Me demoré una eternidad, y caigo en sueño, literalmente, pero aquí les dejo el capítulo ANTES DE NOCHE BUENA haahhahahhahahahhahaha bueno, la verdad es que no me enorgullezco de este capítulo, me da pena, pero es que no salía nada más, exprimí todo lo que pude a las musas y me ofrecieron esto. De nuevo, no les dedico porque no está muy bien qué digamos, espero poder mejorarme en ese aspecto para las vacaciones. En fin, lean.
>Corinto<
Sangre…gota a gota iba cayendo al escurrirse del trapo, se entremezclaba con el agua y se disolvía con ella, tiñéndola ligeramente.
El rostro se le humanizaba al perder esas manchas granates. Pero la expresión ida, esa ni con agua se aclaraba; lo turbio de esos ojos no brillaba ni con el Sol alumbrándole.
Su mano crispada en un puño manaba aquel líquido escarlata por sus propias uñas que se hundían más y más en su carne por la presión. Él ni se inmutaba frente al dolor… si se viese desde afuera no se hallaría más cuadro que el de Gustav, el curandero, remendando las heridas del Príncipe, tras la pequeña trifulca con el ya conocido arpista; su tez yerta de sentimientos, con los ojos apocados y lo demás notoriamente impasible.
Con un sinfín de frases en su mente, ideas desordenadas, imágenes, sensaciones, palabras, todas dispersas en su cabeza distando mucho de la realidad, demasiado retorcidas como para buscar ser entendidas. Él no quería ser entendido aunque rogase en su subconsciente por comprensión; la soledad le atravesaba el cuerpo, como si ésta antes no hubiese estado antes bajo su piel, robándole el aliento, incitándole a cometer cualquier acción que deteriore su ser. Él sentía como si ese vacío no le perteneciera mas era una falacia; un pequeño calor serpenteaba en su cuerpo sin vida, provocándole estremecimiento que demuestre lo contrario a la afirmación antes dada, ese algo que al evocar le hiciese sonreír sin un fundamento que le baste. Inaudito, eso no es era algo común en él, ¿Cuándo antes él ha hecho ese gesto para algo sincero? Nunca le pertenecían esas sonrisas, sólo las creaba por ser presto para determinadas circunstancias; y luego… sintió ese molesto enredo en el pecho, que buscaba ser expulsado y no sabía cómo, ¿Cuándo pasó? Al ver ese instrumento con los cuerdas arrancadas, como un ave con las alas rotas, sacadas de cuajo.
Él no entendía como el otro había sido capaz de destrozar sus melodías… no estando dispuesto a entonarlas más, quitándole ese mínimo gusto.
Sintió humedad fría en sus labios, viró en dirección del mayor que le pasaba el trapo por allí.
– Le está sangrando el labio – alegó el rubio. Frunció el ceño, de nuevo con esa manía robada que ahora había logrado sacarle algo de sangre.
– ¿Dónde está ella? – interrogó la otra idea que, paralelamente, tenía en la cabeza mientras que alejaba la mano del otro con el trozo de tela húmeda de su boca.
– Mozo… cuando oí los ruidos, vine presuroso aquí… –respondió algo atarantado el mayor, notando su error.
– No has respondido a mi pregunta – dijo el mancebo mirando de soslayo sus propias manos, estirándolas de inmediato en dirección del agua, limpiándose a sí mismo las heridas recientes.
– No lo sé
– Entonces ve ahora mismo a buscarla ¡Inepto! Ella no debe ver a Thomas bajo ninguna circunstancia – “porque así sea su madre, más es mío que de ella” agregó internamente. Gustav asintió y se retiró, algo sorprendido de no recibir escarmiento alguno, aunque no podría afianzarse de aquello.
…
Tom no podía retener la mirada del castaño, como tampoco podía rehuir de su expresión furibunda en su propio rostro. Nadie había evitado lo que le pasó. Nadie con su maldita boca pudo esbozar las palabras que le hubieran impedido hundirse hasta el cuello como estaba ahora, ahogarse en sí mismo, perder su identidad, perderlo todo sin poder cometer acción alguna que tan si quiera lo retarde. La desgracia le había dado de frente contra el rostro.
