Capítulo I
CAPITULO I
-Bill – Oyó una voz que le llamaba, pero no se movió ni medio centímetro – Bill, cariño, ¿estás ahí? – Preguntó Simone, torpemente. Era obvio que su hijo estaba dentro. Pero había preguntado para recibir algún tipo de respuesta
-Uhm…- Se removió el pelinegro, murmurando tan inaudible como para que su madre pudiera oírle
-Bill – Insistió, golpeando la puerta con el puño cerrado.
Abrió los ojos de golpe y no hizo falta sacarse las sábanas de la cabeza, porque estaban esparcidas de cualquier forma por el suelo. Bill tenía mal dormir y se movía mucho durante la noche, tanto, que siempre la ropa de su cama terminaba en cualquier lugar menos donde debía.
Se rascó un ojo mientras se ponía de pie. La radio seguía encendida, con el volumen alto, tal cual la había dejado anoche antes de quedarse dormido. La diferencia estaba en que ya no se oía nirvana sino que algún grupo de pop típico de adolescentes. Apagó la radio enseguida, para escuchar a su madre y porque ese no era el tipo de música que el estaba acostumbrado a oír.
-¿Bill? – Volvió a preguntar su madre y a decir su nombre como por décima vez en esa mañana.
-Si – Respondió.
A pesar de que él nunca cerraba su puerta con llave, Simone nunca entraba sin antes golpear y tener el consentimiento de su hijo para hacerlo.
Privacidad era una palabra bien respetada en la familia. Bueno, para Bill, Simone y Gordon, que no eran una familia tan grande pero familia al fin y al cabo.
Buscó algún pantalón para ponerse antes de abrir la puerta y dejarla entrar.
Con su madre una vez dentro, comprobando que él estaba ahí y no había sido raptado por extraterrestre en el transcurso de la noche, volvió a desplomarse sobre la cama, con los brazos y piernas abiertas, con la cara hacia un lado.
-Hola cariño – Saludó Simone a su pequeño y único hijo (Pequeño no, único si)
-Hola mamá
-¿Cómo estás? ¿Dormiste bien?
-Si… ¡No! – Se quejó cuando Simone abrió las cortinas haciendo que los rayos de luz penetraran el lugar
-¿No?
-¡La luz! – Cerró los ojos fuertemente, removiéndose. Aún no se acostumbraba a la luz del día.
-Al parecer alguien salió esta noche – Dijo Simone con voz juguetona, parándose al lado de Bill y sus manos puestas en la cintura como jarra.
“Já, sí claro” Pensó el pelinegro, pero no quiso referirse a ese tema puntual. - ¿Fuiste a casa de Alex, cariño?
-No… -Simone abrió los ojos, ¿Su hijo no había ido a casa de Alex como todos los viernes? Recordó que Bill iba aunque estuviera resfriado y en el peor de los casos, Alex iba a casa con su manta a acompañar a un Bill enfermo que estaba reposando en cama. – No fui, estaba muy cansado – mintió
-Pero son sus viernes, cariño. De hecho, no recuerdo viernes que ustedes no se hayan juntado
-Lo sé – ¿Acaso Simone no se daba cuenta de qué su hijo no quería recordarlo? ¡Se sentía fatal ahora! Tendría que hacer algo muy bueno como para que Alex le disculpara
-¿Y Alex no está enoja…?
-Mamá no quiero hablar de eso – Le cortó repentinamente. Entonces, Simone entendió. “Se pelearon”
Bill le hizo un espacio para que se sentara a su lado. Puso la cabeza en las piernas de su madre, mientras ésta acariciaba sus cabellos.
Ese era el momento cuando comenzaba a contarle las cosas que estaban mal. ¡Tenía tantas ganas de decirle a su mamá lo que estaba ocurriendo! Lo que había pasado esa noche, pero prefirió no hacerlo. No hasta saber él bien lo que estaba ocurriendo.
