ohhh q lindo final, m encanto ese sueño,
i esa casa me suena d algo
otro otro

ohhh q lindo final, m encanto ese sueño,
i esa casa me suena d algo
otro otro

Aww..Esta precioso el Cap... Al fin, su cercanía reaparece, de a poqito pro se siente...
Sube Cap Prooontoo D: Amo tu Fic :B:B:B:B
Küsses.!
vas a pensar que estoy mal de la cabeza
por leerlo dos veces si dos veces
bueno como me distraian a cada momento
no entendi pero lo lei de nuevo
sueños eso es obvio pero TOM no es
bipolar es que tiene unos cambios mas rapidos
que los mios XD XD
ya hablando serio que digo hablando(digo ya leyendo) xD
Acabaron en la alfombra hechos una masa de miembros y sudor. Había sido sexo en todas sus letras y lo habían disfrutado. (Sexo improvisado, apresurado y de corta duración; Bill todavía sentía que ardía en sus partes bajas y que podía echarse a llorar en cualquier segundo, y Tom seguía divagando sobre estrechez y un gozo imposible de concebir).
PARA mi en sueños me basta por lo menos
se entienden en sueños xD
aelilim ,cuando capi nuevo??
dejam decirte q m he leei irreversible i m ENCANTOOOO
m encantaria q lo continuaras o algun epilogo??
buenoo un besoo i esper capiii
D: Cuando Subiras caaapii...
Me siento culpable. =_= Pero he decidido editar todo el fic por los errores garrafales que sé que tiene y para escribir un último capítulo satisfactorio y que llene alguno de los huecos que hay. Tengo que ponerme pronto en eso, solo que no sé cuándo.
@gemahm: Con tu mención de que Tom no es bipolar pero lo parece por los cambios de carácter (así lo entendí yo, eeek) diste en el punto débil más evidente de esta historia del mal: la inconsistencia. Y ouch. >_<
Bill y Tom tenían siete años cuando Jörg y Simone anunciaron que se iba a separar. No hubo discusiones sobre manutención, custodias ni papeles de divorcios, y lo único que recordaban vívidamente de ese día en el que su padre se marchó con dos maletas fue la despedida corta y cómo su madre los acostó con los ojos brillosos para irse a encerrar en su propio dormitorio hasta la mañana siguiente.
—¿Tomi? —dijo Bill cuando Simone apagó la luz y cerró la puerta—. Tú nunca me vas a dejar, ¿cierto? Así como papá ha hecho con mamá.
Tom se tardó en replicar, y cuando lo hizo, su tono era quebradizo.
—Papá también nos ha dejado a nosotros.
La oración fue como una revelación para Bill que soltó un gritito insonoro. Los gemelos no hablaron más hasta que finalmente quedaron dormidos. Sin embargo, no pasó mucho para que compartieran un sueño en el que la escena de Jörg yéndose sin mirar atrás se repitiese una vez y otra vez. Y es que en serio no solo abandonaba a Simone, sino también a ellos. Despertaron llorosos y Tom recibió a Bill en su cama.
—¿Bill?
—¿Qué?
Estaban con los dedos entrecruzados y Tom los apretó. Bill se arrimó imposiblemente más contra él y el fresco del ambiente se hizo más tibio.
—No te voy a dejar —dijo Tom al fin.
—¿Nunca? —preguntó Bill para asegurarse.
—Nunca, porque somos gemelos, y los gemelos no se abandonan.
Bill estuvo de acuerdo y se sintió feliz de tener un gemelo. Eran meras palabras, una promesa implícita pero fue suficiente para darle fortaleza y sentirse protegido ante cualquiera.
***
El viento meció su frialdad en movimientos danzantes hasta que azotando con fuerza logró que una de las muchas ventanas cediera y ultrajó el calor de la habitación. Sus manos siguieron unidas, entrecruzando los dedos con aspereza pero Bill no abrió los ojos que tenía cerrados. La luz de un rayo iluminó las penumbras antes de volver a dejarlos en la oscuridad. Tom, por espacio de un segundo, sintió como los latidos de su corazón se precipitaban.
