Hola =) Aquí vengo trayéndoles otro capítulo. Conoceremos más sobre el pasado de los padres de Bill, un poco de todo, luego se mstrará algo actual en lo que mientras el aedo y Tom comen "amenamente" Bill destaza a los jóvenes que recolectó anteriormente, espero no sea muy fuerte. Dato curioso "la que oye" es el significado de un nombre de mujer ¿lo averiguarían, por favor? Claro que yo lo sé pero quiero que ustedes también lo sepan, la pista: es francés.
Alchemy Sounded Good at the Time – On Frail wings of Vanity and Wax
>Corinto<
Hubo una vez un hombre el cual conoció lo adictivo del amar, que sintió que su vida no bastaba para sentirse completo, nunca había encontrado algún símil válido para lo que en ese entonces sentía; demasiadas presiones y poco alivios eran según su juicio lo único que podía virar en derredores; pero la melena roja contradictoriamente con expresión infantil atraparon por completo a su ser, y decidió dejar el resto al olvido. Amar es egoísta, a veces lo es en demasía y el entorno pierde fuerza cuando tu centro y tu todo es aquella persona. Pero el amor no es un pedido, llega y está, se alberga en tu organismo tal cual infección dañina que inutiliza tus sentidos, te deja en un estado utópico en el cual ves el mundo con otros ojos, como si estuvieras ardiendo en calentura hasta el punto de delirar, sí, así fue el amor para ese hombre pero ese aquél desapareció en sombras sin salir nunca más a la luz, siendo absorbido por uno desesperanzado, por uno sin alma, un simple ser vacío, roto, incompleto.
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Desde joven Jörg había estado destinado a tener el máximo puesto en su familia numerosa: próximo al trono. El problema no residía en ello, sino, que él no lo deseaba, pero como todo ser mortal puede ser tentado y él cayó en las redes del poder. Ser el Basilewe implicaba dominar al resto y vivir en riqueza pero, por sobre todo, tener mucha responsabilidad. Aquello no es algo fácil, implica madurez y quizás no fue muy sabio de su padre dejarle aquello al menor de todos sus hijos, pero fue un acto egocéntrico de su parte, su hijo menor era su réplica exacta y aquél que sea Basilewe y no posea frivolidad no es algo común, por no decir nunca antes visto.
Pero había un acuerdo, una tradición, más que eso, un requisito que debía poseer el que ocupe aquel puesto: contraer nupcias; creado por los romanos y adaptado para ellos, visto de esa forma en su tiempo pero conocido por los antiguos con otro nombre, o quizás como acto natural sin término asignado; tan sólo quince Arturos y ya casándose con una niña de trece. Nadie está en la capacidad de tomar decisiones a esa edad, pero el poder le seducía.
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Ídola, como su nombre lo dice, había nacido para ser adorada. Desde el comienzo, al estar rebosante de vida con los rastros de sangre y fluidos de su madre, ella era perfecta con sus pliegues en el rostro rosáceo, sus pequeñas pupilas marrones capturaban todas las miradas, cualquiera sea su estado, ella lo era; la más amada, la más bella, la primogénita arrobadora. Aquello le trajo como consecuencia el necesitar siempre a alguien a su lado, el tener una dependencia de atención al estar acostumbrada a ella, y no se le era negado ¿Cómo hacerlo frente a una criatura sólo comparable con la más hermosa? Se repetían entre ellos.
Todo aquél que se le ponía al lado no hacía más que desaparecer, nadie existía junto a la belleza de Ídola, pero su familia no contaba con tras algún tiempo otra criatura llegaría a su lar, y por ello no se volvieron devotos de la menor, ella siendo pequeña recibía las dolorosas comparaciones, que por tener pecas, que por sus orbes ser más oscuras, que porqué no resaltaba en nada, era bella sí pero no más que Ídola, por eso sus lugares preferidos eran los rincones de su “hogar” allí nadie reparaba en ella, nadie podría recordarle lo inferior que era. Esa niña aprendió a callar y hablarle a todo aquel que no pudiera responderle, porque de esa manera no podrían rechazarla, pobre infante que el destino cedió la atención que necesitaba a otra que por lo mismo cayó en desgracia, la belleza una vez más es la maldición de una vida pero ¿Qué es lo bello?, para algunos varía, otros sólo lo usan como excusa para justificarse, aunque lo sucedido a ella no tiene argumento a favor.