Simone no dijo nada y le dio el tiempo que quisiera su hijo para decirle o no. Ella entendía que tal vez él necesitaba pensar, sea lo que estuviera pasando por su mente, de hecho eso era algo que le había enseñado; que cuando se sintiera seguro y con sus ideas claras y ordenadas, las diera a conocer, no antes.
Así que aprovechó el momento para, simplemente, hacerle cariño y mostrarle apoyo, confianza y seguridad. Eso que las madres siempre nos entregan cuando saben que algo no anda bien. Además, esa semana había visto muy poco a Bill por culpa de su trabajo y tomó la ocasión para darle el cariño que durante esa dura semana no pudo.
Estuvieron casi diez minutos en silencio, recibiendo y entregando caricias cuando el sonido del timbre les hizo separarse y romper el momento. Bill bufó, estaba a gusto tanto como Simone que sólo sonrió y murmuró un “Ya vengo”, pero Bill sabía que no volvería. De seguro era Gordon que siempre olvidaba las llaves y entonces, cuando el entrara, se irían a la cocina a prepararse un café y se quedarían hablando y besándose como todos los sábados por la mañana.
Oyó la puerta principal abrirse, voces en el primer piso y luego la puerta cerrándose. Luego oyó los pasos hacia la cocina y entonces reafirmó que su madre no volvería a subir para hacerle cariño.
Soltó un quejido y se volteó hacia el lado derecho de la cama, hasta la mesa de noche donde descansaba su móvil que seguía en la misma posición, tirado de cualquier forma, tal cual el lo había dejado esa noche.
Tomó el aparato y lo prendió. Vio el logo de la compañía telefónica mientras que su respiración comenzaba a acelerarse al igual que los latidos de su corazón. Deseaba ver aunque fuera una sólo llamada perdida proveniente de Tom. O un mensaje, cualquier cosa.
La pantalla al fin se iluminó mostrando la imagen de fondo donde salía él y Alex con una mancha de batido arriba de los labios, como bigotes, en el café donde iban con frecuencia a comer pastelitos y a beber milkshakes.
Su sonrisa desapareció al mismo tiempo en que aparecieron “7 llamadas perdidas” en la pantalla, tapando gran parte de su imagen de fondo.
Rogó para sus adentro para que fueran de Tom y con la respiración acelerada nuevamente y mordiéndose el labio en el típico gesto de nerviosismo, le dio a mostrar
Georg (3)
01:35 a.m.
Katie (2)
02:51 a.m.
Mamá (2)
11:22 a.m.
¿Y Tom? ¿Dónde estaba la puta llamada de él?
¡Hasta tenía una llamada de su ex! ¡Esa que le acosaba aún después de haber terminado!
Prender el teléfono nuevamente había sido una mala decisión, pues le había deprimido más.
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Eran las dos de la tarde cuando Simone llamó a Gordon y a Bill para lavarse las manos e ir a comer.
Bill permaneció en silencio gran parte del almuerzo, escuchando las animadas conversaciones de sus padres y respondiendo con monosílabos cuando se le preguntaba algo.
Sus padres le notaron raro pero no quisieron preguntar nada al respecto.
Tenía la cabeza apoyada en su mano, con el codo sobre la mesa, en la postura que Simone le había enseñado no era la correcta, pero tampoco le dijo nada.
Comía con desgana y más bien jugaba con la comida en el plato mientras pensaba “No soy importante para él, lo sé. Es tan obvio. Ni siquiera se dio la molestia de llamarme para cancelarlo, si lo hubiera hecho, tal vez no me hubiese enojado, ¡pero me dejó plantado! Mierda” hasta incluso ya tenía claro que si por esas casualidades de la vida Tom le llamaba sería para decirle “Terminamos. Y es definitivo” ¡Bah, Terminar qué! ¡Ni siquiera tenían un “algo” que terminar!
Odiaba ser tan enrollado a veces, se comía la cabeza por cosas que jamás sucedían o sus suposiciones no siempre eran las acertadas.