– No podía decírtelo, Tom. Así como sucedió lo de tu madre, él me amenazó con matar a Gustav y, aunque él no sea mi familia, es lo único que tengo… – y es que Tom entendía lo que era estar solo, no tener nada, lo entendía a él pero lo que no podía era ser condescendiente, su mente estaba muy turbada como para sentir complacencia por alguien más. Con el cuerpo roto juntamente con su alma se levantó y se encaminó en cualquier dirección no queriendo darle más que su silencio. Georg suspiró y le siguió el paso. –Tom…
– No me sigas – dijo entre dientes haciendo notar su voz algo aguda y forzosa. Georg se detuvo y bajó la cabeza, sintiéndose un ser despreciable por lo cometido.
…
– Señora… –exclamó el rubio algo cansado y con gotas perlándole el rostro. Ella le miró con los ojos casi desorbitados. – tiene que acompañarme…
– ¿Por qué hace eso? – sollozó la señora.
– ¿Disculpe? – preguntó el rubio sin entender.
– ¿Por qué él lo tiene aquí? – soltó con voz algo ahogada.
– El Príncipe… –no supo cómo seguir, él no tenía las respuestas que la señora requería. Ella sollozó una vez más, a lo que el menor, no sabiendo cómo actuar, la abrazó, rompiéndose la señora en un llanto desgarrador difícil de controlar, capaz de ablandar la expresión de un estoico y del más grandes de los héroes.
…
El Príncipe había cumplido tardíamente su promesa, la de no ver al arpista. Esto le provocaba desazón al último en dar mención, pues hacía más difícil de sobrellevar la situación con aquella intriga, pero lo que desconocía éste es que su cruel verdugo necesitaba esclarecer sus pensamientos, muy desequilibrado estaba ya con los actos del arpista y esa extraña sensación que le trasmitía como para aturdirse más teniéndole enfrente.
El arpista se preguntaba dónde, con exactitud, se hallaba su madre; qué trato estarían brindándole y cómo estaría, mas cada vez que la buscaba no la encontraba, y la impotencia se implantaba en su pecho eclosionando allí, haciendo botar un par de lágrimas para luego sentirse vacío.
El Basilewe creyó vislumbrar la figura de una mujer cerca a esas flores que ya nadie admiraba, una comezón le ardió en el pecho y se retiró de allí con un repentino recuerdo atormentándolo. Se encontró una vez más con el jovencito aquél y éste empalideció al enterarse de quién era él; el mayor se sorprendió puesto que él creía que lo mínimo que debiese saber es la identidad del Basilewe, pero éste alegó que no era de ese pueblo, cuando quiso indagar más en aquel insondable asunto, las evasivas acuciantes le detuvieron, teniendo como última escena, al joven alejándose de su presencia. Aun deseaba conocer más de ese niño timorato.
…
A su paso acelerado, temiendo que si le decía algo demás al de mayor autoridad, el Príncipe pudiese lastimar a su madre. Chocó contra el cuerpo del castaño ojiverde, el cual retrocedió unos pasos por el impacto, a diferencia del otro, que terminó en el suelo. Georg le ofreció su ayuda para que se levantase, pero éste se negó.
– El Príncipe quiere verte – anunció, cuando éste se hubo parado.
– ¿Qué…? – sabía lo que eso significaba. Otra vez tendría que acatar las órdenes del Príncipe, cual sea ésta. Tragó saliva y miró al sirviente. – Quiero que me deis un punzo cortante
– No puedo hacerlo –. dijo el otro, interrogándolo con la mirada.
– No es para lastimarlo – adivinó el otro. – lo quiero para quitarme los vellos del rostro – explicó. El otro lo miró algo escéptico no viendo mucho qué cortar, pero igual le tendió una pequeña navaja que traía bajo el cinto.
– Iré a por ti y tendrás que devolvérmela – advirtió y se retiró.
El menor se dirigió a su pieza, encerrándose en el cuarto de baño, dispuesto a darse una exhaustiva limpieza.