Una tormenta azotaba Hamburgo.
Al inicio, cuando pasada la medianoche la lluvia había empezado a caer con fuerza como un anuncio de lo que vendría, Bill se había levantado automáticamente de su cama y había ido al dormitorio de Tom, entrando sin anunciarse. Su hermano había despierto y no había dicho nada, haciéndole espacio para que se echase a su lado
—Pensé que las tormentas ya no te daban miedo —murmuró Tom.
—No tengo miedo —dijo Bill resuelto. Seguía sin abrir los ojos, pero acercó el rostro hacia el cuello de Tom y frotó su nariz ahí—. Vine porque tú sí lo tienes —añadió con voz suave y seguridad.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque soy tu gemelo —respondió con rotundidad.
Tom soltó una risita que fue ahogada por el sonido de un trueno y que le hizo sobresaltarse. Bill deshizo la unión de sus manos y depositó la izquierda a lo largo del pecho de Tom, afianzándolo con un abrazo contra su cuerpo. Estaban muy juntos, y era cómodo.
—¿Eres feliz? —murmuró Tom cuando pasaron unos minutos. El sonido de la lluvia era sobrecogedor y Bill, de pronto, vio borroso—. ¿Has quedado dormido?
Movió un poco la cabeza indicando que seguía despierto, sin embargo, no contestó la primera pregunta.
Tom y él estaban bien. Habían ido con cuidado el último par de semanas, con tanto cuidado que se habían acercado sin que ninguno de los dos levantara sus paredes de defensa o sacara sus garras frente a situaciones que hubieran podido clasificarse como amenazadoras en otras situaciones. Ahora se cernía sobre ellos amenazante una puerta abierta que había aparecido ante una pregunta tan básica como “¿eres feliz?”.
¿Bill se sentía feliz?
—No —balbuceó repentinamente.
Unos cuantos minutos más habían pasado, y al no ver reacción de Tom, ahora quien pensó que su hermano se había quedado dormido fue Bill.
—No soy feliz —repitió, haciéndose escuchar por encima de la lluvia—. ¿Tú sí lo eres? —preguntó, arrastrando su mano hacia la cara de Tom y acariciar su mejilla.
—Te extraño —dijo con rapidez como si con eso representase su estado a la perfección. Quizá lo hacía y, de nuevo, Bill vio borroso. Deshizo en un movimiento ágil lo enredado que estaba en sus piernas con Tom, y se sentó, flexionando las rodillas y sintiendo frío en los hombros.
—¿Me odias? —quiso saber. Tom movió la cabeza de un lado a otro y Bill se obligó a botar el aire contenido—. Bien, porque no soportaría que me odies. Pero… sí me odiaste, ¿no?
Ya estaba dicho y con eso habían cruzado la puerta imaginaria de vuelta a territorios pantanosos. Estaban ahí y solo podían esperar no hundirse hasta el cuello sin encontrar una salida que fuera permanente.
Tom también se había sentado y permaneció callado. El silencio era réplica suficiente: Tom había odiado a Bill por decir basta y le había dolido tanto que en vez de empecinarse por recobrarlo se había recluido en sí mismo.
—A veces te amaba tanto que no sabía qué hacer —confesó Bill, avanzando a gatas la muy escasa distancia que lo separaba de Tom y entrecruzando sus rodillas sin previa advertencia. Un rayo iluminó el cuarto y sus ojos se conectaron—. A veces te sigo amando tanto que no sé qué hacer. No quiero que me consideres una piedra en tu camino o como la soga que te sujeta de hacer tanto.
