Bill se cambió de ropa, notando que sus camisetas le quedaban demasiado ceñidas, al punto de volverse algo incómodo por la presencia de sus pechos. Pensó en llamarle a Andreas para que viniese a su casa con prendas de su hermana, sin embargo no quería quedarse más tiempo allí. Desertó de su idea de ponerse sus mismos vaqueros debido a que por sus caderas no podía subirse el cierre. Observó en el suelo uno de los pantalones sucios de Tom.
Lo miró fijamente. ‘No Bill, no caerás tan bajo’ se dijo a sí mismo, pasaron un par de minutos cuando blasfemó en voz baja y, con un chasquido de la lengua, recogió la prenda de Tom. Se lo puso y como accesorio necesario le agregó una correa para luego salir de su cuarto con un portazo que llegó a oídos de Tom. Esa había sido la idea principal.
—¿A dónde vas? —dijo Tom contra puerta, no atreviéndose a salir de su cuarto, con un tono elevado para llegar a ser escuchado.
—Me largo, no te hago falta al parecer y no quieres verme. Así que adiós, no sé cuándo regrese, disfruta de tu soledad Tomie, ya que tanto la necesitas —escupió las palabras con un notorio resentimiento que fue percibido por el mayor a pesar de no verle de frente.
Tom se sintió culpable y sus mejillas enrojecieron al recordar el calor que la había abrasado minutos atrás. Tragó en seco cuando los pasos ya se oían lejanos. Se sentía confundido, en realidad confundida ya que bajo ese género experimentaba esas ‘nuevas’ sensaciones que no le eran tan ajenas si se ponía a analizarlo. No quería pensar en ello, no ahora que su hermano estaba huyendo a pesar del castigo al cual estaban sometidos y exponiéndose a los peligros que tenía con esa apariencia tan frágil. Cuando salió de su cuarto a pasos torpes el azote de la puerta principal le llegó a los oídos. Bill ya se había ido.
…
Se tomó un taxi en dirección a la casa de Betsy. Podía haber ido a pie, pero se resistía a tener que soportar a tipos indeseables en el camino. Miraba con nerviosismo sus uñas, dejar solo a Tom le ponía así. No quería estar alejado suyo así adoptase esa actitud. Aunque ahora que se detenía a pensarlo, el que había salido haciendo un pequeño berrinche había sido él.
Justificado estaba, con todo lo que me hizo él.
Apoyó su mejilla sobre la ventanilla, maldecía a sus hormonas, las culpaba a ellas por todo lo que estaba atravesando ahora. Método infantil de quitarse la responsabilidad pero le hacía sentir relativamente mejor.
Las casas que había descrito Betsy por teléfono se abrieron paso en su visión y el auto se detuvo. Le pagó al conductor y salió, con cierto nerviosismo instalado en su vientre por el hecho de volver a ver a la aquella chica. No le gustaba, pero eso no le quitaba el mérito de serle agradable de diferentes formas y quizá si le diese una oportunidad podría deshacerse de aquel hechizo. Sin pensar más en ello se dispuso a tocar el timbre luego de verificar que en realidad tuviese el mismo número de la casa que tenía escrito en su papel.
La puerta se abrió y los grandes ojos castaños de Betsy le recibieron con un leve brillo que se le antojó dulce a Bill. A él le encantaría que ella fuese la ‘elegida’, aunque dentro de sí esa esperanza se halle perdida al no creer que pudiese amar con todas sus letras ya que su idea iba mucho más allá, suspiró.
—¿Quieres pasar o te quedarás ahí? —preguntó Betsy al notar la mirada de Bill. Pensando que quizá se había arrepentido de ir a visitarla.
—Sí, sí, perdón —se disculpó Bill para luego entrar, reparando recién en que la chica se había arreglado para la ocasión, incluso se había puesto brillo labial y leve rubor, a diferencia de la vez anterior en que la vio con el rostro impoluto—. Uhmn…
—¿Cómo está tu hermana? —cuestionó la castaña. Bill ariscó la nariz al recordar sus problemas con Tom y pensó en esa noche, cuando su hermano pasó por aquel incidente.
—Gabriele quedó algo asustada y podría decirse que algo mal, pero ahora está bien, jode la paciencia como siempre —chanceó, robándole una sonrisa a Betsy.
—Siéntete cómoda en la sala, iré un rato a la cocina a guardar unas cosas, ya vengo —avisó y la dejó sola.
