Soñaste conmigo? XDDDDDDDDDDD jó espero que tu imaginación haya sido piadosa lol

Soñaste conmigo? XDDDDDDDDDDD jó espero que tu imaginación haya sido piadosa lol

Al fin termine de leer!!!! que cosas están pasando, me encanto lo que le dijo Bill ala niña fue tan malvado y genial
Creo que ya se quien debe ser el ejemplo a seguir de él, su tía es él en un futuro si es que no logra cambiar su forma tan "Bill" de ser, aunque por obvias razones su tía tiene más experiencia de la vida y se nota que sabe como joder a chico y la llegada del esposo de la Sr. Z esta uniendo estos lazos familiares tan raros, pero no entendí a quien quería llevarse .-. Ohh al fin Tom acepto su enfermizo amor xD quizás con la llegada de esta niña las cosas cambien un poco y más aun con la influencia que que se a dado cuenta el príncipe que su amado arpista ejerce sobre el, lo hace olvidar ciertas cosas de gran peso eso es algo que no todos pueden hacer sobre otro! Sigue Chris
CHRIS RULES!!!! xD
oye sí Naza XDD a quién se quiere llevar el Sr. Z? XDDD omo aghekksjhj XDD es a la mamá de Tom!! no te acuerdas que en el capi ese donde la secuestran, sus sobrinos (? van dónde su madre, le dicen y ella va donde Mr. Z para decírselo lol
Ohhhhhh es verdad!!! se me olvido eso
Ya terminé el capítulo. Sí, después de tanto tiempo de ausencia, pero...mala noticia, falsa betear. Entonces ahora debo esperar que me manden el capítulo corregido, espero que no sea mucho porque ya aumenté la raya de RAE y también disminuí párrafos. Entonces queda esperar, pero aquí les dejo el adelanto no editado (Nadir casi me mató con esta escena):
—¿Te gusta tener iniciativa, cierto?—expresó entre jadeos.Ella se acercó de nuevo a su rostro, él sujetó su mandíbula deteniendo su acción. Luego dirigió sus labios a su cuello, ocupándose allí mientras la acercaba más a sí mismo, simultáneamente, la empujaba contra el tronco de un árbol.
—Pues a mí no me gusta que la tengas…—susurró contra su piel y sujetó sus manos alzándolas por sobre su cabeza.
¿Nadir te quiere matar? (tono histerico) yo te voy a matar a ti esto es un sueño ¿verdad? o una clase de chiste o algo asi dime que es eso y yo la sostengo a Nadir para que no te asesine por que si no yo la ayudo xD
Yo no tengo el mail de mi beta reader, Nadir sí, entonces ella le envía el capítulo listo a mi beta reader, antes lo lee y me dijo que me quería asesinar, pero no es un sueño... hahahhahahahahha
—¿Te gusta tener iniciativa, cierto?—expresó entre jadeos.Ella se acercó de nuevo a su rostro, él sujetó su mandíbula deteniendo su acción. Luego dirigió sus labios a su cuello, ocupándose allí mientras la acercaba más a sí mismo, simultáneamente, la empujaba contra el tronco de un árbol.
—Pues a mí no me gusta que la tengas…—susurró contra su piel y sujetó sus manos alzándolas por sobre su cabeza.
contenido hetero nooooooo
entiendo por qué Nadir quiere matarte, espero capi, me dio curiosidad jijijijiji
por cierto, lo de la raya, me costó incluirla pero que bueno que ya varios estan cambiando eso :3
Besitos <3
Gracias a todas por esperar y darme ánimos. Gracias a Nadir por conseguirme una beta reader, y a aelilim por aceptar y dedicarme tiempo y paciencia para con mis errores. Gracias, gracias, gracias =)
Capítulo XXIII: Circunstancias
Empezó a moverse. En su mente se esbozaban imágenes que lo lastimaban, una oscuridad reinante, gritos, sangre, un dolor punzante en su pecho… pesadillas y más pesadillas. Sus desgracias que ahora tenían un rostro se difuminaban en su mente, podía ver su sonrisa fría y sus ojos apagados, sentía sus manos por sobre su cuerpo, atravesándolo con sus uñas que crecían y tomaban algo dentro de él, lo estrujaban y le hacían perder el aliento; veía cómo sus filudos cuchillo le abría la garganta y el pecho haciendo la sangre brotar de las recientes heridas. Sus ojos se abrieron soltando un chillido de pavor.
Miró en varias direcciones, y se tocó el cuerpo, cerciorándose que todo era una pesadilla y nada más que eso. Pero esa idea no le tranquilizó, estaba consciente de que aquellos jueguitos con armas, a los cuales los sometía el Príncipe, no distaban mucho de las verdaderas intenciones que éste traía para con él en algo más cruento y definitivo. Cuando sus orbes le ardieron por no parpadear, los cerró. Esa no era su pieza, y ese lugar estaba infestado de Bill, a pesar de que no esté presente.