Las facciones de Tom se endurecieron y Bill sintió cómo olas imaginarias y rojizas le golpearon la piel con tanta violencia que hasta el ruido de la lluvia y los truenos pasaron a un tercer o cuarto lugar.
—No tenías derecho a decidir por los dos lo mejor para mí —afirmó el mayor de los gemelos, haciendo puños con sus manos.
Bill dejó de apoyarse en sus rodillas y se dejó caer de lleno encima del regazo de Tom, estremeciéndose por el simple conocimiento de que la posición hubiese sido vedada en otras ocasiones (siem-pre, si-em-pre, si-empre) y pasó los dedos por la frente del otro chico, descendiéndolos por su cuello y su pecho desnudo hasta llegar a su abdomen.
—¿No tenía derecho? —inquirió en un murmullo. Sentía que Tom estaba endureciéndose bajo su peso, su estómago estaba hecho un nudo y el corazón siendo un tambor que resonaba en sus oídos—. Tal vez no, pero tú no hiciste nada.
—¿Dices que es mi culpa?
Bill vio las ondas rojizas, violetas y de muchos otros colores alzarse y jadeó. En realidad no estaban ahí, sin embargo, él las podía ver y por un instante quiso gritar y señalarlas, revelarle a Tom que podía sentir casi todos sus más íntimos sentimientos y sensaciones, que podía colarse en su mente y saber cuándo algo iba mal. Estaba por abrir la boca y vomitar palabras tras palabras cuando fue movido de súbito y quedó tendido de espaldas.
La respiración de Tom estaba agitada y el miedo a la tormenta que le había arrancado el sueño era historia.
—Dime si de verdad crees que es mi culpa.
A medias, sí, sí lo era, y Bill lo dijo tal y como pensaba que era mientras su cuerpo era desnudado de la cintura para abajo con celeridad. Las manos de Tom estaban frías y trémulas, y cuando envolvieron la semi-erección que se había formado casi por ósmosis, Bill tembló.
—Te he escuchado hablarme muchas veces pensando que estaba dormido, Tomi. Tú lo sabes y yo lo sé —dijo, moviéndose al compás que le imponía Tom. La idea de detener lo que estaba ocurriendo no se le pasaba por la mente ni se le pasaría aunque fuese el fin del mundo—. Yo soy tu puerto, y te quiero. Te quiero tanto.
La muñeca de Tom se paralizó y antes de saber qué sucedía, una vez más Bill inesperadamente fue cambiado de lugar como un muñeco de trapo. Esta vez quedó bocabajo y su gemelo le abrazó por detrás con ímpetu. Al igual que él, estaba sin ropa interior y Bill gimió al contacto de piel desnuda contra piel desnuda.
Todo era demasiado íntimo, y más que por toda la carga sexual implicada era porque conllevaba retroceder unos años y unos meses y contemplar la posibilidad de ser aquellos adolescentes que respiraban el uno por el otro. Y Bill temió romperse.
Tom lo tenía agarrado de su cabello y se mecía a un ritmo lánguido, botando aire tibio contra la zona sensible de su oreja y provocando que se estimule. Bill podía estar seguro de que podría alcanzar el orgasmo en cuestión de instante sin ni siquiera tener la necesidad de ser tocado directamente.
—Suéltame, me lastimas —pidió sofocado.
—Y tú me estás matando —resopló Tom en su oído y Bill sintió como si hubiese sido golpeado en pleno rostro.
—¿Te estoy matando? —preguntó sin aliento.
Tom no contestó y siguió empujando contra él en seco hasta que Bill sintió que estaba por llegar al clímax y juntando fuerzas y resolución, se giró e hizo que el de rastas cayera a su lado, sorprendido por el cambio brusco. Afuera la tormenta había menguado pero era lo que menos le hubiera podido interesar a alguno.
—¿Te estoy matando? —se repitió Bill, apresurándose a aproximarse a Tom y juntar de nuevo sus cuerpos que se estremecieron al contacto.
