Capítulo lo haría ahora mismo si mi amigo no estuviera como un cavernicola utilizando mi penn drive, y ahí tengo el fic así que mejor más tarde. Y no te entiendo, ¿qué quieres decir con un Bill real?
Capítulo lo haría ahora mismo si mi amigo no estuviera como un cavernicola utilizando mi penn drive, y ahí tengo el fic así que mejor más tarde. Y no te entiendo, ¿qué quieres decir con un Bill real?
Cierto, dijiste que estabas trabajando, perdon, ya te quite tiempo otra vez!
Lo de Bill, por ejemplo si en una historia me describen a Bill, rápidamente lo "ubico" en la realidad, si me dices Bill con rastas, con el look de león etc. pero aqui es castaño y aunque el tiene 18 años, recuerdo lo que dice Tom o Georg, de que aparebta menos edad o parece un niño, a eso me refiero, de todos los looks del Bill real, ¿cuál sería el que se ajustará más al Bill de Destino? quiero hacer algo referente a ello, por eso quiero saber.

Pues primero, el bruto este es que està trabajando, si por mi fuera, me dormiría en el mueble pero temo por la salud de mi refrigeradora... (¿?)
Ahh sobre lo de Bill humn pues lo del pelo de plano si que es difícil de visualizárselo, inclusive lo fue para mí en un princiipio, pero luego vi una foto de Tom de pequeño con el cabello sin rastas ni nada y me lo proyecté en un par de años, así que sí sería un rubio, pero diferente al de este Tom, ya que éste lo tiene más claro por la misma exposición al sol.
Sobre lo de su apariencia, me lo imagino la que tenía en esa edad, porque según yo, se le veía aun como niño, ahora por ejemplo ya no es así, la cara la tiene ya no media redonda pero no redonde de círculo, sino como niño, me mareo yo mismo, decía que tiene la cara más alargada, ´la mandíbula bien definida y blabla, pero cuando estaba de menos edad aun tenía esa carita media humnn no sé decir como qué, ahhhh tendría que poner una imagen pero igual soy tannn imbñecil que ponga una incorrecta. ¿Se entendió?
no, la verdad no te entendi esta vez
, pero bueno no hay q presionarnos, cuando tengas tiempo, subes una imagen o algo así, es que yo a veces me lo imaginaba como mi avatar, solo que con cabellos mas claros, no sé si con flequillo, pero algo asi y mas cuando en cierto capitulo, hablabas de la oscuridad y que a Bill le gustaba ese ambiente.
dormir sobre tu refri?, Chris, creo que los dos necesitamos de los brazos de morfeo ya!
Hahahhahahhahahhah no, es que si me duermo, mi amigo se come todo lo de mi refrigeradora hahahahahhahaha
Bill no tiene flequillo, ya sabes, eso sería si tuviera un estilista y no habían en esa época, pero tiene el cabello por los hombros y medio ondeado, así como cuando no se lo plancha, sólo lo tiene liso y largo con la peluca.
A ver me imagino que esto debes saber más que yo.
En lo que respecta a su fisonomía y anatomía es como cuando está en el video de Rette mich, y mis calculos no me fallaron porque tenía 17 años cuando lo hizo, sólo que aquí es un año más pero se entiende.

A lo que se puede, hahahahahhahaha no soy bueno en esto, pero lo que quiero demostrar es que no tenían aun los pómulos tan hundidos, no tenía la mandíbula tan cuadrada, y su cara era más compacta y menos alargada
Si, creo que ya te entendi, aunque imaginarmelo así como lo describes, en pleno acto sexual, me cuesta y más por lo que proyecta
, con razón Tom esta tan enamorado o embobado.
Chris, ya son las dos de la madrugada, ¿qué te puedo decir, para que ya no sea repetitivo?, lo digo otra vez, ha sido un placer platicar contigo, espero nuevamente que se repita esto, en verdad lo disfruto, que pases ¿buenos dias? a mi me quedan tres horas de sueño, cuidate mucho ¿y nos vemos en unas horas? o el sabado(tengo fiesta siiiiiii), por cierto saludame a tu amigo!!!