Bill dio un vistazo a la habitación y se sentó sobre el sillón. Se sentía avergonzado por haber venido en esas fachas cuando la chica se había esmerado en su vestimenta. Torció la boca y decidió no tomarle mucha importancia al asunto. Frunció el ceño, no sabía qué demonios hacía allí al no poner mucho de su parte para que lo de ellos cruzase la frontera de ‘conocerse’ hacia la de ‘enamorarse’, bufó por lo absurdo. No, no podría conseguirlo de esa forma.
Sin embargo, ya estando allí, Bill tendría que intentarlo, darse una maldita oportunidad.
Vio a Betsy de nuevo.
—Listo, ¿nos vamos ya? —ofreció. Bill la miró detenidamente y negó—. ¿No? —Al ver su expresión transmutar en tristeza se apresuró a contestar.
—No, me refiero a que no salgamos a la calle, sino que pasáramos el tiempo aquí, uhmn, tus padres no están así que podríamos ver alguna película o algo —masculló Bill, procesando después sus palabras y sonrojándose por lo dicho— ¡No hablo de tocarnos o algo así, eh!
La otra chica rió y Bill se sonrojó. —Vale, vale, pero no te tomaré muy a pecho la palabra por si se da algo y luego… —volvió a carcajearse al ver cómo Susanne intentaba responder algo sin lograr más que abrir y cerrar la boca como un pez—. Solo bromeaba, me gusta la idea.
Bill sonrió y Betsy comenzó a subir las escaleras.
—¿Iremos arriba? —preguntó Bill confundido, ella asintió.
—Sí, ahí está mi cuarto.
—Oh… —Y el corazón de Bill dio tumbos contra su pecho. «Carajo, qué jodido estoy», pensó antes de seguirle el paso.
…
Tom se quedó contra la puerta de su cuarto con el móvil en mano cansado de tanto apretar el botón de marcación rápida, cuando le iba de frente a buzón. Era obvio que Bill no quería contestarle, es más, había apagado su celular por su culpa. Se mordió el labio inferior e intentó no soltar una lágrima, pero resultó en vano porque comenzó a gimotear y lagrimear sin parar. «Son las hormonas, son las estúpidas hormonas», intentó mentirse a sí mismo con esa excusa, a sabiendas de que no solo era eso, sino también sus acciones que le pesaban, y aquellos malditos sentimientos encontrados.
Apretó sus párpados con fuerza y soltó un suspiro. ¿Qué mierda era esa sensación de que le estuviesen estrujando el pecho? Algo que sentía atorado en su garganta y se negaba a decirlo fingiendo ignorancia. Una voz en su cabeza le gritaba un ‘dilo, dilo’.
—¡No! —chilló Tom y se levantó del suelo, limpiándose las comisuras de sus ojos, sujetó una fotografía que tenía en donde aparecían Bill y él, con sus cuerpos de chicos, y sonrientes.
Tenían once años en ese momento, aún estaban sumidos profundamente en aquel mundo suyo, sin ni siquiera dar un vistazo más allá, conscientes solo de ellos y su relación, no observando nada raro, no buscando explicaciones ni darle un nombre a lo que tenían. A los doce comenzaron a forzarse a abrir los ojos, a despertar como de un sueño a nuevos puntos de vista que teñían de negras manchas a lo que se habían acostumbrado.
No eran normales, no eran los hermanos normales, debían serlo para encajar; confundidos por ello se alejaron. Y Tom sabía que no era solo él, aseveraba que Bill había pasado por lo mismo, porque si bien en ese desprendimiento dejó de poder ‘leerle’, aún lo sentía; como un leve susurro, o un pequeño estremecimiento, cada hesitación de Bill, cada vez que este quería verle y no lo hacía, cada ‘te quiero’ ocultado bajo un ‘te odio’, cada vibración de deseo, tragó saliva al precisar en la palabra que había usado para describir lo que Bill y él habían sentido. No obstante, era eso, no podía engañarse.
¿Solo eso?
No.
Dilemas y más dilemas.
«Me siento una jodida chica ahora, con todas sus letras, espero que esa loca esté feliz por esto», pensó Tom antes de agacharse y sujetar su guitarra. Se pondría a tocar algo o sino terminaría volviéndose loco. «Jodido Bill, jodida menarquía, jodida hambre que me ha entrado ahora».
