
—Mierda —dijo calladamente Tom, mientras entraba a la cabaña —yo quiero creer que no cambió nada más que la puerta cerrada… ¡Hey! ¡hey! —se volvió hacia el grupo —no ha cambiado nada, o si ha cambiado lo sabremos.
—¿Por qué dices eso? —preguntó ansioso el castaño.
—¡Habla ya! Que la vena está a punto de reventárseme —lloriqueó Andreas.
—Que si el continuo del tiempo hubiera sido alterado, y con eso cambiara nuestra realidad, pues Georg y Gustav no recordarían tampoco la puerta cerrada. Simplemente no extrañarían que estuviera abierta. No digo que tal vez no hemos alterado la realidad, lo sabremos luego, pero de algo estoy seguro ahora, no hemos olvidado la realidad tal cual la teníamos antes de llegar aquí.
Bill sonrió por fin —esperemos que así sea, amor.
—Ok Tom. Creo que esto de la física cuántica no es mi fuerte —intervino el de gafas.
—Yo aún tengo el corazón latiendo como loco. —señaló Markus.
—Y yo no he dejado de sudar —Anton entró por fin a la cabaña junto con el grupo. Todos se quedaron en silencio. Menos Alexa que se quedó en el umbral —sus energías están aquí, están presentes como si no se hubieran ido, como si el tiempo fuera el mismo.
—Sí, es extraño. Como si el tiempo y el espacio no contaran en este lugar —agregó el joven mago.
La cabaña estaba decorada con elementos finos, elegantes, pero al mismo tiempo sobrios y sencillos, sin romper la coherencia con la construcción misma, tan rústica.
En la sala de estar, un par de sillones y un sofá junto a un par de mesitas de té, enfrentaban la chimenea, en cuyo tope había un reloj que ya no funcionaba. Sobre la pared un cuadro con la imagen de los gemelos, sentados uno al lado del otro, vestidos de riguroso negro. Junto a la sala de estar, un comedor-cocina. La mesa era pequeña. Y los muebles de cocina denotaban su desuso de tantas décadas.
Por el pequeño pasillo, se llegaba a la alcoba. Había en él una gran cama con dosel, acompañada a cada lado por mesitas de noche. En un rincón, había un ropero de tres cuerpos. Tom lo abrió y descubrió dentro algunos abrigos, paraguas y gruesas botas. Bill, junto al de trenzas, examinaba los elementos encontrados y decidió investigar lo que pudiera haber dentro de los cajones que estaban a los costados del ropero.
Al abrir el primer cajón encontró un sobre, en el cual se leía “Para Tom y Bill”. Ambos jóvenes observaron el sobre en silencio. La garganta de Tom se cerró, y un nudo le cerró la respiración.
Markus se asomó por la puerta y al ver las actitudes de los jóvenes le preguntó —¿qué encontraron. Anton se acercó y observó el sobre que sostenía el joven mago en silencio con dedos temblorosos. El resto del grupo hizo su ingreso al dormitorio también. El pelinegro abrió el sobre y leyó en voz alta. Todos escucharon en silencio.
Ha sido un largo camino hasta este momento. Tan breve para ustedes, tan largo visto desde nuestro tiempo. Aunque nuestros corazones tiemblan al pensar en ello, no hay espacio ni tiempo para acobardarse.
Hemos redescubierto el disco, un regalo que nos trajo a nosotros, la esperanza del amor eterno, así lo sentimos al verlos a ustedes, que más allá de nuestro paso por esta Tierra, seguiremos juntos sin importar lo que venga, por eso lo bautizamos Liebe, especie de palabra clave que se desglosa en inglés con la siguiente frase “Liberation, I expect. Believing enough”. Tom y yo lo decidimos así porque podemos nombrarlo, y hablar de ello sin levantar sospecha. Nos encanta ver las caras de nuestros familiares y amigos cuando usamos nuestras claves y códigos secretos de comunicación. Nos divierte ver que no entienden nada.
