De pronto el teléfono de Tom, que estaba en el bote, interrumpió el silencio que se hizo entre los cuatro. La música de Coldplay flotaba en el aire, hasta que Tom le dio aceptar.
—¿Tom?
—Sí, con él. ¿Quién habla?
—Markus Frank, de la mansión Liz Garten.
—¡Señor Frank! ¿Sucede algo malo?
—Sí, es decir no, bueno, no sé. Encontré algo que tiene que ver con usted, mientras se hacían las reparaciones, se descubrió algo en un compartimento secreto. Necesito que venga lo antes posible.
—De acuerdo, ¿pero me podría decir de qué se trata?
—No. Prefiero que sea en persona, es largo de explicar.
—Ya, entonces iré hoy si es posible.
—Ah ¡Qué bien! Lo espero. Adiós.
Las caras de sus amigos eran todo un cuadro sacado de un algún comics.
—Algo encontraron en la mansión que tiene que ver conmigo. Debo ir hoy.

Durante la mañana se dedicaron a descansar en las pequeñas playas del lago. Habían logrado relajarse y distender las relaciones entre ellos, aunque Tom no dejaba de preguntarse sobre la llamada recibida en la mañana muy temprano. Para que Markus se atreviera llamarlo a esa hora, era porque realmente sucedía algo importante en esa mansión, ¿pero con él?, ¿algo con respecto a él?. La incertidumbre lo mataba, y moría de ganas por saber, pero no quería arruinarles el descanso a sus amigos, y tampoco quería reconocer que no le apetecía volver a esa casa solo.
Lo que Tom no sabía era que sus amigos, sumidos en el silencio de sus propios pensamientos, se hacían las mismas preguntas que él, y aunque todos sentían cierta resistencia a volver allá, a esa mansión, la verdad es que la curiosidad era más fuerte.
El primero en romper el silencio en cuanto al tema fue Gustav, quien después de todo necesitaba volver y entender lo que le había ocurrido, aquello que había arruinado la buena amistad que había tenido por largo tiempo con Georg.
—Yo quiero ir Tom, quiero ir a esa casa contigo.
La aseveración de su amigo sorprendió al de trenzas que estaba seguro que nadie más querría volver a Liz Garten.
—¿Estás seguro?
—Sí, muy seguro. Necesito aclarar algunas cosas, y siento que sólo allá podré hacerlo.
—¿Andreas, Georg? ¿y ustedes?
La pregunta de Tom recibió como respuesta un silencio, que aunque breve, fue más que evidente. Andreas que permanecía con los ojos cerrados sobre su reposera, levantó su cabeza, y mirando con sus ojos azules hacia el lago, hizo una mueca con la boca, dejando ver su indecisión.
—No me seduce la idea ¿sabes? Desde que fuimos a ese lugar hemos cambiado, ya no somos los mismos. Y por ese sólo hecho, me asusta. Si volvemos ¿qué más puede pasar?
—Yo quiero volver por las mismas razones de Gustav.
El de gafas se quedó mirando a Georg, sintiendo una leve presión en su estómago. Durante algunas horas había olvidado que aquello que le sucedió involucró a su mejor amigo. Esa presión aumentó al recordar los labios y la lengua del castaño en su boca. Jamás había sentido aquella sensación y algo parecido a la vergüenza le embargó, haciendo sonrojar sus mejillas, debiendo cambiar la mirada, porque supo que no podría soportar los ojos de Georg sobre su cara. Definitivamente algo no andaba bien. Se quedó mirando hacia el lado opuesto de donde estaba el castaño, fingiendo observar la rivera norte del lago, como si estuviera absorto en ello. Pero todo su cuerpo estaba pendiente de lo que sucedía ahí, y supo que Georg le miraba, sentía en su nuca la fuerza de sus ojos, aumentando esa extraña sensación en su vientre. La adrenalina recorrió su sangre, y una extraña sensación de felicidad sin motivo aparente hizo que su corazón se acelerara. Entonces se dio cuenta que había extrañado la atención de su amigo. Había extrañado su mirada sobre él, sus bromas, el sentirlo cerca. Había extrañado a Georg, y ahora que sentía esa mirada, su corazón saltaba de una felicidad que racionalmente no tenía justificación alguna. —¡Es sólo mi amigo, por Dios! —pensó, odiándose por sentir “eso”, que lo perturbaba pero que no tenía idea cómo llamarle.