Besos y abrazos, bye!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Ya vi la imagen Chris, te agradezco un mil, ya se por donde empezar!!, ahora si, a dormir, nos vemos en unas horas!!!
Entonces hasta más tarde hahahahahahah disfruta la fiesta y yo seguiré aquí esperando que él termine, que no sé porque soy complaciente ciertas veces.
Cuídate y ya que va el tema, hahahahahahha
Aquí dejo un grosso modo del cabello.

Ya me salgo o capaz y dice que yo no he hecho nada en la investigación cuando yo tengo todo terminado y él solo copia le haré presente tu saludo
Cariños linda
Bueno aquí lo prometido. Un capítulo algo bizarro, pero espero que se noten las pequeñas pistas que les dejo =)
Dedicado a cada una de las que me lee, desde las que comentan hasta las que se mantienen en el anonimato. Repito, Bill me cayó mal en este capítulo.
Si algo no se entiende, pregunten por favor.
>Corinto<
PoV Tom
Cuando un hombre pierde su dignidad se supone haberlo perdido todo; pero al perderlo todo lo idóneo sería no sentir y mantenerse en su miseria. Aquella inexorable teoría es cuestionada para mí en estos instantes.
Mi cuerpo está siendo violentado. Siento asco y dolor, aquél que trato de mitigar con recuerdos, o filosofando con respecto a ningún tema en específico.
Teoría falsa, aun percibo todo, aun mi cuerpo se debilita, aun está el ardor constante o pausado, esa intromisión a mi cuerpo, algo ajeno que lo ensucia.
La vida en sí se ha encargado de convertirme en un miserable, yo ayudé a ello al matar a alguien.
Una fuerza que rasga mi todo, atacando con cobardía.
Siento mi garganta seca, por más tiempo que haya evitado aflorar esto, a lo físico, a relacionar aquel dolor como uno propio. Las consecuencias las sigue acarreando este cuerpo mío que está cansado y ahora, apocado.
Intento encerrarme en un punto inconexo con la realidad. Pero es imposible lograrlo, carezco de voluntad y movilidad.
El dolor me asedia con aquellas paredes que me quitan el aliento.
No queda más voz en mi interior que desee ser escuchada.
Exclamaciones difusas, sonidos ausentes pero con una claridad perturbadora.
Ojalá fuera cierto que un hombre al perder la dignidad lo pierde todo… sin embargo, nadie te quita esta sensación, por más que intente desconectarme de todo, aun siento el roce brusco de piel a piel, su aroma que me es desagradable, no por su naturaleza que antes me parecía tan apetecible, sino por ligarlo a este acontecimiento.
Está dentro…
Matando algo que me pueda quedar.
Ya no siento…
Ya no quiero sentir.
Lo último que percibo es como cae mi cuerpo inerte al él alejarse de mí, puedo notar como el aire no quiere llegarme a los pulmones y, cuando suena el portón cerrarse, comienzo a convulsionar con lágrimas silenciosas brotándome de las cuencas.
Los sueños suelen disiparse al despertar pero… ¿y si no fuese uno? ¿Si fuese una pesadilla? Ella se quedaría rondándote la mente hasta hacerte entrar en la cuenta de que es realidad, eso lo vuelve más doloroso, pero ahora me siento entumecido. Más dolor no hará diferencia, por ahora. Cuando vuelva a estar la herida en carne viva, me escocerá el pus que supurará de ella, que se adentrará de a pocos a mi organismo, no permitiéndome sanar nunca. Nunca, una palabra que pierde su constancia en mí, ¿será que el dolor se irá algún día como todo lo demás? No lo creo, siempre buscará carcomerme el alma y fundirme con la nada, no, esa no existe, porque indica tranquilidad de una u otra forma, entonces, busca fundirme con el todo, siendo resaltante entre la mugre, recibiendo punzo cortantes, miles de ellos a la vez, o que me estrujen el pecho, que me destrocen el cuerpo; para luego observar con ojos granates cuando me retuerzo en dolor… más dolor … me harán habituarme a él para luego quitármelo, como ahora, con ese miedo constante a lo que podría ser y no es: Angustia.
He caminado sin un destino aparente, hasta que hallé mi arpa, la creadora de todo, si no fuese por ella, él nunca me hubiese visto. No hubiese posado sus orbes miel sobre mí.