Sin embargo, en esta clave encerramos, además, todos los elementos que hemos ido agregando a nuestra lista de tesoros, y cuando por fin lean esta carta, ustedes ya sabrán a qué nos referimos. Tesoros que viajarán en el tiempo, tal cual haremos nosotros.
A pesar de todos los inconvenientes, seguiremos juntos. Tom y yo no le debemos nada a nadie. Sólo a nosotros mismos. Nuestro amor se ha fortalecido, y nada lo vencerá.
Todo lo que tenemos es vuestro. Todo lo que somos, lo serán y más.
Nuestro último refugio está ante sus ojos, nuestro santuario, nuestro hogar.
Este terreno también fue adquirido a nuestro nombre, pero el documento se encuentra en un banco en Munich. La llave y las indicaciones están junto a esta carta.
El último secreto es el siguiente. Descubrimos que al frotar el disco, este se activa, y que los trasladará al tiempo que tengan en la mente, incluso como pensamiento inconsciente. Pero no es bueno hacerlo más de dos veces, porque provoca la locura. Ya hicimos pruebas con tres Fraters de nuestra Orden, y dos de ellos han perdido el sentido y su conexión con la realidad, aquel que lo intentó sólo una vez, no sufrió problemas mentales. Esa es la advertencia. Tom y yo rechazamos usarlo. De todos modos el futuro nos espera. El secreto del disco se mantendrá, a menos que los fraters que enloquecieron sigan hablando de ello como lo hacen, sin parar. Eso es lo único que temo.
Nuestros padres siempre nos contaron una historia de unos hombres que se subieron al disco, y murieron de la manera más horrible. Ahora creemos con Tom que fue que seguramente, subieron a él sin hacer vibrar el disco antes. Ese disco puede ser peligroso.
¿Es este mi último adiós? Siento que no. Tengo la certeza que nos volveremos a encontrar, aunque parezca que no nos vimos, sabremos que estuvimos ahí. Nuestras encarnaciones son tan infinitas como las estrellas en el cielo, por lo tanto éste es sólo otro paradero en un largo camino cósmico.
Que la Fuente nos proteja y nos guíe.
Infinito amor.
Bill y Tom Kaulitz
Se quedaron en silencio intentando asimilar las palabras de aquella carta. Era demasiado simple todo, y al mismo tiempo demasiado extraño. El resto de los integrantes del grupo prefirieron dispersarse por la cabaña, y hablar de otras cosas, tal vez como forma de escape.
—Entonces ya sabemos las limitaciones del uso de esa cosa, y tampoco olvidemos lo que pasó con la piedra cuando toco el disco sin la vibración previa, no quiero ni pensar qué sucedería con una persona en esas circunstancias —dijo Markus. Bill, sin comentar nada, abrió el sobre y sacó una pequeña tarjeta con una llave larga —eso es para el banco —agregó el administrador acercándose más a los gemelos.
—Es hora de marcharnos —dijo de pronto Tom —debo hacer varias cosas aún en el pueblo.
—Yo también —dijo lacónico el pelinegro. Tom lo miró extrañado, pero no le preguntó nada, sería injusto hacerlo cuando él tenía una cita con alguien más.
—Sí, tienen razón. —estuvo de acuerdo Markus. Salieron de la cabaña dejando cerrado esta vez, y partieron hacia la puerta que separaba a este mundo perdido de la otra realidad.
—Estoy seguro, Gustav, que mi chaqueta era negra y no café.
—Era café.
—Imposible. ¡A mí no me gusta el café!, ¡era negra! ¿Por qué no me crees, Gustav? —el de gafas suspiró, y movió la cabeza con resignación.
—Porque yo sé que no era negra.
—¡Gustav! Tal vez esto fue un cambio cuántico. —Georg se quedó mirando con espanto su chaqueta, de un horrible color café.
Mientras en otro lado de la cocina un joven de trenzas intentaba no explotar de rabia.