Controló su respiración y pensó en cómo esto podía ser algo real, en que cómo, a pesar de todo, seguía ese lastimero sentimiento dentro de sí, obligando a su corazón a palpitar con celeridad. ¿Acaso tenía algún problema que le impidiera sentir lo contrario? No quiso estar presto para más elucubraciones sobre el tema, quizás pensando que al no prestarle interés se le pudiera desaparecer de la mente, o simplemente porque se sentía algo frustrado y muy vacío; tanta tensión junta le mantenían en un tortuoso estado de alerta que le quitaba todo rezago de la tranquilidad que poseía tiempo atrás, antes de conocerlo.
Se dispuso a levantarse para asearse y dar unas vueltas por el palacio e intentar encontrar a su madre, y quizás intercambiar un par de palabras con Alysa; la opción de huir estaba descartada. Sin embargo, sus determinaciones se vieron limitadas cuando notó que no podía abrir la puerta.
—¿Pero qué…? —Lo comprobó de nuevo y empezó a patearla con fuerza, sintiendo repentinamente una sensación de ahogo.
—¡No, no, no! —soltó con una desesperación acumulándose en su pecho.
Era un hecho que no podía huir de palacio, que Bill lo tenía imposibilitado de llevar a cabo alguna acción por su propia cuenta, que no podía hacer nada más que acatar las órdenes del Príncipe, mas otro asunto era que estuviera literalmente encerrado en una habitación, lo hacía todo ladinamente zaherido.
Una vorágine de pensamientos se arremolinaba sobre él. Inconscientemente comenzó a temblar.
Trastabillando un par de veces, llegó al balcón, arrancó de nuevo los mantos y aspiró todo el aire que pudo, como si al albergarlo en su pulmones le ofreciera un momentáneo sabor a libertad que podría hacerlo regresar a su punto medio. Sus manos trémulas se sujetaron a los bordes y miró todo el panorama, sin embargo, sabía que aun con eso no lograría sosegarse. Quería lanzarse de allí con unas ganas tan inmensas que ni él mismo sabía deslindar de dónde provenían.
Vio a una mujer espigada junto a las flores y unas ansías de gritar por ayuda le atestaron la mente pero de sus labios no salieron más que monosílabos ininteligibles demasiados bajos, incluso, para su propio oído.
Era su momento, arriesgarse, pedir ayuda y poder huir con su madre mas se quedó petrificado. Maldita hesitación que violentaba su mente en esos instantes menos indicados. Era un asunto delicado aquello, ¿le irían a creer? Y, ¿el Rey? ¿Acaso éste ya no sabía de la existencia de Thomas y no hacía nada al respecto? ¿Cuántas personas habían corrido con su suerte? ¿Alguien había salido vivo de ello? ¿Y si mataban a su madre por su imprudencia?...
Apenas la mujer se hubo volteado al sentir su mirada, recuperó la compostura y se escondió tras la pared con el pecho elevándosele por su respiración acelerada. No, no podría arriesgarse.
Incómodo a sobremanera por la extraña epifanía que tuvo al despertarse, el Príncipe optó por vestirse de túnica negra para salir y encontrar algo entretenido en la calle, pero sobre todo algo ajeno a su arpista.
En un principio pensó en utilizar a su prometida pero rápidamente se percató de que aborrecía a las menores, irradiaban una casi enfermiza fragilidad y, si bien eso era lo que le llamaba la atención de Thomas, era por lo único y poco común que era encontrar aquello en una persona de su edad, así que no, de ninguna manera ayuntaría con esa niña.
Cuando hubo llegado al portón, los centinelas le cerraron el paso con sus lanzas. Alzó una ceja con esa expresión de suficiencia camuflada bajo un rostro de niño, no obstante, dentro de sí todo estaba planeado. Había tenido en cuenta todos los obstáculos a superar la traba impuesta por su padre. Miró directamente a uno de ellos y le sonrió. El hombre, a pesar de ser abismalmente mayor en masa corpórea, tragó saliva y comenzó a exudar notoriamente más.
El Príncipe sabía que ese hombre poseía familia, que apenas su hija cumplió las dieciséis primaveras la mandó lejos de palacio, aparentemente, pues él sabía con exactitud que ella yacía en la morada de su tía; todas esas eran afirmaciones que discurrían por la mente del mozo. El centinela, pese a ello, se sentía por demás expuesto frente a esos ojos miel retratados en la tez impasible, digna de encomiar en cuanto a actuación trata; sopesó la idea de que quizás él ya conocía toda su situación.
—Vos… —le señaló con el dedo—, acompañadme —pidió. El centinela obedeció yendo a un lado del heredero.