—De acuerdo —agregó el rubio ajeno a las convulsas emociones de sus amigos —Si ustedes van, yo iré, no tiene gracia quedarme solo aquí haciéndome preguntas de si estarán bien o no. Además me necesitan para tomar las decisiones inteligentes, sin mí van a andar más confundidos todavía.
Una toalla proveniente de la mano de Tom cayó sobre la cabeza del rubio mientras éste se reía.
—¡¿Decisiones inteligentes?!¡Mis trenzas! —Tom se reía de la petulancia de su amigo —pero antes de ir debo hacer algo. Luego almorzamos y vamos ¿sí?
—Ya. Te esperamos aquí para almorzar.
—Ten cuidado con el sol Andreas, si no luego parecerás camarón cocido. No sé por qué no aceptaste el bloqueador.
—Presiento que ya es tarde para tu advertencia, Tom, siento un leve ardor en mi piel. Mejor me voy a nadar.
Tom comenzó a caminar en dirección contraria a la de Andreas, para tomar un camino ya conocido, aquel que conducía hasta la zona de picnic. Tenía una pequeña esperanza de que Bill estuviera cerca, pero algo en su corazón le advertía que él cumpliría con su palabra.
El bosque bullía de vida, había más personas que ayer compartiendo en algunas de las mesas con sus familias y amigos, y los pajarillos tenían su propio quehacer por allá arriba entre las ramas más altas de los árboles. El mismo follaje creaba algo parecido a una bóveda que provocaba una especie de eco en el canto de las aves. La suave brisa hacía susurrar a las ramas palabras que no entendía. —Supongo que los árboles están conversando —pensó, y se rió de su propio pensamiento.
Luego de unos minutos llegó a aquel lugar, el claro más escondido del bosque, cerca de la laguna. Por alguna razón afortunada, a la gente no le gustaba ir para allá.
Encendió un cigarrillo, y se sentó en una de las bancas junto a la mesa.
—Te amo —dijo, y se dio cuenta de que Bill no lo sabía. Tal vez era demasiado tarde para los dos, todo por su maldito orgullo.
Cerró los ojos rememorando lo que hace un día había vivido allí mismo. Su aliento, sus ojos, su piel tan blanca, esos ojos que lo atrapaban, y que lo hacían sentirse amado deseado, añorado.
—Bill, ahora soy yo el que te pide que vuelvas a mí. Estaba equivocado.
Abrió sus ojos buscando entre los árboles la silueta de Bill, pero no estaba allí. Aspiró el aire intentando repetir la sensación que dejaba el aroma de la piel y del cabello de Bill, pero no estaba tampoco.
Sentía en su pecho un dolor indescriptible, como si una roca le aplastase. Sentía el miedo de no volverle a ver carcomer sus entrañas. Por sus amigos sonreía y hablaba aparentando estar bien, pero no era verdad.
—Soy sólo un estúpido, un inmaduro, un egoísta que sólo piensa en si mismo. Vuelve, si me escuchas vuelve.
Esperó para escuchar el viento, pero éste nada decía. Apagó su cigarro. Y se quedó allí unos instantes más. Se paró del asiento de troncos y se fue en dirección de la laguna, con la esperanza de ver allí a Bill o a ese otro sujeto Dark, o como se llamase. Si lo veía le preguntaría por su pelinegro.
Llegó hasta la orilla, y se sentó sobre una piedra grande, cruzó sus manos por delante de las rodillas, y se quedó en silencio, escuchando a los habitantes del bosque vivir el esplendor del mediodía. Con sus ojos marrones escudriñaba cada sector entre los árboles, y mientras más observaba menos veía, confundida su mente de tanto verde, de tanta hoja y rama en movimiento. Esperó en vano algo, esperaba que de entre los árboles un joven espigado y hermoso viniera para abrazarlo, para hacerle el amor otra vez como ayer junto a la laguna. Pero nada ocurrió. Ni una señal.
Se paró de allí dando un suspiro. Era hora de regresar.
Unos metros más allá, un joven alto, de cabellos lisos y negros, lo miraba desde el otro lado de la laguna, la capa verde que llevaba le permitía mimetizarse con los árboles. Sus ojos avellanas, estaban húmedos, y una lágrima corría en silencio por su mejilla, y mientras todo su ser quería correr hacia aquel que le había rechazado, el recuerdo de su promesa lo detenía. Por eso no se movió y dejó que se alejara.
Al cabo de una hora Tom estaba junto a sus amigos otra vez, dispuestos a hacer lo que tenían planeado. Fueron a almorzar, y se decidieron por una buena lasagna. Tom hacía mucho esfuerzo para no sentirse abatido frente a sus amigos, pero necesitaba conversar. Sentir ese dolor en el pecho y no contarlo era una tortura.