Por ser la más bella del pueblo de Corinto en ese entonces, y tomando en cuenta la economía de aquella casa, Ídola fue entregada al Basilewe, el cual la había escogido para ser la cónyuge de su hijo; lo único que pidió era que su hermana menor fuera con ella y así se cumplió. No era que sintiera gran afecto por su hermana, no es tampoco que se diga lo contrario, sino que ella necesitaba aferrarse a algo, y como el lugar donde iría por imposición de su familia era uno donde no conocía a nadie necesitaba ese algo que le permita sentirse plena, y su hermana le serviría por mientras como aduladora personal, la pequeña sólo obedecía dejándose llevar a donde sea, para ella era lo mismo puesto que nadie la observaría con los ojos que ponen sobre su hermana mayor.
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Aeneas, el Basilewe, padre de Jörg, uno de los más crueles y perversos al mando, debido a sus continuas orgías sanguinarias o de exterminación de las cuales el placer descontrolado era el preludio a la infinidad de torturas recibidas después. Era un hombre alto, contextura gruesa que le brindaba un gran porte, melena y ojos castaños, de mirada penetrante, igual que su hijo, las diferencias radicaban en edad y porte, su hijo era más desgarbado y solía distraerse muy seguido, las cosas que para el resto eran importantes él las veía distinto, lo único que se planteaba igual era la posesión de poder y vida sin alguna carencia. El Basilewe poseía cierta debilidad por las féminas aún no dejadas florecer, aquellas que están en el trance de niña a mujer, por eso eligió a Ídola como la esposa de su hijo, era la más bella por lo tanto debía ser suya, por muy a pesar de poseer sólo los trece Arturos.
Su deseo en un principio no fue posible de concretar puesto que debían presentarse en sociedad; Aeneas se podía tomar su tiempo, su hijo era muy tardío en ciertos asuntos y le era bien sabido que no había tocado mujer en su vida, así que él sería el primero en rozar el cuerpo en constante cambio de Ídola.
Al Eos mostrar su faz y Cronos haber recorrido muchos caminos sucedió. La damisela observaba atenta el roce de luz en contraste con el follaje, era tan hermoso todo ello, ver como por capas se iba expandiendo hasta ocupar toda la tierra y permitir darle forma a su entorno que parecía apagado, su hermana dormía al igual que su esposo (aunque éste último no lo sea en toda ley), y ella esperaba ansiosa mirar aquella obra grandiosa, el despertar de un lugar, como todo cobra vida al ser tocado por los destellos, sonreía, porque se creía tan bella como el Sol, aunque solía venirse abajo y meditar sobre su posible parecido con la Luna. Toda la aleación de sus pensamientos se perdió al sentir como era empujada bruscamente contra el manto verde sobre el cual meditaba; un peso mucho mayor que el suyo le obstruía la vista y dificultaba la respiración, unas grandes manos recorrieron su casto cuerpo, más como reconocimiento que por búsqueda de infundir placer, arrancando a su paso la tela que encontrase, frotándose contra ella para que su viejo cuerpo se excite lo suficiente y luego obligándole a que lo mirase mientras introducía su erección en su interior sin ningún tipo de cuidado, rompiendo y dejando sobre los mantos verdes agitados por una leve brisa que no puede resarcir nada de lo que nos acontece, las lágrimas que bajaban a por sus mejillas perdiéndose allí junto con todas las ensoñaciones de una joven…
Sus deseos, sueños, necesidades habían variado tras aquel suceso. Ella ya no quería recibir atención, pues ésta le había acarreado una situación que superaba con creces los halagos recibidos desde nacida. Deseaba que el Sol no le dé, que la soledad reinara en su vida, la cual había perdido brillo, estaba tan en lo alto que sintió caerse lentamente, no quizás sintiendo un dolor directo y rápido, sino más bien percibiendo cada tramo por el cual caía, viendo a donde le dirigía aquello aún así no poder hacer nada para contrarrestarlo. Sus gritos se hacían sólo ecos en sus aposentos. Nadie la oía, nadie sabía, solo el silencio era lo que proseguía.
