Hej =) He venido a postear el capítulo, me he demorado un poco ¿o no? y me siento extraño con éste debido a que fue tan rápido que creo que he fallado en algo, acepto los tomates. No lo dedicaré porque lo considero algo malo como para decir el nombre de alguien.
El poema es del autor que aparece al final. La canción es de Cradle of Filth.
Capítulo XII
Nemesis – Nymphetamine
– Esperad… ¿Gustav es vuestro nombre, cierto? – preguntó el Basilewe desde su posición quieta sobre su asiento real.
– Sí, su Majestad – afirmó el sirviente limpiando el rastro de sangre sobre sus ropajes, ya estando tan habituado a la sangre ni se inmutaba al tener un herido moribundo frente a él, menos entremezclar su aroma con la sangre del mismo, aparte era su deber como curandero dejar sabido si uno sentenciado y que ha recibido castigo de muerte ya lo estaba tras aquello – ya le he dicho que no durará mucho, los azotes que le han sido otorgados han poseído mucha fuerza, aquello unido a la forma que posee el látigo no da un buen resultado, no le doy más de unos instantes – repitió su observación el blondo al ver que el noble no parecía encontrar la forma de decirle aquello para lo cual lo había llamado.
– Pobre hombre, tan buen centinela que era…, no pensé que fuera a matar a su propia madre y hermana, las desgracias son las que se avecinan pronto siempre, ha dejado unos niños y mujer ¿Cómo hay gente tan inconciente e inescrupulosa? – soltó al viento mientras sujetaba su mandíbula sonando lastimero, pero a la vez, indiferente; el otro levantó una ceja en señal de incredulidad frente a lo expresado por su superior, ¿Qué acaso su hijo, el malcriado, no había sido el que había matado a su madre dejándolo huérfano a él?, es más, esta última desgracia, podría jurarse, era también obra del mismo porque esa anciana que había sido asesinada por su sangre era la que se negaba a que su hija fuera a atender al Príncipe, sólo un ser atroz como el heredero sería capaz de hacer que sangre manche a su propia sangre, que se quede en tal disyuntiva en donde o sufres o sufres, dando como última resultante la muerte, ya sea en castigo por tus propios actos o por no hacerlos, sólo una abominación como el Príncipe lograría aquello. – pero joven, a lo que iba no era a eso, sino a saber de Wilhelm, el Príncipe, no le he visto actividad en estos días ¿Qué es lo que le ha pasado?
– Se ha ensuciado la sangre – dijo el blondo observando como otro sirviente apuntaba en papiro la defunción del miserable, dejando como nota que no sería sepultado al ser afrentoso para presentarlo frente a los Dioses, o cómo el que le había dado muerte a base de azotes limpiaba el arma aun sangrante, como todo se veía tan acorde, todo puesto para formar el derredor de la muerte, un ambiente creído superior y digno de mandar a aniquilar a quién incumpla las leyes de los mortales, no deteniéndose a analizar cual sea, pero sí teniendo consideraciones, o ¿podría llamarse expiación? Porque el Príncipe también iba en contra de las normas y no recibía escarmiento alguno, nada de aquello poseía sentido para Gustav.
– … – los dedos de el del trono tamborileaban sobre el brazo de la silla, como no sabiendo que tono brindarle de fondo a sus cavilaciones, a esa molestia que implicaba para él el hecho de saber que su hijo de nuevo estaba mal, de nuevo iría a ausentarse por un buen tiempo sin permitir que alguien le ofrezca cura, como esperando morir en uno de esos intentos estúpidos de perder la conciencia; él se enteraba de aquello, veía como los curanderos de los que luchaban en guerra ingresaban a palacio y no precisamente a hablar con él, sino que se dirigían a la habitación de su hijo dejando aquel polvillo que ciertamente servía como placebo para los que estaban heridos, o daban una ida digna de este mundo al de los muertos, pero que si lo usase uno que está a flor de vida podría esta marchitarse de a pocos o simplemente ser arrancada de raíz.