Cuando terminó de comer, sin decir nada más, tomó el plato y lo llevó hasta la cocina para luego desaparecer escaleras arriba
-¿Qué le pasa a Bill? – Oyó comentar a Gordon
-Ni idea…
-Está muy raro…
-Lo sé. No ha querido decirme nada al respecto. Y espero que no sea algo grave
-Mh…
Bill se sintió un poco mal por hacer preocupar demasiado a sus padres con una estupidez como lo era el hecho de haber sido plantado.
Sabía que podía contar con ellos. Incluso si les decía que el chico con el cual estaba saliendo no había llegado a por él para la cita. Tal vez si les decía algo, ellos se relajarían y le dirían “Olvídalo y no vuelvas a llamarle o a contestar sus llamadas”
Y eso era lo que debía hacer.
-No es nada grave – Dijo Bill antes de desaparecer hacia el segundo piso, directo hacia su habitación.
Sus padres se quedaron mirando unos segundos en los cuales se sintieron más relajados. Sólo un poco, porque aunque Bill hubiese dicho que no era grave, debía serlo en parte como para que estuviera actuando tan raro.
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Hizo su cama, ordenó las prendas que se había quitado ayer en la noche las cuales estaban tiradas de cualquier forma, barrió el piso que estaba un poco sucio y prendió la radio, poniendo uno de los discos de su grupo favorito.
Antes de darle play, una melodía que el conocía a la perfección comenzó a sonar sobre la cama. Su móvil.
Lo tomó y se tiró a la cama que estaba perfectamente hecha y contestó sin parar a ver de quien se trataba, pero dio por hecho que era Georg
-¡Hola, mi vida! ¿Extrañaste mi voz? Me llamaste tarde anoche, eh ¿Qué querías de mí, amor? – Bromeó entre risas el pelinegro, jugando de esa forma que siempre hacia con Georg, su mejor amigo.
-¿Bill? – Y una risita al otro lado de la línea le hizo callarse de golpe y palidecer. Esa voz… no era de Georg. Esa risita…
Se sacó el móvil de la oreja y vio la pantalla iluminada.
“Tom”
-¡Mierda! – Pensó. Bueno, el pensó que lo había pensado, pero lo había dicho en voz alta (?)
¡Se suponía que no debía contestarle, joder! ¡Y a la primera le contesta y más encima diciendo idioteces! A lo mejor el de rastas pensaba que el “mi vida” y “mi amor” iban dirigidos hacia él.
-¿Bill? – Repitió, esta vez en tono preocupado - ¿Estás bien?
Já, si, ahora está preocupado el muy imbécil, pensó Bill.
-Es que… me pegué –Mintió. Una risa burlona de Tom le hizo hervir la sangre. ¡Y se reía! ¡Como si nada hubiera pasado anoche! (Bueno, aunque técnicamente… nada pasó porque no hubo cita)
Más se enojó cuando recordó que le había plantado.
So… plan B: ser pesado y cortante o plan C: ignorarlo. Fingir que nada pasó, que todo está bien. Ser como esa “cabrona” que una vez le comentó Alex que había leído en un libro. Pero no se lo pensó demasiado, estaba muy enojado como para fingir ser la cabrona y no la tapete (Términos que Alex le había enseñado, que había sacado de ese libro) - ¿Qué quieres? – La conversación dio un giro de trescientos sesenta grados. La risa de Tom se apagó.
-Hablar contigo – “Ahora” pensó el pelinegro.
-¿Sobre…?
-Sobre lo de anoche – Oh, oh… dedito en la yaga.
-¿Anoche? - ¿Fingía ser la cabrona (en este caso: cabrón)? ¿Eligió el plan C?
-Sabes a que me refiero
-Ah, sobre eso. ¿Te digo algo? No importa – Pesado y cortante. ¿Plan B? No, Plan D: combinación de ambos. ¿Por qué no?