—Sí.
—¿Cómo lo estoy haciendo?
No duraron mucho de costado debido a que Bill hizo que Tom se echara y no tardó en situarse encima, quedando cara a cara y causando que sus sensitivos sexos estuvieran en contacto. Pero Bill se quedó estático y logró que Tom también quedara así.
—Dime, Tom. ¿Cómo te estoy matando? —reiteró con tono entrecortado por el esfuerzo. En su pecho sentía una borrasca encarnada, tal como si la tormenta se hubiese mudado a su interior—. Tomi, dime.
—Te amo.
Entonces fue irrefrenable que Bill aplastara sus caderas y los hiciera gemir al unísono. Tom apartó sus piernas lo necesario para que Bill encajara entre ellas y sus arremetidas se encontraron sin compás y con hambre. Era el segundo encuentro íntimo que tenían en años y era poderoso, turbador. Eran Tom y Bill en su máxima expresión y dejándose llevar como verdaderamente lo deseaban y no se habían atrevido por estupideces y miedos.
El primero en llegar fue Tom, manchando entre sus vientres; segundo después, Bill se le unió con un gimoteo roto y cayó sin fuerzas a los brazos abiertos de su hermano que no se quejó de los huesos de sus caderas haciéndole doler.
—Eso fue…
—¿A qué te referías? —interrumpió Bill jadeando.
Tom no tuvo que preguntar de qué hablaba. Con suavidad hizo que Bill se depositara en la cama y limpió los rastros de sus orgasmos con la sábana para a continuación cubrirlos con los cobertores. Pasaban de las tres de la mañana, miró en el reloj digital del velador. Suspiró.
—Por todo lo que fue y ya no es porque fuimos cobardes.
A Bill le hubiera asombrado recibir otra aclaración. Cerró los ojos y recibió el beso que Tom le dio en los labios, profundizándolo a pesar de sentir que tenía una piedra incrustada en la garganta. Con “todo” su hermano se refería a las incontables noches en las que se habían escabullido a la habitación del otro, en las que se habían acurrucado y las caricias indebidas que al día siguiente originaban sonrojos furiosos por el recuerdo de lo prohibido. Entre ellos había un todo que era innegable.
—Me dijiste que me amabas —dijo Bill satisfecho, rompiendo el beso repentinamente.
Tom se negó a mirarle, acurrucándolo entre sus brazos y Bill se dejó hacer. Estaban agotados.
***
Tom despertó descansado y con una sonrisa pintada en la boca, la cual no desapareció al encontrar los ojos de Bill mirándole.
—Tienes ojeras —observó estirando los músculos de los brazos que tenía entumecidos por la posición en la que estaba e incorporándose lo necesario para robar un beso.
—No, no —se negó Bill a la vez que apartaba la cara—. Primero lávate los dientes… y una ducha tampoco vendría mal, la verdad.
A pesar de lo que había dicho, apenas Tom sonrió de lado y lo atrapó, dándole un beso profundo, Bill no se hizo de rogar. Estaba contengo. Había despertado hacía no mucho y se había encontrado envuelto en un abrazo tan posesivo que no había sido fácil liberarse, y lo que había pasado la noche previa había parecido un sueño.
No era que mágicamente todo estaba solucionado, sin embargo, Tom estaba ahí, a su lado, siendo tan maravilloso como era y como en tan reducidas oportunidades lo mostraba.
Bill no podía señalar el motivo por el cual todo había explotado tal burbuja frágil. Quizá había sido algo que había estado cimentándose para reventar desde el mismo momento en el que tenían catorce y todavía faltaban cosas por tratar y lágrimas que derramar. Pero no podía lamentar nada.
—¿A qué hora tenemos que estar listos? Creo que a las 11, ¿uh?—dijo Bill con ahogo en una pausa de los besos.