—Fui a buscarlo.
—¿Y lo encontraste?
—No Andy, no estaba.
—Y no va a estar.
Todos miraron al castaño.
—Pues claro, si de verdad es un Mago Ceremonial, y te dijo que no iba a insistir más, de seguro así será.
—Gracias Georg, con eso acabas de subirle el ánimo a Tom. Eres tan dulce.
—Mira Gustav si tienes algún problema conmigo dímelo, yo por lo menos he sido franco y honesto contigo.
—Disculpa, disculpa. Ya se que soy un torpe. Perdóname.
El de gafas se sentía cada vez peor, la relación con Georg no estaba mejorando. Éste estaba muy distante y él sólo lo alejaba con su actitud. Disculparse continuamente por cada bobada que decía no iba a ayudar mucho.
—Está bien —le respondió el castaño en esa media sonrisa que volvía locas a las chicas de la facultad, pero que a Gustav nunca le había producido nada por razones que a él le parecían obvias, hasta ahora, cuando los ojos claros de Georg brillaron en miles de luces verdosas, y el de gafas sintió que el estómago daba un brinco provocándole un calambre que terminó en su entre piernas. Algo raro le estaba sucediendo, y eso le asustaba.
Gustav, como único modo de defensa y encubrimiento, se arregló nerviosamente sus anteojos al mismo tiempo que fingía ahogarse con el jugo que bebía, para disimular así el enrojecimiento de su cara. Sin aguantar la presión de la mirada inquisitiva de sus amigos, se paró raudo y partió al baño para mojarse la cara y pensar.
Una vez allí aprovechó la soledad del baño para amonestarse duramente por ser tan débil.
—Mírate ¡Qué ridículo eres, mierda! ¡Es tu amigo, tu amigo! Se supone que él siente cosas por ti, no tú por él.
Se volvió a mojar la cara, y sintió abrirse la puerta del baño. El cabello claro de su amigo, y esos ojos luminosos hicieron que se le encogiera el corazón. Eso no iba para mejor.
—¿Estás bien?
La voz ronca de Georg llenó el espacio dentro del baño. Mientras Gustav se repetía en silencio —serénate, serénate.
—Sí claro, tal vez me hizo algo mal tomar tanto sol, y me duele un poco la cabeza.
—¿A ver? —dijo el castaño, acercándose a su amigo con la intención de comprobarle la temperatura
—Esto no está bien, no está bien, control, control —se repetía mentalmente Gustav.
El castaño puso su mano derecha en la frente de su amigo, y con la izquierda sujetaba su cabeza por la nuca. El de gafas quedó a tan pocos centímetros del rostro de Georg, que podía sentir su aliento sobre su cara. Contempló sus ojos, que a la luz de la ventana, le parecieron los más bellos del mundo. ¿Cómo era posible que su amigo siendo tan hermoso, pudiendo tener a sus pies a cuanta chica él quisiera, se haya fijado por un instante en él? ¿Él que no se consideraba ni el más sexy, ni el más bello de todos sus amigos? Por el contrario, siempre se asombraba de tener la atención de alguna chica, y el mismo Georg le había aclarado que el de gafas era un tipo encantador, capaz de seducir a cualquiera sólo con ser así como era, sin pretenderlo siquiera. Entonces lo supo, era eso lo que le había gustado de él a Georg. Y sintió que su miembro se llenaba de sangre, pero esta vez no podía culpar a una fantasma, era su cuerpo que reaccionaba a la cercanía de su amigo, al calor de su cuerpo. Y comenzó a sudar, mientras se llenaba su boca de saliva, obligándole a tragar fuerte. La respiración se le agitó, y por un momento creyó que no podría contenerse. Sintió su pene endurecerse bajo el pantalón, y deseó con todas sus fuerzas que Georg lo tomara, e hiciera con él lo que quisiera.
—¿Estás bien?
—Ya me preguntaste eso Georg. –respondió el de gafas con la voz agitada.
—Sí, pero ahora estás más raro todavía… —el castaño guardó silencio y luego abrió mucho los ojos agregando —¡Ahh, ya sé qué es!
—¿Lo sabes? —preguntó incrédulo Gustav.
—Sí —y el castaño se separó —Lo siento, no quise ofenderte ni perturbarte, olvidé que te molesta mi cercanía. Perdóname.
El castaño se dio media vuelta y salió del baño. Dejando a un Gustav perplejo.