Bill era un chico con muchos planes, como verán.
-Si importa – Bill iba a decir una especie de “¡No importa, maldito estúpido!” pero Tom le dejó con la palabra en la boca – Al menos a mí si me importa – Agregó rápidamente.
Bill bufó.
-Claro, ahora te importa ¿no? – Uh…
-Bill, yo…
-No. Nada. – Le cortó precipitadamente – Anoche te esperé y te llamé varias veces, ¿sabes? - ¡Una cabrona no actúa así Bill! Oh, a la mierda, que el chico diga lo que quiera – Al menos podrías haberme llamado antes para cancelarlo y no quedarme en casa esperándote como imbécil – Mi-er-da eso era algo que no deberías decir, bonito…
-Puedo explicarte – Bill iba a volver a hablar, pero Tom le cortó de nuevo – Sólo si me dejas hacerlo.
-No quiero oír tus excusas
-No son excusas, será la verdad, lo prometo – “Lo prometo” Bill se lo pensó y se quedo en silencio unos segundos.
Aunque se hiciera el duro y “Ay, nada me importa” era obvio que quería saber el por qué de Tom. El por qué de que nunca llegó.
-Está bien – Dijo al fin – Dime la verdad
-¿Podemos juntarnos?
-Claaaaaaaaaaro – Sarcasmo: mode on.
-Bill, confía en mí
-Si mal no recuerdo, la última vez que lo hice me dejaste… ¿Cómo se dice? Ah si, plantado – Ahora no le costaba decir “plantado” ¿verdad?
- Lo siento, de verdad. Pero, por favor, juntémonos. Te lo explicaré todo – Bill se mordió el labio. ¿Y se le dejaban plantado, de nuevo? (ni que fuera planta el pobre) tenía miedo de eso. – Confía en mí – Volvió a pedir.
Y bien Bill, ¿Ahora que harás?
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-¡Mamá voy a salir! – Dijo caminando hacia la puerta, gritando para que su madre quien estaba en la cocina pudiera oírle.
-¡Lleva las llaves!
-¡Si! ¡Nos vemos!
-¡Adiós, cuídate! ¡Te amo!
-¡Yo también!
Revisó sus bolsillos: llaves, dinero, el móvil, cigarros.
Listo para irse. Y cerró la puerta.
Camino a paso lento y calmado hacia el Cadillac Escalade negro que le esperaba aparcado al frente de su casa. Algunos cotillas que pasaban por ahí se quedaban con la boca abierta y casi babeando al ver semejante auto.
Cuando llegó por fin, ya que iba demasiado relajado y eso le ponía más nervioso a Tom, abrió la puerta del copiloto y se sentó.
Entonces, ahora, ¿Cómo debía saludar al lindo chico de rastas rubias y ropa ancha que estaba a su lado? ¿Se merecía un beso en los labios después de lo que había ocurrido?
Según Bill, no. Pero eso al otro chico poco le importó y se acercó hasta juntar sus labios en un suave pico.
¡Mierda, Bill! ¡No estás concentrado! Se regañó a si mismo el pelinegro cuando el chico con el cual salía últimamente, por así decirlo, le robó un beso de improviso.
Le dedicó una mirada de pocos amigos que le hizo sonreír al de rastas.
-Hola – La maldita sonrisa no se le borraba del rostro. ¿De verdad podía sonreír con la cara de perro que tenía Bill y después de no haber llegado nunca a buscar al pelinegro para la cita? “Vaya mierda” pensó Bill cuando se cruzó de brazos en el asiento del acompañante.
-Hola – Pesado y cortante como su ex Plan B.
Tom no dijo nada más antes de encender el motor y poner en marcha su Escalade.
Ni tampoco ninguno de los dos habló en el corto viaje que duró alrededor de quince minutos. Los dos iban pensando en lo suyo.
Tom pensaba en las palabras y como le diría todo al pelinegro sin que éste se le echara encima como una pantera.