—Bill, tienes terapia hoy día en la tarde ¿a qué vas a salir?
—Tengo una cita… Importante —el de trenzas bufó al escuchar la respuesta del pelinegro. Tom hacía media hora que había regresado del pueblo, ya había realizado las gestiones que aquella mujer en sus sueños le había pedido que hiciera ese día, y todo resultó a pedir de boca. Estaba feliz por eso, incluso ya había almorzado. La última piedra del día que debía sortear, era la cita con el kinesiólogo, y los arranques de celos de Bill, pero no contaba con la actitud terca del mago, que insistía en hacer algo distinto de lo que le recomendó aquel médico.
—O sea, es definitivo. No te harás la terapia hoy.
—Mira bien mi boca —se puso de frente a Tom y exageradamente gesticuló —¡No!
—Mejor —replicó molesto el de trenzas —así tengo más tiempo para estar a solas con Steff —Bill abrió la boca para reclamar, sin embargo intuyó que si lo hacía, incluso podrían llegar a volar los trastos por las cabezas de todos los que estaba allí, así que prefirió tragarse la indignación y retirarse.
—¡Bien!
—¡Bien!
Y no se hablaron más por el resto de la tarde. O eso pretendían.
Luego de esa pequeña discusión, Bill había salido en el jeep de Anton. Y Tom se había quedado masticando sus rabia y los celos. ¿Dónde podría ir Bill con sus dolencias tan frescas todavía? El de trenzas caviló en el tema el resto de las horas, mientras se duchaba, mientras elegía su ropa y se ponía crema, o cuando ya se estaba vistiendo, cuando se ordenaba las trenzas y esperaba la llegada de Steffan, y como no pudo llegar a ninguna conclusión, pues decidió pensar que Bill estaría por allí esperando, acechando para seguirlo, que en realidad no tenía cita con nadie, y que sólo había usado esa excusa para poder salir y darle celos. Tema concluido. No pensaría más.
A los pocos minutos de estar listo, vestido y casi alborotado, llegó el kinesiólogo. Vio venir por el camino al pequeño deportivo japonés, y de pronto se le puso ese malestar en el estómago. ¿Qué sería?, ¿incomodidad?, ¿sólo eso? Era posible que algo más, pero tampoco iba a pensar en aquello. Tenía un objetivo y lo cumpliría.
Bajó las escaleras y al llegar al hall, se encontró con Markus y Steffan conversando animadamente. El administrador le estaba comentando sobre un dolor en la espalda y en el cuello que lo aquejaba hacía una semana ya.
—Puede ser tensional —respondió brevemente el kinesiólogo, que luego enmudeció al ver llegar a Tom con una pañoleta negra en la cabeza, un suéter con capucha en el mismo tono, unos jeans menos anchos de los que usaba normalmente, y unas deportivas negras. —Hola Tom —tragó saliva. El de trenzas sonrió, algo nervioso.
—Hola Steffan emm… —se rascó la cabeza —Bill no está, ha rechazado la terapia.
—Oh. Ya veo, entonces… Bueno, emm ¿pero nosotros? —casi seguro de llevarse un plantón, el kinesiólogo se ruborizó.
—Ah, no, no. Nuestra cita va igual, es más —y se acercó a Steff —tendremos más tiempo.
El señor Frank miraba la escena sin entender nada. Se suponía que Tom se moría de amor por Bill. Entonces este repentino entusiasmo por Steff debía obedecer a otra situación.
El joven castaño de ojos claros se ruborizó hasta las orejas —pues vamos entonces.
Se fueron en el deportivo japonés. Durante el trayecto, el joven Steffan, al igual que el viaje anterior, conversaba como si no hubiera un mañana. Hablaba de cosas que Tom ni se enteraba, lo único que Tom hacía era buscar con sus ojos castaños el Jeep de Anton.—Debe estar por allí —pensaba. Estaba seguro que durante el camino divisaría a Bill siguiéndolos. Pero llegaron al pueblo junto al lago y Bill no apareció. Recorrieron las pintorescas callejuelas, buscando el restauran que Steff había reservado.