Aunque él no lo demostrara, quería a su hijo, él sabía que era su hijo, idéntico a su madre pero era su hijo, podía sentir el latir de su sangre al verlo por vez primera, ese brillo centelleante en sus pupilas al posarse en las suyas en aquella ocasión, él lo sabía pero a la vez prefería simplemente contemplarlo sin intentar modificarlo, dejarlo crecer y, en su ignorancia, esperar que sea como su madre, no fue así, tanto lo decepcionó, esa idea de tener a la que siempre amó de alguna manera a su lado pero a la vez tan ausente y siendo insultada por su unión…
– Dejadle el menjurje que lo cure en sus alimentos, así no lo notará pero le aliviará el dolor y se recuperará – terminó por decir distraídamente, el blondo asintió en respuesta, y con una leve reverencia se retiró perdiéndose en sus asuntos y desconociendo que el Basilewe haría lo mismo.
Estando tan absortos ambos en lo suyo que el paisaje tan mórbido perdía aquel encanto que posee la muerte, ése que te deja nostálgico, asqueado o ensimismado. Al parecer aquí se han visto cosas peores ¿es que iría a haber algo peor que la muerte? Sí, la no vida.
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Una dama observaba el horizonte a través de mantas que revoloteaban por el viento, a la espera de recuperar lo único que le quedaba y se le había ido en vez de ser arrebatado, ¿Cómo era posible que la vida le haga lo mismo dos veces? Se preguntaba la señora sollozante, mientras tarareaba aquella melodía característica de unas cuerdas que se mueven al ser estimuladas por leves roces, como ella evocaba a detalle aquello, mostrando un gesto débil que se entiende como sonrisa en aquellos labios aun llenos pero apagados mientras los mueve con lentitud.
Ella cerraba los ojos y se prometía que todo se arreglaría, la persona que comete el mal no estaba en aquel lugar, no podría quitarle su corazón, aquel pedazo aun palpitante que había sido destrozado, partido, mutilado, del cual había rescatado un pequeño trozo rosáceo y con ojos color madera, que le permitirían conseguir la paz así ésta nunca sea completa…
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“Las pasiones más grandes se esconden tras el manto más claro”
Esa simple frase había bastado para que el joven arpista sueñe, con mayor libertad noche tras noche, con el que nunca se iba de su pensamiento. Aunque él no sabía con exactitud el significado de esa frase producto de algún desvarío de la señora Z, que prefería ser llamada por su nombre, Kaethe, le daba esa confianza que antes se negaba que profesar, porque lo creía impropio, incluso sigue pensando lo mismo, pero en el mundo de Morfeo se deja hacer, se permite deshacerse en lo que gritan sus instintos ocultos, los que habían sido despertados por ese joven tan hermoso, provocando que cada mañana, frente a los ojos de Eos, él muestre una sonrisa llena de satisfacción, alimentando día con día esa fantasía, esa que él deseaba en algún momento se haga realidad.
Le parecía tan confuso que haya modificado su proceder al punto de sentirse algo liberado, más osado, ya que ahora se había vuelto su confidente aquella señora, ya entrada en años, a la cual ayudaba con sus flores al culminar su trabajo con el Sr. Z; le contaba lo que pensaba, como era ésta su primera experiencia en aquel ámbito y como añoraba probar su sabor aunque sea en el aroma que irradia, que no le veía desde hace más de una semana y le pareciese lustros de su ausencia, a lo que la dama, con todo el tino que posee una y el encanto curioso de la locura, le daba frases o comentarios al respecto, dándole la razón y recordando sus épocas de antaño hasta enmudecer y hablarle a las flores de nuevo, pero en esas charlas él podía sentirse más abierto, más sincero ya que él poseía la certidumbre de que, dentro de todo aquello, había algo de razón en sus palabras, como aquella frase, que le decía mucho, haciéndole abrir los ojos a las nuevas sensaciones y bagajes de colores que pintaban al mundo, donde se asomase el Sol podría ver el resplandecer de los castaños cabellos en ondas del que admira, donde refulja la noche aparecerían sus perlas juntamente con su sonrisa, y donde se pierda él mismo encontrara aquella luz que le llena, todos los más agradables olores podrían intentar imitarle al del que quiere pero ninguno es igual, ninguno le hace justicia, ni un sonido, por más hermoso que sea, poseerá la armonía melodiosa que emitía su voz. Así es como él lo veía al otro, como si con cada día que pasase más grande sea su deseo de verle otra vez, como si al no contemplarle se acrecentara esa pizca de expectación que hace que uno embellezca las cosas más, si es que cabe.