—No te vayas… Vuelve aquí —dijo el de gafas en un susurro, mirando hacia el vacío que dejó Georg al salir del baño.
Más tarde el de gafas regresó hasta su lugar en la mesa. Los demás habían continuado con su almuerzo sin problemas, mientras él sentía que el tiempo se había detenido. Parecía que hasta Georg podía seguir sin problemas con su vida ahora, en cambio una parte de Gustav se quedó allá en el baño contemplando los ojos risueños y luminosos de su amigo.
Se sentó sintiendo la mirada de Tom que sin decir palabras le preguntaba todo.
—Estoy bien. —fue su respuesta para el de trenzas, mientras por el rabillo del ojo pudo ver los ojos de Georg, que se hacía de seguro las mismas preguntas. Pero no le iba a mirar. No iba a doblegar su orgullo. Todo lo que sentía era sólo una etapa, estaba confundido, y luego ya se le aclararía todo. —Eso es Gustav. Digno hasta el final —se repetía mentalmente, mientras intentaba retomar el almuerzo fingiendo una normalidad que no tenía.
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El fin de semana se estaba haciendo demasiado largo de soportar a ratos. Todos habían cambiado de algún modo. Sus interacciones ya no eran las mismas. Incluso Andreas, que desde que llegaron a la mansión, en varias ocasiones tomó la actitud de juez-árbitro-moderador. El chico pragmático que buscaba a todo una explicación lógica, cuestionando a veces las percepciones de sus amigos, intentando imponerles una visión más objetiva del asunto. Definitivamente, para él todos los sucesos y fenómenos, incluso los aparentemente más bizarros e incongruentes, tenían una explicación lógica. Para él, Tom era un soñador, un romántico empedernido sin posibilidades de rehabilitación, que se había enamorado de alguien a quien nadie más había visto, excepto Tom. ¡Oh sí! Dark también había visto a Bill. El único problema era, que a su vez, sólo Bill y Tom habían visto a Dark, así que el círculo se cerraba con sólo tres personas como testigos, de las cuáles la única que Andreas tenía el cien por ciento de seguridad de que existiera era Tom. Y debía hacerlo, pues dudar de aquello sería dudar de que incluso él mismo, Andreas el futuro geólogo, existiera en realidad.
—¡Estás pensativo Andy! —la voz de su amigo Tom, que le habló sin apartar los ojos de la carretera mientras conducía, lo sacó de su diálogo interior.
Andreas miraba los abetos que cortaban el paisaje, intentando parecer tranquilo con la certeza de que necesitaba sincerarse con el de trenzas. Miró hacia los asientos traseros. Georg y Gustav dormían plácidamente. Entonces se decidió a hablar, justo en el instante en que el Cadillac ingresaba a aquel camino más angosto, que hacía dos días habían recorrido en medio de una tormenta.
—¿Sabes Tom? No quiero discutir, pero debo decirte algo.
—De acuerdo, continúa.
—¿Prometes no pelear?
—Prometo no asesinarte después.
—Ok. Es suficiente para mí.
—¡Ajam!
—¡Ajam!
—¡Habla, de una vez!
—De acuerdo, de acuerdo. ¡Dios, qué genio! —el rubio tomó aire y continuó —Tom, definitivamente creo que tú sólo te imaginaste a Bill y a Dark.
El chirrido de los neumáticos contra el pavimento, y el frenazo brusco impulsó violentamente los cuerpos hacia delante.
—¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Chocamos? –preguntó un despistado Georg, mientras se ordenaba el cabello que se le había venido a la cara con la frenada.
—¡Mi mejor amigo! ¡Mi mejor amigo me dice que soy un sicótico esquizofrénico! ¡Con amigos como tú no necesito enemigos! —Tom vociferaba gesticulando con las manos.
—¿Alguien me puede contar el capítulo anterior por favor? Que no estoy entendiendo nada —el de gafas miró a Tom con el ceño fruncido, y luego se dio vuelta hacia Georg para preguntarle, ya que Tom le ignoró y seguía reclamando algo a Andreas —¿Qué pasó?
—No sé, yo creí que habíamos chocado, pero parece que hay drama.
—Tom, me prometiste no enojarte.
—Te prometí no asesinarte, y esa promesa la estoy cumpliendo. Explícame ahora ¿Cómo es que llegaste a esa brillante idea?
—Pues que yo no lo he visto, nadie más ha visto a Bill, sólo tú.