…
El castaño no pudo evitar entreabrir los labios por el asombro al ver al arpista frente a él. Sí, se había quitado ese pequeño rastro de vello facial, paralelamente, con haberse cortado las rastas del cabello, ahora luciendo los pelos rubios algo disparejos y curiosamente cortos, ondeados pero sin volumen al estar mojados. Parpadeó puesto que no pareció reconocerlo.
– Toma – le extendió la navaja, y él aun incrédulo a lo que le mostraban sus ojos, asintió recibiéndola.
Mientras iban a la pieza del mozo, Georg no podía evitar mirar de soslayo al otro joven, logrando que se ruborizara súbitamente.
– Me incomoda que me mires – se quejó el rubio notoriamente azorado.
– Es que… no había reparado en que te parecías tanto al Príncipe – respondió el sirviente, haciendo que el otro se estremezca y rasque la nuca.
– No sé de qué hablas – el otro no tuvo que responder puesto que ya estaban frente a la habitación del Príncipe. – déjame que yo entro solo – pidió con un tono de voz apagado, como presintiendo lo que sucedería detrás de ese portón, no queriendo testigos de aquello.
– Debo asegurarme qué… –quiso replicar el mayor.
– No soy estúpido, no arriesgaré a mi madre –musitó el menor con la cabeza gacha, el otro asintió y cumplió con el requerimiento, dejarle solo.
Miró atrás una vez más y al estar seguro de que nadie estuviese empujó la puerta, siendo recibido por un penetrante aroma que le cosquilleaba la nariz; entre toda esa humareda, vio al Príncipe laxo sobre su lecho, sujetando con el dedo índice y pulgar un cilindro con la punta encendida, mientras que el otro extremo estaba entre sus labios, sus mejillas sumiéndose al absorber aquello, para luego expulsarlo por la nariz, volteó a verlo y le dio un gesto simple indicándole que pasara y se le acercara.
– Humnnnn – ronroneó, alejando con la otra mano el tizne para poder apreciar mejor el rostro del otro, en especial el cambio. – Te ves bien – le halagó jalándole de la muñeca para que se sentara a su costado –Extrañaré esas cosas peludas… pero, así está mejor – acarició los mechones del cabello del otro, mientras que éste le miraba algo extrañado, notaba sus ojos rojos y dilatados pero no hizo mención alguna, así como también intentó mitigar el escozor en su garganta por el humo al tragar saliva.
La mirada del Príncipe estaba clisada sobre una herida reciente en el maxilar del otro, a causa de su poco cuidado con el uso de la navaja. Le dio un repaso rápido, no traía ni un arma encima, pero no lograba descifrar el por qué se había deshecho de aquel particular modo de llevar el cabello y tampoco con qué. Dejó de tantear en ese terreno que ahora su mente no pedía procesar, para de nuevo observar ese pequeño corte y, como si éste le llamase, se acercó allí y le pasó la lengua por esa zona, ¿razón precisa? Simplemente se le antojó sentir en su lengua el sabor salado que destilaba cada parte del otro, en especial con una herida cerca, significaba sangre, pero cuando sintió al otro tensarse, sin adivinar que tenía lágrimas retenidas en las cuencas, detuvo su acción, sólo manteniendo la cercanía.
– ¿Quieres probar? – invitó, señalando al cilindro humeante, no respondió. Una pequeña irritación, que supo muy bien ocultar, le hizo sonreír. Le acercó aquello a los labios del otro, advirtiéndole con la mirada, recibiendo obediencia inclusive cuando hizo que aspirara y retuviera aquel humo para luego botarlo con una incesante tos; el otro rió. – Lo haremos de nuevo, pero yo te ayudaré… –no esperó respuesta y aspiró un poco, sujetando de inmediato la quijada del otro, abriéndole con un dedo los labios, para luego posar sobre ellos los suyos, expulsando todo lo inhalado en la boca del otro, no permitiendo de esa forma que el otro bote y se vea obligado a soltarlo por la nariz, acarició su lengua con celeridad y se alejó de nuevo al lograr su cometido.