—Os ruego me dispense mozo, pero las órdenes del Basilewe deben ser respetadas.—se justificó antes de tiempo y en los orbes del heredero se rasgó un brillo espeluznante.
—Tengo entendido aquello, pero… no venía a eso. Quería saber cómo está vuestra hija, una doncella muy bella cabe resaltar. ¿Está dónde vuestra hermana, cierto? —El mayor empalideció frente a las palabras del otro—. Por favor, no te espantéis. ¿Cómo es posible que creas que yo puedo hacerle algo cuando no me es posible salir de aquí?... —No recibió respuesta.
Lo miró con falsa expresión complaciente y soltó un suspiro de igual forma mientras le daba una palmada en el hombro.
—Vos sabéis que no necesito salir de aquí para deshacerme de ella, lo único que pido a cambio es dar una vuelta, sin trampas esta vez y no traeré a nadie conmigo. Eso te satisface o ¿debo esperar que la sangre de tu hija corra para poder coaccionarte? Estáis en la posibilidad de elegir…
El hombre apretó la mandíbula a sabiendas de lo que significaba dejarlo salir: vivía su hija, moría él por actuar en contra de las órdenes reales.
Se hizo a un lado y el Príncipe salió. El otro vigía lo miró.
—Perdón. —dijo su compañero antes de atravesarlo con la lanza.
El sonido de los gritos, el crujir de los huesos, la carne friccionándose contra el objeto ajeno.
El hombre dejó que éste cayera por su propio peso cuando intentó retroceder y perdió el equilibrio por la cantidad de líquido rojizo que era expulsado no sólo por la herida, sino también por su boca; su expresión descompuesta y ahora la tierra adhiriéndose a su cuerpo que iba perdiendo de a poco vida.
Sujetó el arma limpia, y la alzó para luego acomodarse en su sitio de nuevo, como si nada hubiese ocurrido, no tomando importancia a los quejidos del otro ni al verlo retorcerse de dolor.
El Basilewe había sido claro con lo que dijo, que si había alguien iba en contra de sus mandatos merecía la muerte inmediata, a mano del que se encontrara más cerca.
No despegó los ojos de los flancos que debía proteger. No se atrevió a seguir al Príncipe, que a pesar de estar aun lo suficientemente cerca como para oír todo siguió caminando sin inmutarse, tan sólo soltando una frase entre dientes con una sonrisa plantada en el rostro: —“Los mortales son tan predecibles.”
Era sobrevivir. O matabas o te mataban. No podían elegir otro destino.
…
Veía cómo gente perteneciente a la nobleza se aglomeraba en una determinada zona de la plaza filosofando sobre nada en específico, demasiado ensimismados en hacerse notar con sus túnicas llamativas y porte de elite.
Las damas con los ojos enmarcados en maquillaje de colores como rojo o negro, con sus cabellos en coletas altas sujetas por cintos de colores que iban de acuerdo a su indumentaria, la mayoría matices de colores tierra; unos mantos cubriéndoles partes del hombro y peplo, y los ropajes por debajo de las rodillas que permitían apreciar sus pantorrillas y partes de las piernas, su pies finos cubiertos por esos krepis que se ataban hasta arriba.
Los varones con líneas negras alrededor de sus orbes, sus cabellos cortos y rostro con barba que, de acuerdo a la tonalidad, denotaba edad; túnicas a la misma altura de las doncellas, sin embargo, sin la misma gracia ni color. Entre el tumulto reconoció a varios de sus tutores, pero les restó importancia rememorando las veces en que él mismo los había intimidado con su postura con respecto a los aspectos quiméricos de la enseñanza de los sofistas.
Su búsqueda se centraba en una determinada parte: la gente ordinaria, perteneciente a la plebe.
Siguió andando, escuchando a la gente reírse con recato, frases que eran esbozadas con intención de lucir inteligentes y fallando en el intento. Mujeres calladas y sonrientes quietas a un lado, hombres bebiendo vino, otros alzando su bebida en dirección al cielo y ofreciendo un sinfín de agradecimientos burdos dignos de una persona ebria.
A cada paso que daba el panorama iba sufriendo tenues cambios como de un gris oscuro a un negro blancuzco. Ahora se apreciaban a aedos con su lira en mano, lanzando al viento sus versos unidos formando canciones que daban alabanzas, o contando relatos de héroes épicos, muchos de los cuales el Príncipe se conocía de memoria, por lo que rumiaba cada estrofa a cada paso que daba.