…
– Arregladse – dijo cortante el blondo apenas hubo entrado a la salilla donde hallábase Thomas descansando tras un duro día de labor.
– ¿Perdón? – replicó, confundido, el castaño pero, de cualquier manera, se levantó de su asiento reprimiendo un bostezo mientras el otro se despojaba, sin ningún reparo de la presencia del arpista, sus ropajes para ponerse otros encima, unos que poseían, en algún modo, mejor presencia.
– ¿Lo habréis olvidado? – dijo mientras se acomodaba el cinto, mirándole de reojo.
– ¿olvidar qué? – preguntó aún confundido el otro mientras se rascaba la nuca ya algo incómodo al no hallar una respuesta mental rápida.
– Vaya mente que poseéis niño. Vos me dijisteis que deseabais pagar los favores que el Príncipe te ha hecho, entonces, arregladse ya que hoy es la celebración – el color se fue del rostro del receptor viniendo a su mente los recuerdos relacionados con aquello, una expresión de reconocimiento le invadió el rostro, se sentía animado puesto que iba a tocar su arpa después de tanto tiempo y no sólo eso, sino que iba a conocer al tan mencionado Príncipe.
– No tardo – exclamó alegroso yendo a la habitación de aseo para espabilarse algo, y buscar verse presentable también.
…
Tras un tiempo poco prudente Thomas seguía allí, hallándose frustrado y un tanto miserable. De él haber sabido con exactitud que este momento se acercase hubiera buscado alguna indumentaria digna de una reunión de la nobleza, por otro lado, estaba el hecho de que ya se hallaba limpio y le enojaba que ahora repare en aquellas frivolidades, a la par de la expectación por su castaño había también deseado conocer al Príncipe he allí el porqué de sus, tan poco comunes, acciones.
– Hey, niño – esbozó el blondo, haciendo despertar de su ensoñación al otro, obligándole a mirarle al utilizar ese tono tan autoritario – esto te lo ha mandado el Príncipe – le lanzó un bulto amorfo que al caer sobre sus dedos extendió y notó de lo que se trataba: una túnica.
Su primera reacción fue de sorpresa, luego de agradecimiento, por último, algo de enojo, demasiados favores le estaba haciendo aquel personaje que temía saber el precio que éste pusiese, es decir, trabajar por muchos años para él cuando lo que él quería era poder regresar a Tebas para traer a su madre. Sin muchas opciones, de momento, se puso la túnica notando que le quedaba a la perfección, se preguntaba a sí mismo cuanto tanto le habría observado aquel noble, se estremeció al recordar que éste era un sodomita, y terminó por sonrojarse al percatarse también que él no tendría nada que objetar frente a ese tema en específico.
xXx
El Príncipe, como era su hábito en estas ocasiones, se hallaba bebido hasta el punto se tener rosadas las mejillas y nariz. Las figuras que danzaban a su alrededor no estaban muy definidas pero se podría entrever que no estaban en un estado conciente, quizás por el hachís o vino, cual sea, le rodeaban y acariciaban sedientos del calor que emanaba su cuerpo. El heredero estaba deseoso que vayan a por él, así no vea rostro, por el momento le bastaba que sea alguien que envuelva, de la forma que sea, el calor que se había centrado en su miembro izado bajo la túnica. El más mínimo roce le hacía sujetar lo que fuese y rasguñarlo, quedando esas marcas rojizas como petición a que sean los roces más íntimos, próximos, más rápidos.