Ese otro hombre me forzó a seguirlo y temí. Creí que él me haría lo mismo y no lo hizo, aunque ahora que lo pienso, quizás no sería tan doloroso, porque simplemente sería un desconocido; no habría mentiras, no sería él.
No entiendo por qué ese hombre me ayudó. No me conocía, no me debía nada, aparte, no me pidió nada a cambio, pero no debo confiarme, no, no más debilidad.
Vi de soslayo el muro, detrás de él… mi libertad. Un estremecimiento me hizo acercarme para rozarlo con la yema de mis dedos, rígido, frío por recibir la sombra de frondosos árboles, áspero. Alcé la vista, si me impulsara lo suficiente quizás… sería necio asegurarlo pero no quiero desertar de ninguna idea.
El Sol no lograba calentarme por dentro. Quiero irme, no tengo por qué quedarme, fue tan absurdo hacerlo desde un principio; es como si no pudiese comprender mi propio raciocinio, tal cual macha oscura en mis pensamientos, una pieza faltante en ellos, es como si no entendiese cómo es que me veía prácticamente obligado a acatar esas sutiles órdenes. Mi mano se me crispó en un puño que terminó colisionando contra la pared, el dolor logrando entumecerme la mano y sintiéndola palpitar, dejando a un lado mis pensamientos de impotencia y aquel descontrol que tenía sobre mi propio cuerpo.
Apreté fuertemente mis labios y me puse alerta al oír pasos cada vez más cercanos.
Miré el muro al detectar ese aroma imperecedero y me así de toda la fuerza contenida para formar un impulso y mantener forzosamente ese equilibrio casi efímero del cual se sostenían mis dedos, sin embargo, no todo podría verse a mi favor, sus manos como zarpas se aferraron a mis piernas, haciéndome flaquear y dejarme caer pesadamente a lo que sentí una superficie dura pero no por completo, con formas demasiado definidas como para no poseer algo laxo, no liso, sabía que eras tú.
Escuché como ahogabas un gemido ronco por la presión de mi cuerpo. Quería correr no me moví, me quedé estático sobre ti, con ese molesto aliento tuyo chocar contra mi nuca. Debía levantarme; cuando reaccioné, y el miedo se pasaba tortuosamente por mis venas incitándome a cometer acción alguna, sentí tus brazos por sobre los míos, para darse encuentro tus manos y enroscarse mutuamente, todo sobre mi peplo; tus piernas se aferraron a las mías, creando una revoltijo de miembros compactos pareciendo uno solo, teniéndome en una presa de la cual intenté zafar desesperado, tratando de separar tus manos y moviendo, en lo que se podía, las piernas para lograr soltarme, pero no reaccionabas, como si no te afectase mis acciones en lo más mínimo.
Me imaginaba que esto más se viese como una cabriola infantil, algo un tanto ridículo, como juego, como en chanceo, pero no era así… ambos estábamos en el suelo. No puedo creer que me visualice en otro ángulo como si esta situación no fuese lo suficientemente peliaguda como para mantenerme concentrado.
No podía acompasar mi respiración pero tampoco me atrevía a hablar, creía que al hacerlo, saldrían de entre mis labios exclamaciones inentendibles. Era como mi punto de soporte para no caer en la pérdida de cordura y hundirme en la sola desesperación que no se encarga de dejar ninguna solución factible.
– Lo rompiste –. tu voz se filtró por entre los tumbos que había en mi cabeza. Sentí la necesidad de atinarte un golpe pero, una vez más, estaba imposibilitado. Evocaba hechos que me hacían temblar. Esta oscuridad me asedia. –No tiene sentido peor lo hiciste. No huyas – tu voz otra vez, en esta ocasión, suelta, sin emoción alguna. Mis labios trémulos soltaban balbuceos, pero el tono que usaste me hizo detener todos mis movimientos, era como si apagasen una luz, haciéndome sentir un peso inexistente sobre mi cuerpo, ¿eso es lo que se llama resignación?
Apenas me detuve, me soltaste y yo, con una torpeza notable, me acomodé en el suelo, no sintiéndome capaz de pararme y caminar sin trastabillar.