—Ya, linda conclusión después de tremendo análisis. O sea, que como tú nunca has visto a mi tía Francis, pues lo más probable es que no exista y sólo sea producto de mi mente enferma.
—Lo siento Tom. Es que me puse a pensar y no encontré mejor explicación que esa.
—Y tú crees que para mí es fácil todo esto ¿No? ¿Te has puesto a pensar cómo he quedado yo al ver a Bill en dos sitios a la vez, mientras flotaban por el aire esas esferas de luz, y el viento decía mi nombre?
—¿Cuáles esferas de luz? —la pregunta de Gustav no obtuvo respuesta, porque Tom seguía reclamando a Andreas. Miró al castaño otra vez y en un susurro, le repitió a él la pregunta —¿Cuáles esferas de luz?
Pero Georg le calló con un ¡shhhhh! Mientras que con la mano le negaba. El de gafas dio un suspiro, y de pronto recordó la conversación de la mañana, donde Tom narraba el encuentro-desencuentro con Bill, y mencionó las esferas como unos de los detalles sin explicación. Y ya más ubicado en la historia sólo dijo —¡Ahhh!
—¡Ahhh Qué! —Tom se volvió casi convertido en un energúmeno hacia Gustav.
—Nada, nada.
—Tom —la voz del rubio era tranquila buscando sosegar el ánimo exaltado de su amigo —no quise sonar insensible, grosero. Lo siento, es que lo que te ha pasado me queda grande de entender.
—Pues no necesito demostrarte nada, somos amigos, mi palabra debería bastarte.
—Lo siento —volvió a repetir Andreas —No debí mencionarte nada, fui un estúpido.
—Está bien, tienes derecho a pensar lo que quieras. Pero debo decirte que todo esto me está haciendo desvariar. Y ya es difícil asumirlo —Echó a andar el todoterreno otra vez —Lo peor que me podría suceder es que esté enamorado de una imagen de mi mente, imagen sacada de un cuadro pintado hace 145 años. Tenme paciencia Andy.
—Sí amigo. Lo tendré.
—Asunto arreglado. Por lo menos algunos pueden comprenderse al conversar —dijo el castaño mirando de medio lado al de gafas.
—¿A qué te refieres?
—A nada Gustav. Olvídalo —dicho esto Georg se volvió un poco hacia su ventana y cerró los ojos.
El de gafas se quedó mirando el perfil de su amigo. Definitivamente el castaño era hermoso. Pero pensar en eso no era necesariamente indicio de que le gustara —No, para nada —se repitió mentalmente, para convencerse.
A los pocos minutos llegaron al ya conocido portón de hierro forjado decorado con flores de lis que se veían hermosas entrelazadas con hojas estilizadas. Las farolas lucían magníficas en el tope de las columnas. Ahora a la luz del día se alcanzaba a ver el citófono. Tom se bajó del Cadillac, y se acercó para pulsar el botón. Una voz masculina le respondió y de inmediato se empezó a abrir el portón.
Tom subió a su vehículo, y comenzó a avanzar por el largo camino que conducía a la mansión. Los pinos que rodeaban al camino le daban un aire de misterio. Tom sintió que su estómago se encogía, la misma sensación que tenía Georg en ese instante. A Gustav el corazón se le aceleraba, y Andreas intentaba ponerse en la situación que estaban sus amigos, preguntándose si estarían nerviosos, o si sólo simulaban que estar allí era de lo más cotidiano.
Al llegar al amplio patio de entrada a la mansión, vieron a Markus que estaba parado frente a la puerta. Tom detuvo su Escalade. Se iba a bajar pero Markus se acercó al vehículo, en su mano llevaba una hoja que al parecer tenía algo escrito.
—Qué bueno que ha venido Tom.
—Señor Frank.
—Vamos Tom, vamos en tu todoterreno.
—¿A dónde?
Markus abrió la puerta trasera, y obligó a Georg acercarse a Gustav para él sentarse en ese lado.
La sensación de la pierna del castaño rozando la del de gafas, provocaba en Gustav un torbellino en su vientre. Intentando disimular se dio vuelta para la ventana ocultando su ansiedad de los ojos de Georg. Pero para al castaño este gesto de su amigo fue otra muestra de su desprecio —Ya ni me soporta cerca —pensó, sintiendo un dolor punzante en su pecho, y una tristeza enorme depositarse en su corazón.
—¿Y a dónde vamos señor FranK? –preguntó otra vez Tom mirando por el espejo retrovisor.
—Al panteón familiar —respondió
—¡¿Dónde?! —el castaño abrió sus ojos como platos —¿Y tiene que ser ahora?