Lo interesante es que normalmente éste odia que le dominen, pero está tan ebrio, tan ido en esa gracia momentánea que le ofrece los macerados, que permitiría lo que fuese.
xXx
El par de mancebos se perdían entre las tinieblas de la noche, donde sólo la Luna les daba la guía necesaria para distinguir lo que tengan delante, y era como si ésta, de caprichosa, brillara más en este momento, como transmitiendo algo, como si las luces que bañaran esta oscuridad tuvieran ese algo místico que se posa sobre ellas cuando uno está sugestionado. Porque para el aedo había que ser trágica aquella imagen, mientras que para el otro significaba buen augurio.
Aun las gotas se veían escurrirse de las hojas jades y pardas, a las que no les da la luz. El suelo en algunas partes está resbaloso y podría ensuciar con facilidad sus pies pero el arpista habiloso se escapa de los caminos tramposos que buscan hacerlo caer, aún con su instrumento encima, es ligero cuando se lo propone. Del otro no podría decirse lo mismo ya que, aun siendo de aquel lugar, estaba dispuesto a caerse en cualquier momento, siendo la torpeza un factor y el otro el nerviosismo, ese que sólo le invade a los culpables, a los que conocen su condena o a los que han visto su destino, el cual podría ser tan lastimero u aciago que permanecen con cara de espanto como la que tiene Andreas en este momento, a sabiendas de a donde va o ¿sería mejor decir a qué va?
– Que poca puntualidad demostraremos Andreas, apresuraos – dijo el arpista sonriendo con “inocente” malicia, ya que aún tenía recelo frente a éste porque era más allegado al joven Wilhelm que él.
– Callaos y seguid caminando – respondió el otro intentando superar el paso del que tenía delante pero no lográndolo por la superficie viscosa.
– Vos no sois quién para que me calléis – replicó tajante el castaño caminando más rápido sin pensar en el peso sobre sí, no toleraba a ese blondo tan poco amable.
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Todos los olores se entremezclaban en las fosas del Príncipe, el cual reticentemente, las había vuelto a lastimar con aquel polvillo nocivo; la ingesta de vino y éste hacían que se deje hacer sin poner objeción, rozando variedad de texturas en pieles, escuchando como si en sus oídos se posaran aquel aleteo de los corazones de su derredor, una de esas manos le acarició la espalda llegando hasta el final de ésta haciendo que de un brinco todos se alejen de él.
– ¡Flores no! ¡Las flores no! – gritó abriendo sus ojos en toda su extensión notando que no se hallaba en un prado donde le susurraban frases sucias al oído y ponían boca abajo cayendo su rostro bruscamente sobre anémonas, oliéndolas directa y profundamente, mientras intentaba no pensar en ese peso sobre él, la mano que le doblaba sus muñecas impidiéndole el movimiento, era un conocido suyo, el mismo que le había pedido que copule con la finada, el que lo deseó de manera enferma desde aquel instante. Entraba de nuevo en su mente esos recuerdos reprimidos, los que creía inexistentes.
Los ahí presentes aún sumidos en el efecto de las sustancias se dejaban caer sobre el piso frío como si éste los jalase, luego se retorcían en búsqueda de otro al cual acariciar, perdiéndose entre la infinidad de miembros humanos en posiciones casi imposibles, gritos anhelantes y gemidos brutales, seres que se perdían en las llamadas instintivas de su naturaleza.
El Príncipe observó aquello, y por una minucia de tiempo, le asqueó, saliendo de allí en búsqueda de aclarar sus sentidos. Tambaleante pisó a quién estuviera debajo retorciéndose de placer, interrumpiendo coitos y preludios, provocando gritos de dolor por las magulladuras que lograba.