—“Cuéntame ¡oh musa! ¿Quién fue ese hombre lleno de astucia que vagó tanto después de haber derruido la ciudadela santa de Troya? Visitó ciudades innumerables, se informó de sus costumbres, padeció en la mar, en el fondo de su corazón, incontables tormentos, mientras se esforzaba en salvar su vida y el retorno de sus compañeros…”[1] —repetía el Príncipe a una voz demasiado baja como para ser escuchada, una risa formándose en sus comisuras—. Un hombre sabio, de seguro, puesto que para hacer toda aquella parafernalia para obtener expiación con los Dioses, debe de serlo. Qué curiosa manera de enfocarlo, lo muestran como un héroe frente a nosotros cuando fue uno más del resto, pero con una marcada y superior inteligencia como para maquillar sus actos egoístas mostrándolos como heroicos —reflexionó ya acortando la distancia hacia el mercado de Corinto.
Le brillaron los ojos cuando vio que podría perderse con mayor facilidad entre la multitud. Siguió a un par de personas para pasar desapercibido mientras observaba de reojo a cada puesto del mercado, observando si había alguien resaltante entre todos, una presa fácil, algo rápido.
Bajó la cabeza mientras merodeaba por ahí, escuchando con oído de tísico cada coloquio, para luego resumir la información que conseguía, tratando de discernir entre todo para sacar lo más resaltante: un punto débil.
Veía de soslayo a las jóvenes con sus padres vendiendo. Se detuvo y se escondió en un callejón cuando encontró a una joven que se quejaba de su vida miserable con sus padres. Por su porte, advertía que era un poco mayor que él, y por lo que oía, estaba ya cansada de su situación y sentía que no se casaría nunca con nadie por culpa de sus progenitores.
La joven comenzó a quejarse a voz de grito y, a cambio, recibió una bofetada por parte de su madre.
—¡Vos iros a la casa! —gritó imperativamente la madre de la muchacha.
Con la mano en la mejilla, se retiró ofendida.
Bill la siguió con disimulo. Confiaba en demasía en sus instintos, ya que estos no fallaban en cuestiones de las reacciones humanas.
—Disculpe, doncella. —llamó el Príncipe.
La dama volteó por el leve roce de unos dedos sobre su hombro.
—¿Vos sabéis por dónde queda el puerto? —interrogó.
Obviamente que conocía el puerto y por ende, la ubicación de éste. Lo había mencionado porque tenía el mismo sentido que seguía la muchacha.
—Sí, es por aquí. —le respondió mientras señalaba la dirección requerida.
Al verle se sintió intrigada por su vestimenta e inclusive por el rostro que se escondía bajo el tapabocas negro.
—Gracias. —Asintió e hizo ademán de seguir su camino. Sin embargo, soltó un—: Si lo que vos queréis es obtener el respeto de tus padres, no debéis acatar sus órdenes —terminó por decir, para seguir caminando.
Se quedó pasmada. No se sentía segura de haberlo oído por la variación notoria de tono.
—¿Disculpe? —Avanzó unos pasos más para alcanzarle.
Él se detuvo al escuchar las palabras. Internamente sonrió. Había conseguido lo que quería: captar la atención de ella.
Ofreció un rostro interrogante a la otra joven.
—¿Vos me acabáis de decir algo? —cuestionó la fémina.
—No. —mintió con todos sus dientes.
La joven asintió, mostrando confusión en su rostro y unas mejillas sonrosadas en señal de vergüenza.
—¿Y vos me podría decir vuestro nombre? —preguntó.
Él soltó un fingido suspiro.
—No estoy presto a perder mi tiempo —expresó—. A menos, claro, que vos no deseéis ser una desconocida más.
No supo descifrar si era el tono usado, o la mirada adjunta, pero no pudo verle el rostro durante un instante. Sintió un bochorno tal que aumentó conforme sintió el tacto delicado y frío del Príncipe sobre su muñeca. Cuando alzó la vista se encontró con aquel rostro más cerca al suyo, sus orbes se cruzaron con las ajenas y por un instante la embriagó el aroma que él exudaba, aturdiéndola y haciéndola respirar con mayor esfuerzo para poder retener ese almizcle inhalado.
El tapabocas se cayó y apenas estuvo a la vista la sonrisa torcida, a ella le atravesó una corriente por la columna, pero hizo caso omiso a las reacciones de su cuerpo. Podría decirse que confundió éstas, asintiendo efusivamente a la propuesta del otro.
—Entonces, acompañadme. —Aflojó el agarre y extendió su mano para que la sujetara; en cuanto lo hizo, cambió de rumbo.
Lo que ellos desconocían fue que alguien más seguía sus actos con la mirada.
…
Había detalles ínfimos que se solían escapársele al Príncipe. Pero los escenarios no entraban en esa categoría serlo.
Si bien es cierto, le gustaba ser observado mientras cometía sus atrocidades, quizás por el morbo de crear miedo de forma indirecta, o tal vez por la simple satisfacción que le embargaba al tener un público que se comiera detalle a detalle el esfuerzo que puso para llegar a ese punto máximo: el matar a sus víctimas.