No quería verte a pesar de saberte frente a mí. Pero aunque no lo quisiese podía observar, mediante mi visión periférica, que levantaste y sentaste al igual que yo, con las piernas cruzadas entre sí.
No era normal que me mantuviera así. No lo era, así como tampoco lo es que no le golpee, y que se mantenga a mi lado, con intención de burla seguramente, buscando humillarme una vez, no lo soportaría.
Mis hombros estaban caídos, mi espalda curvada, no me sentía capaz ni de enderezarme, sólo quería que algún Dios se apiade de mí y me mande un rayo a la espera de mi muerte. Patético.
– ¿Por qué lo rompiste? – quizás sería extraño para con alguien más, difícil de entender, o se tardaría más en procesar aquello, pero yo sabía, con una certidumbre inequívoca y de increíble procedencia, a qué se refería, hablaba de mi arpa.
– … – las palabras aun atoradas en mi garganta. Era lo único que tenía, de allí, me desmoronaría sin borrar nada de lo que me ha dañado.
– No es lógico, ¿sabes? –. Cerré los ojos, no podía evitar el efecto que provocaba su voz en mí. Ahora no la notaba forzosamente atrayente pero sí con algo único que me hacía escucharla y buscar respuesta.
– Te tendré que pedir una nueva –. Un breve intercambio de miradas. No era buscado, pero me inquietaba demasiado la manera tal que tenía para expresarse, como si nada hubiese acontecido, como si no hubiese daño, como si no me sintiese roto.
– ¡Sois una escoria! – grité no pudiendo tolerar más el vibrar en mi pecho y con los dientes castañeándome por el enojo. Te observé porque no quería demostrar cobardía con mi frase, quería decírtela de frente, pero tu rostro… no estaba como antes, no mostraba ese dominio natural, eso no aminoró mi respiración acelerada ni el calor en mis mejillas seguido del temblor en mi cuerpo.
– Eso no justifica que la hayas roto – sentía como mi mandíbula estaba por desencajarse. Impotencia al no ser escuchado, incapaz de que me tomen importancia si quiera en algo que me inmiscuye de manera tan profunda, de algo que me es arrebatado sin reparo alguno, de que me han matado en parte con aquello.
– ¡No interesa! no sería capaz de-de-de ento-to-nar… ¡Nada para ti! – ¿para qué hablar si nadie me escucha?... tengo miedo, lo sé, así quiera negarlo no puedo porque mi maldito tartamudeo me pone en evidencia, niego con la cabeza, debería haberlo dejado, ese problema lo tengo desde pequeño, frente a situaciones tensas sale a flote.
– … –. no me observaste, me mantuve allí con el pecho elevándoseme y las aletas de mi nariz abriéndose casi por inercia, podía sentir mi ceño fruncido, pero no podía expulsar eso que se queda atorado en mi garganta, ese cúmulo de lágrimas que buscan salir, que buscan ser vengadas. Un pitido se oye en uno de mis oídos, obligándome a cerrar los ojos y sujetarme la oreja como si con eso pudiese sacarme ese molesto sonido que me aturdía.
Sentí tu mano en mi maxilar, obligándome a posar mi cabeza contra el suelo, pero, a pesar de haberme tomado por sorpresa, no estaba presto a tolerar con aquello así que dejé un firme golpe en tu mejilla, haciéndote voltear el rostro, con el cabello cubriéndotelo. Mis manos, estaban libres, iba a empujarte con ambas, pero me miraste, con ese hilo de sangre saliéndosete de la comisura de los labios, una pequeña sonrisa retratada en ellos, me paralicé.
– Eres… eres tan iluso, y eres mío – la violencia con la cual me apartó las manos a mis costados y luego se dirigió a mi boca fue espeluznante, y el sabor de su sangre se me quedó en los labios, esto no era un beso, sólo se deslizaba dentro de mí sin ni siquiera tardarse, o disfrutar, como en otras ocasiones, no es que lo quiera así, no es que desee esto.
Levanté mis antebrazos para tocar sus brazos con mis manos, y las sentía algo dolorosas por la presión que ejerce en el pliegue de mis codos, pero aun así lo hice, mientras buscaba morderle el labio para evitar que aleje su rostro del mío, si lo hacía, evitaría que logre mi cometido.