Al salir de allí la presencia panorámica de la noche le impactaba en el rostro, las malditas estrellas, aquellas que habían sido testigo de aquel incidente que ahora recordaba, el olor de las anémonas, frescas por la humedad de la noche, nadie estando alrededor por estar oscuro, ¿nadie viniendo a socorrerle? No, si hubo alguien, una mujer, que alejó a su primo de encima al cual abofeteó y tomó en brazos a él repitiéndole que todo estaría bien, sí, esa mujer de nuevo, no era la primera vez que le decía esa frase, pero ahora no podía ver su rostro, sólo recordaba su tacto, en donde en ese momento se habría sumido en un estado en el cual nada lo inmutaba para no sentir cómo los brazos masculinos le sujetasen, o como esa mano libre le acariciase y abriera las piernas buscando una posición cómoda para luego…, él no quería recordar, no podía, sería romper su equilibrio, sería sentir en demasía, él no podía sentir, no era propio, si nada le hacía estremecerse, mas que como reacción natural frente al frío, sentir es un acto de debilidad para él. Lo que no le nace no puede ser forzado, y para él no había nada que varíe su estado de ánimo mas que el dolor ajeno.
¿En qué pensaba? ¿En llorar? No, llorar no, él no iría a llorar ya que esto significaría que de alguna manera alguien, una burda persona, le haya podido herir o humillar de algún modo y no fue así; porque el no sentía nada en ese instante, a tal punto que cuando lo inmovilizó ya no intentó desligarse del agarre, se mantenía calmo. No quiere recordarlo, le parece un episodio asqueroso de su vida, evocar algo es buscar experiencias, sea de dolor o alegría, ya que no se posee alguna en su actualidad, es algo común en la gente, en esos simples mortales débiles, insulsos, incapaces de actuar, de algo llamativo y original, permanecen en su mediocridad sin anhelar ese nivel máximo en el que un ser podría llegar.
¿Qué es una expresión? ¿La hace acaso lo que brota de ella? Es decir, ¿se definirá cuándo la sangre bulle y se centra en las mejillas de uno exponiendo su vergüenza, alegría o enojo, según sea?, o ¿será quizás los surcos salinos que se quedan ellas tras una desgracia, padecimiento o tamaña felicidad?, no, va más allá, porque cada rostro es distinto, cada individuo lo es; todo tiene un origen, un comienzo, de donde nace hasta donde acaba, las lágrimas son el resultado final. Lo que hace una expresión es el primer sentir, ese que te incita a llorar o gritar, aquel rostro deformado de manera sutil, anhelante de un desfogue. ¿Y el Príncipe? Oh, pobre. Él también lo tuvo pero no lo concretó, porque desconocía esas señales naturales, esa petición desesperada de consuelo y lastimosamente nadie le prestó la suficiente atención como para enseñárselo, o pedírselo. Esa mujer, la que impidió que aquél marque, otra vez, la mente de ese niño, no lo notó, actuó como creía correspondiente mas no esperó algo de él, lo tomó en brazos suponiéndolo afectado, pero él no lo estaba, él ya estaba herido, en ese punto agonizante donde el ser pierde de a pocos su humanidad. ¿Alguien reconoció acaso ese brillo especial con que se torna a los ojos al algo romperse dentro del cuerpo que los posee? Dícese que cada quién tiene un ser que sabe diferenciar cuando sus sonrisas son reales o cuando es un simple gesto que busca engañar pero, como se sabrá, para él no había persona tal.
Cuánto deseo revive tu sombra de ayer
Tinta se silenció en tan solo pensarte
De la nube fugaz deseo rescatarte
A ti, para la vida con mi hondo querer
Alzo mi corazón y siento en él tu ser
Tú puedes apagar el hambre de tenerte
Ya inquietándome soplo de muerte;
el aire acerca donde te pueda ver
Apágame incertidumbre de espera
Eficacia en persona en ti impera
La luz continúa en legua de retorno
Me elevó tus palabras cómodamente
La voz que arrojas dentro de mi mente
El hábito sin ti onírico me tomó…*
El castaño aturdido escuchaba esa voz, mas ella no era la que lo perturbaba sino la melodía, la cual le rondaba la mente y, sin querer, se encontraba tarareándola, como si la hubiese oído antes, como si aquélla siempre hubiera estado en su mente.
Olvidando todo, con la facilidad que le caracterizaba, siguió el sonido de aquel instrumento que le era desconocido, creyéndose oír al mismísimo Orfeo entonando alguna canción en su lira, pero en esta ocasión en vez de domar al Cerbero apaciguaba el alma sufriente del Príncipe.