Lo curioso fue que la mayor parte de los espectadores eran próximas víctimas y sólo conseguía histeria colectiva. Por otra parte, algunos estaban sumidos en el efecto de las drogas por lo que no podían apreciar nada de forma plena al todo verlo distorsionado.
Ahora nadie le observaría. Porque sería una equivocación y, de por sí, se estaba arriesgando mucho al salir exclusivamente con intención de matar a alguien.
Si alguien los hubiese seguido, hubiera percibido la tenue presión de los pies contra las hojas secas. Es por ello que ingresó al bosque, cerca al lago que solía ir. También fue una ubicación beneficiosa en el aspecto del sonido, gritara lo que gritara la muchacha, nadie podría oírla al haber una distancia por demás prudente con respecto a dónde estaban las otras personas.
Volvió a unir sus labios con los de la joven, pero esta vez ella descubrió sus cabellos por entre los mantos. Él se sonrió en respuesta, y ese gesto se congeló en sus labios al entender cuál había sido la razón. Imprudencia, como la de su arpista.
—¿Te gusta tener iniciativa, cierto? —expresó entre jadeos.
Ella se acercó de nuevo a su rostro, sujetó su mandíbula deteniendo su acción. Luego dirigió sus labios a su cuello, ocupándose allí mientras la acercaba más a sí mismo, y simultáneamente, la empujaba contra el tronco de un árbol.
—Pues a mí no me gusta que la tengas… —susurró contra su piel y sujetó sus manos alzándolas por sobre su cabeza.
Atacó su boca de nuevo y, con todo el descaro, comenzó a ingresarle la lengua. La joven comenzó a gemir contra su boca y a removerse por el poco tino que tenía su agarre al sostenerle como si tuviera una zarpa en vez de mano.
La mano libre la pasó por su cuerpo, sintiendo la temperatura de este elevarse. Él excitándose al pensar en cómo cambiaría la textura, y en cómo se desvanecería el calor de este al correr su sangre, esa que se concentraba en sus mejillas, haciéndola verse sonrojada.
Quería escucharla gritar despavorida, ver embellecerse su rostro por la muerte, sentirse poderoso de nuevo.
La doncella comenzó a jadear ruidosamente cuando el Príncipe dejó sus labios y se ocupó en despojarla de sus prendas. Si se deshacía de estas, sería más difícil que ella se movilizara con facilidad.
Cuando quedó expuesta, intentó hacer lo mismo con él, pero no se lo permitió.
—Vos dejadme ver vuestro cuerpo, joven, os pido, por favor. —musitó avergonzada la joven mientras soltaba una risa nerviosa.
No le respondió.
Ella quería un trato diferente. Quería más de él, no percibía el peligro. Como el arpista.
¿Es que acaso algo había cambiado dentro de sí?, se preguntó internamente mientras separaba las piernas de la joven.
No, su arpista no había sido así. Por eso mismo, ¿cómo había sido?, ¿por qué era diferente? Aquello debía ser su culpa, caviló.
Había detalles ínfimos que se solían escapársele al Príncipe. La mayoría de ellos cuando él se distraía.
No percibió los pasos cuidadosos del hombre que se le acercó por detrás y posó sus dedos detrás de su oreja haciendo que se desmayara.
—Huye —dijo a la joven que estaba gritando por tan repentina aparición. Ella sujetó sus prendas y corrió temiendo ser perseguida.
El otro hombre tomó en brazos al joven, saliendo de la profundidad del bosque.
…
Abrió los ojos y gritó. Sus propios alaridos lo despertaron por completo y comenzó a carraspear, cerrando los ojos por el dolor que sentía.
Se habituó a la luz y los abrió de nuevo, encontrando a un hombre frente a él.
Era mayor y creía haberlo visto en otra ocasión, pero sus recuerdos no eran tan nítidos como lo hubiera deseado lo cual sólo pasaba al ser memorias de cuando era niño.
Mantuvo una expresión tranquila. Se concentró en cierta parte de su cuerpo y notó la ausencia de su arma.
Miró de reojo algún escape, y visualizó una puerta cerrada. Podría inmovilizar al hombre, buscar su punzo cortante para matarlo, e irse. Pero tenía en contra el tiempo que llevaba ahí, sospecharían y luego no podría volver a usar esa indumentaria. Eso sin contar que su rostro había quedado al descubierto cuando había sido atacado, y estaban en una de las casas cerca al mercado, lo detectaba por el barullo de afuera. ¿Cuántos habrían notado quién era él?
El hombre le ofreció una mirada cansina y cogió una silla situándola cerca a él, y se sentó sobre ella sin despegar la mirada.
—No hay necesidad de que te preocupes, muchacho. Lo único que deseo es fácil de conseguir, si cooperáis conmigo. —exclamó con voz fuerte.