Y Bill pensaba en que tenía que decirle el otro.
Al fin y al cabo el tema principal era el mismo, sólo que ellos lo veían y pensaban en perspectivas diferentes, por supuesto.
Llegaron a un parque grande. Demasiado. ¡Y era precioso!
Era ese mismo parque al que Bill iba cuando era pequeño con su madre, Alex, Georg y Gustav. Y a veces se les unía Gordon.
Bill amaba ese parque por los hermosos recuerdos que tenía de él. Esas horas de juego, de andar en bicicleta, jugar a la pelota aunque no se le daba muy bien como a los demás (incluso a Alex), las escondidas, los helados de fresa del señor que se ponía en el mismo lugar los días de verano, los dulces y globos.
Ese parque era lo mejor según Bill y seguramente para los demás también.
Tom había apagado el motor del auto y miraba a Bill, quien observaba maravillado, como un niño, el parque. Y ya no estaba enojado, ahora sonreía.
Recuerdos, tal vez, pensó Tom. Y estaba en lo correcto.
-Amo este parque, ¿sabes? –Dijo Bill de repente, rompiendo el silencio que se había formado, mirando hacia fuera – Las mejores tardes de mi infancia las pasé aquí. Era tan entretenido venir con los demás… esperaba con ansias los fines de semana, sólo para venir a jugar – Su voz estaba cargada de emoción.
-¿Enserio? Yo también venía a jugar de pequeño… pero mamá no me dejaba venir muy seguido, porque decía que era peligroso – Bill dejó de mirar el parque, a los niños jugando con un balón como él cuando tenía ocho años y dirigió su mirada hacía Tom – Pero como nunca hacia caso… – Ambos sonrieron – Un día me arranque de casa y cuando iba corriendo, cruzando la calle para entrar al parque, un auto me atropelló – Bill abrió los ojos y se tapó la boca con una mano, reprimiendo un gritito – Cuatro puntos en la cabeza y el brazo enyesado ¡A mamá le dio un ataque!
-¡Eso es horrible! – Bill se imaginó a Tom, con muchos años menos, pequeño y delgado, cruzando la calle y luego… Dios, era tan pequeño… pobrecito.
Estuvo tentado a abrazarlo pero se contuvo.
-Lo peor de todo, fue que estuve casi dos meses sin ir al parque ¡Y a mi me encantaba el parque! – Dijo con una sonrisita – Creo que ahí aprendí la lección y empecé a hacerle algo de caso a mi madre…
Los dos sonrieron, recordando esos momentos que estaban en sus memorias y que jamás se irían de ahí, olvidando por un momento lo que había ocurrido antes. La noche anterior, los motivos de dejar a Bill plantado, las llamadas, la conversación por teléfono… todo en general. Hasta estuvieron tentados a dejar la conversación para otro momento, pero no se podía. Era algo que se tenía que hablar lo antes posible.
Volvieron a quedarse fundidos en silencio y recordaron el motivo del por qué estaban ahí, entonces Tom preguntó: -¿Quieres salir a hablar en el parque o aquí está bien?
-Aquí – Bill sospechaba que era algo malo y no quería ir a hablarlo en el parque. No quería tener malos recuerdos, porque sólo habían buenos, los mejores, con respecto a ese lugar.
Tom asintió, mordiéndose el labio. Comenzaba a ponerse nervioso nuevamente. Y tenía miedo de la posible reacción de Bill, quien había fijado la vista al frente.
-Entonces… - No sabía como comenzar la conversación. Era mejor si Bill comenzaba con las preguntas y eso fue lo que hizo.
-¿Por qué no contestaste mis llamadas? – Inició
Tom suspiró y observó al pelinegro, que mantenía la vista fija en el mismo lugar, sin mirarlo a él.
-No pude salir de casa y cuando iba a llamarte, para avisarte, me surgió un… problema. – Bill frunció el ceño sin mirar aún al de rastas – Cuando me di cuenta en la mañana, mi teléfono estaba apagado – Y el gesto de Bill se intensificó. No entendía nada.