—Tú no te quedas atrás. Necesitas enjuague bucal urgente —remarcó Tom, riéndose y arrugando la nariz. Bill sonrió y sopló aire justo en su rostro—. ¡Bill!
¿Hacía cuánto no bromeaban y se comportaban como verdaderos hermanos? Ninguno de los dos podría recordarlo así que mientras lanzaban carcajadas y mofas intercaladas con besos y caricias, se sintieron privilegiados. Felices.
Tom y Bill no pudieron alternar jugar como hermanos y jugar como amantes demasiado porque la puerta de la habitación fue aporreada por uno de los del staff avisando que la banda debía estar en media hora en la sala de conferencias del hotel donde los esperaban para la ronda de entrevistas a los medios locales antes del concierto.
—De vuelta al trabajo —dijo Bill con energía, levantándose y dirigiéndose hacia su propio cuarto por la puerta que lao conectaba con la de Tom. No pudo ir lejos porque su hermano le atrapó contra el umbral y le abrazó—. Tomi, se nos va a hacer tarde.
—Dame un segundo.
Bill no le dio un segundo, le dio todos los minutos que quiso y acabaron siendo extremadamente impuntuales.
***
El ambiente era disipado aun cuando para esas alturas los chicos estuvieran más que impacientes por acabar con las entrevistas y dejar de escuchar los mismos cuestionamientos uno tras otros. A la estancia ingresó una chica que los saludó y la última tanda de preguntas dio inicio cuando les dieron la señal de que las cámaras estaban grabando.
Que el single, que los tour que venían, que las fans. Que Tom y las mujeres y el sexo, que Bill y su búsqueda por la persona idea y su look. Era más de lo mismo, y siguió siéndolo cuando fue planteado lo de “debe ser difícil trabajar con tu hermano”.
—A veces sí —se adelantó a responder Bill como siempre hacía—. Pero Tom y yo hemos estado juntos todas nuestras vidas y no podríamos concebirlo de otro modo. Somos un alma en dos cuerpos.
Tom asintió con convencimiento y la chica sonrió.
—He leído que los gemelos sienten lo del otro incluso si están separados, ¿es verdad? —inquirió interesada.
—Por supuesto —dijo Tom.
—Es increíble —completó Bill, atrayendo la atención hacia él—. Un completo fastidio y lo más maravilloso que me ha podido pasar.
Sus palabras pendieron en el aire más de debido ya que la entrevistadora abrió los ojos impresionada hasta que tosió y volvió a los temas conocidos. No mucho después se hallaban en camino al backstage del recinto donde tocarían para esperar el par de horas que les quedaban para la presentación. Tom y Bill parecían estar de tan buen humor y centrados uno en el otro que ni siquiera los comentarios de Georg o sus burlas cambiaron eso.
El concierto fue dado con toda la entrega usual y sin errores. Bill tal vez corrió más ocasiones hacia Tom y aprovechó cada oportunidad que tuvo para cantarle, sin embargo, solo provocaron más gritos de las fans y a nadie le pareció extraño.
—¿Un completo fastidio? —quiso saber Tom, cambiando de guitarra. Faltaban un par de canciones para que el show llegara a su fin.
—Ni te imaginas —dijo Bill con ambigüedad y con una sonrisa. Sin dar oportunidad a recibir réplica, se cambió la camiseta empapada de sudor y regresó al escenario.
Tom vio el cabello de su hermano ondear libre mientras este corría, y arqueó una ceja, sintiéndose curioso.
Si bien Tom y Bill se diferenciaban y asemejaban en muchas cosas, entre el último grupo sobresalía la terquedad que caracterizaba sus personalidades. A pesar de que había transcurrido un tiempo, el muchacho de rastas siempre había tenido presente el estado de Bill y su continuo “te diré lo que tengo, eventualmente”, y resolvió que eventualmente había llegado.