El tiempo de imperar había llegado para Jörg. Sin conocer ni interesarse en lo que le acontecía a su mujer, comenzó a tomar el mando; no era adrede pero no emitía el más mínimo efecto en él desde que llegó, aceptó su belleza pero no le dio ni el arrebato de tomarla, por más cama que compartieran. Entre los sirvientes se murmuraban cotilleos como que era sodomita y no sabía como complacer a una mujer pero lo que tenía al heredero así no era nada más ni nada menos que tomaba aquello como algo impuesto, y por ello como réplica silenciosa no consumaba su unión, eso no heredó de su padre por más que hayan sido iguales externamente. Éste último se adelantó a su labor y tras un par de años cayó enfermo, he ahí el por qué de la toma de cargo del nuevo Basilewe.
La enfermedad de Aeneas había sido un momentáneo alivio para Ídola, porque significaba no más encuentros entre ellos, no más participación suya en orgías en las cuales de entre varios la poseían, todo eso creía que había concluido, mas esa sensación de calma tras una tempestad no lo fue más cuando su vientre se ensanchó lleno de la semilla del viejo Basilewe. Pero ella calló, hasta que todo cae por su propio peso y no era posible ocultarlo más; la reina falleció, y el nuevo Basilewe no le tembló el pulso al pedir que mataran a su esposa ¿Cómo no lo haría? Era una mujer indigna y merecía morir por no haber honrado a su marido, ni había tocado su cuerpo y ya estaba mancillado y con otro ser formándose dentro, uno que sería su hermano, un bastardo; nadie nunca supo como la noticia llegó hasta el moribundo Aeneas, pero tampoco nadie se esperó su reacción, en vez de considerar a su amante como una más de las víctimas de sus continuos actos de mientras podía mantenerse en pie, lo que pidió fue que no la mataran, les prohibía terminante hacerlo, se refería a la servidumbre y a su hijo porque nadie más se enteraría de los secretos dentro de palacio, ni los otros hijos mayores. No podían matarla por respeto a los últimos deseos del Basilewe, no por estimo a la fémina, eso significaba que tendría el nuevo Basilewe vivir con aquella humillación, con una gran muestra de debilidad, de inferioridad, era la pérdida de orgullo para un hombre, podía percibir como el entorno hablaba de él sin miramientos, más aún cuando de las entrañas de la pérfida nació el fruto de la vejación recibida: un hermoso bebé de rubios cabellos y ojos apagados, mirada pesada, que te emite tal nostalgia que prefieres voltear, quizás desde el vientre presentía lo que en vida tendría que soportar. Y en ese momento fue cuando las voces que callaron tomaron voz: Aeneas había muerto, y según las órdenes de su hijo menor, matarían al crío; no se concretó aquello debido a que la reina, Ídola, lo dejó en manos de la servidumbre antes con la promesa de que la muerte ya había cerrado los ojos del infante, prefirió que viva sin ella a que perezca, fue como si nunca hubiera nacido, pero los lamentos de la reina por la falta de hijo se escucharon durante los años que siguieron. Lo que no evitó la adultera es dejarle un nombre puesto, uno que sólo algunos conocieran el significado “Aquél que lleva el cetro del Rey”, puesto que en se jactaba de que la procedencia por más ilícita que sea, pertenecía a la realeza, creía con reticencia que sea como se haya dado era el patricio de aquella unión, el que por siempre el título de Rey debería tener aunque en silencio y vida esclava lleva, por ello Gustav lo llamó.
Justificado estaba su padre, las mujeres no son dignas de confianza y repelen las órdenes en señal de rebeldía, o al menos eso era lo que se hubo suscitado ante sus orbes; su madre como fiel amada asida a su marido lo había seguido hasta el abismo de Hades. Pero para él no había descanso de la tierra de mortales puesto que las presiones seguían, ahora él tenía el poder absoluto y lo único que deseaba su traicionado ser era la banal felicidad material; pero ésta fue amenazada con desaparecer sino tenía un heredero. Eso conllevaba a que a fuerzas tuvo que ayuntar con su mujer y recién le otorgó en toda norma aquél título, pero no podía germinar en ella, es como si estuviera destruida por dentro, al parecer todo lo puro que quedaba en ella, lo bueno, lo no malogrado, lo casto sobreviviente de incontables borrascas vividas se había concentrado en su hijo, el bastardo. Inútil que no le daba lo que él necesitaba. Sus hermanos mayores aprovechaban la muerte del al mando para mangonear al menor.