—Pues es mejor aprovechar la luz del día, ¿o prefiere ir de noche?
—No gracias. Ahora es perfecto.
—O tal vez prefieres quedarte en la mansión mientras volvemos… Emmm…
—Georg, mi nombre es Georg. Y no. Prefiero acompañarlos —dijo fingiendo una sonrisa.
—Eres un miedoso.
—Ha hablado Gustav, señores. Pues yo que tú, tendría más miedo, porque no fue a mí a quien se le apareció la ricitos de oro.
El de gafas tragó saliva, y con la cara roja se volvió otra vez hacia la ventanilla.
El camino semi circular de gravilla estaba rodeado por amplios jardines, que a su vez circundaban una hermosa laguna, dentro la cual se alcanzaban a ver uno que otro pato, y unos hermosos cisnes de cuello blanco. Tras unos espesos árboles apareció el mausoleo de estilo más bien neoclásico. Unas hermosas columnas enfrentaban la laguna, y dos figuras religiosas, ubicadas dentro de nichos en ambas paredes laterales, recordaban que ese hermoso edificio no era una mansión ni un palacio, sino que era el lugar donde los muertos de esa mansión descansaban.

Al estacionar el Cadillac, una brisa repentina provocó que la hoja que Markus había dejado sobre el asiento mientras se acomodaba una de las botas saliera volando hacia el lado que iba Gustav, que ya habia comenzado a salir del todoterreno.
—¡Agarren el papel!
Al escuchar el grito de Markus, el de gafas se dio vuelta sin entender de lo que hablaba.
—¡El papel! —volvió a gritar, algo desesperado al ver que la hoja salía libremente hacia el césped que estaba más allá. Gustav corrió tras el papel, pero cuando estaba a punto de atraparlo, éste volvía a escaparse como si estuviera jugando. Con espanto el señor Frank vio que se acercaba a la laguna.
—¡Atrápalo! ¡Atrápalo!
Y cuando parecía que ya no lo alcanzaba, el de gafas logró asirlo con los dedos, haciendo un esfuerzo supremo por equilibrarse para no caer al agua.
—¡Vaya! Esa hojita es importante en todo esto —dijo el hombre, pasando una mano por su frente.
—¿Cómo así? —habló al fin Andreas, quien después de la discusión con su amigo había optado por el silencio.
—Vengan conmigo.
En ese momento se percataron de que había alguien más en la puerta de acceso al mausoleo. Un hombre delgado de nariz afilada. Tenía unas marcadas ojeras, bajo unos ojos pequeños y demasiado juntos, que le daban un aspecto poco agraciado. Pero contrario de lo que su apariencia mostraba, éste sonrió feliz al ver acercarse al grupo de hombres, demostrando ser muy amable y de gesto agradable después de todo.
—Les presento al historiador y curador de este museo, el señor Anton Berg.
—Mucho gusto —responden los jóvenes extendiendo sus manos.
—Ustedes son Tom, Andreas, Georg y Gustav, ¿no es así? —mientras los nombraba les estrechaba la mano a cada uno.
—Es una habilidad de Anton que yo no tengo, recordar los nombres con facilidad.
—Necesidades del oficio mi amigo. Es imposible ser historiador o curador de nada si no se pueden recordar nombres —rió el hombre.
—Pasemos —Markus hizo el ademán invitándolos a pasar.
La bóveda era increíblemente hermosa. Y el piso no era menos. Todo era en mármol. En el hall habían varios atriles de la misma piedra que terminaban en grandes jarrones para colocar flores. En las paredes habían varios frescos con escenas religiosas. Frente a la puerta de entrada hacia el fondo había otro umbral sin puertas que daba a una escalera. Sobre el dintel del umbral se leía “El Señor es mi pastor, nada me faltará”.
—Por estas escaleras, por favor. Ustedes recordarán que les había dicho que se haría reparación a la mansión en estos días, ¿verdad?
—Sí claro, usted nos lo contó.
—Bien Tom, resulta que nuestro amigo Anton, además de ser buen historiador, es un gran investigador.
—Sí, bueno, hace tres días, estaba en el museo histórico de Bad Reichenhall, y descubrí por casualidad que se comentaba que en los periódicos de aquella época, que Bill Kaulitz fue sepultado, por expresa orden manifestada en su testamento, junto a un manuscrito. Entonces me fui a buscar al testamento, que se guarda en las bóvedas, y pues que era cierto. Sólo que en el testamento especificaba que el manuscrito estaría en un pequeño nicho junto a la sepultura de Bill y de emm… Tom.