…
A Bill le encantaban ver películas, es más, era una de las cosas que más hacía con Tom, al hacerlo con Betsy se daba cuenta que el elemento fundamental para que una tarde de películas fuera entretenida era Tom, sin él, podía resultar de lo más aburrido. En un determinado momento intentó hacer una broma en referencia a los efectos de aquella filmación, para recibir un bufido y un ‘concéntrate en la trama, eso es lo de menos’. ¿Dónde estaba la gracia en el asunto si esta terminaría con todos muertos? No le hallaba el sentido, y no pudo evitar mover las uñas contra la mesilla que tenía al lado.
—¿Podrías dejar de hacer ese ruido? —preguntó Betsy algo cansina.
Bill la miró fijo. —¿Estás irritada o algo?
—La que parece irritada es otra, ¿crees que no he notado los peros que has buscado? No te decidías por alguna película, y luego interrumpías a cada rato, sin contar que me llamaste Tom. Es decir… no tengo problemas con que seas bisexual, pero… es incómodo que me confundas con tu ex o algo así —respondió mientras le ponía pause, y se giraba en su dirección.
Bill observó sus manos como si en ellas pudiese encontrar la solución a lo que le acontecía. Se sentía avergonzado, expuesto e infantil. Podía tergiversar aquello como le diese la gana, sin embargo, dentro de él sabría con exactitud cuál era la realidad, y en ella estaría Tom, a Tom sobre todas las cosas, incluso sobre sus peleas tontas o berrinches. Quería ver a Tom, necesitaba hacerlo, algo en el pecho le casi obligaba a salir corriendo de allí para ir donde él.
—Creo… creo que debo irme —afirmó Bill, mirándole con nostalgia a Betsy, sintiéndose culpable por haberla metido en sus problemas—. No eres tú, sino que soy algo estúpido… estúpida, uhmn, lo siento.
Betsy asintió sin verle. Bill suspiró y salió del cuarto, prendiendo su celular al caminar escaleras abajo. Más de diez llamadas perdidas, todas de Tom. ‘¿Estaría enojado?’, pensó al estar fuera de esa casa.
…
Una melodía le llegó de lleno al entrar a su casa. Era Tom. Subió emocionado hacia su cuarto, esperando encontrarle y abrazarle, decirle que lo había extrañado y ver si estaba bien. Fingir que nada hubiese pasado. Pero la puerta de Tom seguía cerrada, tocó dos veces.
—Tom, Tom, soy yo, Bill —avisó expectante. Incluso le sudaban las manos. El sonido cesó.
—¿Y? ¿Ya te sientes mejor? Pensé que tardarías más al haber apagado tu teléfono —la voz de Tom no se oía del todo feliz. Bill bufó.
—Sí, pero regresé antes. Oye, estamos a mano y ahora abre esa puerta —pidió Bill, dispuesto a ceder, pero no demasiado.
—¿Sabes que me preocupé por ti? Eres estúpido, te han podido… violar o algo así, como lo que me pasó a mí al ir a ese antro —dijo Tom aún detrás. Bill sintió una desazón en la boca al recordar eso.
—Lo siento, pero necesitaba irme, un rato siquiera… te extrañé y quiero hablar contigo —confesó, sonrojándose por lo dicho. Bill tenía que hacerlo.
—Sea lo que quieras decirme dilo tras de esa puerta.
—Vete a la mierda —murmuró Bill, y Tom pudo oírlo ya que se hallaba apoyado en su puerta.
Y así Tom logró evitar ver a Bill por segunda vez en ese día. Era tonto y Tom lo sabía pero quería tener un tiempo, para aclararse y no hacer tonterías con la simple excusa de que estaba en un cuerpo femenino.
…
Bill llegó a la cocina y mandó el mundo al carajo al coger una de las botellas de whisky que tenía Gordon escondidas en uno de los estantes. No pensaba tomársela entera, solo un poco, hasta estar lo suficientemente ido como para dormir tranquilo y no pensar en nada. Resistir las ganas de tirar esa maldita puerta abajo y decirle a Tom la verdad que tan cuidadosamente había maquillado por mucho tiempo, razón por la cual sabía con exactitud que nunca podría quitarse esa maldición. O quizá sí, el día que se lo dijese… sobrio.
…
Tom había ido finalmente a la cocina a prepararse algo, ya que realmente tenía hambre. ‘¿Cómo no tenerla? Si estoy perdiendo tanta sangre. Seguro me dará anemia’, fue lo que pasó por su cabeza al bajar las escaleras. Al ir en pos de alimento se encontró con Bill sentado en una de las sillas con sus piernas recogidas, hipando y con las mejillas encendidas. Pensó en huir, pero detectó ese aroma alcohol en el ambiente que le hizo desertar de esa idea.