Sujeté sus brazos con fuerza, al suficiente como para impulsarme, con todo y su cuerpo y ponerlo bajo mío, cortando así aquello. Lo miré con asco y me alcé apoyándome en mis palmas.
– Claro… ¡Vete! A las finales el que saldrá perjudicado seréis vos, puesto que el que tiene control sobre tu madre soy yo –detuve abruptamente mi paso para encarármele, dejándole otro golpe en el rostro, seguido de uno en el abdomen, vi como se sujetó este último y escupió algo de sangre para luego alzar el rostro y sonreírme, pero con los ojos perdidos, no mirándome, sino fijos en alguna idea suya demasiado retorcida como para ser comprendida. – Rétame una vez más Thomas, prueba tu procacidad en mí de nuevo, pruébame, estoy ansioso porque lo hagas – sus labios rojos por la sangre, incluso un poco de ella en su quijada, por más que esté habituado a presenciar esa clase de imágenes, inclusive si yo las provoco, había algo más en esta ocasión, esa insania en toda su expresión, en el rictus de su rostro, la postura de su cuerpo. ¿Cómo antes no lo había notado? Es que él ha sido demasiado cuidadoso ocultando aquel rostro de mí, o es que yo mismo me enceguecí con la morriña que implantaba sus accionas dentro de mí.
– No… no sé quién eres – en realidad si reconocía a esa abominación, el mismo que a base de engaños me engatusó. Yo no reparé en las advertencias que se me eran dadas, ¿qué más sería él capaz de hacer? ¿acaso estas atrocidades eran las que el pueblo temía?
– Ohhhh… claro que sabes quién soy Tomi, al menos sabes quién soy contigo, ¿a que sí? –se voz salía tan lenta y pausada, perdiéndose en las volutas de viento que nos rozaba, llegando a pasar sobre mis oídos, estremeciéndome de inmediato como otras veces. Un casi imperceptible calor me invadía el pecho por obra de remembranzas pasadas.
Vi como comenzaste a acercarte a mí pero, no quería tener más miedo. Siempre he vivido temeroso, logrando encapsular mis sentimientos hasta el punto de explotar cuando no daba más. Ahora… a pesar de saber que esto me lastima, no estoy presto a alejarme, podría ser originado por su apariencia tan frágil, todo descompuesto, podría ser porque a pesar de todo el rostro aniñado que sonríe lo tengo grabado en mi mente, cual fuese la razón, no me alejaré y esperaré a su encuentro, porque esta vez no estoy atado de manos, y sé que le supero en fuerza.
Ladeó la cabeza con esa sonrisa malévola aun en su faz, un leve temblor en sus manos lo delató, no está bien. Lo miré de nuevo, no quería destruir el contacto visual por más que esa fijeza me retuerza las entrañas.
Su aliento cálido se sintió contra mi piel, no pude evitar percibir como se me erizaba esta ante su cercanía. Mantuve una expresión inescrutable, porque sospechaba que sus ojos turbios podían leerme.
– Humnhumn – ronroneó mientras cerraba los ojos y aspiraba fuertemente por la nariz, acercando el rostro un poco hacia mi cuello, éste último se encogió y sacudí mi hombro, como para alejarlo. – me gusta como hueles Tom… tan… fuerte y suave a la vez, tan distintivo, tan condenadamente tuyo – abriste los ojos peligrosamente cerca mi rostro, aguanté la respiración. – ¿Vas a obedecerme de ahora en adelante? – negué con la cabeza, luciendo algo absurdo al hacerlo muy rápido. Tu sonrisa creció – lo hice sonar como una pregunta, perdón – a cada palabra soltabas más aire, como si no pudieses respirar bien, o como si hubieses perfeccionado esa técnica para lograr impacientar a un contrario. –Vas a obedecerme de ahora en adelante – repetiste la frase y fruncí el ceño.
– No tengo por qué obedecerte – casi doy un brinco cuando sentí tu palma sobre mi pecho.