Observó cómo Thomas parpadeaba consecutivamente y se sobaba la nariz con insistencia, sus ojos repentinamente perdidos, bizqueando de vez en vez. Por puro gusto le empujó sin fuerza, sin embargo, el otro cayó sin rechistar sobre la cama, con las manos temblándole y soltando un quejido agudo…
Bill sonrió y se tendió junto al otro, aspirando más y botándolo sobre el rostro del menor, para después, invitarle un poco más, a lo qué, inesperadamente, Tom aceptó, sujetando con dedos inexpertos lo ofrecido, haciéndole soltar una risa al Príncipe para luego recibir su ayuda.
Después de varias caladas, ambos yacían allí, al costado del otro, mirando al techo.
– ¿Qué era eso? –. rompió el silencio, que cómodamente los acogía, un arpista sonrosado que disfrutaba del placebo del olvido.
– Humnn… una mancha veo yo –. dijo el Príncipe mirando en dirección de lo que otro observaba.
– No, me refiero a lo que me diste –aclaró Tom con una sonrisa en los labios.
– Hachís –. respondió con voz escueta.
– Es raro pero… me gustaría hacerlo de nuevo –. soltó el arpista sintiéndose confiado.
– Cuando el efecto se te pase, pensarás lo contrario –. sus ojos se le oscurecieron al decir esa frase.
Se apoyó en sus antebrazos para sentarse y mirar la expresión atontada y sonriente del otro. Hacía ya mucho que él no le veía ese gesto en el rostro. Se acercó hacia esa tez ligeramente bronceada y pasó su nariz por su mejilla hasta detenerse en su cuello, pensando que aquel almizcle era más embriagador que el hachís mismo, y se descubrió a sí mismo posando sus labios por sobre la piel sensible del otro, sin lamer ni mordisquear, sólo dejándolos allí.
– Me das cosquillas –. dijo el otro entre risitas bajas y los labios del mayor se curvaron en una sonrisa, para luego dejar un mordisco suave en el cuello del otro. –Ohhh… –intentó ocultar el gemido al morderse los labios pero no lo logró. La ceja del Príncipe se enarcó e hizo de nuevo lo mismo, su arpista reaccionada, por fin lo hacía.
Lo que refulgía en su mirar no era esperanza, era ese maldito capricho que persistía, y creía que en su estado inconsciente podría ya culminar con todo, hastiarse del brillo y sonrisa del otro, sin embargo, tras su primer intento fallido no pudo conseguir aquello, sí, se deshizo de las sonrisas del otro, pero no lo destruyó aunque anteriormente esa idea le luciese atractiva, al vivirla, le provocó asco, ahora con el nudo en su mente y los instintos formando una vorágine irremediable dentro de él, desatada por esos simples rasgos de lo que era el arpista antes, esa sonrisa boba, ese histrionismo placentero…
Sujetó su labio inferior entre sus dientes y se maravilló con los ojos del otro abiertos a sobremanera, se posicionó sobre él y succionó con ahínco el labio buscando sonidos que sean expulsados de esa boca.
Algo le hizo estremecerse por lo que se levantó de inmediato con ese ardor en el vientre, vio retorcerse al otro aun ido en la cama y otro temblor le azotó el cuerpo. Se metió al cuarto de baño, dando gritos al aire.
…
Tom se despertó con una horrible sensación ya conocida. Ese potente dolor de cabeza, pastosidad en la boca, y arcadas naciéndole en el estómago. Como aquella vez que se enteró que Bill era el Príncipe.
Su cuerpo aun le pesaba, se sentía muy lánguido, quiso volver a cerrar los ojos cuando su nariz percibió un aroma que muy acostumbrado estaba a reconocer… se tensó de inmediato y miró de soslayo encontrándose con la figura del mozo a su costado, de perfil, mientras se llevaba a la boca uvas que comía con rapidez. No supo en qué momento él había caído dormido, y los recuerdos les era difícil de evocar por el malestar general de su cuerpo.