A tantos amor la distancia opaca
en horas, dándole la muerte temprano
por soñar un mundo ideal arcano
Sueño que no amé, ahora me toca
Batalla perdida no considera
Haberte amado, no sabe dormir
Pero ya aprendió tanto, por sufrir*
El otro seguía recitando ofreciéndole la pista más clara al Príncipe el cual sentía todo aquello más cerca hasta que se encontró con ese par que yacían en el espacio abierto del palacio, donde se solían suscitar las interpretaciones artísticas. Se asomó y escondió tras un pilar no queriendo interrumpir aquel momento tan irreal que se atrevía a fascinarle.
Era él, el extranjero, el niño que buscaba, la inocencia que quería obtener, el alma que quería pervertir estaba frente a sus orbes entonando melodías con esa gran arpa, formando dulces tonos con el rozar de las yemas de sus dedos sobre las delgadas cuerdas, armando el sutil aleteo del viento que llegue de manera armoniosa a los oídos del Príncipe, éste perdiéndose en la inmensidad de sus notas, sintiéndose anonadado aunque su rostro no exprese emoción alguna, siendo uno con la música la cual parecía llamarle, hacerle vibrar de alguna manera no antes sentida y ese expresión en el rostro del arpista, esos ojos cerrados y concentración plasmada en su ceño que se frunce, los labios entreabiertos y un leve coloreado sobre sus mejillas, exquisito, pensó el Príncipe.
El aedo seguía poniendo el alma en su poema, a sabiendas de que el Príncipe, de alguna manera, le escucharía y sabría el fervor que deja en su ser aquella pasión que lleva su nombre. Mas este ingenuo no sabía que el Príncipe ya se hallaba allí y ni la más mínima importancia le daba, éste estaba ensimismado sobre el otro, el que parecía dominar al viento.
Al haber terminado el poema recitado y salido el Príncipe de su onírico paraje, aún en su lugar oculto, hizo señas con la mano para que su sirviente, el cual estaba cogido de la mano del otro observando el acto, se acercara. Pasando desapercibido lo hizo y esperó indicaciones las cuales fueron dichas en un murmullo sobre el oído del otro castaño el cual afirmaba con un deje de tristeza en las facciones.
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Thomas había dejado de tocar para dejarle el final al blondo, se lamentó por no haber practicado con antelación ya que sus dedos estaban algo resentidos por el áspero roce de las cuerdas. Negó con la cabeza notando que era absurdo preocuparse por nimiedades, lo importante es que le había salido bien y el público le aplaudía, mas algo no terminaba de entender ¿Dónde se hallaba el Príncipe?
– Perdonad la intromisión pero se los he de robar por un momento – dijo el castaño, aquel sirviente llamado Georg que se acercaba hacia el arpista y lo alejaba de allí, éste algo confuso se dejó guiar. Los espectadores dieron un último vitoreo viendo la retirada, restándole quizás algo de importancia al blondo aedo – el Príncipe desea conocerte con urgencia
– ¿Con urgencia dice? – repitió el arpista sin hilar las ideas, pero no se alejó de él porque también deseaba conocerlo.
Lo fue llevando por entre pasadizos dando a uno muy oscuro en el cual se detuvieron, el menor, sin nada observar, buscó la luz pero el otro se lo impidió dejando un puño sobre su abdomen que le hizo escupir sangre y desfallecer.
…
Thomas se levantó asustado, mas al intentar moverse no podía, tenía los músculos demasiado relajados que le dolían, y su visión estaba borrosa, discernía amorfas figuras y colores tenues como salpicaduras de arco iris apagado, se sentía sobre un confortable lecho y escuchaba como retumbos a su alrededor, se tapó los oídos pero sus brazos cayeron flácidos a sus costados al sentirlos muy pesados. Viraba una figura frente a él, notó una melena negra y el brillo de una sonrisa mas el rostro le era imposible de descifrar, pestañeó varias veces intentando recuperar su visión y con esa sensación de déjà vu latente, sin percatarse de cómo esos brazos lo obligaban a echarse sobre el lecho de nuevo, y esas manos lo acariciaban, más que eso, lo descubrían a detalle como si antes no hubieran tocado más que objetos sin vida. Pero él no se sentía acariciado, se sentía amenazado, percibía manos ajenas a él sobre sí y pensaba en su padrastro, que este había venido del mundo de Hades a llevárselo, a golpearlo dejándolo inconsciente para llevarlo al Inframundo, él no dejaría que la sombra de aquel espectro le haga sufrir hasta muerto, lo mataría dos veces si era necesario.