—¿Qué queréis? —cuestionó desinteresado.
El hombre le sonrió.
—Si vos te movéis de manera sospechosa, te dejo inmóvil de la cintura para abajo —amenazó.
El Príncipe fue el que sonrió esta vez.
—No habéis respondido a mi interrogante.
En ese instante supo que ese hombre no era cualquier persona en plena senectud.
—Tengo en mi conocimiento que vos sois la persona responsable de muchas muertes y que tu encuentro con esa muchacha no fue sólo para compartir un íntimo momento. Pero mi intención no es usar aquello, a menos que la situación lo requiera en cuyo todo caso, preferiría yo mismo hacerme cargo—dijo con tranquilidad—. Vos sueles reclutar a jóvenes, entre doncellas y mozos; hasta ahora. Secuestraste a una dama que se sale del tipo que tienes con las mujeres. Quiero que la liberes.
El Príncipe rió.
—¿En qué pensáis vos? ¿Qué le temo por aquello?—Rió más sonoramente, recibiendo como respuesta un ceño fruncido—. ¿No estamos solos, verdad? —continuó—. Qué descuidado de vuestra parte. ¿Qué sucede si grito más? ¿O si vos lo hacéis? ¡Qué grato sería ver el rostro de los presentes! Ella está muerta —terminó por decir con rostro sombrío.
—No se ha visto la humareda, puedo aseverar, desde hace mucho. Las desapariciones parecen haber sido erradicadas. Ella aún vive —afirmó seguro de sí mismo.
Unos pasos se oyeron no muy lejanos.
—Al parecer no estamos solos. —susurró burlesco el menor cuando la puerta se abrió.
Una dama con cabellos canos se quedó paralizada en el umbral, mirando aturdida al joven sentado, una sonrisa se cristalizó en el rostro del Príncipe.
—Thomas. —esbozó la señora con el pecho comprimido.
El joven la miró divertido. La expresión de la mujer se borró de su cara.
—Príncipe. —se corrigió y observó al otro hombre.
—Kaethe, te dije que no vinieras aquí —regañó a la dama.
Bill aprovechó la distracción y se escabulló por el costado de la puerta.
El mayor intentó moverse pero la mujer lo tenía sujeto del brazo, con una expresión perdida.
—Kaethe…
—Él se va, y no regresará… —musitó comenzando a temblar.
El hombre la tomó en brazos.
—Calma, cariño. Calma. —pidió.
Se escuchó el cerrar de la puerta.
La frustración le invadió de nuevo, no obstante, no dejó de abrazar a su mujer.
Lykaios había entrado a la pieza del Príncipe con ayuda de uno de los guardias, viendo con sus propios ojos que no era obra de imaginación lo que miró anteriormente. Dentro de la habitación estaba un joven idéntico a su sobrino, pero con mal semblante, heridas por doquier y el cabello corto.
—¿Quién es usted? —preguntó el menor con un temor difícil de camuflar.
La reconocía, ella era la dama que había visto cerca de las flores.
—Yo soy Lykaios, joven. Emperatriz de Lesbos, hermana del Basilewe, la que cuestiona debería ser yo. —expuso.
Le ofreció una sonrisa para amenizar el momento. Ella percibía que el niño estaba habituado a los malos tratos porque retrocedió como consecuencia de sus palabras. Pero lo que la señora quería es saber quién era, por su parecido casi imposible y su ubicación allí.
—Perdón, señora. —se disculpó.
Acortó la distancia y le palmeó el hombro, haciendo que el otro diera un brinco.
—No tienes por qué disculparte, joven —negó con la cabeza, riendo—. ¿Qué hacéis aquí? Por lo que veo estabas encerrado, ¿fue un accidente?
El rubio se tensó de inmediato. Muchas ideas pasaron por su mente, lo que él había estado evitando podría pasarle justo en ese instante. Su madre, su culpa. Se maldijo a sí mismo por seguir los estúpidos impulsos que lo habían llevado a esa situación.
—Yo… yo… —No sabía qué decir. De qué forma justificarse, justificarlo.
—Ven, vamos afuera, para que comas algo —ofreció la mayor.
El “afuera” le sonaba a “libertad”, a una que le dejaba mal sabor de boca si él podía huir dejando a su madre a la merced de ese maldito demente.
—No puedo. Debo esperar al Príncipe —soltó, arrepintiéndose cuando vio la expresión en el rostro de la mujer.
—¿A Billy? ¿Él tiene aquí? —cuestionó con tono de preocupación, perfectamente fingido.
Negó con la cabeza consecutivas veces.
—No se lo diré a nadie. Sé que mi sobrino suele ser algo extraño, ¿verdad…? No me dijiste vuestro nombre.