– Anémonas… bonitas flores, ¿eh? Pero no suelen durar mucho, lo curioso es que no necesitan tanto cuidado, solas crecen cuando es tu temporada… pero en el mar sobreviven más, ya sabes, no hay gente que pueda pisotearlas – abrí los ojos en toda su extensión y sentí que algo me arrastraba al suelo, es que eso era, mi equilibrio, mi base, todo aquello se desmoronaba. Caí de rodillas apoyándome en ellas y en mis palmas, con la cabeza gacha para que las lágrimas sinuosas cayeran de mi rostro a la arena, que se perdieran en ella dejando esa pequeña mancha oscura propia de la humedad.
Todo lo que una vez creí tener, lo más valioso, lo que me incentivaba a ser mejor y soportar las desavenencias de la vida, lo único que me quedaba en este mundo… me lo querían arrebatar, es más, ya lo tenían en su poder pudiendo simplemente destrozarlo con la facilidad de respirar.
Odio, pero un odio a mí mismo.
De todas las cosas que me vuelven miserables, de todos mis errores, mis actos impíos, en ninguno pongo en juego lo más sagrado que tengo. En ninguno arriesgo a mi madre.
Ella es todo. Es mi todo. Es la que siempre ha estado a mi lado, la más bondadosa, la mujer más hermosa que antes haya visto. Ella no… ella no…
– Entonces Tomi – Vi cómo te ponías, y por primera vez sentí impotencia. – Mírame cuando te hablo – me alzaste el rostro con tus dedos yertos, y tu sonrisa se me antojó la más perversa, te relamiste los labios y acercaste más – Te decía que estás en mis manos ahora, pequeño arpista, porque sí, te conseguiré una nueva para que vuelvas a entonar las más bellas melodías, exclusivamente para mí claro está – no te devolví la mirada, pero tampoco puse resistencia cuando me besaste, ahora lentamente y recorriendo mis labios, metiéndome la lengua, daba igual cómo fuera, no haría nada, no cometería la estupidez de arriesgar más a mi madre.
Aun no sé como él supo de ella, como la trajo hasta aquí, sólo sé que si hago algo más no serás mis pérdidas las más importantes. Abrí más la boca pero sin corresponder, sólo como respuesta ante la presión que ejercías en mi mandíbula. Mis lágrimas furiosas se seguían escapando de mis cuencas y me obligué a mirarte, perpetuar esa imagen en mi mente, para entender quién eres en verdad, para quitar ese lado mío que aun palpita en mi interior.
Ella suspiró y fue a dónde la mandaron. La cocina estaba atestada de alimentos para la comida principal, así que el joven castaño, el mismo que la golpeo dejándola inconsciente, le dijo que se retirara, que él se encargaría de lo demás, que ella no debería estar ahí, fue ahí cuando notó que ese joven no había buscado lastimarla, sino que el Príncipe le había mandado a hacerlo. Ella se lamentó por ella, y con un brazo sobre el pecho mientras se mordía sus finos labios dejó caer un par de lágrimas, un niño como él, como el Príncipe, que tenga esa manera de actuar para con el resto, que la haya llevado ahí en contra de su voluntad.
Ella sabía qué significaba el quedarse allí, pero su instinto maternal salió a flote y nadie pudo convencerla de lo contrario, se quedaría por su hijo, y trataría de ablandar el corazón del Príncipe, aun era joven, aun podía remediar los años que ya habían pasado.
Claras indicaciones le impedían andar sola. Gustav la resguardaba y, sin importar su apariencia y sus acciones, ella pensaba que él era también un buen chico. Pero su sentido común le decía que todas esas atenciones eran por algo, su hijo también debía estar allí y querían impedirle verlo, aun. La mente del joven rubio y tez pálida era tan compleja, y su presencia le transmitía un escalofrío que ella obviaba, es un niño, se decía, es sólo un niño.
Ya su cuerpo se estaba cansando, ya sería momento de desistir de esa idea de ver a su hijo y retirarse a la habitación que se le había sido asignada, pero unos gritos la alertaron, y con una zozobra perfectamente oculta siguió aquel ruido mas sus pasos ya no eran vigilados, el blondo se había retirado abruptamente en dirección a la pieza dónde yacían las hierbas, tendría que preparar algo que esté listo apenas la confrontación termine.