PoV Bill
Vaya cosa más curiosa tenía delante. Un aturdido niño con cara de nena. Podría decir que incluso se vería como algo demasiado fácil pero, me he salido de la orgía sin poder ponerla en caliente ¡Qué descuido! Ahora querido niño tendrás que soportar todas mis ganas juntas que sólo han satisfecho, aparentemente, cinco o seis personas entre mujeres y hombres. Y con las ganas que te he tenido mancebo mío, porque sí, ahora eres de mi propiedad. Una risa es esbozada de mis labios al plantarme todo lo que le haría.
Sigo pasando mis manos por su cuerpo cubierto con esa túnica que con tanto detalle escogí viéndola perfecta para este momento, para mi propio deleite. Su cuerpo irradia una corriente que es diferente, pero poco importa en este momento. Le abro de piernas y sin cuidado voy levantando de a pocos el ropaje, desde abajo, acariciando su piel caliente por la sustancia que recorre sus venas.
Acerco mi rostro al de él, percibiendo a detalle su expresión confusa, antojándoseme muy deliciosa, ¿tanto como para rozar sus labios temblorosos? No, no tanto pero sí como para dar una lamida a su mejilla rojiza, saboreando su sudor salado, aspirando su aroma demasiado dulce, ¿Cómo le hace para tener ese humor tan fuerte y exquisito? No podría compararlo con otros que he tenido la desgracia de oler, demasiado ordinarios y comunes, y el de las mujeres, demasiado insípidos o dulzones que empalagan; este en cambio es perfecto, equilibrado, muy a mi gusto.
Tiemblas y sigues pestañeando, que hasta asco me das de lo débil que te ves, ¿Por qué no luchas? Ohh verdad, le dije a Georg que te golpeara para que Gustav te diera una sustancia que te deje así. Pobre niño, debiste advertir antes que no era seguro acercarte mucho, aunque pensándolo bien, no era seguro ni venir a Corinto. ¡Qué mala imagen dejo de mi región! Hahahahahahahahahaha
PoV Tom
¿Cómo…? No puedo respirar con facilidad, no me sale la voz, no puedo observar nada con claridad, esa sensación de ahogo es la de… ¡la pesadilla! Ese ser de los ojos escarlata, de las manos frías y con garras que buscan hundirme, fusionarme con su asqueroso cuerpo muerto y llevarme al más grande abismo.
Ingenuo fui al creer que podría vivir en paz tras morir mi padrastro, no, los Dioses no me habían brindado otra oportunidad, sino que jugaban con mi vida en el Olimpo dejando salir los espectros de entre tinieblas para que tentaran quitarme el aliento.
¡No! No me interesa si me es denegada la entrada al Olimpo, no pereceré tras las manos del mal. No permitiré que éste vuelva lastimarme con ellas, no permitiré que sangre otra vez o que intente quitarme a mi madre de nuevo.
De la fuerza que no tenía lo tumbé para que terminara cayendo de sobre mí en dirección al suelo. Apenas lo viese ahí sus ojos escarlatas llamearon y pareciese como si pudiese lacerarme con aquellos mas no permití que eso me impida acercarme a él y alzarlo de un agarre a su pescuezo, el cual sujeté con ambas manos para luego apoyarlo contra una pared y buscar darle muerte mas su cuerpo frío no recibía, su pulso seguía allí, ni si quiera se aceleraba, por más que lo golpeé al intentar ahogarlo, sólo se modificaba la posición de sus cabellos azabaches que revoloteaban violentamente como olas turbias sobre su rostro, cortando la visión de él. Quería aseverar que esta vez muriera, de una vez por todas, sus garras filudas intentaron alejar mis palmas calientes de su cuello algo más fino desde la última vez que lo vi.