Justo al pasar cerca de una plazoleta, Tom vio el Jeep. Su corazón se detuvo. El vehículo estaba estacionado, y Bill no se veía allí —¿dónde estará? —pregunto en voz baja.
—¿Quién? —preguntó a su vez el de ojos claros.
—N-no, nadie. —se quedó en silencio volviendo al mar sin fin de preguntas que no podía responder —¿qué estará haciendo Bill? —pensó, y ahora sentía celos de verdad. Porque el Jeep estacionado en una calle pequeña, junto a una plazoleta, sin Bill a la vista, significaba una sola cosa en la torturada mente de Tom —cita —dijo en voz alta.
—¿Cuál cita?, ¿nuestra cita?
—No me hagas caso —respondió Tom intentando sonreír, mientras un fuego le quemaba las entrañas.
Llegaron al pequeño restaurante que daba hacia el lago. Desde allí se podía divisar la curva del lago que escondía el resort donde estuvieron él y sus amigos una semana atrás. Tom suspiró. Su mente no pudo evitar viajar en el tiempo hasta esos días, cuando descubrió que su vida no sería nunca más la misma. Recordando los besos y caricias en el bosque.
Volvió a suspirar y dijo mentalmente —te amo Bill.
—¿Estás bien? Parece que estuvieras lejos.
—Un poco, lo siento —fue sincero el de trenzas —y ¿qué me cuentas de ti?
—Lo que te decía.
—Um —Tom no había escuchado nada, y se pateó mentalmente por ser tan distraído.
—Que mi familia es de Munich, y como siempre fui aventajado en los estudios, pues no tuve problemas para ingresar a la Universidad, a pesar de que era menor de edad todavía. Como te conté, realicé mis estudios secundarios en una modalidad que es sólo para gente como yo.
—¿Como tú?
—Sí, para gente de coeficiente intelectual superior a la media… ¡Vaya! Bien distraído estás porque me miras como si fuera la primera vez que te lo contara.
Tom se sonrojó —discúlpame. No volverá suceder.
—No hay problema, suelo ser un Yo –Yo para conversar.
—¿Un yoyó?
El joven de ojos claros se echó a reír con ganas —¡No! Soy un Yo esto, Yo lo otro, Yo, hago, Yo deshago, yo, yo, yo —ambos se rieron. —es mi principal defecto, soy egocéntrico.
—Y yo un distraído —volvieron a reír.
—¡Sí! Así nos complementamos muy bien. Yo hablo y tú no te enteras.
Durante algunos minutos la conversación siguió animada. Después de todo, Tom no se la estaba pasando tan mal. Pero era hora ya de poner un tema ácido en la conversación.
—Hay un hombre peligroso, que nos quiere cagar la vida. Tú has visto en el estado que dejaron a Bill —Steff asintió mientras bebía su café —el día que él se escapó lo llevamos al médico, luego ese hombre, el peligroso nos dijo que aquel medicucho era de sus huestes. Ese médico le recetó los medicamentos que supuestamente Bill se tenía que tomar, pero que, yo sé bien, no lo ha hecho. El asunto es que ese médico nos dio tu nombre para la terapia. —Steff abrió la boca, y dejó la taza en el platillo, sin decir nada —mi pregunta, Steffan, es ¿tú tienes que ver con todo este sucio asunto?, ¿en este circo que un grupo ha montado para separarnos y quitarnos lo que por derecho nos pertenece?
El joven kinesiólogo se puso pálido —no, no. Es que, Tom, no entiendes.
—Por eso, soy todo oídos esta vez para que me expliques con pelos y señales cuál es tu relación con esa gente, y te prometo que no me voy a distraer en esta ocasión.
—Pero prométeme que no te enfadarás.
—Habla.