—¿Bill? —llamó Tom para cerciorarse. El moreno le observó con los ojos brillosos y una sonrisa torcida en los labios.
—Tomi —chilló con evidente tono de ebriedad. Tom se acercó y le quitó la botella que tenía en mano—. ¿Por qué me la quitas? ¡Hip!
—Gordon te matará si descubre esto —mencionó Tom lo evidente mientras se acercaba al lavadero a meter agua dentro de la botella y así llenarla.
Bill intentó detenerle pero trastabilló y cayó tal cual largo era al suelo. Tom cerró el recipiente y lo colocó en su sitio, después ayudó a Bill a levantarse, tomándole por la estrecha cintura.
—Pesas y eres tonto, muy tonto, ¿por qué bebes? —cuestionó Tom sin realmente querer una respuesta. Bill se acercó a su cuello y sonrió, haciéndole estremecer por su aliento en contacto con su piel.
—Porque soy tonto —respondió Bill, caminando aún como si tuviese dos pies izquierdos—. Hueles bien ¡Hip!, ¿te bañaste? O… ¡Hip! ¿Siempre hueles así? —Bill comenzó a reírse de nuevo, haciendo que Tom detuviera sus pasos.
—¿Puedes dejar de respirar en mi cuello? Me molesta —pidió Tom, con las mejillas sonrosadas.
—Lo que yo pienso es que en realidad te da cosquillas ¡Hip! Y a Tomi no le gustan las cosquillas, ¿uh? —dijo Bill demasiado seguro como para el gusto de Tom, y se desprendió del agarre, haciendo que ambos se desequilibren y cayesen al suelo.
«Déjà vu», pasó por la cabeza de Tom al sentir a Bill sobre él, giró el rostro, huyendo de un beso que nunca llegó y recibió toques torpes que buscaban hacerle reír. Buscó empujarle, ponerlo contra el piso, y llevarlo a rastras de allí, solo consiguió formar parte de una contienda absurda en la cual Bill pensaba que era un juego y estaba demasiado bebido como para realmente tomarle en serio cuando intentaba inmovilizarle.
—Mierda, deja de reírte —se quejó Tom mientras apoyaba sus manos sobre las de Bill.
—Es que cuando te agitas y respiras así se te mueven las bubies y me da risa —soltó Bill y se rió a carcajada limpia.
Tom se tiñó de rojo hasta la raíz del pelo y se cubrió los pechos, dejando libre de su agarre a Bill, quien aprovechó esto para inmovilizar ahora a Tom bajo él, con las piernas abiertas y Bill en medio.
—¡Ouch! Mierda Bill, muévete, me lastimas —demandó Tom, golpeándole el pecho, sin percatarse que no lo tenía plano como antes y consiguiendo que se aovillara de dolor a un costado.
—Ahhh, mis bolas —se quejó Bill. Tom le miró incrédulo.
—¿De qué hablas? Si no te he pegado en los… ¡No tienes!
—Se sienten como unas, duelen como unas y te jodes, ough —siguió quejándose Bill, Tom se acercó a mirarle.
—¿No crees que al apretarlas te dolerán peor? —interrogó algo confuso. Bill hipó.
—No sé, pero se siente bien. —Tom le dio una palmada poco amistosa en la espalda algo enojado.
—Cerdo.
—Lesbiana.
—¿De qué hablas? ¡Soy hombre! —gritó alterado Tom.
—Yo no te veo tan hombre, tienes bubies, y chillas como una nena, me volvería lesbiano por ti —confesó Bill para luego reír entre hipidos. Tom se quedó paralizado en su sitio, intentando darle un sentido a lo que había dicho Bill entre las incoherencias provocadas por el alcohol.
No, no debía tomarle importancia, estaba ebrio, «¿en qué demonios estoy pensando?».
—Deja de hablar idioteces, mamá y Gordon llegarán en cualquier momento, vayamos arriba —pidió y haló del brazo a Bill para que se levantasen, este le alzó las cejas en un intento de ser provocador, pero por el rezago de alcohol en su sangre solo se veía gracioso.
—Uy, iremos a hacer cosas de lesbianos —hipó de nuevo Bill. Tom cerró la boca para no soltarle impropios y a base de tropiezos llegaron al cuarto de Tom; abrigó a Bill y se acurrucó contra él.
No era la idea que tenía de una noche tranquila y sin Bill de por medio para que lo confundiera más de lo que estaba, pero no se quejaba.