Llegaron a un gran espacio con distintas sepulturas empotradas en la pared. Todas pertenecientes a la familia Kaulitz. Tom hizo como si allí no hubiera nada, aunque su corazón latía de prisa. Para Georg era más que evidente lo que se encontraba detrás de esas lápidas de mármol. Pensó apegarse a Gustav buscando protección pero recordó que ahora el de gafas no quería sentirlo cerca, así que simplemente se cruzó de brazos, y suspiró. Gustav sabía lo que estaba sintiendo, y le miró de reojo, pero no hizo el menor intento de acercarse y reconfortarlo. Debía ser fuerte, y no caer en la tentación que se había transformado el castaño para él.
—¿Y encontró el manuscrito?
—Sí señor Tom….
—Tom Trümpers.
—Lo encontramos Markus y yo ayer. Está bastante bien conservado, pero aún no hemos hecho el retiro del documento, pues estamos esperando que vengan del Museo de Bad Reichenhall, con el equipo necesario, para que no tenga contacto con el aire húmedo de esta zona. Necesita aislarse. Estuvo alrededor de 145 años en perfectas condiciones, debido a que ese espacio quedó con muy poco oxígeno, y sacarlo ahora sería un crimen. Pero con usted hemos hecho una excepción.
—¿Por qué? ¿Qué tiene que ver todo esto conmigo?
—Por lo siguiente.
Markus y Anton se acercaron a una de las paredes. Usando el papel que llevaba el señor Frank, comenzaron a seguir con cuidado y con los dedos una serie de palabras escritas en un alfabeto extraño.
—Verán, no fue fácil dar con la combinación de letras. El testamento daba pistas sobre la clave, pero no la explicitaba. Y aún no la aprendemos de memoria. Debo reconocer que de este alfabeto no sabía mucho.
—¿Cuál es ese alfabeto, señor Berg?
—Alfabeto Tebano, Andreas, es de origen desconocido, muy antiguo, y usado con frecuencia por los Herméticos y paganos, especialmente en la brujería.
Después de pulsar dos veces unos de esos símbolos, un sonido leve se hizo sentir dentro de la muralla. Sólo ahí corrieron el trozo de mármol que tapaba el nicho. Dentro de este había una caja de hierro, al parecer bastante pesada, pues los dos hombres debieron tomarla para sacarla de allí. Dentro de la caja estaba el libro y lo sacaron. Era un inmenso libro de cuero café. Aton abrió la tapa, y en la segunda hoja se leía en una hermosa caligrafía Oráculos.
—¿Qué cosa es oráculos? —preguntó Tom, aún sin entender.
—Es conocimiento que viene de otros niveles espirituales, de divinidades, o incluso de antepasados muertos. —respondió con extraña calma el castaño. El de gafas le miró sorprendido, y aunque supo que se arrepentiría de preguntar, la curiosidad era más fuerte.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Tal parece que no escuchaste mi relato de hoy en la mañana.
—¡Ah! Tu amigo el mago te enseñó lo que era un oráculo, ¿verdad?
—Sí,Gustav. Georg tiene razón —Anton tomó el libro y comenzó a buscar algo en sus páginas.
—O sea, es espiritismo.
—No, Tom. No es espiritismo. La práctica del oráculo conlleva un conocimiento mucho más elevado sobre la espiritualidad que lo que poseen muchos médium y gente que le gusta hacer ese tipo de cosas. No, definitivamente esto es más complejo que eso. Por lo que vemos en el libro, varios miembros de la familia Kaulitz, entre ellos los gemelos, era perteneciente a una Orden Hermética, que acá nombran como Orden de Lis de Plata.
—¿Ven? El misterio de toda esta historia tiene que ver con eso —interrumpió el castaño, satisfecho de estar en lo correcto.
—Pero nosotros queremos que lea esto, Tom. Por esto es que lo hicimos venir.
Tom tomó el pesado libro entre sus manos, y comenzó a leer.
25 de Mayo de 1863. Mansión Liz Garten
Oráculo de Horus dada a los Gemelos Kaulitz.
El día vendrá que el camino que divide la vida de la muerte ambos cruzaréis, pero separados, uno antes que el otro.
Siglos después el amor, vuelto a nacer, se encontrará a si mismo, uno de ellos se reconocerá, el otro no querrá verlo de inmediato.