Ahí fue cuando reparó en la belleza de la que oye, aquella niña que jugaba con él y siempre se sonrojaba, tímida, pequeña, tan noble, adoraba las flores al igual que Ídola, la diferencia es que ésta última odió todo tras los hechos antes narrados, y allí estaba: más fina, con la lindeza ofrecida por el pasar del tiempo, ya no siendo opacada por su hermana esta vez, puesto que ella había perdido su luz. Jörg iba a su lado a descargar sus penas, ella siempre estaba atenta a todo lo que a él le acontecía, llevaban muy buenas migas.
Mientras el alma de la mayor se descomponía, la de la menor florecía, y todo aquello no pasaba de los ojos del nuevo al trono, las presiones se hacían más llevaderas en compañía de ella, y los lazos más fuertes se volvían hasta advertir en cual era el nombre de lo que sucedía, pero muy tarde era para eludir los hechos. Un profundo idilio formado entre los seres vacíos, uno en busca de obtener lo no recibido, uno en busca de entregarse al olvido, uno que profanó, una vez más, lo unido.
Entre el deber y el querer radica la constante existencial para muchos y allí se encontró la ruina del de máximo poder; el deber fue mayor y su ser en uno resentido se convirtió.
Su unión próspera se volvió gracias al perdón, y como entrega tardía el heredero les llegó.
La reina falleció, y aún en su mente rondaban las imágenes de la pequeña pelirroja, la hermana de la difunta, de la que no hubo ni buenas ni malas nuevas.
Así fue como perdió el brillo en sus ojos, como el dolor de sus gritos acongojados que le rasgaban la garganta se mantuvieron allí tras mucho tiempo.
La desesperación y la certidumbre tiñeron su ser de negro color, y entre las sombras aquél quedó.
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El ruido penetrante le hizo discernir entre lo real del mundo y lo real de su mente. Se escuchaba los gemidos de gente. La gente se deshacía en gritos por la pérdida de sus hijos; no era de su conocimiento los trucos empleados por el Príncipe. Andreas reconocía esos gritos, sabía la razón pero lo distinto era el continuo rasgar que percibía, un golpe certero y luego rápidos y rítmicos desgarres de… ¿tierra?
–Es…, es el niño estoy seguro – dijo en voz alta más conciente de su espacio mientras alejaba sin cuidado las gotas salinas de su rostro, aspiraba un poco de aire para mantener una voz más grave, menos aguda y gangosa a causa del llanto. Se sorprendía que el arpista no alcanzara a oír los lamentos del gentío “Quizás esté solo yo capaz de escucharlos puesto que doy directo al patio” , aquella era la razón más coherente, agregándole el hecho de que el otro está muy ocupado en labor como para percibir más.
Salió de sus aposentos y su vista se extendió de su habitación a una más grande con dos portones: uno hacia el patio que da al exterior público y el huerto inutilizado, grande fue su sorpresa al notar que la característica de su huerto estaba siendo modificada.
– Pero, ¿Vos qué creéis que estás haciendo? – interrogó rozagante de autoridad el blondo frente a las impertinentes pero nobles acciones del joven el cual quedó perplejo y confuso frente a la pregunta puesto que la expresión del rostro del aedo no mostraba buen semblante.
– ¿Vos qué es lo veis? – le respondió éste, a su vez, componiendo una sonrisa de entre sus comisuras en busca de aminorar la yerta expresión de su contrario.
– Es…, es…– no podía decir palabra alguna. El conocido experto en alinear palabras para formar bellas poesías se había quedado en silencio, pero es que no había que decir, al cual maldecía entre sollozos por contribuir a su desgracia le acababa de preparar la tierra mala para sembrar y el esfuerzo era notorio puesto que su enemigo transpiraba mostrando una expresión cansada y rojizas mejillas – le he dicho que…, el Príncipe le está ayudando a vos, no era presto esto…
– Ya le he dicho hombre, no es molestia esto para mí, no he hecho aún nada. Mañana que estará claro dejaré las simientes bajo tierra. Ahora está muy oscuro y por aquí el Sol calla y lo que más se necesita es la luz – dejó su herramienta sobre la tierra e ingresó a su alberge frente a la atenta mirada del otro que aun no comprendía el proceder del extranjero. Debería detestarlo pero era como si en su hado dijera lo contrario. Él tenía que centrarse en las órdenes de amado, las cuales incluían hospedarle, atenderle y sonsacarle información – ¿Vos conocéis lugar presto al aseo? – lo desconcertó de sus pensamientos pero captó la pregunta y negó.