– … –. tosió como para hacerse notar, pero el otro ni se inmutó frente a su acción. Si no sintió y no lo recuerda, mejor para él.
– No te la he metido –. escuchó y casi se atraganta con su propia saliva. No esperaba esa respuesta. – tócate, no te duele – volvió a decir, él no se tocó pero trató de concentrarse en esa zona en específico y, verdaderamente, no sentía dolor en sus partes bajas. De nuevo se sintió confundido, ¿cómo es que no recordaba lo que pasó si ya el día había caído?
Humo… humo…
Un terrible tufo propagado por la habitación del cual ya no quedaba rastro, un beso por el cual compartió aquello. Después… nada.
– No te confíes, intenté follarte pero te dormiste y así no es tan divertido –. aquello era mentira, pero ese toque déspota más que el otro no tendría cómo comprobarlo, es más, se preguntaba por qué el otro habría mencionado aquello; sólo le vio comerse una uva más para después lamerse los dedos con una sonrisa que ensanchaba con los ojos cerrados. –No te he ordenado que me mires – le dijo, el otro volteó el rostro, su cabeza le palpitaba pero sabía que su lugar no era allí por lo que, a pasos tambaleantes, le levantó de la cama dirigiéndose a la salida. – Tampoco he ordenado que te vayas – se detuvo al llegar a la puerta, se abstuvo de gritar. – quédate – imágenes de la última vez que él le dijo esa frase, con voz distorsionada y sumamente suave, con esa porte haciéndolo ver débil tras el ataque que él le brindó, recuerdos de cuando le dijo que tenía la vida de su madre le azotaron de lleno, crispó las manos en un puño, se quedaría pero no por opción propia, no por desearlo hacer.
Retrocedió y caminó hasta la cama a la espera de órdenes, sin mirarlo le lanzó almohadones de su lecho, los cuales él sujetó torpemente, con la cabeza latiéndole al hacer movimientos bruscos.
– Dormirás aquí, en el suelo – avisó el Príncipe para acomodarse en su cama, dándole la espalda a Thomas, éste frunció el ceño y no bufó para no mostrar su descontento.
Situó los almohadones en el suelo y se echó sobre ellos, no era cómodo pero él había dormido en lugares peores; lo que pensaba más bien, es si podría dormir sabiendo que el otro está en el mismo cuarto, la idea de ahogarlo se le pasó por la cabeza, pero desertó de inmediato, él no podría hacer algo así, no soportaría con otra muerte en su consciencia, aunque serviría para salvar a su madre él se decía a sí mismo que eso lo haría más miserable, otro cantar hubiese sido si fuese otra persona en vez de Bill, porque él aun en ese charco oscuro de pensamientos, resentimientos y dolor, ese tenue luz le envolvía, ese sentimiento que había crecido así sea a base de mentiras, eso no cambiaba el resultado, el que más dolor le provoque que él lo lastime, que él no pensaría en dañarlo, le había golpeado, pero eso sólo demostraba como la pasión y desesperación le enceguecía, cuán fuertes eran estas.
Rememoró cada acto desde que comenzó su estadía en aquel lugar. Primero llegando al pueblo, ese aedo llevándole donde el Príncipe, él fijándose en el otro… ¿es que cómo alguien podría rechazar la imagen tentadora que ofrecía el heredero?, se preguntó cómo la habría pasado Andreas, por qué no le advirtió, los ojos azules sintiendo vergüenza, ese opalino opacándose al hablarle, se estremeció, él fue el que no quiso prestar atención a las señales. Pero ¿Qué interesa lo que pudo ser y no es? Ahora su situación era esa, y no podía negar que no se viera en los ojos de alguien más, que ese ardor dentro de sí no hace más que enaltecerse, ¿Cómo es eso posible? …
Se tocó el cabello. Lo sintió áspero, y la pérdida del largo ya iba dejando mella dentro de sí pero él mismo lo hizo, porque no se sentía el mismo, no era el mismo. Por diferentes circunstancias el cabello tan rubio y suave que tenía de niño, se le había vuelto ese revoltijo que se transformó en rastas, él dejó de reparar en ello y, a pesar de ir en contra de las creencias de su gente, no se lo cortó anteriormente, porque le gustaba sentirse diferente en un mínimo punto. Mas ahora ya no quería ser diferente, él había notado que en las diferencias radicaba el llamar la atención, que muchas veces le habían golpeado por actuar de forma distinta, ahora estaba enclaustrado por una decisión no propia, pagaba las consecuencias de su porfía inútil. Por ello se deshizo de sus cabellos arremolinados, buscando ser igual, pero descubriendo con temor que al hacer eso su semejanza con el Príncipe crecía, le echó la culpa a los sucesos, que por ello veía ese parecido innegable, pero Georg también lo notó, no era el único.