Serán los mismos nombres, serán las mismas caras, serán los mismos corazones, será el mismo amor dormido en el sueño de la muerte, que igual que los ciclos de la naturaleza, renacerá otra vez a la memoria viva de la carne y del sentimiento.
Uno vivirá en estos mismos parajes, el otro vendrá a su encuentro en medio de una tormenta, y sus ojos se cruzarán de nuevo. Uno llegará con el viento, el otro vendrá en un carruaje negro que no necesitará caballos, y él mismo será su cochero. Llegarán con él los otros, cuyos lazos con Lisz Garten, serán muy antiguos para su época.
Bill será su nombre, Tom será el otro, sólo apellidos diferentes, cuyos rostros se mirarán en los cuadros de las paredes como quien se mira al espejo.
Cuidado del Oscuro que persigue el amor del primero, cuidado que sus trampas puedan atrapar el sensible corazón del otro.
La advertencia está hecha, el Oráculo ha hablado.
El de capa será el baluarte y la defensa, el joven de mirada lejana y de trenzas negras será protegido si la advertencia es oída.
La palabra ha sido dicha.
Después de leer el párrafo un largo silencio llenó el espacio. Tom sintió humedecer sus ojos.
—¿Cómo pudieron saber hace más de un siglo que vendríamos, Tom?
—No sé Andreas. —respondió el de trenzas con una voz apenas audible —tengo ganas de vomitar.
—Lo siento Tom —Markus observaba con atención el rostro de Tom, cuyas ganas de llorar eran difícilmente disimuladas —pero pensamos que debías saberlo.
—Sí, y se los agradezco.
—Según lo que el libro dice, usted conocería aquí a alguien de nombre Bill.
Las lágrimas corrieron libres por el rostro compungido de Tom.
—Sí señor Berg. Ya lo conocí, y le juro que era idéntico al del cuadro del salón.
—¡¿De verdad?! —Tom afirmó con un movimiento de cabeza y Berg no podía más de su sorpresa —¡Uff! Todo esto es muy fuerte.
Las luces titilaron brevemente, llamando la atención de todos. En ese momento un fuerte golpe seguido por el sonido incesante de la alarma del auto de Tom sobresaltó a todos, provocando la carrera frenética de los hombres hacia la entrada del mausoleo.
Al salir del panteón Tom alcanzó a ver a alguien esconderse tras los árboles que daban hacia el bosque entre los cerros. Una capa negra flotando al viento hizo que su corazón diera un brinco.
—¡Hey! —el sonido destemplado de su garganta no surtió ningún efecto en aquel que escapaba. La silueta del hombre que corría se había perdido entre los árboles.
Tom sin pensarlo dos veces corrió en aquella dirección. Mientras los otros hombres se desesperaban al no saber qué era lo que había ocurrido.
La voz de Andreas, que vociferaba con angustia, llamando a su amigo se confundía con las de los otros que hablaban de seguirlos, y llamar a la policía por violación de morada.
—¡Tom! ¡Ven! —Andreas colocó sus manos haciendo una especie de bocina alrededor de su boca para gritar más fuerte —¡Veeen! ¡Puede ser peligroso!
Tom corrió en la dirección que vio irse al hombre, mientras miles de preguntas se agolpaban a su mente —¿Sería Bill?, ¿Era él? —pensaba mientras corría. La esperanza de verlo otra vez no le permitía advertir el peligro que corría.
Luego de varios minutos comprendió que era inútil su loca carrera, así que calmó el ritmo de su paso, y decidió observar con más cuidado. Ya comenzaba a oscurecer, y él no andaba con linterna. De pronto cayó en la cuenta que no tenía ni la más mínima idea de en qué dirección debía regresar. Todos los puntos cardinales se veían iguales, árboles, árboles, árboles, ramas, ramas, y más árboles.
Se detuvo del todo y colocó sus manos en las caderas. El viento tomaba fuerzas aun cuando no era tan intenso. Cerró los ojos y se quedó pensando en lo que se acababa de enterar.
Estaba convencido ahora que Bill apareció en su vida porque así tenía que ser. Y en su corazón un temor se asomaba, el temor de no volverlo a ver.
Aspiró con fuerza abriendo los ojos. De pronto, llegó hasta él un aroma conocido, se concentró en sentirlo y relacionarlo con algo. Era Bill. Su aroma estaba allí.
—¡Bill vuelve a mí!
—¿No crees que pides demasiado? —unos ojos le miraban intensamente. De entre los árboles apareció aquella figura que ya conocía y la desilusión se dibujó en el rostro de Tom.