Una vez concluido el concierto empalmaron el trayecto de vuelta a casa para finalizar la grabación de su nuevo álbum. Georg, apoyado sorpresivamente por Gustav, había propuesto tener una pequeña celebración y Tom había dicho que para otro día, alegando mucho cansancio. Después de un “qué aguafiestas” a lo que el guitarrista había sonreído y encogido un hombro, se marchó a la parte trasera del bus. Bill no tardó en seguirle.
—Tomi —saludó Bill con una sonrisa, sacándose los zapatos y sentándose en la cama de su hermano con las piernas cruzadas. Estaba cansado y deseaba un baño, sin embargo, inclusive sin su mentada empatía podía decir que Tom tenía algo en mente.
—Quiero hablar contigo.
Tom se sacó la camiseta por la cabeza y Bill botó aire con lentitud.
—¿Sobre esta mañana? —tentó, observando cómo su gemelo se vestía con una camiseta limpia y también se descalzaba. Sabía que no era sobre eso pero el pensamiento de desviar un poco conversación le agradaba—. ¿Sobre todo el asunto "estás matándome"? ¿Sobre… incesto? ¿Sobre las groupies que ya no podrán aprovecharse de ti?
Era probable que Bill hubiera ido demasiado lejos, pudo leerlo en los ojos azorados de Tom. Eran tantas cuestiones conflictivas que debían poner sobre la mesa y tratar si es que quería seguir adelante, y debían hacerlo tarde o temprano. Porque era un hecho que ambos querían seguir adelante.
Prácticamente oyendo el cerebro de Tom funcionando a mil por hora y sensaciones no tan bienvenidas en la boca del estómago, Bill supo que debía hacer algo.
—Hey, hey, ¡basta! —dijo en voz alta.
Tom pestañeó. Seguía en pie a unos pasos de Bill, quien descruzó sus piernas con pesadez y tiró de él con una mano, haciendo que se sentara en su regazo. Del lounge provenía el ruido de las voces de Georg y Gustav haciendo un concurso de beber shots de tequila.
—Esto está mal —subrayó Tom, señalando con una mano la posición en la que estaban. Pero ni siquiera hizo el intento de levantarse de encima de las piernas de Bill—. Tú deberías estar sentado en mi regazo y no al revés.
—Detalles —murmuró Bill. Enterró la nariz en el cuello de Tom, absorbiendo el olor a cigarro y sudor y a simplemente Tomi.
Muy contrario a lo que la mayoría podría creer, bajo las toneladas de tela, el mayor de los Kaulitz no pesaba la gran cosa, y Bill se abrazó a su talle delgado, notando la dureza de los músculos y las costillas. Sus cuerpos no eran lo mismo pero tenían la misma estructura y se complementaban a la perfección. No hacía falta comprobarlo.
—¿Me lo dirás? —preguntó Tom, ignorando un chillido proveniente de donde se encontraban sus amigos y que la música a todo volumen cambiara de Motörhead a una de Jessica Simpson.
—Te lo diré —acordó Bill. Tom giró y se enderezó lo suficiente para quedar al lado de Bill, sentando en el colchón y enfrentándolo—. Te diré que pasa porque tienes el derecho de saberlo y porque confío en ti.
Bill inspiró y exhaló unas pocas veces. Gustav sabía qué le sucedía y se acordaba cómo había reaccionado y el apoyo que le había brindado. No debía ser tan diferente… ¿A quién quería engañar? Era diametralmente diferente: se trataba de su hermano enterándose que había tenido un testigo en primera fila de cada uno de sus sentimientos más fuertes y en sus experiencias sexuales.
—No sé cómo y ya ni me acuerdo con exactitud cuándo, pero de pronto te tenía en cada pliegue de piel y en cada célula. Te siento aun cuando no quiero aquí —dijo señalándose las sienes— y aquí —ahora lo que se señalaba era su corazón—. No te puedo borrar. Es distinto a cuando no pude suprimirte cuando tenía catorce años e igual logré... no sé, atenuarte.