—Bien. Yo… Em… ¡diablos! Mira, aunque yo era de un nivel intelectual alto, y me habían dado beca para estudiar, mi padre se endeudó tanto, hizo un mal negocio, y yo quería ayudarlo. No sé cómo apareció este señor, un hombre alto canoso que siempre viste de negro, me dio miedo la primera vez que lo vi.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace unos días. Me dijo que a cambio de pagar todas las deudas de mi padre, yo debía hacerle un pequeño favor. Yo le dije que no mataba a nadie, ni robaba. Él me dijo que no era ni lo uno ni lo otro. Que sólo debía atender a un paciente y fingir el diagnóstico que se le diera.
—¿Con qué fin?
—Yo, yo debía usar la terapia para agudizar los dolores de Bill, y al mismo tiempo seducirlo, enamorarlo. Yo te juro, no sabía nada de ustedes, de su relación, sólo rogaba que Bill no fuera tan feo.
Tom apretó los puños, contó hasta diez, y respiró.
—La cuestión es que debía procurar que al ingerir los medicamentos, Bill estuviera siempre medio adormilado, y luego cuando los conocí pues ocurrió todo al revés de lo que ese señor quería. Bill me resultó simpático, pero tú me pareciste la cosa más bella que he visto sobre la Tierra. —el de trenzas se sonrojó y sus ojos se abrieron descomunalmente por la sorpresa, pero no dijo nada —y decidí no seguir con el juego ese. Te lo juro, esa tarde decidí que ya no seguiría con aquello. Y preferí ser auténtico en lo que hago, incluso con la terapia que supuestamente le haría a Bill hoy, yo lo iba a ayudar. Y mi cita contigo era lo más emocionante que me ha sucedido en mucho tiempo. Incluso ni he dormido bien anoche, pensando en este momento. Soy un estúpido. Y mientras tanto, tú lo único que deseabas era averiguar la verdad.
—Lo siento Steff, no me puedes reprochar eso.
—Sí, lo entiendo. Soy yo quien debe pedir disculpas. Casi he roto mi Juramento Hipocrático por un poco de dinero. Soy una mala persona.
—No te culpo del todo, ese hombre tiene la capacidad de usar ciertas habilidades para convencer a las personas.
—¿Por lo menos podemos ser amigos?
—Si eres honesto conmigo, claro que sí.
—Entonces, ¿nos damos la mano para empezar todo de nuevo?
—¡Claro! —Tom tendió su mano —hola soy Tom Trümper. —el otro joven se la estrechó.
—Hola, soy Steffan Wassenne —sonrieron y se quedaron así durante un segundo.
—¡Que escena más tierna! —una voz conocida perfectamente por Tom, les hizo dar un respingo.
—¡¿Bill?!
—¿Sorprendido amado mío? —y se sentó junto a Tom, bajando la mano para apretar suavemente su paquete entre las piernas. El de trenzas saltó en su asiento y se sonrojó. Sentía que le ardían las orejas y un repentino calor se le subió por el cuello hasta la cara.
—Pues sí —se rió nervioso —un poco, ¿dónde estabas? —Tom de pronto recordó que estaba celoso y enojado, más aún al darse cuenta lo hermoso que se veía Bill con su cabello planchado, y la ropa que llevaba lo hacía verse tan irresistible, sin duda se había puesto bello para su cita. Lucía espléndido con un suéter negro con escote en V, una bufanda en el tono, enrollada en apenas una vuelta alrededor de su cuello, dejando que los dos extremos colgaran por su pecho, llevaba unos pantalones blancos y botas de caña corta a medio abrochar.
—En mi cita, ella me dijo algunas cosas interesantes.
—¡¿Ella?! —Tom acababa de perder la paciencia —¿y qué cosas tan interesantes si se puede saber?, además ¿quién es ella?—Bill sonrió con cara de satisfacción —¡¿Qué es tan gracioso?!