Tom había resumido demasiado la historia.
-No entiendo
Tom se mordió el labio. Tenía que decir la verdad, ahora. Lo había prometido.
-Verás, yo…
-Vamos, dijiste que me dirías la verdad. Lo prometiste. Así qué solo se directo y dímela – Prefería la verdad cruel en vez de la mentira piadosa.
Tom cerró los ojos y llenó sus pulmones con todo el aire que podía. “Aquí vamos”
-Sé que lo prometí y te lo diré, pero necesito que tú también me prometas algo
-¿Qué cosa?
-Prométeme que no te irás sin antes escuchar todo lo que tenga que decirte – Bill frunció el ceño y entonces entendió que la cosa era difícil. Que era algo complejo y que Tom no había ido a buscarle ni había respondido a sus llamadas, no porque no quisiera, sino porque algo gordo había pasado.
Se sintió más nervioso y ya no estaba tan seguro de querer saberlo.
Si era algo complejo, como parecía ser, ¿Podía prometer eso? ¿Y si Tom era un violador, un asesino o un psicópata? ¿Y si era de la mafia y por eso no pudo ir? ¡Si, tal vez era mafioso y el “problema” había sido tirar al mar a un soplón! Y ya que en Alemania no hay mar tuvo que viajar horas hasta la costa más cercana.
“Mierda, Bill, ya estás pensando bobadas…” – Prométeme que no te irás - Repitió
Tragó duro hasta responder: - Mierda, Tom, no sé…
-Hazlo
-No sé… Además tú prometiste contarme la verdad antes, así que dímela
-Pero esa es mi condición
-¡No había condiciones antes de que lo prometieras!
Sus ojos conectaron. Se quedaron mirando por varios segundos hasta que Bill resopló.
-Está bien.
-¿Lo prometes?
-Lo prometo
Eso pareció ser un alivio para Tom, pero no para Bill, ya que más nervioso se puso y volvió su vista a donde la tenía anteriormente, hacia delante, mirando cualquier cosa, los autos o la gente pasar.
Hubo un silencio nuevamente pero esta vez, mucho más incómodo.
-Vamos, dime la verdad – Insistió el pelinegro.
Tom dio otra bocana de aire y la expulsó lentamente. Era el momento de decir la verdad, sin tapujos, sin detalles bonitos, sin pequeñas mentiras. No. Nada de eso.
Además, tenía la promesa de Bill que no se iría hasta escucharlo todo.
-Tengo una novia – Silencio.
Dijo de repente haciendo que el pelinegro girara la cara de golpe para observarle con detenimiento.
¿Qué…?
Se quedaron mirando varios segundos en los cuales permanecieron en silencio. Bill frunció el ceño, buscando la mirada de Tom que ya había bajado hasta posarla sobre el manubrio.
¿Novia…? ¿Qué diablos?
Cuando Bill creyó que no podía ser peor, le lanzó una bomba molotov – Y una hija
La respiración del pelinegro comenzó a acelerarse. “Que sea una broma, por favor, que sea una broma.” Rogaba para sus adentros.
Incluso la idea de un “Tom mafioso” era mucho mejor que la idea de “Tom papá y novio”
-¿Qué? – Fue capaz de preguntar muy torpemente.
-Ayer los padres de mi novia llegaron a casa de improviso. Era una “cena sorpresa” – Tom había bajado la mirada y la fijó en sus manos entrelazadas sobre sus piernas – Me enojé mucho con ella por no avisarme antes. Yo tenía planes para esa noche. – Bill sentía sus ojos escocer y ganas de salir del auto cuanto antes.
Puta promesa.
-¿Y? – Instó para que siguiera. A pesar de todo, tenía demasiadas preguntas en mente y quería saber toda la verdad, por muy difícil que fuera.