– Es muy tarde ya. Mañana podréis asearte, hoy no – lo vio y notó que era necesario, estaba de más mencionar lo imperdonable que era la falta de aseo para uno pero sus palabras eran ciertas, a esas horas no era presto ir al bosque.
– Espero no ser molesto entonces – dijo el arpista sujetando un trozo de tela y utilizándola para secar su exudación.
– No, no lo es – mintió – acompañadme la merienda deberá ser saciada.
Dejó los platos con el producto del trigo sobre la mesa, luego las brochetas de carne, la ensalada y el vino. No era nada en comparación a lo de palacio pero carecía de humildad aquella merienda, lo que provocó en el arpista curiosidad tras asear sus manos.
– ¿Qué esto no es a lo que se le llama cena? – ingirió de a pocos los alimentos masticándolos y disfrutándolos, nunca había probado bocado en abundancia y sintió vergüenza por su pregunta al reparar en las confianzas que se daba con el que le brindaba alimento. El rubio lo miró con la misma expresión de antes.
– Sí, ¿Cómo conocéis aquello? – no entendía como un corriente pudiera estar la informado de la forma correcta de la estructura alimentaria.
– Por mi madre, ella me enseñó lo que sé – respondió el otro con deje de orgullo. Siempre había sabido que su madre conocía mucho de todo, era otra razón para que la admirara.
– Ahmnn – mostró desinterés por el asunto, mas sólo de manera superficial puesto que debía enterarse más. Sorbió un poco de vino – ¿Ella también le enseñó a arar y sembrar en la tierra?
– Mi señora madre…, ella sabe mucho y aunque – calló un instante evocando recuerdos tristes – aunque siempre ha…, – las palabras se le trababan a sabiendas de la seriedad del tema, uno que quizás no debería mencionar pero que también sería una falta no ser veraz con respecto a la persona que más estima tiene – siempre ha estado enferma. Desde que tengo memoria la he visto así, luchando día con día para mantener una sonrisa en su rostro pero siempre decayendo pero aún así nunca dejó de amar la naturaleza. Siempre me decía que las flores existen para nuestro deleite, que cada una tiene su razón, así como las plantas que curan también las tienen o las que ingerimos como en esta comida – su rostro denotaba un brillo al referirse a su madre, el aedo lo notó y sintió que todo aquello era patético, era una burda hetaira con aires de grandeza ¿Qué valor en dar mención podrían tener sus conocimientos sin fundamentos? Suerte que haya poseído el dato de las comidas, pero es sólo eso, un dato. Lo siguió mirando con lástima para acentuar la realidad a la actuación.
– Que conmovedor
– No busco conmover a nadie – soltó aquello a la defensiva, quizás era reacción propia por su forma de vida, pero todo iba para el baúl mental de Andreas. Thomas se aclaró la garganta – perdón – prefirió dar por concluso el coloquio para evitar próximos actos no apropiados.
La comida siguió un incómodo trayecto, en el cual a fuerzas debía terminar todo por la buena educación. Para Thomas no le resultaba lo difícil en sí para comer sino para tolerar la penetrante mirada azulina, creía no haber visto ojos más inquietantes; pero evocó al de túnica negra y nívea piel, él poseía ojos hermosos y penetrantes pero de una manera que no lo incomodada, más bien le retorcía el vientre de manera placentera. Había girado tanto el asunto que ahora comía tranquilo ensimismado en el otro que irrevocablemente retornaba a sus pensamientos.
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– ¡¿Qué más queréis de mí?! ¡¿QUÉ MÁS QUERÉIS DE MÍ?! – expulsaba a voz de grito la fémina sujeta con grilletes a las paredes hechas expresamente para aquella actividad: la tortura.