Ella aprovechó ese descuido, desconociendo el por qué se había ido el otro. A cada pasos que daba su sangre bullía más y más, sus pálpitos volviéndose vergonzosamente ruidosos, la languidez amenazaba con hacerla caer, pero su voluntad era más firme que aquello; porque apenas la ausencia de su hijo se hacía larga se dispuso a buscarlo, no sabiendo a dónde ir, pero por palabras de una pitonisa se dirigió al oeste, ella le mencionó que había muchas sombras asediando a su vástago, y, que cuando lo viera, éste no sería el mismo, ella apenas hubo oído aquello se fue, porque no podría perder a lo único que le quedaba. Así que con todo el amor que su cuerpo podía soportar fue a Corinto, con un miedo latente en su cuerpo al recordar el rostro de la persona que más daño le hizo una vez.
Cuando llegó fue donde su prima, ésta era, prácticamente, la única familia que tenía, lo demás no cuenta se dijo una vez.
Ella se encargaría de cuidar a sus sobrinos mientras que la otra trabajase en el mercado. Todo iba bien, hasta que cuando salió con sus dos sobrinos vio el rostro de ese mozo, y fue como si viese algo que creyó haber perdido, ohhh… nadie sabe lo que pasó por la pobre mente de esa dama en ese instante, nadie podría describirlo con suficiente ahínco como lo demostró su faz en ese determinado momento.
Siguió caminando, no pudiendo correr pero aun así deseándolo poder hacer. Sabía que sus pasos la dejarían en ese espacio vacío que tenía vista a la parte de atrás del palacio y, por el lado contrario, tendría la perfecta visión de uno de los laterales del muro. Ella sabía cómo se veía el palacio por dentro y por fuera.
Detuvo su caminar y se asomó por la esquina que le permitiría la visión de la escena sin ser descubierta.
Lo que vio no es algo que pudo procesar, posó su mano sobre sus labios para evitar que el sonido de su grito ahogado se exteriorice.
Era el Príncipe, de espaldas a ella, agazapado, aunando sus labios con otra persona la cual llevaba el cabello de similar color pero con cúmulos de pelos algo desordenados, esa otra persona era su hijo. Retrocedió, no quería ver más.
Pequeños sollozos se escapaban de sus labios, los cuales inútilmente trataba de acallar. De entre todas las cosas que esperó ver, esa era una que no figuraba.
Su respiración estaba acezante, y no por el llanto, así que, con dificultad, se levantó del suelo, en el cual había caído por la impresión, empezó a caminar. El cuerpo le temblaba pero debía alejarse de ahí. Nadie entendería lo que aquello significase para ella. Nadie lo haría.
…
La mujer besó las frentes de ambos pequeños y dejó la orden explícita a que Quinn pusiera mucho cuidado para con su hermano menor, éste asintió algo ofendido por aquello, él siempre cuidaba mejor que nadie a Neo.
Ella les sonrió con todo el esfuerzo que pudo, para salir de allí con una expresión descompuesta. Sabía a dónde se dirigía y, aunque no se le antojase ir, debía hacerlo, era todo por su prima.
Cuando tocó la puerta un rostro sorprendido la recibió y, el dueño del rostro, le cedió espacio para que se adentrase a su morada. Él desconocía el por qué ella estaba allí, si hace tanto tiempo el lazo se había destruido, aunque en realidad este fuese imposible de romper.
– Ella ha regresado, Athanatos – soltó secamente pero ese rezago de haber llorado aun latente. El hombre empalideció y las arrugas de las comisuras de sus ojos se acentuaron, sus labios temblorosos balbucearon esas ininteligibles palabras. – Sí, está viva – respondió adivinando la interrogante del hombre.
– ¿Vos creéis que podría verle? –. Preguntó con una expresión dura que trataba de esconder ese escozor en su garganta, miedo al rechazo pudiera ser, cual sea, él no lo admitiría.
– No. – Athanatos bajó la mirada intentando encontrar la fuerza en el piso, para que no lo viese débil esa mujer. – Miradme – pidió la dama con una voz algo aguda, él obedeció y halló un rostro húmedo en lágrimas – Se la han llevado
– … –. El corazón cansado del mayor daba tumbos contra ese pecho. Él sabía que tenía que ser fuerte pero lo que desconocía era cómo serlo.