-Tuvimos que fingir ser la pareja perfecta – Sonrió como quien se acuerda de un mal chiste. – No pude salir ni mucho menos contestar el teléfono con ella a mi lado. Quería hacerlo y decirte que no podría ir a por ti, pero ella estuvo demasiado cerca de mí esa noche e incluso se dio cuenta de todas las veces que mi teléfono vibraba.
Bill sentía un nudo en la garganta y en la boca del estómago. Como si le hubiesen ahorcado y luego golpeado directamente en el estómago.
No dijo nada más y sólo escuchó las cosas que Tom tenía que decirle. Su mirada estaba puesta fija en la calle, mirando a la gente que pasaba sin fijarse en ellas exactamente. Sólo eran un punto de apoyo.
-Cuando sus padres se fueron, iba a salir… pero tuve que entretenerla – Eso era algo que el pelinegro no quería saber.
-¿¡Te la follabas mientras yo te esperaba como un puto imbécil?! – Se dio vuelta de golpe, pegándole en el hombro con todas sus fuerzas. Tom cerró los ojos al recibir el golpe.
-¡Yo no he dicho eso!
-¡Es lo que intentabas decirme hijo de puta! – Explotó. Ya no se podía controlar.
-¡Mierda, escúchame!
-¡No, ya no quiero hacerlo!
-¡Lo prometiste! – Contraatacó. Bill se quedó en silencio y se pasó la mano por los ojos sin nada de delicadeza, eliminando esas lágrimas traidoras que se habían dejado caer en el momento menos indicado. Volvió la vista hacia fuera, no quería que Tom le viera con lágrimas en los ojos, aunque fue en vano, ya le había visto – Yo no he dicho eso –Siguió
-Da igual, de todas formas no quiero saber como la entretuviste – El sólo hecho de pensarlo le hacía ponerse histérico.
Tom suspiró fuertemente y prosiguió con la verdad.
-Mi móvil no sonó más durante la noche. Y me quedé dormido esperando la posibilidad de poder salir. Cuando desperté en la mañana, estaba apagado. ¿Sabes quién lo hizo? Ella. ¿Por qué? Porque quería que fuéramos la pareja ideal para sus padres. La pareja ideal por esa noche.
Ya había oído todo lo que él tenía que decirle. Toda la ‘verdad’, entonces ahora, quería irse. Se sentía fatal.
Tom le había mentido. No fue sincero con él desde el principio. ¿Por qué no se lo dijo antes? ¿Por qué ahora?
Tenía novia y una hija… ¡Mierda, ¿Por qué no se lo dijo antes?! Odiaba haberse enterado de esa forma.
Apretaba los puños y sus labios fuertemente, estaba furioso, decepcionado, frustrado… y comenzó a llorar, no escandalosamente pero sus sollozos era lo único que se oía en el auto.
Sus ojos empezaron a desbordar todas las lágrimas, dejando un camino negro por sus mejillas. Su maquillaje se había estropeado, pero era un detalle tan insignificante en ese momento.
Tom se sentía terriblemente. La peor persona del mundo por ser la causa de la tristeza y las lágrimas de ese ángel que estaba a su lado… ese ángel que estaba sacando fuera de su vida con todas las cosas que estaban pasando.
Su corazón le dio un vuelco y su estómago se apretó, diciéndole “Imbécil, haz algo”. Si el era el causante, el debía solucionarlo.
Un poco nervioso se acercó hasta Bill, quien tenía la cara tapada con sus manos. Pasó un brazo por sus hombros y le pegó a su cuerpo, besando su cabeza.
Para su sorpresa, él se aferró más a su cuerpo y no se alejó. Apretó la tela de su ancha camiseta entre sus manos, descargando la rabia de alguna forma.
Sabía que ese abrazo no frenaría lo que él sentía en ese momento, pero si le serviría como un apoyo. Y Bill, en el fondo de su ser, era lo que quería. Lo que necesitaba. Ese abrazo que le decía “Hey, estoy aquí aunque te he fallado”[b]