Corto y de la peor forma en que pudiese ser escrito. Sin embargo, pronto comenzará la segunda parte, y asevero que en ella se encontrarán las respuestas a sus dudas sobre la historia.
A modo de despedida básicamente. Y como para infundir un cierto sentimiento al ser en PoV aunque últimamente no sea de mi predilección este tipo de narración.
Sin más que mencionar, y agradeciendo a los que se preocuparon por mí y esperaron esto. Les dejo el epílogo, muy pobre, pero sólo como para delimitar.
Aquí está el vídeo de la segunda parte http://youtu.be/FtjKSGIv_04
Epílogo
Sentía mi cuerpo vibrar, abría y cerraba los ojos con una inusitada expectación. Las remembranzas me saltaban al rostro, empapándome con el rezago de lo antes sentido; rememorar tramo a tramo lo atravesado. Aquel punto de partida. La muerte de Gordon, la culpa invadiéndome de forma intermitente pero con una intensidad menor. Las experiencias propias, sus palabas, y el dolor me hacían encontrarle miles de justificaciones, con el mismo turbio fondo, el saciar el hambre perversa que posee todo hombre, matar a otro en base a las fluctuaciones que ejercen los estímulos humanos, provocando reacciones instintivas . La moral nos crea esa culpa, esa que nos carcome, atormenta y limita. Sin embargo, lo perverso, lo malvado, el provocar dolor a otros, el obtener y sentir con gozo el poder, dominio, esas actitudes son propias del hombre, están intrínsecas en su ser.
El curso de lo pasado me aturdía. El Basilewe estaba muerto, y es por ello que huíamos. Bill había matado a su propio padre para salvarme. Aunque cuando se lo mencioné, me lo negó, sin embargo, ¿qué otra razón podría tener para tal acto en aquellas circunstancias? Fue extraño cuando lo supe, porque era su propio progenitor, su sangre.
Aunque lo acontecido me dejó un tanto sorprendido, no reaccioné como solía hacerlo. No tuve la misma sensibilidad y tino. Fui frío al escucharlo, y una pequeña sonrisa se me formó en los labios, porque detrás de todo aquello se encontraban él y sus intenciones.
Aquellas que se ocultaban bajo un trato tosco, una frase hiriente, un vacío, al hacerme daño. Provocarme dolor. Me hacía sentirme conectado con él, lo hacía más real. Y aunque sus palabras nunca englobasen lo que quisiese decirme, yo lo comprendía. Por eso no necesitaba que me lo dijese todo, sé que estaría disponible para él a pesar de todo. Incluso de mí mismo.
—Tom—farfulló detrás de mí. Giré mi rostro y lo observé, señaló con un gesto hacia la puerta del lugar y asentí, dirigiéndome allí.
Alcanzó mis pasos, pude sentir la piel de su brazo rozando la mía. Y eso me tranquilizó. La repentina opresión en mi pecho, había desaparecido.
No dijimos más al ingresar a la posada en dirección a nuestra pieza.
…
Sus ojos verdes estaban vidriosos y una lágrima salió al bostezar con pereza. El viaje nos tenía agotados. Bill había ido por provisiones, advirtiéndonos que no saliéramos de aquí bajo ninguna circunstancia. No es que tuviésemos la energía como para hacerlo. Pero sabíamos que esto era parte del escape.
—¿Por qué no os dormís ya?—Le pregunté a Alysa, que seguía bostezando.
—Porque no quiero, hay tanto que hacer y tan poco tiempo, que sería un desperdicio el hacerlo—respondió, yo bufé.
Me eché en una de las camas y aovillé intentando descansar mientras que ella seguía dándole un orden a todo.
—Descansa Tomi—la escuché decir, pero para ese instante yo ya me encontraba sumido en un estado de sopor donde nada era claro y no buscaría darle un sentido.
…
Sentí una mano fría contrastando con mi mejilla tibia. Me removí en dónde estaba, para descubrir que el dueño de ese tacto era Bill, que me observaba embelesado. De esa manera propia en él, con los ojos posados sobre mí, y una clara señal de posesión. Sonreí sin pensarlo mucho, y con cierto miedo, intenté acercarme a su rostro, quería sentirlo cerca, deseaba besarlo. Cuando me hube acercado lo suficiente, se alejó dejándome congelado.