—Que tu gesto de enojo tiene un cierto parecido a la cara de orgasmo que pones cuando te hago el amor. —Tom tragó saliva, y esta vez la vergüenza le hizo ponerse pálido. Bill se acercó y lo besó suavemente sin profundizar. Steffan agachó la cabeza incómodo. Bill se volvió hacia él —así que nunca tuve una costilla rota, y de seguro tú lo sabías, maldita cucaracha. —Steffan levantó su cara, perplejo.
—Yo…
—Bill, Bill, ya hemos aclarado ese punto —le llamó la atención Tom.
—Conmigo no ha aclarado nada —le replicó al de trenzas —yo ya tenía sospechas, por eso dejé de ingerir todos las medicinas que ese medicucho quería que tomara. Pero hoy tuve la confirmación. —Steff mantenía la mirada baja, intentando concentrarse en la servilleta que doblaba y desdoblaba una y otra vez.
—¿Quién te lo dijo? —pregunto el de trenzas.
—La doctora Morgan, Alice Morgan —Tom abrió su boca de la sorpresa —hoy fui a su consulta médica, que queda cerca de una placita. Esa era mi cita. —esta vez fue Tom el que bajó su mirada y trató de esconder su rostro sintiéndose absolutamente imbecil. Bill, al darse cuenta de ello, le tomó el rostro por el mentón con suavidad —no te sientas mal, terroncito de azúcar, yo quería darte celos también. —y lo volvió a besar, esta vez con más pasión. Tom sintió que se derretía —no tengo nada aparte de hematomas, necesito compresas tibias, y calmantes para el dolor, de esos simples.
—¿De verdad? ¡Ohh! Qué feliz soy de escucharlo.
—¿Ahora me puedes explicar que haces con esta sabandija?
—No lo insultes Bill. Después de escuchar a ese hombre ayer, pues me entró la sospecha por Steffan, y aproveché la instancia para sacarle la verdad. En realidad, siempre me supo mal todo esto, y tenía desde antes una extraña sensación como un presentimiento, mi intuición… Ya sabes.
—Pero ya lo aclaré con Tom. Fue una proposición de ese hombre a cambio de dinero, debía procurar tenerte medio dopado, adolorido, y bueno, debía seducirte Bill, pero…
—Pero qué.
—Pero luego pensé que no era justo para ustedes, son algo menores que yo, y el dinero no vale la pena al lado de romper un juramento que hice, y además que al final me quedé embobado por Tom, él me gusta mucho —¡PUM! Acababa de echarle ají en el trasero a Bill.
—¿Así que en serio te ha gustado Tom? ¡Tom es mío!
Y Tom no dejaba de pensar —¡oh Dios mío se van a pelear por mí!
—Pero si tú dijiste que entre ustedes ya no había nada, entonces aproveché mi oportunidad.
—¡Pero, pero , pero!. ¡Todas las oraciones la empiezas con la misma palabrita!
—Lo siento. No quise entrometerme así.
—Más te vale. Porque Tom es mío…
—¡Pero si ni siquiera somos novios! ¿Y yo soy tuyo? Yo no tengo idea que somos —Bill abrió su boca, incrédulo de escuchar lo que escuchaba.
—Nos amamos Tom.
—Sí, pero en una relación informal que ni siquiera hemos planteado como exclusiva.
—¡Pues hagámosla exclusiva, entonces!
—¿Por qué? ¿Porque tienes miedo de perder ante Steff?
—Chicos no peleen, estamos en un lugar público —dijo algo preocupado el joven castaño, mirando para todos lados, medio avergonzado.
—¿Yo perder? Imposible porque tú estás loco por mí.
—El loco por mí eres tú.
—¿Yo? Bah, estás equivocado. La verdad, es que yo mantengo la cabeza fría en esto, y no me voy a trastornar por ti.
—Sí claro Bill, por eso es que no te pudiste resistir a venir a interrumpir mi cita con Steff.
—Yo no vine por ti, yo vine a encarar a este mequetrefe.
—No te creo.
—Me da igual.
—Chicos no peleen.
—¡Cállate! —le gritaron ambos a Steffan.
