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Capítulo uno: El principio
Bill ya no podría recordar con exactitud cuándo comenzó a decir mentiras en las entrevistas frente a miles de televidentes y con una sonrisa fresca curvando sus labios.
Al principio, le sabían extraño en la lengua y un indicio diminuto de culpabilidad se depositaba en su pecho, haciendo presión y dejándolo incómodo. Pero el tiempo transcurrió y estuvo cara a cara con los aspectos negativos de la popularidad, y entonces vomitar aquella ficción inventada le sabía a normalidad.
Como un escudo protector.
Quizá la falsedad que Tom y él reiteraron con más frecuencia a lo largo de su carrera era que tenían un nexo que iba va más allá de las palabras. Que prácticamente podían leerse el pensamiento y sentir lo que el otro estaba sintiendo en el mismo momento.
Nunca fue cierto. Al menos no hasta que Bill tenía dieciséis años y medio.
***
Tom había perdido un par de notas en el concierto en Halle.
El hecho pasó desapercibido para el público, pero no así para los miembros de la banda y especialmente para Bill que, aparte de captar el sonido erróneo que brotó de la guitarra de su hermano, había sentido como un tirón en el estómago que le había obligado a animar a las fans a acompañarlo en el coro de la canción por la falta de aliento.
Ahora estaban solos y en pijama en la sala multimedia del bus camino a otra ciudad y era más de medianoche. Aparte del pequeño incidente, el show había ido genial.
Hacía horas que Gustav y Georg se habían retirado a dormir, y si hacían suficiente silencio podían escuchar los ronquidos de oso hibernando de Georg y el sonido apaciguado del mp3 de Gustav puesto a volumen alto.
La mañana siguiente sería ajetreada, sin embargo, Bill se había encaprichado con ver una película y había convencido a Tom de acompañarlo con el puchero más grande y persuasivo que toda Europa hubiera presenciado.
—En el concierto se te fue el aliento de imprevisto. No estarás enfermo y lo estás ocultando, ¿verdad? —dijo Tom súbitamente, poniéndole una mano en la frente y torciendo sus facciones.
No sería la primera vez que Bill preferiría omitir mencionar su malestar para no interrumpir la agenda que debían cumplir.
Sus rostros estaban iluminados por las suaves tonalidades azules de la pantalla y tenían sus pies envueltos en una manta. La temperatura era agradable.
Bill meneó la cabeza, permitiéndole verificar que no tenía fiebre. No se había sentido mal, y aunque recordaba la sensación en su estómago, dudaba que fuera indicio de alguna enfermedad.
—Sentí algo extraño en el concierto, justo cuando te equivocaste en las notas —comentó sin darle importancia. Hizo una pausa para mirar una escena de la película y siguió—. Pero se pasó al instante.
Tom acentuó su ceño arrugado, mirando el televisor sin realmente mirarlo con una expresión imposible de deducir. Sus brazos estaban tan tensos que llegaban a doler.
Pasaron unos cuantos minutos más.
—Esta película es tan… —Bill no terminó de hablar, soltando un sonoro bostezo.
—¿Mala? Las comedias americanas suelen ser basura. Vayamos a dormir, es tarde.
Bill asintió, levantándose y caminando como zombi hacia la zona de las literas en donde cayó dormido al instante. Tom quedó atrás, poniendo en su sitio todo lo que habían desordenado. Estaba fatigado y ansioso, pero era mejor eso a lidiar al día siguiente con las quejas de Georg o Gustav por el desastre.
***
Cuando eran niños y estaban encerrados uno en el otro había sido maravilloso, pero eso había acabado cuando el mundo desgarró con sus zarpas venenosas los muros que los separaban de los demás.
Tom era su gemelo, y como tal, lo quería. Estaban juntos embarcados en esa aventura llamada Tokio Hotel, lejos de su madre y compartiendo tal vez más de lo que otros hermanos comunes comparten.
¿Algo más? Ahora difícilmente.
Por eso al despertarse esa misma noche, treinta y seis minutos exactos más tarde, Bill se encontraba conmocionado, con los ojos muy abiertos y la garganta seca.
Había tenido un sueño… o, mejor dicho, una pesadilla de la que todavía podía sentir las huellas. La ingle le hormigueaba, y aun sin bajar la mano y confirmarlo, sabía que estaba duro. Se movió con lentitud hasta quedar bocarriba, sin poder evitar rozarse con su ropa de dormir y que un jadeo ahogado abandonara su garganta.
No podía estar sucediendo esto.
Bill no había tenido ni un solo pensamiento en ese sentido hacia su hermano en años, y en un abrir y cerrar los ojos, como un ataque sorpresivo, un sueño erótico volvía a reducirlo a ese preadolescente que descubrió lo bien que se sentía imaginar que Tom estaba al lado o encima o debajo mientras se tocaba hasta sentirse sin aire y dejar las sábanas húmedas.