Era imposible buscarle razón alguna en sus orbes. Nunca me detallaban nada.
—Quiero besaros—musité con la voz apocada.
Me miró impávido. Fruncí el ceño. —¿Qué os sucede ahora?
—Nada. Sólo os desperté para que comas.
Asentí y me levanté de la cama.
Tenía el presentimiento aquel que aún no me permitía estar tranquilo. Me mantenía expectante. Preferí omitirlo.
Alysa haló de mi brazo y me contaba lo mucho que haríamos allí. Los lugares que conoceríamos y las posibilidades que podríamos optar para trabajar. Yo simplemente sonreía frente a su perorata mientras que de reojo miraba a Bill comer. El presentimiento se hacía cada vez más grande, hasta sentirlo como un punzón en el pecho.
Me preguntaba si esto tendría relación con mi madre, la cual sé por su boca que se encontraba sana y salva bajo los cuidados de los señores con los que trabajé antes, los Z. Supuse que aquello tenía que ver con que Bill conocía a Kaethe, y esta podría aceptarlo si sabía que la mujer que cuidaría sería mi madre. Sin embargo, por obvias razones eso estaba descartado. Era algo más.
No existía miedo a lo que pudiese pasarme, sino lo que pudiese pasarle a él. Mi mirada hizo que me la correspondiera a la espera de que me entretuviera en lo mío. Centré los ojos en Alysa, como aceptando tácitamente la petición.
Todo esto era nuevo, quizá sea sólo eso. Estaríamos juntos, a pesar de que aún no me bese. Supongo que eso podría cambiar. Ya que la necesidad de ello me frustraba.
Los secretos que todavía se mantenían en su mente, lo que lo había obligado a actuar como lo hizo, lo que me oprimía el pecho. Sus repentinos cambios…
Como si presintiese que estuviese pensando en él. Dejó de comer y se retiró al balcón. Hice una mueca, y miré a Alysa de nuevo, alternando mi mirada de ella a su plato casi intacto.
—Oye niña, termina de comer. Que si no os quedaréis pequeña—chanceé mientras le removía los cabellos, ella bufó y reanudó el acto indicado.
Aproveché aquello para seguirle los pasos a Bill, quien estaba fumando con la mirada perdida en el cielo teñido de tonos oscuros con centellantes luces que refulgían en aquella inmensidad. Sus orbes castañas contrastaban con su pálida piel, y veía cómo sus mejillas se sumían al absorber el humo y retenerlo.
—Os la pasaréis mirándome o me pedirás un poco—dijo mientras pasaba el cilindro por mis labios, y yo en respuesta lo sujeté entre ellos mientras acercaba mi mano para tenerlo entre mis dedos, y de paso rozar los suyos en el proceso.
Sentí el cosquilleo en mi garganta. Y el calor aturdirme. Era hachís. Alejé el cilindro de mi boca para luego toser un poco, y pasárselo a él. No sabía porqué había correspondido a ello, si en mí no está el encontrarle placer a aquello, pero por seguirlo, sólo por eso, había aceptado.
Mantuvo el cigarro entre sus dedos mientras una media sonrisa se formaba en su rostro. Miró al cielo de nuevo.
—Odio las estrellas—mencionó.
—¿Por qué?
—Brillan mucho y están tan fuera de mi alcance, la Luna igual. —Pensé en ello un momento. No le encontraba mucho sentido. Bill terminaba sorprendiéndome en ocasiones como aquella en dónde se permitía tener pensamientos abstractos como ese, siendo usualmente centrado y controlado.
—Para mí son bellas—dije sin intención oculta. Viró en mi dirección y me paralicé.
Había algo en su expresión, ligado a mi leve aturdimiento, que me hacía recordar esa noche donde sus ojos fieros y su rostro desencajado me hicieron verlo frágil.
—Es porque se trata de vos—alegó después de un instante que se me hizo largo.
Creí que me besaría como en aquella ocasión, con tanta fruición y desenfreno que me sacudió por completo. Sin embargo, sólo mantuvo su intensa mirada inexpresiva para luego retirarse de allí, dejándome solo en el balcón, con todas esas sensaciones relacionadas con ideas imprecisas.
Esto sólo comenzaba, y aunque no lo haga de la mejor forma, no me quejaría. Porque era como debía darse, más allá de lo que a mí me gustase…