—Estás tan loco por mí que te mueres por ser mi novio.
—Sí, es verdad. No lo voy a negar, pero hasta ahora no te interesa serlo, ¿cierto? —y lo ojos de Tom, muy a su pesar, se llenaron de lágrimas, dejando escapar algunas. Se levantó de la mesa de improviso, y salió a la calle.
—¡Tom! —llamó Steff, poniéndose de pie también, intentando seguirlo, pero justo Bill lo agarró de un brazo.
—¡Ni se te ocurra ir tras Tom!, ¡no es asunto tuyo! —el pelinegro dejó dinero para cancelar la cuenta, y salió.
Al llegar a la calle, ya Tom no se veía. Bill se concentró y le habló al viento —dime dónde —susurró. Y su ruego fue respondido. Tom se había dirigido a un lugar junto al lago de donde se apreciaba mejor la zona lejana de los camping y la marina, al otro extremo del lago. El pueblo de Königssee, pequeño, y difícil de perderse en él, le permitiría a Tom, no obstante recorrer la orilla del lago hasta llegar al muelle, desde donde con seguridad se podrían obtener mejores vistas. Bill caminó de prisa hasta allá. Y vio la silueta oscura de su amor que recortaba el atardecer rojizo.
El pelinegro se acercó, lo abrazó por la espalda, apegando su cuerpo lo mejor que pudo a Tom. Sentir el calor de su amado lo llenaba de emociones. Y aunque Tom estaba tan dolido por sentir que Bill no tomaba el tema con seriedad, su cuerpo reaccionó a su cercanía. Una descarga eléctrica sintió en su miembro cuando el aliento tibio y sonoro del pelinegro pegó en su oreja. La situación se volvió más intensa porque Bill comenzó a atrapar con sus labios el lóbulo de su oreja, agarrándolo y soltándolo una y otra vez. El miembro duro del pelinegro rozaba sus nalgas, y el apetito por ser penetrado una vez más, crecía hasta niveles desesperantes, sabiendo que allí donde estaban nada más podía ocurrir. Y debía ser bastante impactante para los locales ver a dos hombres seduciéndose así en plena vía pública, hasta le pareció a Tom que una mujer ya mayor exclamaba por lo bajo —¡estos turistas degenerados! —Bill debió escucharlo también porque desafiante, inmediatamente comenzó a mover su pelvis lentamente, provocando el roce de su miembro en los glúteos de Tom. Un gemido se escapó de la garganta del pelinegro que no dejaba de lamer y succionar su oreja. —Bill, por favor detente —dijo entre jadeos el de trenzas. Ahora tenía tanto calor.
—¿Que no te gusta?
—Me encanta, pero para esta gente debe ser traumático vernos así —dijo al mismo tiempo que se giraba, para quedar de frente a Bill.
—Lo siento amor, siento ganas de follarte todo el día, todos los días —le dijo recorriendo el cuello de Tom. El de trenzas pensó que no había sido buena idea darse vuelta porque Bill no dejaba de moverse, con la diferencia que ahora rozaba su miembro y no sus nalgas.
—Bill, Bill. Tranquilicémonos ¿okay? —el pelinegro gimió entre el disgusto y la frustración. Sin embargo al separarse unos pocos centímetros de Tom, le sonrió.
—Ya no lloras.
—No, pero…
—Cómo odio esa palabra —el pelinegro acarició el rostro de Tom —odio los pero. Dios, te amo tanto, tanto, y me duele cuando me reprochas un desamor que no existe. Yo no podría amarte más ahora porque soy sólo un humano, y esa es mi limitación, y lo sabes.
—¿Qué somos?
—Tom y Bill.
—Tonto, ya me sé nuestros nombres. —sonrió melancólico el de trenzas —¿por qué no quieres ser mi novio Bill? —y los ojos de Tom se volvieron a humedecer.
—Porque prefiero ser tu esposo… Tom ¿cásate conmigo?