Se rozó el rostro con la yema de sus dedos, ¿Por qué era parecido al Príncipe? ¿Acaso estaba destinado a vivir aquello? Recordar cada vez que se mirara el reflejo al que le lastimó, sentirlo bajo la piel, quemándole y destruyendo sus esperanzas con sus dedos níveos y largos, porque hasta en aquello se parecían, si tan solo él fuese más demacrado y delgado sería idéntico a aquél. Se frotó las sienes, no quería seguir martilleándose la mente con toda la situación que le asediaba, sólo quería dejarse caer rendido a la sensación de letargo que irremediable se acercaba a él, porque al dormir perdería ese dolor físico y no pensaría en todo lo que le ha acontecido, esas dudas no le recorrerían las entrañas jalándolas tortuosamente.
Mas al cubrir a sus orbes de la realidad, el rostro de su madre se implantaba sobre ellos, haciéndole soltar un gemido lastimero.
Entre pensamientos grises él se preguntaba cómo es que la oscuridad no terminaba por consumirle.
…
Se mordisqueaba el labio de nuevo, pero era lo único que hacía ya como si fuese acto reflejo, el cuerpo lo mantenía inmóvil y simulaba una respiración acompasada como la de una persona que duerme, pero no lograba conciliar el sueño. Se regañó a sí mismo al pedirle al otro que se quedase, era parte de su plan hacerlo, sin embargo, no contaba con que él no pudiese dormir.
Primero al estar sumido bajo los efectos de hachís, no puedo concretar sus acciones por considerarlas sin sentido y poco propias, ¿Cuándo él repetía algo ya probado? Sea cual fuese la circunstancia, él no cometía aquello, así que consideró más acertado el acariciarse a sí mismo, teniendo un clímax asegurado, y ninguna molestia posterior.
¿Quién era Thomas? Un simple arpista el cual él deseó que se quedase para follárselo y matarlo, que si bien no pudo hacer lo primero a gusto, cumpliría con lo segundo, pero esta vez se tomaría su tiempo, sería más cuidadoso, porque la impulsividad del otro era impredecible, y él no quería arriesgarse a cambios bruscos de su equilibrio.
Ahora lo que él quería era obtener obediencia.
Dejó de morderse el labio al entender en toda magnitud esa idea.
Cerró los ojos sin nada específico en la mente.
…
Era un rostro hermoso, como él lo recordaba en su niñez, sus mejillas hundidas, su menudo cuerpo, esas ondas rojizas brindándole más hermosa y color al rostro de su madre.
Le sonreía, y sus ojos le brillaban aunque tuviese grandes ojeras bajo ellos. Él le correspondió al gesto, era ella, la más grande diosa que sus orbes hayan visto antes, sintió como ella le sujetaba entre sus brazos delgados, acariciándole con sus finas manos el rostro, dejándole un beso en la frente y él queriendo tocarla con sus manitas pero sus brazos eran aun demasiado pequeños.
