Sonata a Dos Tiempos, Interludio: Cenizas del pasado. by Aelilim y Princess of Darkness
Es un gusto saludarles de nuevo, esta vez con un pequeño Interludio dentro de Sonata, un interludio es una composición musical corta, que sirve de intermedio en la parte instrumental. Nuestra Sonata se ha ido desarrollando en sus tiempos justos y hemos pasado desde el Allegro y bajado hacia las partes más obscuras, hoy un pincelado del pasado, como siempre les agradecemos sus comentarios y su lectura.
Besos.
En esta ocasión les dejamos el link de un aria totalmente significativa para el capítulo.
Sonata a Dos Tiempos
Interludio
Cenizas del pasado
Tom guardó lo que pudo bajo la atenta mirada de Richard, sin dejarse convencer por la súplica implícita de aquellos ojos que sabía que podían ser tan fríos como el mismo acero. Cerró su última valija y se pasó las manos por las sienes. Ahora sí se iría, cerraría la puerta para nunca más volver a ese espiral de destrucción del que era parte; lo veía posible, era lo más que había avanzado en todos los intentos fallidos de querer marcharse.
—Llamaré un taxi —anunció en un murmullo más para sí mismo que para alguien más.
—No puedes dejarme, Tom, tú eres mi combustible.
La frase era directa y, sin poderlo evitar, le conmocionó hasta hacer que sus manos le temblasen y dejase de marcar por un segundo. Siempre era así, un constante tirar y soltar, y sentía que no podía más. Se llevó el teléfono al oído al escuchar a la operadora y dio la dirección.
—Richard, ha sido suficiente —dijo cuando colgó. Solo unos minutos más… Solo eso—. Nos estamos haciendo dañando, y…
Richard se había levantado y estaba a su altura, le detuvo de seguir hablando rodeando su brazo con una mano y apretando con violencia.
—¿Ahora qué? —dijo buscando que lo mirase. Tom bailaba sus ojos de un lado a otro, no quería verle o se iría a la mierda. Trató de zafar su mano pero no pudo.
—Esta vez lo haré, irme —pronunció con tal determinación que a él mismo se le antojó trágica. Fue entonces que abrió sus orbes y se topó con las gruesas lágrimas de Richard bajando por sus mejillas pero con su rostro que permanecía impasible. Eran esos contrastes los que lo asustaban, esa capacidad para reír con amargura, para llorar sin expresión, para amarle sin tocarlo, para verle y moverle el mundo en un segundo.
Le soltó, y exhaló el aire que sus pulmones contenían. Ninguno de los dos se movió un centímetro.
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