Se puso más nervioso. Ella posó su mano sobre su hombro pasándola suavemente por allí en busca de tranquilizarlo. Quería establecer confianza.
—Thomas, mi nombre es Thomas. —Tragó saliva apenas habló.
La garganta la tenía seca y miraba de vez en cuando la puerta, como si temiese ver aparecer al dueño de sus pesadillas.
—¿Y qué haces aquí, Thomas? —No obtuvo respuestas.
En realidad ella estaba segura de que era como un sirviente, más bien, como un esclavo para su sobrino, que era claro que lo había lastimado varias veces y que había saciado su hambre de vejámenes con él. Pero ella quería saber quién era.
—Mira, no voy a lastimarte, lo prometo. ¿Dónde están vuestros padres? Podría llevarte con ellos. —Él la miró con semblante triste.
—No puede. Mi ma-adre, ella… —titubeó y cerró la boca.
Lykaios alzó una ceja, y suavizó su expresión de nuevo.
—¿Ella está muerta? —dijo en voz baja.
Coincidencia. La emperatriz no creía en las coincidencias.
—No… mi madre, no puedo. —Negó con la cabeza y se mordió el labio inferior.
«Maldición…», pensó la mujer.
— Y ¿vuestro padre? —tentó de nuevo.
—Él murió antes de que yo naciera —susurró.
Lykaios puso semblante de complacencia mientras le daba un abrazo.
Por dentro eclosionaron toda clase de pensamientos y recuerdos. Ella tenía un asunto pendiente sin saberlo.
Tom se preguntaba por qué esa mujer era tan atenta con él. Sintió pavor, pero a la vez una pequeña esperanza: quizás esa mujer podía sacarlo de allí como mencionó. Y a su madre.
—Mi madre está en este palacio… ella está viva y-y-y… ¿si me pasase algo a mí vos podría salvarla? —La miró afligido, con esa idea aún atormentándole.
Si él muriera… ¿qué es lo que le pasaría a su madre?
Ella asintió. Esa información le bastaba, buscaría a esa mujer dentro del palacio.
«Muy fácil. Demasiado», pensó.
Al menos Thomas sentía que si algo le sucediese, esa piadosa mujer se haría cargo.
—Thomas, debo retirarme. Mi sobrino podría venir en cualquier instante. No dejes que le amedrante, pequeño. Vos quedaos aquí, ¿estaréis bien?—asintió—. Por supuesto que sí.
Ella le dejó un beso en la frente y se retiró, cerrando la puerta a su paso.
Debía ser cuidadosa e indagar dónde estaba esa mujer. Dudaba que su hermano la hubiese visto, ni si quiera la recibirían ahí si ese fuese el caso.
…
El rubio pensaba en las palabras de esa mujer, también en las de Alysa.
Se sentó en el borde de la cama con las piernas abiertas.
Sentía que debía cambiar. No demasiado para que no terminara matando a su madre, porque así esa mujer le haya dicho lo contrario, aún era muy pronto como pedírselo, ya que ni él sabía dónde estaba escondida. Sería cuestión de no ser débil.
Frunció el ceño. Lo que sentía en su pecho no debía ser un impedimento. Actuaría de forma distinta, sin arriesgar a su madre.
Estaba pensando en eso cuando la puerta se abrió y el Príncipe apareció.
—Despertaste —mencionó el de cabellos largos.
El otro rubio lo miró y se levantó, caminando en dirección a él.
Apenas hubo llegado, vio cómo el otro se relamía los labios y le sonreía; en vez de tensarse, sujetó sus manos rápidamente y lo puso de espaldas, de igual forma con las manos ubicadas sobre su cabeza en un fuerte agarre.
Acercó su rostro al del otro y susurró contra su oído:
—Yo me crié en las calles, y no me costará nada actuar contigo como lo hacía con los que me golpeaban, que eran mucho más grandes que yo.
Una risa salió de los labios del Príncipe. Y el sonido retumbó en la pieza al estar con la frente apoyada en la pared.
—Vamos, haz algo más… No me decepciones, si ya me tienes a tu merced, vos podéis vengarte de todo lo que te he hecho. Anda, golpéame, lastímame, cualquier cosa estaría bien. Soy un maldito bastardo que raptó a tu madre enferma y que te la mete sin piedad todas las noches. ¡Haz algo! —Las palabras de Bill le hicieron temblar.
Por ello, aflojó el agarre y por ese descuido, Bill separó las manos, liberándose y ahora él arrinconando al otro.
—Yo me crié aquí, y no me costará nada usar los trucos con los que evitaba a mis primos. —contraatacó.
El arpista miró a un lado, no pudiendo retener esa mirada cargada que traía su victimario.
—Nunca, y quiero que te lo memorices, nunca me agarres así de las manos. Ni me pongas de espaldas —exclamó—, ¿está bien? —Tom asintió—. Es interesante ver el bagaje de reacciones que posees, Tom. ¿Qué tan diferente podrías ser en la cama?