Cuando al fin lo consiguió su madre bajó la vista, con el cabello cubriéndole el rostro, las ondas cayendo laxas sobre sus costados y tiñéndose de negro, el olor bajo sus fosas se iba intensificando, lo reconocía, ese toxicidad que destilaba cada poro contrario no pertenecía a su madre. El otro rostro se alzó dejando ver esos orbes castaños con sombras delineadas que oscurecían más su mirada, esa que le penetró hasta hacerle temblar, escuchó sus propios sollozos de pequeño y una voz llamándole con insistencia. Él quería apartar el agarre del otro, no podía… chillaba y chillaba al tratar de hacerse escuchar, ¿Por qué era tan vulnerable? ¿Por qué el frío que el otro transmitía le calaba los huesos? ¿Por qué su voz no alcanzaba a ser escuchada? ¿Por qué parecía perderse en esos ojos? ¿Por qué no sentía miedo…?
“Tom”
“Tom”
“¡Tom!”
Dio un brinco y sintió que su cuerpo no era más el de pequeño, que ese ambiente asfixiante ya no estaba, pero no podía acompasar su respiración al sentir algo sobre su pecho. Con dificultad abrió los ojos, volteó el rostro de inmediato, era él.
– Eres molesto – le dijo y se levantó de sobre el otro, sentándose en el borde de su cama.
– Perdón –. dijo entre dientes sin verdadera intención, sintió algo impactar contra uno de sus costados y se aovilló por el dolor, dentro deseaba responder a aquello, pero no le convenía, trató de tranquilizarse pero la respiración acezada y debilidad seguían en él a pesar de haber dormido, así que ese simple patada implicaba más que lo hubiera sido antes.
– No te he dicho que te disculpes –. susurró y se dejó caer en la cama. – ¿Por qué eres tan débil?... –hizo sobresaliente el labio inferior, riéndose internamente de su broma privada hacia la niñez, y chasqueó la lengua – eso no le quita lo divertido… – se mordió el labio y se levantó de golpe, mirándole se soslayo y acercándose a la puerta.
– ¿Por qué? – musitó el menor aun encogido. Bill se detuvo pero no volteó, él no había hecho nada para el otro le hable, alzó un hombro y salió… esa interrogante se mantuvo en su mente a pesar de alejarse lo suficiente como para olvidarlo.
…
Miró a su padre, dio otro bocado, vio al viento mecer las ramas de los árboles. La naturaleza actuando acorde siempre, sin saber por qué, no deseó averiguar cómo podría el sentir esa fuerza capaz de mantener un equilibrio total, un escalofrío se descubrió sintiendo al pasar esa idea por su cabeza, no era normal.
– Hijo… –se enderezó un poco, inconscientemente poniéndose a la defensiva, posando esa careta de arrogancia al tragar lo masticado.
– ¿Qué sucede, su Majestad? – preguntó con sorna el menor, el mayor pasó de las exhortaciones y le miró directamente a los ojos.
– ¿Quién es ese niño? – la mueca del otro se quedó congelada en su rostro. Otro descuido más, su padre había notado a Tom. – el del cabello raro, sé que lo habrás visto, porque no ordené a nadie que lo reclute
– ¿Es tan difícil virar en tus dominios como para que tengas que preguntarle a tu heredero? Ohhh que lamentable – una expresión de falsa aprehensión se formó en su rostro, incomodándole a su padre que no sabía cómo camuflar su ira.
– Le he visto con las manos lastimadas… y luego en otra ocasión, se ha ido corriendo al saber quién era yo
– ¿Será que tu pueblo te teme? – el Basilewe soltó su puño sobre la mesa, el otro sonrió, había logrado su cometido.
– Exijo que me digas quién es y qué hace aquí. Bill, si bien soy tu padre, no por ello dejo de ser el Basilewe y podría encerrarte de por vida en el calabozo si no acatas mis órdenes –. amenazó con la frente perlada en sudor.
– ¿Con qué bases? – interrogó con rostro inocente el rubio.
– Asesinatos, aberraciones, hay un sinfín de actos impíos que te involucran – acotó el mayor, el otro lo miró indignado.
– ¿Yo? ¿Es que es válido soltarle falsas a tu propio hijo? ¡Mostradme las pruebas que lo testifiquen! – clamó a voz de grito para luego retirarse como si le hubiesen ofendido.