– ¡Isaura! – exclamó una voz que hizo a ambos voltearse a notar, con ojos a punto de salírseles de las orbitas, a la anciana emocionada con los cabellos alborotados y una sonrisa dibujada en sus labios secos. – ¿Te ofrezco algo, linda? ¡Han pasado lustros desde la última vez que te vimos!
– S-sí – la mujer menor asintió y trató de imitar la sonrisa mas sus nervios le jugaban en contra.
– ¿Acaso Athanatos te hecho llorar? –. Se acercó a su marido y le dejó una suave palmada en el hombro. – Así no se trata a la familia – le riñó, él simplemente asintió, manejando mejor sus nervios debido a años de experiencia, le sonrió.
– Kaethe, Isaura ya se iba – le dijo el hombre, ella contrajo el rostro.
– ¿Tan pronto?
– Sí, es que dejé a mis hijos solos – se justificó, aunque sabía que en la presencia de ella no se podría continuar la charla, pese a no mantener contacto con ella, sabía cuál era el estado de la otra mujer.
– ¿Hijos? – repitió. Su mirada se perdió, la otra lamentó utilizar aquella palabra al verla correr despavorida por el pasadizo.
– Tengo que retirarme – dijo algo incómoda. Él se fue en dirección al portón y lo abrió.
– ¿Quién lo hizo? – cuestionó.
– ¿Qué?
– Que si sabes quién se la llevó – explicó con voz grave.
– No lo sé… mis… hijos…, ellos estaban con ella, me dijeron que fue uno de esos hombres que llevan ropajes negros, esos moros, son embargo, no comprendo aun lo que los haya impulsado a ello – ella salió por el umbral y el otro, sin decir respuesta alguna, cerró la puerta.
Él era lo suficientemente observador como para saber quiénes eran esos, y de moro nada tenían. Nunca lo mencionó antes porque simplemente no le competía hacerlo, sus razones tenía. Ahora esos conocimientos le decían exactamente dónde se encontrada la otra mujer. El palacio.
¿Tendría el Basilewe algo que ver con aquello? O ¿Sería otra jugada del Príncipe? Y, si era lo último, ¿Qué móvil tendría éste para aquello?
Un alarido detuvo el ritmo de sus pensamientos.
No, antes que nada tendría que ocuparse de su mujer.
Algo dentro de sí le decía que en el palacio, por ahora, la mujer no correría peligro, porque no sería difícil de entender en qué momento y circunstancias mataba el Príncipe, no conocía con exactitud lo que sucedía dentro, tampoco se dejaba llevar por las habladurías de la gente, pero tenía un grosso modo del accionar del menor, mas eso no le confirmaba que no debiera preocuparse.
Todo buscaba asimilarse dentro de sí.
Demasiadas noticias venían intempestivamente a su mente.
Tanto esperanza como resignación se posaban en su alma. Ambas luchando por tener el control de ese cuerpo, sin embargo, por sobre todo, él seguía la proveniencia del grito; encontrándose así a su mujer en posición fetal, sobre su jardín.
– Las anémonas lloran la ausencia de Thomas… –. Musitó con la voz temblorosa, mientras acariciaba a esas flores marchitas por el descuido de ella, porque desde que el joven dejó de ir allí, ella no se encargó más de las plantas blanquecinas.
Lágrimas gruesas salían de sus ojos cansados de ver lo mismo, no porque se rindiese sino porque el amor le partía el alma, cada dolor era compartido; no pudiendo soportarlo más se dejó llevar por el desequilibrio, porque su débil cuerpo se tome libre albedrío para con él, cansino pecho que no podía soportar más congoja dentro de sí.
Se agachó para abrazar a su amor. Sendos sonidos se escapaban de su boca, mientras que en la de ella yacía una mueca que reflejaba su tristeza y la añoranza de quién ha perdido la razón.
Se mantuvieron quietos sobre la tierra desnuda durante un buen rato, a la espera de la calma que nunca les sería concedida.
Debes conectarte para enviar un mensaje.