– ¡QUÉ TE CALLÉIS! – respondió en un alto tono burlesco el Príncipe frente a la mujer sin ropa y con evidentes marcas de azotes recientes de las cuales brotaba sangre nueva sobre el cuerpo que frente a otras circunstancias luciría hermoso por el brillo parecido al del Sol, pero entre sangre, carne viva y rostro desfigurado no tenía gracia alguna – Buah, Buah, Buah, ¡Oh Príncipe tenedme piedad, por Zeus! – seguía mofándose del sufrimiento de la pobre joven que contemplaba los cadáveres frescos de las víctimas anteriores, deseando contar con aquella suerte puesto que no encontraba otra forma más de que mancillen su cuerpo, ya ni ganas de vivir poseía.
– Matadme…, si vos poseéis algo de amor por vuestra madre, que es mujer, hacedlo, matadme – su voz estaba apagada, la pérdida de sangre ya no le hacía desvariar y sabía que nada conseguiría rogando.
– Vos…, – los ojos castaños miel perdieron brillo y se ensombrecieron con una discordante sonrisa formada en la comisura de sus labios. La frase “madre” retumbaba en sus oídos, él nunca tuvo una y la servidumbre sí, esclavos que su vida vale menos que la nada siempre se ceñían a su madre, a esa imagen, a ese significado extraño para él ¿Por qué él no tenía una? Y con ese pensamiento sujetó la sica y la pasó lenta pero firmemente por el vientre llano de su víctima, siguiendo el recorrido de entre los senos que ya amasados por sus manos antes, viendo como la sangre caía a borbotones y el último aliento de vida se hacía largo y lastimero, pero en eso no pensaba el Príncipe al seguir pasando el punzo cortante por el cuello para luego ahogar sus gritos al incrustarlo sonoramente allí: en su garganta. Su pulso no tembló ni por un instante por más movimiento que ella haya hecho. Y ahora se retorcía con ese molesto sonido gutural, como un escape de aire saliera de aquella abertura; a cada movimiento de su cuerpo la piel se agitaba de tal manera que el joven observaba todas las entrañas que salían de ella. Siguió viendo tal cual pescador mira al pez atravesado por una lanza en el trance de convertirse el pescado, es decir, uno sin vida; y así fue los movimientos y sonidos cesaron. En ese momento de soslayo reparo en sus manos ensangrentadas y sonrió, luego un gesto de disgusto hizo al ver la expresión de pánico en los ojos de la finada – sois contradictoriamente hermosa – sujetó la mandíbula de la joven – la muerte te hace hermosa, lo malo es que no estáis viva…–la soltó con desinterés y se retiro del cuarto de torturas.
Aún cubierto entre sangre ajena se dirigió a sus aposentos y empezó a sujetarse el rostro esparciendo el líquido espeso y oscuro. Él adoraba ese aroma, y le había resultado de lo más excitante el pensar en el arpista mientras, aunque también algo molesto puesto que él no quería otorgarle demasiada importancia a algo desconocido, él quería descubrir aun el porqué de su interés hacia él porque ya había notado que era algo más que su repudio a la naturaleza, era como desear lo que no podía tener pero ¿Qué era en sí lo que él no podía tener?
– Hijo, entraré – sin opción a reclamos el Basileus entró en los aposentos de su único hijo y frunció el puente de la nariz frente al hedor a sangre.
– ¿Qué queréis? – dijo mirando al techo de su habitación, ahora echado sobre su cama.
– Te exijo que dejes de matar a los jóvenes. He recibido quejas de la población, sin contar que los escogidos para defender el escudo padecen en tus manos.¡Debéis hacer algo por tu patria! Vos no servís como militar, ni en la protección más alta de la elite. ¡Sois bazofia!
– ¿Algo más?
– Espero que hayáis oído lo que te he dicho. Dejaos las torturas y matanzas sólo perjudicas lo que nos pertenece – sus manos se formaron en un puño frente a la impotencia que sentía. Quería golpearlo, su padre quería buscar la manera de hacerlo entrar en razón pero era como su madre.
– … – siguió mirando las musarañas hasta que su padre dejó el lugar y se aovilló repitiendo las palabras que el mencionaba sin entender nada, sólo lo hacía para encontrarse, saber quién era en ese momento ¿Por qué nadie nunca le respondía a aquello? Porque nadie nunca estaba a su lado para poder responderle.