—Mierda —susurró entre dientes y haciendo puños con las manos.
Se resistiría a masturbarse, esperando a dormirse y que la erección desapareciese por su cuenta. Le había costado muchísimo regresar al camino “correcto”, subyugar aquellos sentimientos… ese apetito por Tom que se había vuelto tan natural.
Sin embargo, unas imágenes vívidas atravesaron su mente como flashes continuos y todo su cuerpo tembló de ardor. Sus ojos, que hasta ese segundo habían estado herméticamente cerrados, se abrieron. Pero los flashes no se detuvieron y los ronquidos de Georg y la música de Gustav se desvaneció gradualmente hasta desaparecer.
Liberó una serie de quejidos sofocados, presenciando cómo Tom, apoyado contra la pared de cerámicas azules y blancas del baño del bus, se acariciaba con urgencia. Su pantalón de dormir estaba a la altura de sus tobillos y sus rastas rubias caían libres por su rostro.
Esto estaba en su imaginación así podía, debía detenerlo, pensó Bill alterado.
Las imágenes no cesaron, por el contrario, cobraron intensidad. Y sin poder especificar cuándo ni cómo, finalmente se dejó llevar y pateó los cobertores, brindándose la atención que tanto quería…
Tom mordía su labio inferior para no gemir, una de sus manos centrándose en la punta sensitiva, formando un túnel del que salía y entraba en un desbocado compás, y con la otra jugueteando con sus testículos con relativa delicadeza.
Bill imitó sus movimientos, haciendo que el palpitar de su corazón se acelerara a una velocidad imposible y los restos de su juicio se disiparan. Por lo estimulado que estaba, fue poco lo que precisó para estallar en un sonido que a duras penas logró contener.
Tom tampoco tardó demasiado y gruñendo de manera gutural y dándose un jalón final, se corrió profusamente en sus manos.
Sin fuerza y sin limpiar los vestigios de lo que acababa de hacer, quedó tendido, deliberadamente limitándose a inhalar y exhalar aire.
Y no se movió ni siquiera al escuchar los ruidos sordos de Tom saliendo del baño, dirigiéndose a su litera y cerrando su cortina.
Incluso en las nubes vaporosas en las que se hallaba flotando, Bill comprendía que esto solo era el principio de “algo”. No había sido ningún sueño húmedo ni lo que había ocurrido había tenido únicamente lugar en su cabeza. Había sido real d todos los modos posibles: la excitación de Tom transmitida a él por algún conducto intangible y haber podido mirar a través de sus ojos.
***
Era tan habitual ubicar a primera hora de la mañana a Gustav con la nariz hundida en algún libro o en su computadora que cuando Tom ingresó a la cocina, y en vez del baterista se encontró a Bill comiendo ávidamente un bowl repleto de cereal y leche, enarcó una ceja.
—¿Y el milagro? ¿Tuviste una emergencia matutina con alguna uña? —fastidió en tono bromista.
Bill levantó la vista y sonrió, pequeñas hojuelas de cereal en las comisuras de sus labios. No contestó y Tom hizo un gesto de desconfianza, sin seguir el impulso de corresponder la sonrisa. Bill de buen humor tan temprano era una mala señal.
—David me ha mandado un mensaje. Dentro de dos horas tenemos que hacer la revisión de sonido de… Eh, ¿a qué ciudad tenemos que llegar?
Tom se encogió de hombros, inspeccionando los cajones y el frigorífico para ver qué le provocaba desayunar.
—No sé, debe estar en el cronograma. Seguimos en Alemania, eso seguro.
—Sí, supongo. —Bill se llevó otra cucharada a la boca—. Como te decía, llegamos dentro de dos horas y nos quiere listos a los cuatro. ¿Georg sigue durmiendo?
—Como una jodida roca —dijo, sentándose enfrente de su hermano con un vaso de jugo de naranja de caja y dos tajadas de pan de molde.
—Gustav está hablando con su hermana desde hace media hora. Creo que está implorándole perdón por olvidar su cumpleaños —informó Bill, presintiendo que sería lo siguiente que Tom preguntaría.
Tom clavó los ojos en él por un milisegundo, mirándolo extrañado pero lo dejó ir y comenzó a comer. El bus siguió recorriendo kilómetro tras kilómetro de la carretera desierta y el ronroneo suave de su motor fue lo único que se oyó por un rato.
—Tienes ojeras, Bill, y fuera de bromas, no son ni las nueve y ya estás despierto. ¿No has dormido bien?
Los ojos marrones de Tom, sus pestañas arqueadas, su lengua deslizándose repetitivamente por su piercing, su lunar en su mejilla derecha… El menor de los Kaulitz se fijó en estos detalles y parpadeó seguido. Había vaciado el bowl, bebiendo hasta la última gota y ahora la leche y el cereal se revolvían en su estómago.
¿Había dormido bien? No, todo lo contrario.