Mi rostro latía e incluso mis orbes lagrimeaban frente a toda la presión. Intenté centrar todas mis fuerzas y energías en ese agarre. Pareciera que ahora yo poseía los ojos rubíes porque mi visión tenía aquel color. No quería sentir miedo pro un pavor ya me había tomado el alma y la había estrujado en sus hirientes manos. Quería que su cuerpo se apagara, pero no lo hacía, su rostro oculto tras sus cabellos negros que…acababan de caer.
Mis manos dejaron de presionar no porque haya cumplido mi cometido sino por notar mi error.
La debilidad me azotó con fuerza haciéndome caer, al mismo tiempo de mi caída la del otro ser se llevaba a cabo, la diferencia era que mientras que yo no podía moverme, éste tosía por acto reflejo y se aovillaba en su búsqueda de aire.
¿Qué había hecho? ¿Qué casi acababa de cometer? ¿Iba a matarlo? ¿Al castaño que tanto añoré volver a ver? Me sujeté la garganta al sentir la sensación de ahogo, como si a mí me hubieran intentado ahorcar.
¡Maldito hado que me deparas puras desgracias y culpas! ¿Querías que de mi mano acabara con mi luz? ¡Os maldigo! ¡Os maldigo Dioses injustos!
Me dolía la garganta y a la vez la imagen de aquel ser tan bello que osé lastimar. Con la poca fuerza que me quedaba me acerqué a él con intenciones de ayudarle, viendo mis asquerosas manos temblar en dirección hacia él.
No quiero razonar en este instante, no quiero pensar en el miedo, sólo quiero obtener su perdón en este instante, aquel valiosos perdón que no merezco pero deseo. Deberían dar muerte a un ser tan repulsivo como soy yo.
PoV Bill
Me apoyé sobre una mano mientras el cosquilleo en la garganta me provocaba toser sin cesar, de una manera brutal. No teniendo dominio sobre mí, me latía el cuello, aún era como tener esas palmas sobre él, ¡Maldito bastardo! ¿Cómo él no tenía la misma manera de proceder? ¿Qué acaso no presentía su futura muerte al retarme de esa manera? ¿Por qué no surtió efecto sobre él la mirada de aviso? ¿Cómo darle un nombre a aquella sensación que recorrió mi cuerpo en ese instante tan idéntica a cuando caí inconciente semanas atrás? Nunca nadie había llegado tan lejos como para hacerme dudar, nadie se había atrevido antes.
Aun con ese incómodo malestar volteé la mirada al percibir movimiento, viéndolo acercarse hacia mí pero esta vez no con aires de odio, sino con miedo, ¿miedo a qué?
– Perdonadme, yo pensé que erais alguien más – dijo con voz baja y lastimera. ¿Alguien más? ¿Entonces no se ha percatado lo que he tratado de hacer y por eso se habría defendido? Está llorando, pero no por dolor, tampoco por ponerlo en ridículo ¿Por qué es entonces? ¿por haberme lastimado dice? ¿él a mí?, esto es nuevo – haré lo que deseéis, si vos lo recurriréis me iré ahora mismo, no quiero… ¿puedo hacer algo por vos? Lo siento, lo siento….
– Quédate – le exigí con voz ronca no logrando intimidarlo pero sí que me observara y asintiera rápidamente. En mi fuero interno sonreí, notando que esto sería aún más divertido.
Aquel capricho que busqué borrar al concretarle me ha sido denegado alimentando aun más si se puede las ansias de obtenerlo. ¿Cuánto me durará esto? No lo sé, ¿A dónde me llevará? Tampoco tengo respuesta para aquello, pero si sé que cual sea su destino será en mi favor, y ese día espero culmine todo, puesto que no está bien visto que un príncipe gaste mucho de su valioso tiempo sólo por un mortal, un apetecible mortal.
*Autor: Alcibíades Noceda Medina