Bill se detuvo. Estaba diciendo locuras. Jodidas locuras. Parecía una confesión de amor cuando en realidad lo que quería o, más bien, lo que debía decir era: tengo la maldita habilidad de presentir lo que tú sientes. Listo, está dicho, ahora tienes permiso de atacarme con todas las preguntas y reclamos.
Sin embargo, no podía simplificarlo así y calló.
—No entiendo qué mierda has dicho —dijo Tom finalmente y Bill rió antes de abalanzarse para exigir un beso voraz que pudiera toda interrogante y problema al final del baúl. Lo consiguió con una facilidad irrisoria.
***
Tom salió de la ducha en el diminuto baño del tourbus sintiéndose satisfecho. Georg y Gustav seguían causando un estrepitoso escándalo que seguramente tendría consecuencias. Descartando espiar el porqué de las risotadas y la música pop americana, regresó a las literas. Bill había sido el primero en bañarse y estaba acostado hecho una pequeña bola en su cama con la cortina abierta en una clara invitación a acompañarlo. Su respiración era lenta y era fácil asumir que estaba dormido.
Apagando la luz, Tom se acostó con sumo cuidado y abrazó a Bill por detrás. Intentó caer dormido por lo que pareció lustros pero no pudo encontrar tregua en sus cavilaciones.
—Bill —empezó a musitar casi sin darse cuenta—, hoy quiero decirte. U, no, no decirte. Susurrártelo a oscuras: te amo. Cursi y estúpidamente te amo. No tengo ni idea de qué pasará mañana, cómo reaccionaremos y qué complicaciones debamos enfrentar, pero quiero que lo sepas… y prometerte que nunca te dejaré alejarme otra vez, aunque me detestes y en tu tonta cabecita te hayas convencido que es para lo mejor. Porque son puras mierdas lo que creas si es que no estamos juntos, ¿me entiendes?
Nuevamente, como hacía tanto, un sollozo se le escapó de lo más profundo de la garganta a Bill y la mano que estaba puesta delicadamente en su brazo se tensó.
—Estás despierto, ¿eh? —dijo Tom sin elevar su volumen. Otro sollozo violó el mutismo de la estancia y Bill se volteó con lentitud para mirarlo—. ¿Por qué lloras?
—Porque… porque sí.
Tom estaba con el ceño fruncido, pero el gesto se disolvió y en vez de un sollozo más, se escuchó una risita.
—No te burles de mí, Billy idiota.
—Jamás lo haría —afirmó. Sus alientos y respiraciones se entremezclaban, y Bill suspiró profundamente—. Oye, Tom, a los siete me prometiste que no me abandonarías… y lo hiciste. Yo te forcé a hacerlo. ¿Cómo sé que sí cumplirás la promesa de ahora?
Bill no se había referido a eso con mala sangre, era un comentario que le hacía distraerse de lo abrasivo de la situación. Cada una de las palabas de Tom seguía tintineando en cada fibra de su ser y le oprimía.
—No lo sabes —contestó Tom con una sonrisa débil en los labios. Si a Tom le dolía, a Bill también le dolía, y este último no pudo más que abrir los ojos como platos. ¿Desde cuándo la incertidumbre había escocido tanto?—. Pero tendrás que confiar en mí. ¿Confías en mí?
Bill no pudo verbalizar su respuesta, no hubiera podido hacerlo por más que hubiese querido, y recibió el abrazo de Tom, acomodándose en el capullo caliente y seguro. Estaban los dos juntos y afuera las luces y las estrellas pasaban mientras el bus los llevaba a su casa. No a su hogar, porque su hogar estaba donde el otro estuviera, y así sería hasta el final de los tiempos.
***
“De algún modo, ahora estábamos a salvo. Éramos la suma de nuestros deseos y esto nos salvaba”. Lestat, el vampiro; Anne Rice.
-fin-

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