—Estoy agotado —admitió—, como todos aquí. Pero estaré bien. Faltan pocas fechas del tour y podremos ir a casa por unas semanas, ya sabes.
—Hay algo más, ¿verdad? —insistió Tom y Bill se estremeció imperceptiblemente.
—Nah, solo cansancio. Iré a cambiarme.
Bill se había incorporado y avanzado unos cuantos pasos cuando sintió una mano sujetándole del brazo e impidiéndole seguir. Lo siguiente que pudo sentir fue el calor corporal de Tom traspasando sus camisetas y llegando a su espalda por lo próximo que estaba.
Se contuvo para no girar y le costó respirar.
—¿Me lo dirás, Bill?
—Eventualmente —murmuró, soltándose y caminando apresurado hacia su litera.
Esperaba que Tom no le siguiera y le confrontara para que le dijera qué pasaba. ¿Cómo decirle si él mismo no estaba seguro? No tuvo suerte. Su cortina fue corrida con brusquedad, siendo abierta, y a pesar de que Bill no se hallaba tan sorprendido, no logró evitar sobresaltarse.
—Hey, no puedes ve… —se quejó, o pretendió, porque fue interrumpido sin miramientos.
—No entiendo por qué no puedes confiar en mí.
Tom lucía mortalmente serio y ambos ignoraron los ladridos de Georg que recién se desperezaba y con el cabello enmarañado se alejaba para tomar café y volver a ser persona de nuevo.
—Y yo no entiendo por qué me estás dando tanta lata, Tom.
Era una mentira y una bastante mala, además.
Se contemplaron sin pronunciar ninguna sílaba más.
Cuando Bill se despertó todavía no amanecía. Se había descubierto con la cintura para abajo desnudo y las manos cubiertas de semen seco. Su confusión inicial se desvaneció fugazmente al recordar a Tom…
Manteniendo la cabeza fría, comprobó que todos durmieran y sigiloso cambió sus sábanas y se puso otra ropa interior. Se aseó con agua caliente y cuidó que no quedara nada que lo pusiera en evidencia. Procuró dormir un poco más pero a las siete y media en punto estaba navegando por internet sin hacer nada específico en la cocina y siguió en eso hasta que Gustav apareció y le hizo compañía.
Por alguna razón, el pánico no había cundido.
Sin embargo, estando a medio metro de Tom y pronto siendo innegable que aquellas ondas de preocupación, frustración, ira provenían directamente de su hermano y le ponían la piel de gallina, Bill dejó de bloquear el hilo de cavilaciones y el pensamiento “qué mierda pasa” se disparó con fuerza descomunal.
—Tomi —dijo, tomando aire. No supo qué más añadir.
—Sabes que eres lo más importante para mí, y no quiero que nada malo te suceda.
Eran palabras dulces, de esas que contadas ocasiones podía obtener desde que había orillado a Tom a entrar a la fase en la que las chicas, aprovechar cualquier oportunidad para beber y probar marihuana era mucho más entretenido que pasar el tiempo libre juntos.
Bill también disfrutaba de esas cosas, pero a una medida muchísimo menor.
La noche previa, una película mala y Tom advirtiendo que estaba desmejorado, había sido un lujo.
—Nada malo sucede, te lo prometo —aseguró, obligándose a sonreír.
Se adelantó lo suficiente para estrechar entre sus brazos el talle delgado de Tom y suspiró al percibir que las ondas de inquietud y animosidad de su gemelo aminoraron hasta que estuvieron fuera de su alcance.
Bill respiró profundo, absorbiendo la mezcla de olor a cera de las rastas de Tom y transpiración y se soltó.
—Voy a cambiarme. Deberías hacer lo mismo, sabes cómo se pone David.
—Aún falta, y a diferencia de ti, solo necesito cinco minutos —replicó con una sonrisa de lado casual.
Era falso, ya que considerando que Tom ni siquiera debía maquillarse o peinarse elaboradamente, tardaba décadas en combinar su ropa y estar preparado, pero Bill no rebatió.
Al quedar solo, se sentó en su cama y cerrando los ojos, se persuadió de que podría seguir como si nada.
¿Qué si de repente había adquirido la habilidad o lo que sea de distinguir lo que Tom sentía? ¿Qué si de ahora en adelante su hermano nunca más podría masturbarse o acostarse con alguien estando totalmente “a solas” consigo mismo o con la persona en cuestión?
Las vísceras de Bill se pusieron en espiral y este se maldijo por haber elegido desayunar temprano.
***
Si bien Bill no podría recordar cuándo comenzó a mentirle a la prensa y a sus fans, sí recordaba cuándo comenzó a mentirle a Tom.
Tenían catorce. Era una noche muy oscura, sin luna ni estrellas. Estaba cubierto de sudor, aún podía sentir el cosquilleo de las rastas de Tom encima de su pecho, y había respondido el “te quiero” musitado con un “yo no”.
Tal vez ese fue el verdadero principio.