Su padre le miró boquiabierto yéndose de la pieza, no pudiendo creer la situación, era cierto, él nunca había visto los cuerpos de las víctimas de su hijo, así como tampoco le habían llegado quejas de la servidumbre con respecto a ello. La plebe si bien exigía justicia no había sido testigo ocular de las supuestas vejaciones que se daban en palacio. ¿Cómo podría él actuar si nada cumplía con los formalismos necesario para que se den? Es que era tan evidente como imposible de detallar.
Y la duda del joven arpista quedó flotando en el aire a causa de las evasivas sutiles del Príncipe.
…
Un golpe le impactó en el rostro dejándolo aturdido y no reaccionando de inmediato. Procesando la idea de que le habían abofeteado sin una razón aparente. Vio la figura trémula de la madre de Thomas, Gustav mantenía su expresión inescrutable al costado de ella, le dio un aviso con los ojos y los dejó solos.
– Señora qué es lo que le…
– ¡¿Qué queréis de mí?! ¡Matadme pero dejadlo libre! – no entendía cómo era posible que la mujer estuviese dispuesta a perder la vida por otra persona, por mucho que fuese su hijo. La miró extrañado, antes él no había visto cosa semejante, el rostro crispado de la mujer, esos ojos llameantes pero, paralelamente, apagados, esos labios carnosos formando una fina línea recta en su faz.
– No tengo por qué matarla –. respondió Bill como tal, restando importancia a la exasperación de la dama y pasando de las lágrimas gruesas que salían de sus cuencas.
– No… vos no sois un niño… vos no tenéis alma, ¿Quién te la ha quitado?... Vos… vos… –los ojos de la mujer se le aguaron más y un jadeó la delató, atrayendo de nuevo la atención del Príncipe – Bill… –se estremeció por la pronunciación de la mujer, lo había llamado como nadie lo hacía y de una forma peculiar que creyó nunca haber escuchado. – dejadlo ir…
– No tengo por qué hacerlo – dijo mientras se alejaba del tacto de la mujer y también de su presencia.
Llamó a su sirviente antes de perderla de vista. Por más cosas que sucediesen él no desestabilizaría su orden.
Se lo repitió a sí mismo como un mantra mientras camina en dirección a su habitación.
Sentía que algo lo llama con desesperación, una molestia superpuesta sobre él suplicándole por atención. Ese deje de incomodidad recorriéndole el cuerpo. Sensaciones nuevas y repentinas. Siguió repitiéndose su frase internamente al abrir la puerta de su pieza, encontrándose aun al arpista en posición fetal. Otra vez ese punzón en el pecho. No le dedicó la suficiente importancia como para formar un pensamiento preciso y se acercó al otro.
– Levantaos – musitó en el oído del otro. Cuando notó que reaccionaba, le hizo girar poniéndole boca arriba. Sonrió al ver el rostro soñoliento del otro y unió sus labios en un remolino había sido desatado por la evasión de su sentir y pensamiento lógico.
El otro gimió en la boca del Príncipe, sintiéndose asustado por la manera de ser despertado, por segunda vez, y por las ansias notorias de su verdugo. Dejó caer sus brazos y abrió más la boca, con la resignación aflorando de nuevo mas el mancebo se negó a aquello pues le sujetó las manos acercándolas a su cuerpo, alejándose de su rostro pero sin perder la unión de alientos.
– Tocadme, quiero sentirte y es una orden –. jadeó a lo que el otro asintió aunque creía tener el cuerpo paralizado, y de forma casi autónoma, comenzó a acariciar al otro que con fruición le comía la boca.
Porque él evadió la sensación que le trasmitía aquella mujer, aquel llamado, mas no estuvo dispuesto a abstenerse más al sentir su cuerpo vociferarle que acatara el “otro llamado” ese que le llenaba el cuerpo cada vez que observaba al arpista, el que le retorcía las entrañas al verle sonreír y llorar, el que le era un impedimento para matarlo, por el simple hecho de dejarle una impresión nueva y tan placentera como curiosa, porque cuando su sangre bullía de esa manera no era por simple atracción física, puesto que él podía controlar eso, a diferencia de esto, que era algo que él no podría aunque tuviese ese admirable y escalofriante dominio.