No recibió respuesta y rió. Pero no pasó mucho tiempo para que sus carcajadas se vieran interceptadas por el beso que le dio el contrario. Lo recibió de buena manera, pasando los dedos por el corto cabello del otro, y éste sujetando la cintura del Príncipe.
Juntos se dirigieron a la cama entre esos besos fugaces. Bill cayó sobre esta porque el otro lo empujó, para luego abalanzarse sobre él para besarlo de nuevo.
Era tan extraña esa actitud de su arpista, pero no iría a reclamarlo. A veces era interesante ver cómo se desenvolvía éste y, en definitiva, le estaba gustando.
El de cabellos cortos comenzó a besarlo por el cuello, mientras bajaba las manos y le alzaba la túnica negra. Bill se tensó un poco, pero no lo hizo evidente, simplemente aseguró su pierna entre las de su arpista. Bajo ninguna circunstancia desearía cambiar su posición. Las manos de Tom siguieron buscando hasta hallar lo deseado. El otro gruñó cuando sintió la mano de su arpista sobre su virilidad.
Siguió sintiendo los besos en su cuello paralelamente con los movimientos de muñeca del arpista. Si quizás no tan rápidos como a Bill le gustaría, pero de por sí al saberlos de Tom, le excitaba. Intentó acercar su mano al miembro de su contrario, pero éste le detuvo al separase un poco para bajar.
Bill supo lo que Tom iría a hacer. Y se enderezó, tomándose el rostro con la mano cuando sintió la calidez de la boca del arpista sobre su carne palpitante. Cerró la mandíbula saliendo un desapercibido siseo.
Era algo fortuito. No se sentía poderoso de ninguna forma, más bien estaba fuera de sí con esa forma algo torpe en la cual Tom buscaba darle placer. Sintió luego cómo las manos de éste viajaban por su muslo y se detuvieron en una zona en específico. Cuando Bill se percató de eso, quiso bajar su mano temblorosa para detenerlo pero fue muy tarde, ya éste había sacado la sica y la ponía contra su miembro, amenazando con cercenarlo al más mínimo movimiento.
Bill vio la expresión del otro. Había miedo, furia, sus mejillas sonrojadas y botando aires a bocanadas, sus labios entreabiertos y su mano temblando.
—Vos dejadme huir junto con mi madre y… no hago nada —advirtió acezado.
El Príncipe bufó.
—¿Eso es lo más inteligente que me puedes hacer? Puedo decirte que sí lo hago y no cumplirlo en cuanto me dejes ir, es más, podría hasta matarte. —El otro se mordió el labio y parpadeó consecutivamente—. ¿No lo pensaste, no?
Tom tragó saliva y soltó el arma. Bill alzó una ceja y le sonrió.
—Eso está mejor. —Se sentó en la cama, y sujetó de la nuca a Tom, acercándolo a su rostro—. Quiero que sepas que me gustó tu progreso. Pero también quiero decirte que ya que estás tan animoso con el cuchillo, podemos jugar un poco con él, ¿no?
Tom negó con la cabeza.
—No, no. Perdóneme, señor. —Bajó la cabeza, sintiendo su orgullo herido de nuevo, pero no quería pensar en qué clases de juegos se formarían en la mente del Príncipe con respecto al cuchillo.
Bill sujetó el corto punzante y se lo enseñó a Tom.
—¿En serio? —cuestionó con sorna.
El menor negó de nuevo.
El Príncipe lo tomó por el rostro y lo besó de nuevo, dejándose caer con el arpista encima. Pero en esta ocasión no hubo correspondencia, por lo que se posicionó sobre Tom.
—Un… día… te dejaré estar arriba —jadeó en su oreja. Tom abrió los ojos en toda su extensión a sabiendas de que no podía ser visto—. Es lo máximo de poder que puedo cederte, porque me encantaría que me montes —terminó gruñendo.
Tom comprendió el verdadero significado y Bill siguió mordiéndole la oreja.
La decisión de Bill, de que Tom tuviese que dormir con él, estar en su cuarto, solo a la espera de que este venga, no se veía tan tentadora por ningún motivo.
Se prometió cambiar, y en su primer intentó falló. Ya encontraría una forma de tenerlo bajo su poder y actuar de forma distinta.
[1] Fragmento de la Odisea
SOY LA PRIMERA!!! O: me siento happy
Ohh dios que excitante ver a Tom así pero le falta mucho para ser como Bill y la tia de este no se queda atras, esa mujer es la manipulación hecha mujer, interesante personaje. Esa chica que Bill encontro en el pueblo esta loca como se va a ir con un hombre que no conoce al bosque? hormonas u.u
Debes conectarte para enviar un mensaje.